Futuro y fuga del dinero

Miguel Iradier, Rebelion
Los que acostumbran a leer noticas alternativas en inglés, norteamericanas sobre todo, habrán reparado en la frecuencia con que últimamente aparecen admoniciones, a menudo alarmistas, sobre la guerra contra el dinero en efectivo (the war on cash).
El capitalismo norteamericano está enamorado del apocalipsis, seguramente porque, como ya se ha notado, el mismo fin del mundo se concibe como un espectáculo o mercancía producido en el interior del sistema y no como el fin del sistema.
Se hacen lúgubres prospectos del “campo de concentración financiero” que se avecina y uno se pondría a temblar de inmediato si no fuera porque eso, poco más o menos, es lo que ya parece que tenemos.
Además, muchos de los que ponen aquí su indignado grito en el cielo (¡no nos van a dejar ya ni tener billetes!) son el mismo tipo de gente obsesionada con atesorar oro y que sólo concibe la libertad en términos de poder adquisitivo. Otra especie de “indignados”, genuimente conservadora y americana, que nos viene a recordar las profundas diferencias de mentalidad que todavía persisten entre Europa y América.
A pesar de todo, conviene no olvidar que la guerra al dinero en efectivo no es un mero culebrón para catastrofistas, sino una persistente y poderosa tendencia actual que aún está adquiriendo impulso -está acelerándose- y que determinará en gran medida el escenario de los próximos años y décadas. Los medios alternativos de aquí, que tal vez temen mezclarse con cualquier chisme con tintes reaccionarios, ignoran el tema con esa especial habilidad que tienen para eludir ciertos temas importantes. Uno tal vez no sabe muy bien qué pueda significar hoy ser reaccionario -puesto que a casi todos, y no menos los que se autodenominan “izquierda”, apenas nos es dada otra cosa que reaccionar; pero justamente este tema del destino del dinero, si conseguimos confrontarnos con él, podría ser una oportuna piedra de toque y un excelente revelador de cómo andan las cosas.
Dado lo poco que se escribe en español sobre el asunto, no estará de más hacer algo de repaso. Por descontado, información y rumorología al respecto, monocorde y repetitiva, puede encontrarse con sólo teclear en inglés “war on cash” or “cashless economy”.
Bail out/Bail in: Rescate y captura
La actual corriente de artículos sobre la presunta guerra al dinero en efectivo suele tomar como punto de partida artículos recientes de Kenneth Rogoff (Harvard) y el economista en jefe de Citigroup Willem Buiter. Ambos debaten los beneficios y riesgos de la prohibición o cuasi-prohibición del dinero en efectivo, contemplando, naturalmente, la posibilidad de una implantación gradual con restricciones sucesivas en el tamaño de los billetes y sus sumas. Esto, de hecho, es lo que se ha visto en diversos países del euro como Italia, Francia o Grecia desde los comienzos de la crisis financiera del 2008. Rogoff añade que tampoco haría falta decretar la prohibición, y que bastaría con dejar los billetes de 1 dólar o 5 para las transacciones cotidianas de los agentes marginales y rezagados de la economía como pobres o ancianos; apreciación que por sí sola ya nos da cierto olor de lo que se pretende.
Buiter por su parte va de cabeza al principal motivo de preocupación de los bancos, y sin preámbulos nos dice que la debacle financiera del 2008 se hubiera podido evitar con sólo cargar un 6 por ciento de interés negativo sobre el dinero en metálico, o dicho de otro modo, tomando un 6 por ciento de los depósitos de los ahorradores para forzar a todo el mundo a gastar cualquier dinero que pueda tener en efectivo. Se trata, en definitiva, de pasar de los rescates con inyecciones del erario público a la captura de los propios depósitos de los ahorradores, para lo cual ya hace tiempo que sin publicidad se despliegan leyes favorables. El mayor de los bancos americanos, JP Morgan Chase, ya cobra un 1 por ciento a los “excesos” de dinero en depósito.
Ni que decir tiene, si ya no hay dinero en efectivo o sus movimientos se encuentran severamente limitados se evitan las estampidas financieras con la gente pugnando por sacar sus depósitos; no hay que decretar un corral porque ya todo es por principio un corral (no hay dinero tangible que sacar), y de aquí, tal vez, el socorrido calificativo de campos de concentración financieros. Aunque hay bastante más que esto.
