CATEDRAL DE CHARTRES…..LOUIS CHARPENTIER…

Los enigmas en torno a la emergencia del arte gótico -esa suerte de art-got de piedra manejado por un puñado de maestros- palidecen ante los que propone la primera de sus catedrales: Chartres.Fue la única del nuevo estilo levantada de un tirón, la única en la que nunca faltó ni mano de obra, ni arquitectos, ni dinero.Y todo en una ciudad que en el siglo XII nunca superó los 15.000 habitantes.
Sin embargo, y por raro que nos pueda parecer, hasta 1965 tantas incógnitas no llamaron la atención de nadie.Ese año un escritor francés, llamado Louis Charpentier, se detuvo en esta ciudad ubicada a 90 kilómetros al suroeste de París, y se dio de bruces con el misterio. Era 21 de junio. Aquel día un grupo de personas se arremolinaba en un rincón de la nave derecha del templo, a la espera de un prodigio. Y llegó. A las 12 en punto, el primer rayo del sol de mediodía atravesó un pequeño orificio circular practicado en el vitral de San Apolinar e iluminó la única baldosa del enlosado que parecía fuera de lugar. Hoy, cuatro décadas más tarde, el prodigio sigue repitiéndose y es ya toda una atracción turística.MILAGROS DE LUZ.
Ese milagro de la luz sobrecogió tanto a Charpentier que se prometió recoger en un solo libro todos los misterios del lugar. El enigma de la catedral de Chartres se publicó al año siguiente, convirtiéndose en un clásico de la historia oculta que todavía se reedita. Basta leerlo para comprobar que el prodigio luminoso presenciado por Charpentier fue sólo un pretexto para dar a conocer sus teorías sobre el arte gótico. Yo mismo he visto varios de esos milagros de la luz en otros templos.Sin ir más lejos, cada equinoccio de primavera o de otoño, un rayo de sol del mediodía ilumina durante ocho minutos un capitel de la ermita de San Juan de Ortega, en el Camino de Santiago burgalés. La escena alumbrada muestra la anunciación de la Virgen y recoge el momento en el que un rayo divino fecunda a María.Un rayo que, gracias al primitivo arquitecto del lugar, cobra vida impactando sobre Nuestra Señora dos veces al año y marcando de paso el cambio de estación.
Charpentier jamás ignoró que, en la Edad Media, iglesias y catedrales actuaron como calendarios y relojes. Marcadores de fiestas y cosechas para un tiempo en el que no existía un modo mejor de medir el tiempo. Y esa práctica se extendió hasta entrado el siglo XVIII, que es cuando, según algunos estudios, se reajustó el reloj solar de Chartres.Pero aquella catedral escondía mucho más que un marcador de solsticios. Era todo un templo cósmico.Chartres fue levantada hacia 1220 y consagrada de inmediato a la Virgen. Fue una apuesta osada para su tiempo. El culto a Nuestra Señora emergió en esas fechas con una fuerza imprevista, y sólo en el condado de Champaña se erigieron un conjunto de catedrales cuya disposición sobre el mapa recordaba la forma del rombo central de la constelación de Virgo.
Aquello no podía ser casual.Louis Charpentier, fiel a su estilo, subrayó el problema con precisión quirúrgica: «Si superponemos a las estrellas los nombres de las ciudades donde se hallaban esas catedrales, la Espiga de la Virgen (estrella Spica) sería Reims; Gamma, Chartres; Zeta, Amiens; Epsilon, Bayeaux En las estrellas menores encontramos Évreux, Étampes, Laon, todas las ciudades con Nuestra Señora de la buena época».El problema me fascinó. ¿Cómo era posible que en plena Edad Media un grupo de constructores decidiera marcar sobre una superficie de 33.600 kilómetros cuadrados, parecida al Principado de Asturias, el perfil de una constelación? ¿Y para qué? Obsesionado, recogí cuanta información pude y terminé escribiendo una novela a la que titulé Las puertas templarias, para explicar del mejor modo posible semejante enigma. No todas las piezas encajaban.
Varias estrellas importantes de Virgo -como Beta Virginis- quedaban sin correspondencia catedralicia. Sin embargo, pese a esos desajustes menores, lo que más me sorprendió fue descubrir que esa obsesión por imitar el cielo sobre la tierra era muy antigua, y en absoluto cristiana.Veamos: en la frontera entre Armenia y Turquía, por ejemplo, el pueblo de los yezidis todavía sostiene que en el pasado existieron siete torres, construidas sobre Níger, Sudán, los Urales, el Turkestán, Liberia, Irak y Siria, cuya disposición imitaba a la Osa Mayor. Bajo su óptica, marcaron importantes lugares de poder, verdaderas puertas de acceso de las energías satánicas a la Tierra.
En palabras del historiador francés Michel Lamy, «se suponía que estas torres estaban situadas en unos lugares en los que la comunicación con las fuerzas subterráneas era posible».¿Pretendieron eso los constructores de catedrales? ¿Abrir puertas de acceso a una realidad trascendente?Siglos antes, los antiguos egipcios pusieron en práctica exactamente la misma idea. Creían que su país era un reflejo perfecto del cielo, acuñando así la máxima hermética de «así como es arriba es abajo». De hecho, una de las teorías más populares para explicar la orientación de las pirámides es que éstas imitaron ciertas estrellas del firmamento nocturno.
Pero no unas estrellas cualesquiera, sino aquéllas llamadas por sus milenarios textos religiosos El Duat. Bajo ese nombre se conoció en Egipto a las tres estrellas del cinturón de Orión -las que llamamos popularmente las tres Marías-, y a éstas las consideraron la puerta simbólica por la que el faraón accedía a los reinos del más allá. Las pirámides, por tanto, fueron modelos en piedra de esa entrada, lugares de iniciación en los que el gobernante de Egipto se preparaba para el viaje más importante de su existencia.¿Inspiraron esas remotas creencias a los constructores de las catedrales francesas?
CRISTIANISMO EGIPCIO. Christian Jacq, egiptólogo y novelista notable, es también autor de varios libros sobre el significado oculto de las catedrales. En algunos de ellos subraya las más que notables conexiones entre la fe de los faraones y la que alimentó a los diseñadores de los primeros templos góticos. Los de la «buena época», que diría Charpentier. Esas coincidencias van desde los pequeños detalles hasta el significado profundo de ciertos ritos. Jacq subraya varios. «En los papiros egipcios», escribe, «se dibujaban con tinta roja los primeros jeroglíficos de un capítulo.
Encontramos la misma práctica en las obras litúrgicas cristianas de las que conocemos las rúbricas, es decir, las rojas».Y si a detalles así le sumamos los evidentes paralelismos iconográficos existentes entre las estatuas de Isis y el niño Horus en el regazo, con las de María y el pequeño Jesús, o la coincidencia entre el Juicio Final pintado en papiros egipcios con aquellos representados en los frontis de todas las catedrales góticas -incluyendo las españolas de Burgos o León-, las conexiones egipcias se hacen insalvables.Hubo -y he aquí el gran misterio- una tradición que relacionó el culto a las estrellas con la veneración a diosas femeninas, que nació junto al Nilo y que impregnó la cristianísima Edad Media europea. Conociendo este dato, tal vez ahora sí podamos resolver este viejo enigma, extraído de un texto de inspiración egipcia conocido como Tabula smaragdina:
Cielo arriba / cielo abajo; / estrellas arriba / estrellas abajo; / todo lo que está encima, debajo se muestra.
Por Javier Sierra.

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