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“La sombra” (extracto de “La Enfermedad Como Camino”)

THORWALD DETHLEFSEN y RUDIGER DAHLKE – Título original: Krankheit als Weg
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Toda la Creación existe en ti y todo lo que hay en ti existe también en la Creación. No hay divisoria entre tú y un objeto que esté muy cerca de ti, como tampoco hay distancia entre tú y los objetos lejanos. Todas las cosas, las más pequeñas y las más grandes, las más bajas y las más altas, están en ti y son de tu misma condición. Un solo átomo contiene todos los elementos de la Tierra. Un solo movimiento del espíritu contiene todas las leyes de la vida. En una sola gota de agua se encuentra el secreto del inmenso océano. Una sola manifestación de ti contiene todas las manifestaciones de la vida.
KAHIL GIBRÁN

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El individuo dice «yo» y con esta palabra entiende una serie de características: «Varón, alemán, padre de familia y maestro. Soy activo, dinámico, tolerante, trabajador, amante de los animales, pacifista, bebedor de té, cocinero por afición, etc.» A cada una de estas características precedió, en su momento, una decisión, se optó entre dos posibilidades, se integró un polo en la identidad y se descartó el otro. Así la identidad «soy activo y trabajador» excluye automáticamente «soy pasivo y vago». De una identificación suele derivarse rápidamente también una valoración: «En la vida hay que ser activo y trabajador; no es bueno ser pasivo y vago.» Por más que esta opinión se sustente con argumentos y teorías, esta valoración no pasa de subjetiva.

Desde el punto de vista objetivo, esto es sólo una posibilidad de plantearse las cosas—y una posibilidad muy convencional—. ¿Qué pensaríamos de una rosa roja que proclamara muy convencida: «Lo correcto es florecer en rojo. Tener flores azules es un error y un peligro.» El repudio de cualquier forma de manifestación es siempre señal de falta de identificación (… por cierto que la violeta, por su parte, no tiene nada en contra de la floración azulada).

Por lo tanto, cada identificación que se basa en una decisión, descarta un polo. Ahora bien, todo lo que nosotros no queremos ser, lo que no queremos admitir en nuestra identidad, forma nuestro negativo, nuestra «sombra». Porque el repudio de la mitad de las posibilidades no las hace desaparecer sino que sólo las destierra de la identificación o de la conciencia.

El «no» ha quitado de nuestra vista un polo, pero no lo ha eliminado.
El polo descartado vive desde ahora en la sombra de nuestra conciencia.

Del mismo modo que los niños creen que cerrando los ojos se hacen invisibles, las personas imaginan que es posible librarse de la mitad de la realidad por el procedimiento de no reconocerse en ella. Y se deja que un polo (por ejemplo, la laboriosidad) salga a la luz de la conciencia mientras que el contrario (la pereza) tiene que permanecer en la oscuridad donde uno no lo vea. El no ver se considera tanto como no tener y se cree que lo uno puede existir sin lo otro.

Llamamos sombra (en la acepción que da a la palabra C. G. Jung) a la suma de todas las facetas de la realidad que el individuo no reconoce o no quiere reconocer en sí y que, por consiguiente, descarta.

La sombra es el mayor enemigo del ser humano: la tiene y no sabe que la tiene ni la conoce.

La sombra hace que todos los propósitos y los afanes del ser humano le reporten, en última instancia, lo contrario de lo que él perseguía. El ser humano proyecta en un mal anónimo que existe en el mundo todas las manifestaciones que salen de su sombra porque tiene miedo de encontrar en sí mismo la verdadera fuente de toda desgracia.

Todo lo que el ser humano rechaza pasa a su sombra que es la suma de todo lo que él no quiere.

Ahora bien, la negativa a afrontar y asumir una parte de la realidad no conduce al éxito deseado. Por el contrario, el ser humano tiene que ocuparse muy especialmente de los aspectos de la realidad que ha rechazado.

Esto suele suceder a través de la proyección, ya que cuando uno rechaza en su interior un principio determinado, cada vez que lo encuentre en el mundo exterior desencadenará en él una reacción de angustia y repudio.

