Archivo de la categoría: CONSCIENCIA-FILOSOFÍA

Todo lo que sucede es perfecto, según los estoicos

Los estoicos señalan que todo lo que sucede es perfecto. Lo ven así porque asumen que existe un orden universal, en el que tenemos solo un pequeño margen de acción. Cada cosa que nos ocurre es una revelación y así debe ser vista.

Un importante número de filósofos estoicos sostiene la idea de que existe un orden universal en todo lo que ocurre. Dicho de otro modo, todo lo que sucede es perfecto, de una forma u otra. Es decir, que solo ocurre lo que debe ocurrir: lo que ha de suceder, sucederá. Dentro de quienes han sostenido esa perspectiva se encuentran grandes pensadores, entre ellos, Séneca.

La perfección de la que hablan estos filósofos no es la ausencia total de errores, defectos o dificultades. A lo que se refieren es a esa suerte de coherencia, a partir de la cual cada pieza encaja en el lugar que le corresponde. Hay una lógica interna en los hechos, que siempre termina imponiéndose.

Mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre es amor fati [amor al destino]: el no querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad. No solo soportar lo necesario, y aún menos disimularlo ―todo idealismo es mendacidad frente a lo necesario― sino amarlo”.

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Por qué nuestros teléfonos multifuncionales evitan que vivamos en el presente

La mente de los humanos funciona a través del apego y la fijación. Somos incapaces de soltar pensamientos y nos aferramos a ellos hasta crear cadenas de reflexiones innecesarias y, en las peores circunstancias, imposibles de parar. Nos aferramos a los hechos que aún no llegan y a los que ya pasaron; existimos sin realmente existir, con la mente en otro sitio que no es el presente. El profesor de zen David Loy define el estado normal de la mente como “atrapada” entre ideas, y muchas tradiciones contemplativas, incluido el zen, están concentradas en ayudarnos a existir sin la compulsión constante de aferrarnos a los pensamientos.

La tendencia a esa fijación parece ser un mal que sólo aumenta en una era en la que recibimos información en un flujo sin tregua: notificaciones, alertas, likes… Si bien la naturaleza de nuestra mente funciona aferrándose a hechos e ideas, valdría la pena preguntarse qué tanto de ese apego tiene que ver con nosotros y cuánto con nuestros teléfonos. Los momentos en los que estamos realmente presentes se vuelven raros, ante la alternativa de ocupar nuestro tiempo en algo que parece siempre estar al alcance de nuestra mano.

Por las mañanas, cuando mi alarma suena, me toma más tiempo liberarme del celular que del sueño. Después del tono del despertador, abro los ojos en un promedio de 10 minutos; puedo permanecer en la cama otros 40. En realidad, mientras sostengo el celular, no estoy buscando nada en específico y mi mente navega de una noticia a un tuit, de una notificación a un mail. Antes de darme cuenta, estoy atrapada en un circuito que parece siempre tener una pestaña más.

Claramente, un factor que fomenta ese apego es la portabilidad de nuestros dispositivos. Que los podamos llevar a cualquier parte, sin embargo, es sólo una de las partes. Además, está el hecho de que un celular sirve para prácticamente cualquier cosa. La multifuncionalidad de nuestros aparatos telefónicos los ha vuelto el único elemento al que recurrimos para una larga serie de necesidades. Y esa multifuncionalidad es muy relevante en nuestra historia del apego sin pausa.

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Todo está mal con nuestra sociedad. Felicidad [Video de 4 minutos]

¿Cuál es el propósito de la vida – ser feliz? Si es así, lo estamos haciendo de la manera incorrecta. Un cortometraje animado, creado por el artista y animador con sede en Londres Steve Cutts, explica esto de manera experta y llamativo.

La película, titulada “Felicidad”, comienza mostrando a ratas jóvenes compitiendo para unirse a la fuerza laboral. Lo más probable es que estén emocionados de hacer una diferencia en el mundo. En poco tiempo, están atrapados en la “carrera de ratas”, que no es tan cómoda como la televisión lo hace aparecer.

