Si te vieses como yo te veo

veo

Los ojos solo ven lo que la mente está preparada para comprender
Henri Bergson

Una mirada lúcida, respetuosa y cordial (que sale del corazón), es como una caricia suave, como un beso en el rostro. Y un beso pedido es lo que salvó a una niña argentina de la calle, la mendicidad y la prostitución. Después de haber sido abandonada por los padres, golpeada y abusada en el orfanato, de haber escapado y vagado por las calles, un solo gesto cambió su vida. Estaba mendigando a la puerta de una iglesia, cuando entró una elegante señora con su abrigo de piel. La niña le pidió unos pesos; la feligresa le preguntó qué podía darle a cambio. Y la niña, con los ojos como platos: ¿qué podría darle, harapienta y hambrienta, a esa rica señora? Esta le pidió un beso. Y la pequeña, que nunca los había recibido ni dado, no podía creer que ella poseía algo que podía dar a alguien que lo necesitaba en ese momento, más allá del dinero, la edad y la posición social.
Hoy día, aquella cría, ya anciana, se dedica junto con su pareja a recoger niños de la calle en una gran familia; y viven de pequeñas artesanías que crean juntos. Había sido mirada como un ser humano que, en su inocencia, podía dar algo que ella ignoraba. Y esa mirada le devolvió la dignidad hasta entonces pisoteada.

La mayoría de las personas ignoran realmente su potencial; pero sobre todo ignoran su verdadera identidad. Se consideran culpables de algo, se cargan de limitaciones y mendigan miradas de aceptación y respeto. Miradas que les digan cuál es su lugar en el mundo o que se lo confirmen. Pero luego, si la mirada es sostenida y positiva no la pueden sostener. En el último círculo de hombres, pedí a uno de los participantes, actor y excelente profesor de clown, que compartiera algo de su maestría: nos hizo circular en la sala con la cabeza alta y mirando continuamente a alguien, aceptando las sensaciones y las emociones que surgieran. Muchos hombres se ponían tensos por momentos, desviaban la mirada y necesitaban unos instantes para volver a mirar y dejarse mirar. Los miedos del otro les enfrentaban a sus propios miedos.

Y es que la mirada está castigada en la sociedad occidental. Se considera una agresión, o un mensaje de deseo erótico o sexual. Se ha perdido la curiosidad inocente con la que miran los niños y, afortunadamente, aún muchos pueblos de los llamados “primitivos”. En las sesiones de terapia, muchos consultantes se ponen nerviosos si se les mira de frente cuando se produce un prolongado silencio. Inmediatamente piensan que se les está demandando algo, que están haciendo algo mal o que estoy pensando cosas que no les digo, o simplemente introduciéndome en su mente. Como si la mente guardase recovecos oscuros, cuevas vergonzantes, laberintos infranqueables que es necesario proteger. Cierto que en cualquier proceso terapéutico, en cualquier camino de desarrollo personal o espiritual, es necesario atravesar a veces zonas pantanosas y túneles negros; bajar de la terraza al sótano, limpiar las telarañas y deshacerse de trastos viejos. Pero no es tan terrible, doloroso ni amedrentador como puede parecer en un principio. Cuando se acerca una linterna a un bulto fantasmal, se descubre una vieja mecedora cubierta por una sábana o un montón de antiguas maletas tapadas con una manta.

Y eso que relegamos, olvidamos, acabamos por no ver, es lo que llamamos inconsciente. Pero el inconsciente revelado, sacado a la luz, no nos daña, sino que nos amplia y nos da más libertad. Y para ello es necesario en algún momento la mirada ajena, la mirada de los que nos rodean y ven lo que nosotros no vemos. Es un primer paso, aunque la mirada del entorno suele estar contaminada por su propia forma de mirarse, por condicionamientos familiares, culturales y sociales. Si un terapeuta quiere devolver una mirada lúcida, respetuosa y cordial, debe previamente volver la mirada hacia sí mismo y haber tenido terapeutas y/o maestros que le hayan mirado siquiera una vez devolviéndole a su propio ser.