No estará de más recordar, para mejor comprender esta relación, que nosotros entendemos por «principios» regiones arquetípicas del ser que pueden manifestarse con una enorme variedad de formas concretas. Cada manifestación es entonces representación de aquel principio esencial. Por ejemplo: la multiplicación es un principio. Este principio abstracto puede presentársenos bajo las más diversas manifestaciones (3 por 4, 8 por 7, 49 por 248, etc.). Ahora bien, todas y cada una de estas formas de expresión, exteriormente diferentes, son representación del principio «multiplicación». Además, hemos de tener claro que el mundo exterior está formado por los mismos principios arquetípicos que el mundo interior.

La ley de la resonancia dice que nosotros sólo podemos conectar con aquello con lo que estamos en resonancia. Este razonamiento, expuesto extensamente en Schicksal als Chance, conduce a la identidad entre mundo exterior y mundo interior.

En la filosofía hermética esta ecuación entre mundo exterior y mundo interior o entre individuo y Cosmos se expresa con los términos: microcosmos = macrocosmos.

Proyección significa, pues, que con la mitad de todos los principios fabricamos un exterior, puesto que no los queremos en nuestro interior. Al principio decíamos que el Yo es responsable de la separación del individuo de la suma de todo el Ser.

El Yo determina un Tú que es considerado como lo externo.

Ahora bien, si la sombra está formada por todos los principios que el Yo no ha querido asumir, resulta que la sombra y el exterior son idénticos. Nosotros siempre sentimos nuestra sombra como un exterior, porque si la viéramos en nosotros ya no sería la sombra.
Los principios rechazados que ahora aparentemente nos acometen desde el exterior los combatimos en el exterior con el mismo encono con que los habíamos combatido dentro de nosotros.
Nosotros insistimos en nuestro empeño de borrar del mundo los aspectos que valoramos negativamente.

Ahora bien, dado que esto es imposible, este intento se convierte en una pugna constante que garantiza que nos ocupamos con especial intensidad de la parte de la realidad que rechazamos.

Esto entraña una irónica ley a la que nadie puede sustraerse: lo que más ocupa al ser humano es aquello que rechaza. Y de este modo se acerca al principio rechazado hasta llegar a vivirlo. Es conveniente no olvidar las dos últimas frases.

El repudio de cualquier principio es la forma más segura de que el sujeto llegue a vivir este principio.

Según esta ley, los niños siempre acaban por adquirir las formas de comportamiento que habían odiado en sus padres, los pacifistas se hacen militantes; los moralistas, disolutos; los apóstoles de la salud, enfermos graves.

No se debe pasar por alto que rechazo y lucha significan entrega y obsesión. Igualmente, el evitar en forma estricta un aspecto de la realidad indica que el individuo tiene un problema con él.

Los campos interesantes e importantes para un ser humano son aquellos que él combate y repudia, porque los echa de menos en su conciencia y le hacen incompleto.

A un ser humano sólo pueden molestarle los principios del exterior que no ha asumido.

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“Surgimiento y caída de las civilizaciones: Las siete ‘razas raíces'” John Algeo.

Fuente: Capítulo 11 de la obra de John Algeo titulada Teosofía: Curso de Estudio Introductorio.
Se puede acceder a ella través de este enlace: www.sturuguay.org/libros/BibliotVirtual/AlgeoJohnTeosofia.pdf
emiliocarrillobenito.blogspot.cl

La evolución humana no es sólo el resultado de ciertas causas,
sino que además opera para lograr un propósito cósmico.
“Propósito” en evolución implica el desarrollo de un plan en una escala de tiempo incluso más vasta que la de los astrónomos, una escala que ya ha tomado miles de millones de años y que necesitará miles de millones de años más antes de que el plan sea culminado.

El surgimiento y caída de las civilizaciones, bien documentado por historiadores y antropólogos, es una parte de este gran plan. Las culturas vienen y van, cada una suministrando un campo de desarrollo particular para los individuos que encarnan en ellos, y cada una aporta su propio y especial talento para el desarrollo total de la humanidad.

