Adriana – La gracia interior

Hoy está de moda hablar de muchas cosas, pero ¡del alma! Y sin embargo, hace meses, sin el menor pudor, titulé mi última novela La dicha del alma porque hay un estado muy especial de consciencia gozosa que los hindúes denominan Vilasa Vivarta.

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Mis buenos amigos Joaquín Tamames y Javier León han venido a visitarme a casa y a degustar conmigo una humeante y olorosa infusión. A medias con Joaquín Tamames he escrito dos libros (Dividendos para el alma y El cielo en la tierra), y a medias con Javier León, uno, de momento (Amor es relación). En el buen sentido de la expresión, puedo decir que me han tirado de la lengua. Hemos hablado nada más y nada menos que del alma.

En los tiempos que corren, donde abundan personas desalmadas, hablar del alma resulta casi chocante. Pero he aquí que nos hemos aventurado a abordar el tema del alma, aunque sin excedernos, como para no abrumar con demasiadas conjeturas a mi gato Emile. Más allá de si el alma es permanente o no, perecedera o imperecedera, temporal o transtemporal, o si es simplemente el hálito que anima (alma) a esta organización psicosomática, lo cierto es que en determinados momentos la experimento como una entidad no-egocéntrica que trata de abrirse paso y manifestarse entre la espesa niebla formada por la ignorancia básica de la mente.

Solo a veces ella consigue asomarse entre la maraña de actitudes egocéntricas, patrones, identificaciones, apegos y miedos, y entonces uno conecta, experimenta vivamente, una energía muy fina o sutil, una presencia, un eco de infinitud que parece estar inscrito en las células y más allá de ellas. Cuando se experimenta esta presencia, se tiene un destello o vislumbre de la certeza de ser, pero tan fascinados e identificados estamos con todo lo exterior y con nuestro flujo mental, que todo ello nos aleja de nuestra esencia y el alma vuelve a esconderse, como el sol se oculta tras los nubarrones. Por ver la ostra, no presentimos la perla que tras ella se oculta. El alma, o como a ésta la podamos llamar ( la esencia, lo real, la base, lo vacuo, el núcleo del núcleo, el castillo interior), es el maestro interior y no hay que ir a buscarlo a ninguna otra parte. Es la gracia que mora en uno mismo y que se manifiesta como un impulso sagrado que nos induce a buscar en el universo suprasensible. Nadie nos la puede dar. Si viniera de fuera, volvería a irse.

El toque de la Shakti

Me confieso incrédulo, descreído, iconoclasta y, por supuesto, alérgico a los líderes espirituales o a las instituciones religiosas dogmáticas o a las organizaciones “espirituales” con su inevitable tufillo sectario. Como prevenía Krishnamurti, todo lo que se institucionaliza asesina la enseñanza genuina y todo poder se torna putrescible. Me gusta la actitud de Tomás el incrédulo, que necesitaba meter los dedos en la llaga para creer, porque eso es experimentar y lo que transforma no es la creencia, sino la experiencia directa. La creencia divide; la experiencia une. La creencia se puede convertir en un modo de violencia y fanatismo; la experiencia nos permite emerger de nuestros estrechos puntos de vista.

Cuando mi alma (permítaseme este ambiguo término, siempre puesto bajo sospecha) llama a la puerta para hacerse escuchar, trato de estar en disponibilidad para abrírsela. Brinda la presencia de una muy fina o sutil energía más allá del ego, que de repente nos colma de plenitud y cosmicidad. Los hindúes le llaman “el toque de la Shakti”. Vislumbramos por instantes una realidad que se nos escapa, pero que se traduce como un impulso para que no dejemos de buscarla. ¿No será, como dicen los grandes místicos, que la buscamos porque ella ya viene buscándonos? ¿O no será que si la buscamos es porque de algún modo ya la hemos hallado?

Emile guarda un hermético silencio. Quizá porque sabe, como diría Ramana Mahrshi, que “el silencio es siempre elocuente; es el mejor idioma”.

Ramiro Calle
http://mauandayoyi.blogspot.com.ar

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