Cuando acude una persona a mi consulta, jamás le he visto como alguien enfermo, trastornado, o completamente perdido, sino como un Ser que ha perdido momentáneamente, o quizá desde hace tiempo, el centro de su ser. Y veo el problema, pero también la solución emergente. Palpo los nudos y las madejas enmarañadas, pero también los hilos que llevan al mismo ovillo y cómo este puede desplegarse. Compadezco –padezco con- el sufrimiento momentáneo del “paciente” –que tiene la paciencia de recorrer su camino y hacer su proceso-. Pero siempre veo un enorme potencial que no ha desplegado totalmente las alas.

Cuando Rembrandt pintaba, partía de un fondo oscuro, que iba iluminando paulatinamente, hasta llegar a la maestría de las luces y las sombras, como “Judith en el banquete de Holofernes” (Museo del Prado), “La tormenta en el mar de Galilea” (pude verla en Boston, antes de su robo en 1990) o “El festín de Baltasar” (National Gallery de Londres), que cualquiera puede apreciar por internet. Es una buena metáfora de lo que ocurre en un proceso terapéutico, en donde surge la figura de un fondo indeterminado e inasible, porque finalmente se trata de decidir dónde ponemos la mirada. Y decidir qué miramos y cómo miramos cambia nuestra visión del mundo. Y cuando cambia nuestra visión del mundo, este empieza a cambiar para nosotros.

Un espejo nos devuelve la mirada, pero con tanta fidelidad que si tenemos la mirada miedosa, triste, iracunda, orgullosa, amorosa o alegre, nos devolverá exactamente ese instante y esa emoción a la que con tanta pasión nos aferramos hasta que cristalizamos la máscara-carácter con la que nos identificamos. Al final, como dice Chris, el protagonista de la hermosa película “Caminos hacia rutas salvajes”, “Tu único enemigo eres tú mismo y esa terquedad te impide cambiar las circunstancias que vives”.

Las fotografías también fijan instantes, pero el ojo de fotógrafos como Sebastiao Salgado puede parar el tiempo captando instantes de eternidad que nos hacen vibrar y estremecernos de nuestra propia vitalidad, vulnerabilidad y divinidad. Pero son excepciones, porque las fotografías se han convertido hoy día en una forma de conversar, de comunicar efímeramente, de arriesgarse a veces por puro narcisismo. En 2014, por ejemplo, murieron más personas en el mundo intentando tomarse un “selfie” en situaciones de riesgo (12 personas) que por ataques de tiburones (8 personas). Es como si se hubiese desatado un hambre de visibilidad para los demás. Como si la propia existencia dependiera de la mirada ajena a través de fotografías efímeras.

Este mundo de imágenes televisivas y fotográficas se han convertido en las estrechas rendijas de las que hablaba el poeta y pintor visionario William Blake: “Si las puertas de la percepción se depurasen, todo aparecería a los hombres como realmente es: infinito. Pues el hombre se ha encerrado en sí mismo hasta ver todas las cosas a través de las estrechas rendijas de su caverna”.

Llegados a este punto, podemos subir un nivel más de la espiral. Una vez atravesados los miedos más profundos a nuestras partes subterráneas y vergonzantes, podemos emerger como Orfeo del inframundo, pero en lugar de vagar por los bosques tocando la flauta desconsoladamente por la pérdida de la amada, mirarnos como nos miran las estrellas: se ven reflejadas en nuestra mirada, pues la luz de muchas de ellas, ya muertas, solo reviven cuando abrimos los ojos. Es como si Dios se mirase a sí mismo a través de nuestros ojos para poder verse. Somos más que polvo de estrellas. El místico Meister Ekchart lo expresó con metafísica y poética concisión hace seis siglos: “El ojo con el que yo veo a Dios es el mismo ojo con el que Dios ve en mí: mi ojo y el ojo de Dios es un único ojo y una única visión, un único conocimiento y un único amor”.

Y en palabras del siglo XXI del Maestro Zen Miguel Mochales: “Dios mirando a dios se llama ser humano… Todo es Chi [aliento, flujo vital de la energía, en chino qi; en griego clásico, pneuma]. Chi es lo previo. No hay nada más profundo que el Chi. No hay nada más profundo que lo previo… El Chi se representa como el paladín de la existencia y, aunque es inexistencia, permite al hombre sentir la medida de Dios en el dios que en él se alberga.

 

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