Las ventajas para la banca son evidentes, y lo mismo cabe decir para el estado, que, so pretexto de luchar contra la evasión fiscal, podría acceder a un control ideal y al detalle de las acciones y transacciones de los ciudadanos. Los argumentos fiscales son por ejemplo el motivo esgrimido por el gobierno de Netanyahu para su plan por etapas para una economía sin efectivo en Israel, en un estado cuyo presupuesto, se dice, se halla tan exigido por los gastos militares. Y naturalmente, los portavoces de los bancos aseguran que con estas medidas la lucha contra el narcotráfico, el terrorismo y el crimen -por no hablar de la evasión fiscal- sería infinitamente más efectiva.
Si las ventajas tanto para el estado como para la banca son enormes, puesto que ambos son hoy los grandes polos de poder, cabe estar seguro de que estas iniciativas gozarán del mejor viento en sus velas. Además, no sólo hay que contar con el acostumbrado despliegue de relaciones públicas para minimizar las resistencias, si de verdad las hay; más fuerte que todo esto es que el mismo Zeitgeist, el mismo Espíritu del Tiempo, ha asumido como suya la misión de convertir en electrónico todo lo que pueda ser convertido, y el dinero no es precisamente algo secundario en esta función. Por añadidura es una de las cosas que mejor se prestan a ello. ¿Por qué querría el Espíritu del Tiempo convertirlo todo en electrónico? Pues justamente, para convertirlo en dinero. La inagotable sed de liquidez. En definitiva, el Espiritu del Tiempo es el Dinero y punto; aunque, aquí está la gracia, no hay por qué confundir dinero y capital. Y en cuanto a la gradualidad, sólo hay que administrarla de forma oportuna al compás del apuro y de las crisis, puesto que nada se ha transformado de manera más paulatina.
Sin duda las tarjetas de crédito, aunque a menudo las utilicemos para ir al cajero, nos han ido haciendo a la idea del puro dinero electrónico. Pero ahora en países como Suecia o Dinamarca los mismos cajeros están desapareciendo, porque son ya muy escasas las transacciones hechas con billetes. Allí en muchas áreas comerciales ni aceptan ya efectivo, que se está tornando en un lastre o incluso en algo un tanto sospechoso. Ahora se trata de pasar de la tarjeta al iphone, y ya están aquí las aplicaciones de pago por teléfono como Apple Pay y otras, con las grandes multinacionales como siempre en vanguardia. Lo cashless y cash free es lo último y los festivales de música ingenian sistemas de pago por pulsera electrónica para que “sin contacto” pagues más y mejor. Usando datos biométricos ya no tendrás que rellenar interminables formularios por internet, sino que podrás “comprar sin pensar, como a ti te gusta”. Nada subliminalmente, se ofrece la promesa levitante y eufórica de un mundo sin dinero, pero con tu iphone. No te pringues la mano con algo tan sucio como un billete, con abundantes trazas fecales, de mocos y de cocaína. Y además, si no llevas cartera nadie te robará por la calle; eso se queda ya en exclusiva para los amistosos estafadores de las comisiones.
Porque siempre hay que luchar contra el crimen. Y de paso, empezamos a criminalizar toda la economía informal, se entiende que la de bajo nivel adquisitivo. Por añadidura, el sistema de los billetes, además de inefectivo, resulta muy caro para todos. Es innegable que los billetes grandes hacen más fáciles las corruptelas y los movimientos del crimen organizado, pero ya se ha empezado a decir que son la causa. Ya están cantadas las noticias de redadas contra cejijuntos terroristas atesorando sacos de billetes en sus búnkeres, mientras en los anuncios, libre de dinero, la juventud angelical vuela extasiada por el aire. Ninguna exageración, puesto que el ministro de finanzas francés Michel Sapin atribuyó los atentados de Charlie Hebdo a la capacidad de comprar cosas con dinero en efectivo; desde entonces se establecieron controles a partir de mil euros para “luchar contra el uso del dinero en efectivo y el anonimato en la economía francesa” [1]. Y en cuanto a la publicidad, ya la tenemos.
Esta transparente “sociedad sin dinero” (en efectivo) no va a quedarse en un experimento para civilizados escandinavos; hasta el Banco Central de Nigeria ha establecido como una prioridad la reducción en lo posible de esta reliquia del pasado. También pensando en África, Bill Gates prevé soñador que “por el 2030, dos mil millones de personas que no tienen una cuenta bancaria estarán acumulando dinero y haciendo pagos con sus móviles. Y por entonces los proveedores de dinero en el móvil ofrecerán todo un espectro de servicios finacieros, desde ahorros con interés a seguros y créditos”[2] . La Belinda and Gates Foundation está volcada en llevar la mano amiga de la banca a los más pobres, pues, como afirman en sus comunicados oficiales, también los pobres pueden ser una base de clientes rentable.