Las ratas se aplastan en vagones del Subway, y todos parecen consumidos por la “actividad ocupada”. Cuando las ratas no están obligadas a ir a trabajar, están comprando para llenar ese centro dentro de ellos, el lugar donde debe residir la “felicidad”.

Las ratas están tan obsesionadas con encontrar la felicidad, que comienzan a gastar todo su dinero duramente ganado en “cosas”. Después de adquirir bolsas y bolsas de productos nuevos, una rata deja de lado sus compras y espera en la cola el “Viernes Negro”.

Tan pronto como las puertas se abren, se produce un frenesí. Es una pelea de rata a rata, con miembros y mercancías volando por todas partes. Una vez finalizado el evento, una de las ratas que arriesgó su vida para ganar un televisor lo deja para comprar otro nuevo tesoro: un automóvil.

A medida que la rata se desplaza en su nuevo y elegante vehículo, se obtiene una sensación de “felicidad” temporal. Pero el tráfico, y la realidad, lo alcanzan, y comienza a darse cuenta de algo perturbador: no es libre. Más bien, es parte de un sistema que está dominado por el consumismo.

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El éxtasis es la muerte del yo

De Plotino podemos decir que es el príncipe de los místicos de Occidente. Es cierto que hay otros candidatos; los cristianos bien podrían hablar de Pablo, quien dijo haber ascendido al “tercer cielo”, dejando su cuerpo (o tal vez no) y quien legó un modo extático similar al de Plotino, “ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2:20). Se podría hablar también de Moisés y sus tres teofanías, o de profetas como Elías y Ezekiel. Y lo mismo podrían hacer quizá los devotos islámicos, invocando al profeta o a alguien como Ibn Arabi, etc. Incluso algunos académicos como Peter Kingsley han querido ver en Empédocles, en Heráclito o en Parménides las figuras fundacionales de una especie de conocimiento espiritual o una gnosis que era alcanzada a través de métodos contemplativos (como la incubación). Pero al fin de cuentas fue Plotino quien primero se acercó a sistematizar los elementos del ascenso místico o henosis, influyendo enormemente incluso en Agustín y en la gran mayoría de los místicos cristianos, islámicos y cabalistas, ya sea que lo hayan leído directamente o no. Es de Plotino, el filósofo alejandrino que misteriosamente viajó a aprender “filosofía persa e india”, de quien obtenemos un modelo del éxtasis contemplativo, que, como la palabra éxtasis indica, literalmente es un salirse de sí, un hacerse a un lado, incluso un anularse y fundirse en el centro divino. Un modelo que comparte mucho en común con la vía negativa que se enseña en la India, tanto en el vedanta como en algunos de los senderos budistas.

Desde antes de Plotino, Platón había hablado de estados exaltados, las manías divinas que menciona Sócrates en el Fedro, como una especie de éxtasis (sin usar ese término), pues el individuo era poseído por cierta divinidad, estando fuera de sí. Había que de alguna manera hacerse a un lado y dejarse atravesar por las corrientes divinas o daemónicas. El mismo Sócrates se revela como un ninfoléptico, alguien poseído por las ninfas, si bien es capaz de producir un discurso en ese estado (aunque se trata de un discurso inspirado sobre Eros). Pero Plotino es mucho más específico y en su famoso ascenso al Uno -“el vuelo del solo al Solo”- el alma debe dejar todo lo que pertenece al mundo, incluyendo su propio ser individual (Enéadas 6.9.9-11).

El ascenso místico o regreso al Uno (epistrophe) es un “hacer a un lado todo lo demás” y descansar sólo en el Uno, en la solitaria divinidad, “todo el ambiente terrenal dejado atrás”. Aferrándose a esto, al Uno, que confiere el ser, pero que lo trasciende, la única realidad, belleza y verdad, con toda su fuerza hasta que “no queda ninguna parte en nosotros, pero a través de esto tenemos contacto con Dios”. La visión o fusión mística -la henosis- es descrita como un “ser urdido en esplendor, henchido de luz intelectual, vuelto esa misma luz, pura, boyante, libre de toda cuita, elevado a la divinidad…”. De esta unión contemplativa, que según Porfirio su maestro Plotino gozó en hasta cuatro ocasiones en vida, se puede volver a caer, cuando el alma mira hacia el oneroso mundo sensible, su tumba corpórea, pero Plotino espera que llegue un tiempo cuando el alma, libre del cuerpo, pueda concluir su vuelo y descanse eternamente es su eterna fuente divina. Plotino aclara que la visión es suprarracional y que sólo se habla de una “visión” por cuestiones lingüísticas convencionales, pues:

no podemos más que hablar en dualidades, el perceptor y lo percibido, en vez de, francamente, la obtención de la unidad. Pero en este ver, ni contemplamos un objeto ni trazamos una distinción; no hay dos. El hombre es cambiado, ya no es él mismo ni se pertenece a sí, se funde con lo Supremo, se sumerge en ello, uno con ello; centro coincide con centro […] si vemos algo separado nos hemos quedado cortos de lo Supremo, que será conocido sólo como uno con nosotros mismos.

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Por una muerte digna

No hay cuestión humana que se escape a las garras de las polarizaciones y que, por lo tanto, se politice. Tanto unos partidos como otros se posicionan con el fin de conseguir votos. La eutanasia, la buena muerte, no iba a ser menos y, al igual que con el aborto, se dan bandos que buscan imponer su moral a través del Estado. Ya sea para penalizar o despenalizar, no se detienen muchos a valorar los matices y las realidades que se dan en torno a una cuestión inherente a la vida como es la muerte.

Hablar de despenalizar o no determinadas prácticas eutanásicas oculta el debate real, que no es otro que el derecho a decidir sobre nuestra vida y su final. Y yo me pregunto ¿por qué diferentes representantes de la autoridad (especialistas, clérigos, etc.) imponen a toda costa la prolongación del sufrimiento en lugar de facilitar una muerte digna?

Guste o no, nuestra única certeza es la muerte. Es un hecho inevitable y, por lo tanto, considero como último acto de libertad el derecho a elegir una muerte digna según la concepción de la vida que tenga cada persona. Es más, la Constitución Española, en su título “De los derechos y deberes fundamentales”, recoge el libre desarrollo de la persona como fundamento del orden político y de la paz social (artículo 10). Lo que es, a mi modo de entender, la consideración del derecho a decidir sobre la propia vida y muerte, como derecho fundamental. Siendo dos derechos que racionalmente no se contraponen.

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Los tres tipos de personas según Platón

En La república, el texto que según el traductor y politólogo Allan Bloom, marca un momento decisivo en la historia de nuestra civilización, Platón hace una división tripartita del alma y de la ciudad (que es un reflejo macrocósmico del alma). Platón famosamente divide el alma en tres principios organizados jerárquicamente: la parte intelectual o racional (nous), la parte irascible o espiritosa (thumos) y la  concupiscible o apetitiva (epithumia). El intelecto debe controlar los otros dos aspectos (que en el Fedro compara con dos caballos, thumos y eros, controlados por el logos) para que se alcance la justicia y el individuo se ordene en relación al bien. Cada aspecto tiene su virtud controladora: la sabiduría o prudencia (sophia o phronesis) son propias del alma racional, la fortaleza o la valentía (andreia) dominan el alma irascible y la templanza o moderación (sophrosiné) la parte concupiscible. Cuando estos tres aspectos funcionan correctamente, cada uno guardando su lugar, eso es la justicia, la cuarta virtud, la cual también puede pensarse como la armonía de las tres. Y esto puede extrapolarse a una ciudad.

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Lo dice la ciencia: la realidad objetiva no existe

Física cuántica (imagen referencial)

Un grupo de investigadores demostró por primera vez en un laboratorio que la naturaleza misma de la realidad no es objetiva y que los ‘hechos’ dependen del observador.

Se trata de un experimento que va a lo profundo de la física cuántica para afirmar que todo es subjetivo. La peculiar esencia del universo cuántico —la base de todo lo que nos rodea— se rige por leyes muy diferentes a las que gobiernan en el mundo a escala macroscópica.

“El método científico se basa en hechos, establecidos mediante mediciones repetidas y acordados universalmente, independientemente de quién los haya observado. Pero en la mecánica cuántica, la objetividad de esas observaciones no resulta tan clara”, indican los autores del artículo recientemente publicado.

