“Contra el terrorismo”: Una mala jugada para la población civil

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos por supuesta autoría de Al Qaeda y que produjeron el resultado cruento de más de 3000 muertos civiles provocaron la rápida respuesta militar occidental, liderada por Estados Unidos, con la Guerra de Afganistán al identificarse como feudo de Al Qaeda por el apoyo del gobierno Talibán. Una guerra “justificada” con el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas como “derecho a la legítima defensa” que fue añadiendo a diferentes países mediante la OTAN y la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF). Guerra que sigue su curso actualmente y que ha provocado más de 3.500 militares occidentales muertos, 13.000 militares afganos, además del número de muertes de población civil entre 20.000 y 150.000, según tipo de fuente, y medio millón de desplazados entre otros daños colaterales.

Seguidamente, en marzo de 2003, en un momento de negociación entre el gobierno de Saddam Hussein y la ONU sobre la posibilidad de levantamiento del bloqueo económico por la desmilitarización del gobierno iraquí, Estados Unidos y Gran Bretaña, de manera unilateral y sin aceptación del Consejo Permanente de Seguridad de la ONU aunque con apoyo de países como España (la famosa foto de la Cumbre de la Isla de las Azores con Bush, Aznar y Tony Blair) invadieron Irak justificando que poseía Hussein armas de destrucción masiva violando convenios para la paz internacional e incluso alegaron que Hussein cooperaba con el enemigo invisible, Al Qaeda. Hasta el día de hoy han muerto cerca de 5.000 militares occidentales en Irak, y dolorosamente 150.000 civiles iraquíes han sido asesinados y casi dos millones de desplazados.

Tras la Guerra de Afganistán y la de Irak, se generaron nuevos movimientos de respuesta con consecuencias desastrosas y alarmantes en la población civil occidental. Entre diversas acciones cabe destacar primero los atentados de impacto y sufrimiento en la estación de Atocha de Madrid con 198 muertos el 11 de marzo de 2004, siendo este el de mayor número víctimas civiles terrestres en Occidente en siglo XXI. Y en segundo lugar, un año más tarde, en Londres el 7 de julio de 2005, hubieron 56 muertos y 700 heridos en un ataque en el sistema de transporte público. Dos atentados identificados como autoría de Al Qaeda.

Otra respuesta bélica de Occidente, después de instaurar guerras en Irak y Afganistán, llegó a Libia. Disfrazado de conflicto bélico interno iniciado entre el gobierno de Gadafi y movimientos políticos, “enigmáticamente” rápidamente armados, de la oposición con las llamadas “Primaveras Árabes” de 2011, el llamado Consejo Nacional de Transición, se llegó a la resolución de intervención militar por parte de países de la OTAN como Estados Unidos, Reino Unido y Francia tras la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU pese a la abstención de China y Rusia. Un conflicto que sigue abierto a nivel nacional y que sumó solo el primer año de los 4 de conflicto hasta el momento cerca de 60.000 muertos civiles, según el periodista Thomas C. Mountain, sin contar las muertes y consecuencias de miles de refugiados. Algo similar sucede en Siria aunque con mayor complejidad en este país del Oriente Medio, por la existencia del confuso y enigmático Estado Islámico. Según el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos de marzo de 2011 hasta agosto de 2015 se suman 240.000 muertos, siendo casi la mitad víctimas civiles con un total de 12.000 niños. Conflictos que no sólo han dejado miles de muertos y millones de refugiados, que además suman en estos 14 años 26.000 muertes a causa de la peligrosidad de las migraciones irregulares según ACNUR, sino consecuencias psíquicas y humanas de las que muchas veces poco se habla en las noticias y en los libros de historia.

Si en 2001 en lugar de producir Occidente, liderada por el Imperio de los Estados Unidos, sus cruentas injerencias justificadas como supuesta “defensa” o “salvación humanitaria” hubiera realizado otras estrategias pacíficas, diplomáticas y de cooperación muchas de estas muertes se hubieran salvado, y no solamente en Oriente sino también en Occidente. Que mejor seguridad ciudadana que evitar un Estado ir a una Guerra, sea dónde sea. Sin una Declaración de Guerra formal y vistiendo al siglo XXI como época de lucha contra el terrorismo parece que el poder occidental oculta una amorfa III Guerra Mundial mucho más similar a la II Guerra que a la I Guerra ya que la población civil parece ser el principal blanco de guerra. El hecho que Occidente use como estrategia principal la Guerra como solución a la supuesta Violación de los Derechos Humanos no es más, y contradictoriamente, una violación de los mismos Derechos Humanos (incluso del Derechos Internacional Humanitario) con un doble fin; el control político internacional instaurando gobiernos amigos que interesen a las corporaciones occidentales, y sobre todo y muchas veces invisibilizado, el negocio de las guerras.

Que muera un español, británico, francés, o estadounidense civil en su mismo territorio por un ataque del terrorismo internacional es un elevado impacto mediático para que los Estados puedan intentar ganarse a las opiniones públicas nacionales para invertir más sumas en el gasto militar que finalmente beneficia a grandes empresas armamentísticas, efecto que también los mismos gobiernos sacan provecho pudiendo usar discursos chovinistas del “Bien sobre el Mal”, “la Seguridad Nacional”, o “el Choque de las Civilizaciones”, desviando de esta manera problemas políticos internos como el crecimiento de la pobreza en Occidente. Así, el Presidente Francés no tardó tras el atentado terrorista empezar a actuar contra la histórica democrática del “Liberté, Égalité, Fraternité”

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