Ni en España faltan pioneros. Guillermo de la Dehesa, ex-funcionario del estado, secretario del PSOE en tiempos de Solchaga, consejero del Santander y de Goldmann Sachs, y colaborador de El País vaticinaba ya en el 2007 un mundo mucho más seguro y menos violento una vez que desapareciera “el mayor incentivo que ampara toda la actividad ilegal”[3]. De la Dehesa, junto con Enrique Sáez, uno de los primeros abogados de la iniciativa, no dudaba en convertir al dinero en efectivo en causa hasta de las guerras.
Como se ve el argumento de la seguridad es el más recurrente del lado de los gobiernos, y la seguridad no es más que el aspecto amable del control. Las transacciones sin efectivo han de incorporar la tecnología de cadena de bloques (blockchain) que vio la luz con la primera criptomoneda de éxito, Bitcoin, pero que es enteramente independiente de ésta: una base de datos distribuida y abierta con ciertos protocolos que mantiene un registro acumulado de todas las operaciones. De este modo todas las operaciones y transacciones con dinero, salvo por las monedas o billetes de baja denominación que no fueran derogados, serían íntegramente rastreables.
Los expertos en la materia dicen que esta tecnología de cadena de bloques es extremadamente segura y difícil de trucar, de modo que la panóptica trasparencia a que serían sometidos los ciudadanos/consumidores no sería mayor que la que tendrían “los banqueros y los gobernantes”, así todo junto y sin solución de continuidad. Suena encantador. Tal vez no haya por qué dudar de que se trate de una tecnología de lo más democrática, al menos por diseño y concepción; pero cuándo se ha visto que una tecnología impuesta desde arriba fuerce la igualdad entre los de arriba o los de abajo. Si acaso cabría pensar en una más dramática e insondable separación entre administradores y administrados. El problema no es la tecnología, sino su imposición, y para unos fines bien concretos; así esa tecnología sólo puede asumir la función que le sea asignada, y que indudablemente se transformará con el tiempo.
Además, como dicen algunos, no hay problema que traiga la tecnología que la tecnología no pueda arreglar. Con nuevas innovaciones. A la descentralizada pero compacta tecnología de bloques pronto le han crecido apéndices tales como las cadenas laterales (sidechains), muy aptas desviaciones para otras criptomonedas paralelas, y que, se afirma, permiten prevenir “faltas de liquidez”, “reducir la volatilidad” y un largo etcétera de conveniencias. Puede ser cierto, pero no hace falta entrar en muchos detalles para escuchar la misma música, los mismos estribillos, los mismos prodigiosos e ilimitados despliegues de la ingeniería financiera de siempre, con renovadas y aumentadas posibilidades. ¿Puede sorprender entonces que Goldman Sachs, que siempre se ha mostrado entusiasta con esta tecnología, esté desarrollando con sus propias patentes su particular versión del Bitcoin, llamada provisionalmente SETLcoin? Y ciertamente no han de ser los únicos. Parece ser que los bancos, siempre impacientes, no están dispuestos a esperar a que la rémora de la política estatal conforme el campo de medidas y ya están anticipando sus propias soluciones. Las cadenas laterales, como buenas ramificaciones, son un gran paso para lograr el efecto multiplicador de la red que puede ser decisivo a la hora de consolidar este nuevo uso y práctica del dinero.
Las ventajas que el puro dinero electrónico tienen para el estado y la banca son tan claras que no merecen demasiados comentarios, pero la cruz del asunto no está en la suma, sino en el producto de ambos. Pues si el matrimonio entre banca y estado viene de viejo, ahora se haría casi imposible limitar la nueva atribución de poderes con que se vería consagrada. Asistida por la inminente ubicuidad de la vigilancia electrónica y “la internet de las cosas”, estaría por nacerles un hijo que multiplicará la belleza de sus progenitores. Sólo hay que pensar un poco en ello, pues nuestra fantasía podría cosechar otro más de sus patéticos fracasos.