El experimento estuvo a cargo de un grupo de científicos liderado por Alessandro Fedrizzi, de la universidad británica de Heriot-Watt, quien utilizó fotones para verificar su hipótesis.

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Cada vez está más claro que todas las decisiones de tu vida las ha tomado tu ‘yo’ de hace 11 segundos

Es una guerra que no cesa. Los científicos siguen empeñados en demostrar que tenemos menos control sobre nuestras elecciones personales del que creemos. Y si el libre albedrío es el Moby-Dick de estos Capitanes Ahab con bata y encefalograma, el papel de la actividad cerebral inconsciente en nuestras elecciones son los chorros de agua condensada que marcan el lugar donde es más vulnerable.

Un nuevo estudio de la Universidad de Nueva Gales del Sur ha analizado con la ayuda del machine learning esa actividad cerebral previa a las decisiones conscientes y acaba de demostrar quepodemos predecir qué patrón imaginarán las personas 11 segundos antes de que efectivamente lo hagan. ¿Otro golpe a libre albedrío?

Sé lo que hicisteis el último… puñado de segundos

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Más allá de las cuitas con el indeterminismo, el trabajo que publica Scientific Reports es muy interesante para entender la neurociencia de las decisiones personales. El experimento consistió en pedir a dos personas que eligieran imaginar un patrón visual entre dos que se presentaban con franjas rojas y verdes (uno de ellos horizontal y otro vertical) mientras se los observaba bajo el enorme imán de una resonancia magnética funcional.

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Cuando no sepas qué hacer, prepárate una taza de té

Hay ocasiones en que perdemos la brújula. Nos sentimos desorientados y no sabemos qué dirección tomar. Esos momentos son peligrosos porque nos asalta el estrés, el cual nos lleva a tomar decisiones precipitadas de las que después podríamos arrepentirnos. Hay una “solución” sencilla: cuando no sepas qué hacer, prepárate un té.
Tanto en en Irlanda como en gran parte del Reino Unido, la gente se prepara té cuando necesita hacer una pausa. En los países asiáticos, el té ha sido elevado a bebida de culto. Su ceremonial para preparar y servir el té implica un alto en la vida cotidiana para disciplinar la mente y calmar el corazón. Tantas personas durante tantos siglos no pueden estar equivocadas, así que podemos incluir este ritual en nuestra vida para buscar la serenidad que necesitamos para tomar mejores decisiones.

Un té caliente alivia las penas y genera confort psicológico 

El té caliente tiene efectos insospechados sobre nuestro comportamiento y estado de ánimo. Lo confirma la ciencia. Un estudio realizado en la Universidad de Yale descubrió que el simple hecho de sostener una taza con una bebida caliente en las manos nos vuelve más generosos y abiertos, algo que no ocurre cuando sostenemos una taza fría. También nos hace ver a completos desconocidos como personas más cálidas, amables y extrovertidas.
La clave radica en la asociación inconsciente que realizamos entre el calor físico y el emocional. En práctica, el calor de una taza de té nos hace sentir más a gusto, y eso derriba nuestras barreras psicológicas, lo cual nos acerca a los demás.
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‘Bardo-Thodröl’. El tránsito de la muerte

Fragmento del “Libro tibetano de los muertos” traducido por Ramon N. Prats. Se trata de una antiquísima enseñanza tibetana para desenvolverse en el mundo de ultratumba. Las imágenes representan a los seres que aparecen durante este tránsito.

Presentación

El texto del “Libro tibetano de los muertos” o “Bardo-Thodröl”, un título que podría traducirse por “La liberación en el estado intermedio (‘bardo’ significa: entre dos) por la escucha (‘todröl’)”, fue descubierto en el siglo XVI por Karmalingpa e insertado en el ciclo titulado “La liberación espontánea por la devoción a las divinidades pacificas e iracundas”. Este ciclo reúne gran número de rituales y enseñanzas referentes a la muerte y a lo que debe hacerse al iniciar el misterioso viaje.