SIETE ETAPAS EVOLUTIVAS

El plan de evolución tiene una naturaleza doble. Durante la evolución de la humanidad sobre esta tierra hay siete grandes fases evolutivas, en las cuales aparecen siete tipos o “razas raíces” humanas que proveen vehículos para el proceso. El término “raza” en este contexto no debería confundirse con el concepto popular moderno, que tiene que ver con el color de la piel y varias otras características físicas. El concepto teosófico de una “raza raíz” sostiene que el factor determinante es la conciencia y no la forma corporal o el color de la piel, y que un gran número de personas de diversos grupos étnicos componen la raza raíz que se está desarrollando ahora en ese planeta. Todos estos siete tipos tienen sus propias contribuciones que hacer para el logro final de la meta de la evolución humana.

En el plan septenario de evolución, se dice que cada una de las siete razas raíces tiene siete modificaciones o divisiones, conocidas como “sub -razas”. Cada sub-raza tiene la característica fundamental de la raza raíz a la que pertenece, pero posee además una tendencia o cualidad peculiar propia. Las sub-razas se dividen nuevamente en divisiones más pequeñas llamadas “ramas raciales”.

Para usar una analogía familiar, cada raza raíz representa una escuela en la cual un gran grupo de lecciones debe ser aprendido, las sub-razas representan grados dentro de la escuela, y las ramas raciales son clases dentro de los grados. El atender a dichas escuelas, a través de todas las clases y grados, es obligatorio. Cada escuela se con-centra en desarrollar un aspecto particular de la conciencia que debe ser alcanzado en siete “niveles” distintos y desde varios ángulos.

Así como hay cierta cantidad de recapitulación a medida que pasamos de un grado a otro, y de una escuela anterior a una posterior, así sucede en los procesos cósmicos. Cada escuela o raza raíz debe recapitular todo el entrenamiento previo y empezar a concentrarse en un nuevo aspecto. Además, comienza a aparecer una débil anticipación de lo que se desarrollará en una etapa posterior. No podemos decir que una escuela es superior y otra inferior; todas son esenciales si vamos a completar nuestra educación evolutiva y pasar nuestro examen final. El niño que entra a primer grado tiene el potencial de todo lo que será cuando graduado. Este último es simplemente la realización de tal potencial.

Cada raza raíz se ha asociado a un “continente”, que puede no ser lo que hoy entendemos por ese término, sino más bien un patrón de masas de tierra distribuidas por el globo, o tal vez simplemente un área particular asociada con una raza raíz. En general, las razas raíces se suceden una a otra en el tiempo, pero tienen largos períodos de solapamiento. Una raza raíz particular existe tanto como haya individuos que necesiten dominar las lecciones que ésta provee. Cuando todos los seres humanos han aprendido esas lecciones, la raza muere porque ya no se necesita, habiendo toda la humanidad pasado a la próxima fase. Y así, por detrás del surgimiento y caída de culturas, por detrás de la aparición de grandes individuos, y de los cambios en la configuración de los continentes, se puede vislumbrar un plan, siempre desplegando gradualmente su orden intrínseco y cumpliendo con su propósito a través de vastos procesos de educación cósmica.

Ese plan puede verse, por ejemplo, en las características distintivas de varias tradiciones culturales humanas, que reflejan los Siete Rayos. Considerando sólo una tradición por cada Rayo, las siguientes son las típicas.

La cultura ancestral de los Vedas índicos enfatiza el Primer Rayo de libertad de acción. El budismo enseña la compasiva sabiduría de la unidad del Segundo Rayo. El confusionismo es una exposición modelo de la comprensión humanista del Tercer Rayo. El helenismo antiguo busca la armonía del Cuarto Rayo a través del arte, la literatura, el gobierno, la educación y el vivir. La revolución científica del siglo XVII buscaba el descubrimiento de las leyes de la naturaleza, del Quinto Rayo. Las religiones abrahámicas y especialmente el islam (cuyo nombre significa “sumisión”) exaltan la devoción, lealtad y obediencia características del Sexto Rayo. La Masonería moderna utiliza la habilidad del Constructor, del Séptimo Rayo, en una expresión ritual de orden interno y externo. Cada una de estas tradiciones culturales necesita ser balanceada por la sabiduría de las otras si queremos vivir en un mundo en paz.