Singularidad y horizonte de sucesos
Hace años, especialmente antes del milenio, se puso de moda entre “transhumanistas”, tecnoprofetas y otros pirados hablar de una supuesta singularidad tecnológica hacia la que nos estábamos peligrosamente acercando. Pronto los ordenadores y los robots aprenderían a autorreplicarse y mejorarse por sí mismos y así de un día para otro el Homo Sapiens quedaría hundido en el barro sin sospechar siquiera lo sucedido. Si uno no cree en empanadas especulativas como la de los agujeros negros de los físicos, difícilmente creerá en una quimera como la de la singularidad tecnológica. Pero para la psicología no deja de ser un síndrome fascinante, puesto que alía las virtudes higiénicas del Apocalipsis con el más desenfrenado optimismo aprovechando el denominador común de la fuga y el escape. No es algo fácil de superar. El problema es que la tecnología nunca está a punto. En cambio podríamos asistir al nacimiento de un síndrome nuevo y no menos fascinante que ya tiene solucionados los problemas técnicos, es decir, ya tiene su libre curso garantizado: se trata del síndrome de la singularidad financiera, aún no tipificado por los psiquiatras.
Lo bueno de pensar en la unión indisoluble entre banca y estado como un agujero negro es que, si estamos ciertos de que los agujeros negros no existen, nos facilita grandemente conjurarlo. Por otra parte tiene la ventaja de que podemos seguirle la corriente a los locos y hasta empatizar con ellos sin necesidad de pasarnos a su bando. Si el todo es singular, cualquier singularidad en una parte no pasará de ser una ficción mental, pero por otra parte, gracias al impagable (y en realidad impresicindible) concepto de horizonte de sucesos, podemos hablar tranquilamente de lo imposible como si fuera tan sólo inevitable. Y además, un horizonte de sucesos está lleno de cosas especulables y discurribles, puesto que es un embudo de tiempo.
Admitido que los intereses de la banca y el estado por terminar con billetes y cheques son desde su punto de vista perfectamente razonables, puede preguntarse dónde está el delirio. Pero ya adelantamos que no es la suma, sino el área del producto, el que circunscribe el nuevo espacio para las aberraciones que intentamos concebir. Ahora mismo no sabemos si ambos polos de interés habrán de coincidir a la hora de eliminar el antiguo dinero, o si, ante problemas mayores de las grandes divisas actuales (dólar, euro, yuan, yen, libra, etc), la banca intentará desbordar por las bandas en una especie de enloquecida criba darwiniana de monedas estatales y no estatales. Todo eso está por ver ya que los sobresaltos en estos diez o quince años próximos están garantizados. El dinero en la forma actual difícilmente puede tener más tiempo que ése.
Puesto que los problemas técnicos para la eliminación del actual dinero ya están prácticamente resueltos, es obligado volver sobre los obstáculos que el proyecto tiene en las otras esferas, fundamentalmente la política y la económica. Curiosamente, los obstáculos sociales no parecen merecer mucha consideración de los abogados de la “sociedad sin dinero”. En el capítulo económico, y especialmente si se consideran las divisas de los estados y ecozonas, como el dólar o el euro, un asunto primordial es la concertación, puesto que cualquier intento unilateral por parte de una economía de restringir el uso de su moneda atraería el uso de divisas extranjeras en su propio territorio. Incluso si en los Estados Unidos, que siguen gozando con diferencia de la divisa más fuerte, se restringiera drásticamente el uso de dólares en efectivo, sólo se lograría desencadenar una compra frenética de euros, yuanes y hasta rublos si no hay nada mejor, invirtiendo la situación y trasfiriendo la fuerza del dólar a la pujanza del propio mercado negro interno.
Esto sería al menos lo más probable por la sencilla razón de que, como admiten Rogoff y Buiter, el motivo de partida para acabar con el dinero en efectivo es darle algo de aire y espacio de maniobra a los bancos a través de los tipos de interés negativos; luego se aducen el resto de “ventajas.” Sabido es que todos los grandes bancos centrales llevan años bordeando el interés cero o el interés negativo, y fabricando grandes sumas de dinero, con el pretexto de estimular la economía. En la práctica, el dinero les llega casi sin interés a los bancos y las líneas directas de crédito privilegiadas, que se dedican a especular gracias a la enorme ventaja con que cuentan. Faltaría más, el usuario normal del banco tiene que pagar unos intereses mucho más altos, por no hablar de las tarjetas de crédito. Por otro lado ese interés cercano a cero, y que se querría negativo, penaliza a los ahorros depositados en los bancos, pues ya la inflación suele ser mayor que el interés.