Este ciclo reúne gran número de rituales y enseñanzas referentes a la muerte y a lo que debe hacerse al iniciar el misterioso viaje.

En estos textos se encuentran procedimientos aparentemente desprovistos de cualquier sentimentalismo que se presentan como un aséptico manual de instrucciones, pues es esencial que el moribundo, a quien van dirigidas dichas instrucciones, mantenga su espíritu en calma y con una fortaleza suficiente para no caer en estados de duda, desconcierto o temor que le apartarían del auténtico despertar

Las enseñanzas que se le comunican le advierten sobre lo que sucederá a cada instante, las sensaciones de su cuerpo, las apariciones que sobrevendrán, en lo que debe concentrarse y sobre todo, le advierten en contra de sus sentimientos ilusorios que de seguirlos malograrían el despertar al que nos hemos referido.

Según el “Bardo-Thodröl”, el hombre despierta en el momento de su muerte a una realidad de su propia esencia que se hallaba latente pero que no había podido manifestarse hasta aquél momento. Entonces se plantea un dilema, pues, o bien sucumbe a las visiones que se le manifiestan o bien logra mantenerse sereno de modo que pueda asistir al final al “despertar” del Buda que dormía en su interior y alcanzar lo que en el texto se llama “el cuerpo de ipsedad”.

Según el “Bardo-Thodröl”, el hombre despierta en el momento de su muerte a una realidad de su propia esencia que se hallaba latente pero que no había podido manifestarse hasta aquél momento.

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Saben leer pero no entienden lo que leen: una nueva generación de analfabetos

¿Cuándo fue la última vez que leíste un texto, de principio a fin, sin desesperarte, sin cansarte, sin interrumpir tu lectura, sin distraerte y sin querer pasar urgentemente a otra cosa?

Esta pregunta, por sencilla que pueda parecer, es capaz de revelar una de las tendencias contemporáneas más preocupantes: el impacto del Internet y sus tecnologías derivadas parece haber creado una nueva forma de analfabetismo funcional, en el cual la gente sabe leer pero es incapaz de mantener su atención lo suficientemente en la lectura como para comprender las ideas que propone un texto o la abstracción inherente a toda escritura, y menos para recrear los efectos emocionales y estéticos propios de ciertas obras.

Como quizá muchos de nosotros sabemos por experiencia propia, la lectura ha experimentado a lo largo de los últimos años una de las transformaciones más importantes de su historia. Después de al menos un par de siglos de ser una práctica realizada en silencio y con cierto grado de soledad, en nuestra época ambas condiciones han cambiado radicalmente, pues el silencio ha sido sustituido por un ruido casi omnipresente y multiforme: el ruido de la distracción; e igualmente, la soledad en la que la lectura se desarrollaba ha sido reemplazada poco a poco por una peculiar forma de la presencia y la compañía (mensajería instantánea, redes sociales, etc.), capaz de irrumpir en todo momento y circunstancia.

La “era de la ansiedad” que con lucidez desoladora prefiguró W. H. Auden ha arrasado, entre muchos otros bienes, con la posibilidad de sentarse tranquilamente a pasar las páginas de un libro, sumergirse en su lectura y por un instante suspender la corriente incesante del tiempo para situar en su lugar los acontecimientos que la escritura es capaz de implantar en nuestra percepción.

La constatación de este fenómeno no es un asunto menor. Si la lectura suele considerarse importante a priori, es porque durante varios siglos se dio por sentado que los libros eran la mejor forma de almacenar conocimiento fuera de nuestra memoria. De todos los saltos civilizatorios que ha experimentado la humanidad, la escritura fue uno de los más decisivos. Sin ésta, es muy posible que nuestra especie seguiría repitiendo los mismos errores de nuestros ancestros más remotos, y aunque en algunos casos esto sucede así, en muchos otros, sobre todo aquellos relacionados con la técnica, la escritura y la lectura han sido dos herramientas clave para el desarrollo de la cultura.
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Goethe previó cómo la ciencia mecánica destruiría la naturaleza