Todos los aspectos de la conciencia, desarrollados a través de la experiencia en cada una de las razas y tradiciones culturales, existen desde el comienzo mismo, en forma seminal, así como el roble completamente desarrollado está implícito en la bellota. Del mismo modo, el tipo de ser humano que la evolución está produciendo en nuestra especie existe desde un principio en la chispa monádica que emerge de la Llama divina. Pero por medio del proceso evolutivo a través de los eones, nuestra chispa gradualmente se convierte en un resplandeciente sol de humanidad, que combina todos los Siete Rayos con sus distintivas características en la luz blanca única de la Verdad.

PRIMERA Y SEGUNDA RAZAS RAÍCES

La tradición teosófica dice que hasta ahora han tenido lugar cinco grandes ciclos de desarrollo humano o razas raíces, y que serán seguidos por dos más en lo que resta de tiempo de evolución.
Los primeros dos ciclos no dejaron rastros históricos o registros geológicos, porque no tenían cuerpos físicos densos como los que tenemos hoy. Sus cuerpos estaban compuestos de tipos más sutiles que la materia física que conocemos. Su existencia, por lo tanto, no puede ser documentada científicamente, pero los escritos esotéricos y las mitologías se refieren a ellos. Lo que sigue es parte de la descripción en esos escritos y mitologías. Cada persona debe decidir cuánto de estos escritos es literalmente cierto, y cuánto metáfora y simbolismo. Lo importante son los conceptos generales, más que los detalles.

Se dice que la primera raza raíz floreció durante la época geológica llamada Eoceno, hace unos 55 millones de años. El aspecto de la conciencia sobre el que esta raza etérea se concentró fue el de la sensación o la percepción en el nivel más básico y primario. El Eoceno fue una época de grandes cambios climáticos, erupciones volcánicas, inundaciones, mareas, calor y frío, que proveyeron las miríadas de impactos necesarias para provocar la evolución de la sensación. La primera raza raíz, no teniendo cuerpo físico denso, era asexuada y se reproducía por un proceso denominado “brotación”, que parece haber sido de algún modo similar a la mitosis celular.

La segunda raza raíz, de acuerdo a la tradición esotérica, existió durante el Oligoceno, unos 34 millones de años atrás. Éste fue un período de vegetación exuberante que siguió a los violentos cambios terrestres del Eoceno. En términos de conciencia, esta raza se concentró en la actividad, empezando a organizar sus cuerpos en vehículos de expresión activos a través de los cuales pudieran influenciar a su ambiente. Se dice que esta raza era andrógina, combinando características masculinas y femeninas, y reproduciéndose por un proceso llamado “sudoración”.

TERCERA Y CUARTA RAZAS RAÍCES

La tercera raza raíz comenzó siendo etérica, pero se tornó completamente física en el curso de su evolución. Ha sido denominada “lemuriana” por el hipotético continente de la Lemuria, que en el siglo XIX se propuso había existido entre Madagascar e Indonesia, a juzgar por la distribución de algunas plantas y animales tales como los monos lemures.

A la mitad de la tercera raza, hace unos 18 millones de años, cuando los cuerpos humanos se habían tornado completamente físicos, se separaron los sexos. El propósito evolutivo de esta tercera raza fue el desarrollo de la emoción. Vivieron una vida de impulsos, al principio con una mente incipiente, pero no desarrollada. Luego la mente se activó y estructuró, pero todavía era relativamente inactiva.

El verdadero desarrollo de la mente analítica y, consecuentemente, del lenguaje, se produjo en la cuarta raza raíz, llamada “atlante” en la literatura teosófica, por el legendario continente de la Atlántida. Esta raza se hizo predominante durante el final del Plioceno y el comienzo del Pleistoceno, entre 3 millones y 1 millón de años atrás. Los atlantes desarrollaron una civilización extremadamente materialista, usando la magia. Lamentablemente, el mal en posiciones elevadas se desarrolló en tal medida que había un peligro crítico de interrumpir completamente el progreso del plan cósmico.