Con intereses negativos, el ahorrador está pagando directamente por dejar dinero en el banco, aun si ignoramos la inflación. Y por otro lado, los bancos centrales buscan obsesivamente la inflación, por la que no dejan de suspirar continuamente en la letanía de sus comunicados oficiales. “¡No conseguimos la suficiente inflación!” lloran una y otra vez, lo que debería dejar atónito al más sufrido lector de noticias, cuando siempre se nos dijo que el motivo fundacional de los bancos centrales era proteger el valor adquisitivo de sus monedas y por ende luchar contra la inflación. La razón para esto, claro está, es que en una economía de deuda como la que tenemos la inflación es ventajosa, puesto que hace más baratos los pagos futuros. Los bancos centrales, que no son sino los consorcios de los bancos privados con la bendición del estado, hacen todo lo posible por exacerbar la economía de la deuda.
Así pues, los bancos quieren tener libertad para imponer tipos negativos y que la gente tenga que pagar por su dinero en el banco. Como en tales circunstancias los ahorradores prefieren sacar el dinero y tenerlo en efectivo porque conserva mejor el valor que los depósitos, la única forma de impedirlo es terminar con el dinero en efectivo mismo. Este es el plan, tal es la solución final.
El Banco Central Europeo fue el primer gran banco en aventurarse en las aguas de los intereses negativos en junio del 2014, con un modesto 0,3 por ciento. Le siguieron los bancos centrales de Suecia, Dinamarca y Suiza, que ya lo había hecho anteriormente en los setenta. ¿Cuánto por debajo de cero puedes llegar? El límite lo pone la conyuntura, no la vergüenza. Pero si el dinero en efectivo se reduce a un rango residual, se ha conseguido eliminar el principal obstáculo.
Dicho sea de paso, el hecho de que ahora se lamenten en los bancos centrales porque no hay suficiente inflación, y de que se castigue sin disimulo al ahorro, al que hasta ayer se consideraba fundamento del capitalismo, es algo que supera las más gruesas parodias. Es el signo más cierto de que ya hollamos el territorio del postcapitalismo, aunque aún no nos atrevamos a reconocerlo. Y no queremos reconocerlo porque no queremos admitir que el periodo posterior al capitalismo podría ser peor en diversos aspectos a su predecesor, o que su predecesor no apuró el cáliz de sus males. Al menos, si llamamos postcapitalismo a la fase en que ya carecen de relevancia las contradicciones que en una fase anterior hubieran socavado sin remedio su discurso y su sistema. Ahora no lo socavan, luego se está abriendo una nueva época y ante las temibles implicaciones de esto muchos lo prefieren ignorar. Penalizar el ahorro también significa oponerse al motor de la movilidad social, que hasta ahora era la válvula de escape del sistema para el descontento social. Siendo esto tan peligroso, ¿qué es lo que se pretende? Al menos hablando en términos económicos clásicos, si no ahorras, lo único que te queda por hacer es consumir o jugar en el casino de la bolsa. Y este es el rol lubricante que se espera del nuevo microsiervo.
Los intereses negativos y la captura o confiscación del dinero de la población es prácticamente el único y último grado de libertad importante que tiene un sistema bancario-estatal que parece haberlo intentado absolutamente todo y que, mientras navega a la deriva por un mare tenebrarum de derivados financieros y activos tóxicos contempla que los paños calientes de la última crisis tienen un efecto marginal cada vez menor. No podrían “estimular” la economía ni aunque empezaran a repartir billetes con helicópteros. Así que la cuestión es el cómo y el cuándo.
Si la prioridad la establece la urgencia, lo primero es tener algo de aire a nivel financiero, y lo inmediatamente posterior, ante la inestabilidad creciente, es fortalecer los mecanismos de control a través de esta nueva vuelta de tuerca financiera. Pues a veces, como cuando se habla del dinero en helicópteros, parece que el problema, más que el propio dinero, es mantener sujeto al conjunto del tinglado y de la gente. En lo grande es imposible separar lo económico de lo político.