Johann Wolfgang von Goethe fue uno de los últimos grandes polímatas, un hombre de una inteligencia enorme pero que además fue igualmente sensible e intuitivo a la naturaleza y al espíritu de las cosas. Conjugando como pocos la ciencia con la poesía, Goethe desarrolló su propio método de indagación del mundo natural al cual llamó “empiricismo delicado”, un acercamiento al conocimiento que combina la empatía, la intuición, la imaginación, la paciencia y el reconocimiento de la otredad. Este método, pese a que a la luz de la crisis ecológica y de la influencia de las escuelas de Rudolf Steiner (quien aplicó la filosofía científica de Goethe) está gozando de un leve renacimiento, obviamente no fue el dominante en los últimos 2 siglos de ciencia, para nuestra desgracia ecológica.

El método que ha dominado en la ciencia es el método mecanicista, que toma sobre todo de Newton, Bacon y Descartes, y asume que la naturaleza es como una gran máquina inerte, o incluso una especie de mina que no tiene un valor (o propósito) en sí misma, sino que existe sólo para que el hombre pueda explotarla. Goethe famosamente llamó a este método de la ciencia newtoniana una “lúgubre, empírica-mecánica-dogmática cámara de tortura”. El profesor de filosofía Michael Marin, en su libro The Submerged reality: Sophia, comenta: “[Goethe] estaba comprometido con contrarrestar los acercamientos cartesianos y newtonianos que tratan a la materia como una cosa a la mano, algo dispuesto para ser usado, una metodología similar a una violación”. Para Goethe, nuestra relación con la naturaleza debía ser una relación de reverencia, e incluso una relación erótica. Para el poeta alemán, la naturaleza era el lugar de encuentro con lo divino, el locus donde el espíritu se hacía
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¿Pueden los robots tener un verdadero sentido del yo? Los científicos están progresando.

Tener un sentido de sí mismo está en el corazón de lo que significa ser humano. Sin ella, no podríamos navegar, interactuar, empatizar o, en última instancia, sobrevivir en un mundo de otros cambiante y complejo.Necesitamos un sentido del yo cuando tomamos medidas, pero también cuando estamos anticipando las consecuencias de acciones potenciales, por nosotros mismos o por otros.

Dado que queremos incorporar robots a nuestro mundo social, no es de extrañar que crear un sentido del yo en la inteligencia artificial (IA) sea uno de los objetivos finales de los investigadores en este campo. Si estas máquinas van a ser nuestros cuidadores o compañeros, inevitablemente deben tener la capacidad de ponerse en nuestros zapatos. Si bien los científicos todavía están muy lejos de crear robots con un sentido del yo humano, se están acercando.

Los investigadores detrás de un nuevo estudio, publicado en Science Robotics , han desarrollado un brazo robótico con conocimiento de su forma física, un sentido básico de sí mismo. Este es sin embargo un paso importante.

No existe una explicación científica perfecta de lo que constituye exactamente el sentido humano del yo. Los estudios emergentes de la neurociencia muestran que las redes corticales en las áreas motoras y parietales del cerebro se activan en muchos contextos donde no nos estamos moviendo físicamente. Por ejemplo, escuchar palabras como “picar o patear” activa las áreas motoras del cerebro. Lo mismo ocurre al observar a alguien más actuando.

La hipótesis que surge de esto es que entendemos a los demás como si nosotros mismos estuviéramos actuando, un fenómeno que los científicos denominan ” simulación encarnada “. En otras palabras, reutilizamos nuestra propia capacidad de actuar con nuestros recursos corporales para atribuir significados a las acciones u objetivos de otros. El motor que impulsa este proceso de simulación es un modelo mental del cuerpo o del yo. Y eso es exactamente lo que los investigadores están tratando de reproducir en las máquinas.

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¿Es el universo el proceso en el que la divinidad se hace consciente de sí misma a través del ser humano?

Con él estaba yo (Sophia)

ordenándolo todo,

Y era su delicia de día en día.

