El hambre no es un problema demográfico

Los negros presagios sobre el crecimiento de la población no se han cumplido, el hambre no es un problema demográfico
RAFAEL PAMPILLON

Hace 200 años, el 7 de junio de 1798, se publicó el Primer ensayo sobre la población de Thomas Robert Malthus (1766-1834). Desde entonces el crecimiento de la población mundial y las posibilidades de ser alimentada han sido siempre un tema de discusión entre los economistas. Como ha señalado Carlos Rodríguez Braun, la influencia de una persona tiene que ser muy grande para que su apellido se convierta en un adjetivo. Y según el Diccionario de la Real Academia Española, sólo dos economistas han conseguido ese honor. En economía uno puede ser smithiano, ricardiano, marshalliano, friedmaniano o keynesiano, pero ninguno de esos calificativos, frecuentemente utilizados en el mundo académico, ha franqueado aún las puertas del idioma oficial, por muy eminentes que hayan sido las figuras que los originan. El Diccionario de nuestra lengua sólo ha reconocido a dos economistas, y sólo admite en sus páginas los adjetivos marxista y malthusiano.
El principio fundamental de la teoría malthusiana es hacer depender el crecimiento de la población de las condiciones materiales de la economía, especialmente de la oferta de alimentos. El crecimiento de la población se frenaría por el estancamiento en la producción de alimentos. Esta situación sólo se podría evitar a través de la contención moral (por ejemplo, el retraso del matrimonio debido al temor al hambre), pero también mediante aumentos naturales de la mortalidad por las guerras, pestes o enfermedades.
En su primer ensayo, Malthus afirmaba: «La población, libre de restricciones, crece en progresión geométrica. Los alimentos aumentan sólo en progresión aritmética». Esta ley nunca fue probada, como el mismo Malthus reconoció en su obra posterior, más madura. Los datos con los que trabajó Malthus eran muy endebles. Efectivamente, en 1801, el primer censo inglés reveló una población mayor a la habitualmente estimada. Al darse cuenta de que estos datos contradecían su modelo, Malthus se retractó de su afirmación juvenil. Con la esperanza de que su primer trabajo fuera olvidado, publicó una segunda edición, la de 1803, muy distinta de la primera: después de todo, nadie lee una primera edición cuando se ha publicado ya la segunda. Sin embargo, el texto original ha sido mucho más leído que el revisado. Como Malthus descubrió, es muy difícil idear una teoría que esté de acuerdo con los datos demográficos. De hecho, los resultados de las investigaciones empíricas muestran una relación positiva entre crecimiento de la población y crecimiento económico.
ALIMENTOS PARA TODOS.- Hoy, todos los expertos reconocen que el mundo produce suficientes alimentos para todos. En los últimos 50 años, la producción de alimentos ha superado el crecimiento de la población, a pesar de los temores sobre la degradación de la tierra cultivable y la falta de crecimiento en las cosechas. Una prueba de que difícilmente se llegará a una crisis alimentaria mundial es que la Unión Europea (UE) está incentivando el abandono de la producción de cereales, no porque se haya acabado la tierra para producirlos, sino porque los precios internacionales son demasiado bajos para los costes europeos de producción. En el futuro, al haber menos oferta de cereales por la menor producción europea, los precios subirán a corto plazo, por lo que los países con excedentes de tierras cultivables podrán aumentar su producción, ya que tienen costes más bajos que los europeos, como ocurre con EEUU, Argentina o Australia.
El aumento de la producción de cereales en tierras más fértiles y con menores costes volvería a reducir los precios a largo plazo. A medio plazo, algunos cereales bajarán sus precios: así, por ejemplo, y según previsiones de la OCDE, los cereales oleaginosos (como el girasol y la soja) reducirán su precio desde 246$/Tm., en el periodo 1990-94, a 230$/Tm. en el comienzo del próximo siglo.
Por tanto, las opiniones malthusianas acerca de una falta de suministro de alimentos a nivel mundial parecen injustificadas. El problema fundamental de la producción de alimentos no es la capacidad de producirlos, sino los precios a los que se venderán. Todavía existe una gran cantidad de tierra en condiciones para dedicarla a actividades agrícolas y, si los precios de los cereales son atractivos, la producción aumentará automáticamente.
TONELADAS.- Aunque la población mundial tiende a estabilizarse seguirá todavía creciendo y se necesitarán millones de toneladas de cereales para alimentarla. Países que tienen posibilidades de abastecer al mundo con cereales a tan amplia escala son Australia, Argentina, Canadá y otros pequeños países (por ejemplo, Uruguay) con una buena tradición productiva de cereales, y cuyas reservas de tierra están aún sin explotar. Argentina posee una tierra para fines agrícolas de alrededor de 30 millones de hectáreas (durante los años 30 el área de cultivo en Argentina alcanzó un máximo de 29 millones de hectáreas), de las cuales, ahora sólo se cultivan 16 millones.
Por consiguiente, Argentina podría utilizar esta tierra ociosa de 14 millones de hectáreas que podrían producir aproximadamente 30 millones de toneladas suplementarias de cereales. Esto considerando que la producción de la tierra no pueda ser mejorada, lo cual es falso. Argentina tiene tierra sin cultivar debido a que su producción de cereales – extensiva, es decir, sin uso de fertilizantes- no puede competir con los subsidios agrícolas que se dan en el mundo industrializado. Pero la tierra sigue allí, y podría ser cultivada en un breve periodo de tiempo.
También estamos excluyendo las posibilidades de países como Ucrania (el antiguo granero de Europa), que puede convertirse en un importante productor mundial (sus praderas son de las más fértiles, junto con las de EEUU y la Pampa argentina). Muchas de las previsiones sobre la relación entre alimentos y población son erróneas debido a la existencia de grandes extensiones de tierras cultivables no explotadas y al avance tecnológico en la agricultura.
EL HAMBRE.- La constatación de los innegables progresos que han acompañado al crecimiento de la población, y que señalan fallos en los pronósticos de los expertos, no supone ignorar que queda aún mucha desigualdad, hambre y pobreza. Como ha puesto de manifiesto el profesor Bauer, el hambre no es un problema de superpoblación, es un problema político y geográfico generado por tres factores: mala distribución de recursos, cambios climáticos e incompetencia política.
Efectivamente, si, como parece, hay en el mundo recursos suficientes, que permitan cultivar y producir alimentos y a la vez existen zonas subalimentadas, se precisa una mejor distribución internacional de recursos. Los países en desarrollo (PED) necesitan una masiva inversión de capital, apoyo investigador, capital humano, etc., para poder ser más autosuficientes en sus necesidades de alimentos. Las simples ayudas en forma de alimentos sólo sirven para aplazar y agravar la situación futura y los desequilibrios mundiales.
En segundo lugar, en áreas concretas de la Tierra, como la zona Sur del Sáhara, se han producido alteraciones en el clima, especialmente en el régimen de lluvias que han modificado la delicada ecología del desierto. El resultado ha sido la obtención de unas cosechas muy escasas que han provocado situaciones de hambre.
En tercer lugar, como denuncia la FAO, la incompetencia política y burocrática de los gobiernos de los países pobres impide llevar a la práctica una política alimentaria y agraria de suficiencia, siendo incapaces de administrar la ayuda alimentaria que les llega de otros países e instituciones. Los incontables casos de esta incompetencia administrativa; por ejemplo, en algunas ocasiones, toneladas de alimentos destinadas a los pueblos hambrientos de la India fueron comidas por las ratas porque las autoridades fueron incapaces de darles una salida adecuada.
Rafael Pampillón es catedrático y profesor del Instituto de Empresa.

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