Entonces se sucedieron una serie de grandes cataclismos. El continente de la Atlántida sufrió una serie de poderosas convulsiones y eventualmente desapareció, creando enormes olas que arrasaron las tierras bajas del planeta, originando la tradición de un diluvio desbastador. Muchos millones escaparon y encontraron hogar en otras costas. Muchos más millones perecieron.

LA QUINTA Y LAS FUTURAS RAZAS RAÍCES

La quinta raza raíz comenzó con los refugiados de la Atlántida, que migraron hacia el Asia Central, alrededor de 75.000 años a.C., y cuya civilización domina hoy el globo. Este estadio es llamado “ario” en la literatura teosófica antigua, que adoptó el término del uso lingüístico del siglo XIX, el cual hoy es generalmente reemplazado por “Indo-Europeo”. El término sánscrito “arya” significa “la gente noble”, y fue usado por los primeros pobladores hindúes para autodenominarse. El uso del término por parte de los Nazis en la década de 1930 fue una perversión de un viejo término técnico, que ahora ha sido mayormente abandonado.

La presente raza raíz está todavía imbuida de mucho de la conciencia atlante. La actitud materialista que ha dominado por tanto tiempo no está muy lejana de aquella que le hizo bajar la cortina cósmica a la raza raíz anterior. El orgullo intelectual, la indiferencia a los valores humanos y morales, son todas características que obviamente han sido acarreadas a la presente conciencia mundial.

Algunos de los detalles de este relato desde la tercera raza raíz a la quinta no coincide con lo que los biólogos evolutivos y los antropólogos nos dicen sobre el origen de nuestra especie en el África oriental y su posterior diseminación desde allí. En particular, los períodos de tiempo son mucho más grandes en los relatos esotéricos que en los científicos, y el lugar del origen de la humanidad también difiere. Sin embargo, puede que los relatos científicos y esotéricos se refieran a cosas distintas, en cierta medida. Es posible que la descripción esotérica sea en varias cuestiones simbólica, más que históricamente literal, y que la científica pueda cambiar con el descubrimiento de nueva evidencia o la reinterpretación de la antigua.

Lo que la ciencia nos dice es: “Aquí está la evidencia que hemos encontrado y ésta es la explicación que creemos mejor para dicha evidencia.” Lo que la tradición esotérica dice es: “Aquí están los relatos que nos han llegado de leyendas, escrituras y mitos; ésta es la interpretación que les damos y éstas son las observaciones que los clarividentes han realizado sobre el tema.” Diferentes asunciones y métodos producirán diferentes resultados, y ambos pueden ser válidos, aunque de distintas formas.

Si miramos nuestra herencia con los ojos del esoterista, nos vemos parados en un punto tremendamente importante del sendero de la evolución humana.
La quinta raza raíz es ahora la raza dominante en el mundo e incluye la mayoría de las personas de este planeta, más allá de la “raza” a la que digamos que pertenecen. La tarea de nuestra quinta raza raíz es desarrollar su sentido social a través de la cualidad sintetizadora de la mente, con frecuencia llamada “la mente superior”.
En la presente quinta sub-raza de la quinta raza raíz, estamos perfeccionando esta cualidad mental y anticipando la próximala intuición— que empezará a iluminar las mentes de la sexta sub-raza de nuestra presente raza raíz, y que será completamente desarrollada luego en la próxima raza raíz, la sexta.

Dicha raza raíz recapitulará todo lo que ha sucedido antes, y pondrá en juego la facultad de la intuición (buddhi). También anticipará la cualidad de la voluntad espiritual, cuyo desarrollo será el objetivo de la séptima raza raíz.

La evolución no da saltos de una raza a otra; el proceso es gradual y con mucho solapamiento. A nosotros nos parece inimaginablemente lento y paciente, pero el plan es seguro. Su meta es un mundo unido en fraternidad y actuando de acuerdo a la comprensión espiritual.

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Protegido: El proceso de la presencia: el poder del ahora y la conciencia del instante presente

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