Proverbios 8, 30

Una de las reflexiones teológicas más fascinantes es la que se pregunta por la razón de la existencia del universo. ¿Qué es lo que podría mover a Dios a crear un universo en el que aparentemente existe otredad, separación e incluso sufrimiento y mal? ¿O por qué una divinidad, que es descrita como la perfección misma y como tal sin carencia alguna, habría de crear un mundo? Un hadith islámico dice: “Yo era un tesoro oculto que quería ser conocido; por eso creé el mundo”. Mucho se ha comentado esta frase. Se ha sugerido que la Creación, que es también la limitación del absoluto, es, paradójicamente, una manifestación de la naturaleza ilimitada de la divinidad, una de sus infinitas posibilidades. Ibn Arabi comenta: “Él deseó ver Su propia esencia en un objeto global el cual, habiendo sido bendecido con la existencia, resume la totalidad del orden divino para que ahí Él pudiera manifestar Su misterio a Sí mismo”.

En el cristianismo generalmente se considera que el universo, siendo una creatio ex nihilo, es el acto supremo del amor de Dios que dona el ser, en su bondad excesiva, a lo inexistente -y lo dona constantemente, pues el mundo es también una creatio continua, una creación eterna, de la misma manera que en la vida intertrinitaria, en la perichoresis, el Padre, el Hijo y el Espíritu están compartiendo siempre su ágape-. El ser humano es quien recibe este regalo de belleza infinita -una invitación a lo trascendente en lo inmanente- y quien está llamado a aceptar el regalo de manera consciente, a decir “sí” a Dios, a la propuesta que hace la divinidad con la naturaleza entera para celebrar una boda al fin del tiempo. Teólogos como Eckhart o Dionisio entienden que fundamentalmente Dios es incognoscible y no se accede a una unión mística más que a través de una vía apofática, de un desconocimiento, de lo que se ha llamado luego una “docta ignorancia” o una “noche oscura”: un desandar, un desnudarse y desapegarse de todo lo creado. La divinidad es una “oscuridad brillante”, que trasciende el ser mismo, no es un ente más -ni siquiera el más poderoso- en una lista de entes, y aunque genera el mundo a través de un “poder extático supraesencial”, siendo la unidad de todas las cosas y el mismo impulso erótico que mueve a todos los seres, yace más allá de todo concepto y designación, por lo cual sería demasiado osado, si no absurdo, intentar sondear su raciocinio o proceso intelectual de creación.

La interpretación que generalmente se hace en el hinduismo es que la creación es la lila o el juego divino de Dios, que en su suprema creatividad expresa su esencia a través de la manifestación de innumerables mundos y seres que son su recreo y deleite, pues la divinidad es el Purusha, el supremo disfrutador del cosmos material. Generalmente se considera que la divinidad tiene tres atributos, una suerte de trinidad, Sat-Chit-Ananda: ser, conciencia y deleite. Esto nos permite entender que el universo está hecho para el deleite del ser que es conciencia absoluta. Y en el caso de los avatares, en la tradición vaishnava, éstos encarnan en el mundo para rectificar el dharma o proveer una vía actualizada al cariz del tiempo para que el ser humano pueda alcanzar lo divino, no del todo distinto a la idea patrística de que Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera hacerse Dios. En el caso del bhakti de Krishna, como se expresa en la Bhagavata Purana y luego particularmente entre los devotos de la secta de Bengala (gaudía), el descenso de Dios al mundo es entendido ya no sólo como una rectificación moral sino como un deseo de experimentar el deleite del amor devocional. En el caso de Chaitanya, quien es considerado avatar de Krishna, esto se lleva a un condición radical: desear experimentar las deliciosas relaciones eróticas (no carnales sino espirituales) que las pastoras (gopis) de Vraja tuvieron con Krishna en el eón pasado, por lo cual el santo Chaitanya desciende no sólo como Krishna, sino en el modo erótico de Radha, su gopi preferida y shakti. De esta manera, al mismo tiempo Dios experimenta la máxima intensidad emocional de la devoción y por otro lado responde al clamor de sus devotos al brindar una base práctica -en imitación de Krishna-Chaitanya- para que los devotos experimenten la misma divinidad y se unan con Él o Ella. Notablemente, estos avatares suelen vivir una especie de amnesia divina por un cierto periodo (o de manera intermitente) al someterse almaya del mundo, sin embargo, ésta sumisión es descrita como voluntaria y como un acto de compasión a los devotos que con la pureza de su devoción magnetizan a la divinidad.