Las crisis, ya se dijo, jalonarían esta limpieza del dinero en efectivo. Las primeras restricciones importantes en países europeos vinieron tras el 2008. Si el hundimiento en bolsa de las punto-com en el 2000 biseló el cambio de milenio, la crisis sistémica del 2008 es el primero de los tres grandes golpes que, a lo sumo, puede aguantar este sistema antes de desmoronarse por completo. Y es que el colapso no es un acontecimiento sino un proceso, y como todo proceso tiene su ritmo. Los tres golpes pueden recordarnos los tres soplos del lobo en el cuento de los tres cerditos. La segunda gran crisis sistémica podría haber empezado ya, aunque una discreción que es de agradecer nos habría ahorrado el susto. Ya nos hemos acostumbrado a pensar que no hay crisis que se precie sin un Lehman Brothers o un hundimiento espectacular en la bolsa; pero ahora podría ser distinto, puesto que en el 2008 los bancos centrales no estaban bombeando el dinero a marchas forzadas para seguir inflando los mercados (bolsa, bonos, vivienda) y ahora sí. Los indicadores generales pueden ser ahora iguales o peores que en el verano del 2008, pero el descenso, a decir de Charles Hugh Smith, podría parecerse más al de un avión que va quedándose sin combustible que a una caída en picado. No es que vaya a faltar el suministro de dinero, pero, como con cualquier adicción, el aumento de las dosis tiene efectos decrecientes.
Aun ignorando tantas cosas, podemos abonarnos a la idea de que continuarán las crisis cada 7 u 8 años como ha venido siendo la tónica en los últimos dos siglos; el año 2016 tiene entonces grandes probabilidades de ser uno de estos años críticos incluso sin la presencia de los detonantes habituales. Más simplemente, podría ser el año en que se reconociera que las políticas monetarias que se han venido usando como medicina no tienen efecto, permaneciendo una larga serie de problemas sin resolver o agravados. Las crisis periódicas del siglo XXI tienen esto de notable. Antaño el efecto destructivo de los ciclos de negocio se veía compensado, después de todo, con otro efecto de limpieza y renovación relativos, para hacer bueno aquello de la “destrucción creativa” de Schumpeter. Pero ahora lo que vemos es que los vicios se agrandan, acentúan y se enquistan mientras se crean fortalezas y murallas contra la innovación. En general, vivimos una época de enfeudamiento mucho más que de innovación efectiva, lo que no quita para que el potencial de innovación sea hoy mucho mayor que en otras épocas. De aquí precisamente los muros defensivos.
Y además, como ya se ha notado abundantemente, a este sistema-mundo ya casi se le han acabado los nuevos mercados (espacio), el efecto novedoso de casi todo lo vendible (renovación en el tiempo), y tampoco espera nadie nuevos ciclos tecnológicos con capacidad de reciclar el trabajo perdido y el capital que busca rendimiento. Así nos adentramos en el estancamiento del producto global con captura de rentas por unos pocos y el desmoronamiento interno de la estructura social por choques sucesivos. El mismo éxito y eficiencia del sistema para conseguir sus propios fines se convierte, en un entorno con márgenes cerrados, en la mejor garantía de su deceso. Lo que llamamos “morir de éxito”.
Si todo esto es así el efecto de crisis sucesivas en estas primeras décadas del siglo es a la larga mucho más demoledor, pues lo sabemos muy bien, no hay recuperación por más que se pretenda lo contrario. Y si no hay recuperación, con el primer golpe el sistema se estremecerá, con el segundo se tambaleará, y con el tercero caerá. Los años de estos golpes serían, grosso modo, 2008, 2016 y 2025. Hacia mediados o finales de la próxima década estaremos entrando en otro mundo, otro sistema, por la sencilla razón de que el actual será ya inhabitable. Pues justamente cuando un sistema es incapaz de reformarse el hundimiento está garantizado. Parece una proposición autoevidente.
Cuanto menos posibles las reformas, más segura la caída o más profunda la transformación. Dado que la presión colosal del “éxito” del sistema fuerza todo a ello, incluidas las oligarquías y los gobernantes. Si queremos verlo así, puede augurarse, más que una muerte, una “Gran Transformación” de pareja magnitud a la estudiada por Polanyi, pero, colonizado ya todo el espacio de acción, mucho más concentrada en el tiempo. Si todo pasara por las alternativas entre banca y estado, tal como enfatizan las opciones electorales, estaríamos más que condenados. Puesto que ambos no son una alternativa sino un tándem, desde los tiempos que estudiaba Polanyi, y de forma infinitamente más orgánica ahora. Pero es improbable que un tiempo sometido a tensiones tan violentas no tenga potencial para engendrar bifurcaciones. Y la bifurcación no puede estar causada por la falsa alternativa que nos lleva de cabeza, sino por todo lo que ésta reprime o no deja ver.