Para acercarnos más al punto de lo que quiero explorar aquí, veamos lo que dice Sri Aurobindo sobre la cuestión puesta al principio de este artículo:

Preguntas cuál es el principio de todo esto:

Y es esto…

La existencia que se multiplicó por sí misma

Por el puro deleite de ser

Y se proyectó en trillones de seres

Para que pudiera encontrarse a sí misma

Innumerablemente.

(Thoughts and Glimpses)

Esta frase conjuga tanto la noción clásica hindú de la razón de ser del universo como el deleite de la deidad, como una noción un tanto más esotérica y controvertida, de que la divinidad se encuentra a sí misma en el universo. Aurobindo no es precisamente ortodoxo dentro de su tradición (si bien es cierto que el hinduismo suele asimilar o cooptar la heterodoxia en vez de condenarla) e interpreta el cosmos dentro de una lógica evolutiva y dialéctica, cercana al pensamiento de Hegel con el que tenía varias similitude. Su conocida máxima dice: “La materia es vida encubierta; la vida es mente encubierta; la mente es espíritu encubierto” (espíritu que es supramental o supraconsciente). Y vemos aquí un proceso de
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La sencilla afición que comparten muchas de las personas que llegan a vivir más de 100 años

La sencilla afición que comparten muchas de las personas que llegan a vivir más de 100 años

Muchos de los habitantes de las llamadas “zonas azules”, aquellas que tienen una especial concentración de personas centenarias, tienen hábitos de alimentación similares. Pero también tienen una afición compartida.

Dan Buettner ha estudiado cinco lugares en todo el mundo donde sus habitantes son famosos por su longevidad: Okinawa en Japón, Nicoya en Costa Rica, Icaria en Grecia, Loma Linda en EE.UU. y Cerdeña en Italia.

Las personas que viven en estas llamadas “zonas azules” tienen, para empezar, ciertos factores en común: redes de apoyo social, hábitos diarios de ejercicio y una dieta basada en plantas.

Pero comparten otra práctica comunitaria insospechada: son aficionados a lajardinería y la practican aún en sus años 80, 90 y más.

¿Es posible que poner las manos en la tierra ayude a vivir hasta los 100 años?

Elevar el humor

Es bien sabido que un estilo de vida al aire libre con actividad física moderadaestá vinculado a la longevidad y que la jardinería es una forma fácil de tener ambas bondades.

“Si cultivas un huerto, estás haciendo algo de actividad física de baja intensidad la mayoría de los días y tiendes a trabajar de forma rutinaria”, dice Buettner.

El experto asegura que hay evidencia de que los jardineros viven más tiempo y están menos estresados. Una variedad de estudios confirman esto, así como también los beneficios para la salud física y mental de la jardinería.

Mujeres en un jardín en Londres

Getty Images
Practicar la jardinería aún en pequeños espacios verdes urbanos tiene beneficios similares que hacerlo en el campo.
 

En un análisis reciente de Holanda, los investigadores le pidieron a los participantes que completaran una tarea estresante y luego los dividieron en dos grupos.

A continuación, uno de los grupos realizó una actividad de lectura en un interior, mientras que el otro hizo jardinería al aire libre durante 30 minutos.

El grupo que leyó informó que su estado de ánimo “se deterioró aún más”, mientras que los jardineros no solo tuvieron niveles más bajos de la hormona del estrés, el cortisol, sino que también se sintieron “restaurados” por completo hacia un buen estado de ánimo.

Investigadores australianos que siguieron a hombres y mujeres en sus años 60 descubrieron que aquellos que hacían jardinería regularmente tenían un riesgo 36% menor de demencia que el resto.

Y estudios preliminares en personas mayores que sufren problemas cognitivos (como la demencia y el alzhéimer) reportaron que hay beneficios de trabajar en entornos de jardinería y en la terapia de horticultura.

La luz del sol y el aire fresco, por ejemplo, ayudan a los ancianos a sentirse más tranquilos, mientras que los colores y texturas de varias plantas y vegetales pueden mejorar la capacidad visual y táctil.

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