A vueltas sobre el sistema monetario: “Todo está sobre la mesa.”
La eliminación del dinero en efectivo es la eliminación del “dinero sin control”, por lo tanto, aunque hasta ahora se asoció el dinero con la libertad, desde ese momento todo dinero será control. El dinero inmóvil pasaría más desapercibido, pero quién asegurará que hay algo inmóvil aquí. Esta eliminación del efectivo, debería llevar, si se siguiera el curso natural del relevo generacional y la presión por el acostumbramiento, no más de dos o tres décadas. A ese ritmo, y con una presión sostenida, casi ni nos daríamos cuenta. Pero vemos que la urgencia aprieta y no hay ya más trucos ni remedios monetarios en la recámara. Parece que la única medida que puede dar aire al sistema financiero en los niveles de tensión actuales y futuros es el disponer de todo el dinero y de forma tan completa como sea posible. Y si es posible, ¿por qué conformarse con menos?
Con todo se diría que los que se preocupan por la guerra a los billetes no acaban de ver la jugada. Y es que, después de todo, la cantidad de dinero en efectivo ya es muy pequeña, es una parte bien modesta de lo que se considera dinero en nuestras economías. En los Estados Unidos, 1,36 billones de dólares, en una economía de 17,5 billones. Algo así como un 7 por ciento, y unos 4.000 dólares per cápita. La mayor parte es billetes de 100; los billetes de 10, 5 o 1 dólar sólo hacen menos de un 4 por ciento del efectivo, o menos del 0,28 por ciento del producto bruto. En la eurozona el porcentaje puede ser algo mayor, según los países, pero disminuyendo y en el mismo orden de cifras. En definitiva, el dinero en efectivo ya es casi residual para el conjunto de la economía, lo cual nos lleva a un serio corolario: los enormes números de gente para los que el dinero en billetes es una parte central de su actividad son también, desde el punto de vista económico, un mero residuo. Para nuestro sistema valen mucho más como voto que como economía.
Así que cuantitativamente la desaparición del dinero en efectivo es pan comido y bien poca cosa. No da para ningún tipo de “Gran Transformación”. Pero lo que está en juego no es ese modesto porcentaje. Hay más incluso si dejamos para el final las consecuencias sobre la libertad, que ahora tan poco parecen importarnos.
Hace mucho que el sistema monetario en todo el mundo gira en torno a la reserva fraccional. Sólo una parte mínima, un 5% o menos, del dinero en existencia es fabricado por las planchas del banco central. Esta es la base monetaria, constituida por el dinero legal en circulación más las reservas de los bancos en el banco central. El resto del dinero no es depósitos de los ahorradores, sino que lo crean los bancos comerciales de la nada con los préstamos. En realidad, es el que pide el préstamo y compra el que crea el dinero, pero de bien poco le sirve. Desde luego, al banco comercial sí le sirve a la maravilla semejante procedimiento. Incluso el Banco de Inglaterra aclaraba y subrayaba el hecho en un comunicado reciente [4]. Cuando menores son los requerimientos de reservas de los bancos, más veces puede el banco comercial multiplicar el dinero que le llega de su padre el banco central a unos intereses muy cercanos a cero; pero por otro lado mayor es el riesgo en caso de que los clientes con depósitos demanden su dinero. A pesar de todo y como tendencia los porcentajes de dinero en reserva han estado disminuyendo sostenidamente en casi todos los países a lo largo del tiempo.
La creación de dinero por extensión del crédito está en el origen de los ciclos de negocio con sus burbujas hinchándose y reventando con sorprendente periodicidad, como la simple lógica y los más detallados estudios demuestran. Es decir, la terminación de las crisis periódicas, al menos en su mayor parte, era algo que se podía haber logrado hace siglos, con sólo que el único dinero en circulación fuera el que emite el estado y exigiendo la integridad de los depósitos. Y no sólo eso, se hubiera terminado con el endeudamiento crónico de los particulares y de los órganos públicos, y con la febril y destructiva necesidad de crecer a cualquier precio. Pero como lo que se buscaba era eso, dentro del marco del estado nunca se ha conseguido restituir la emisión del dinero a su única legalidad posible.
La prueba es que las burbujas y ciclos de negocio por causas endógenas empiezan con la reserva fraccional, y son prácticamente desconocidas antes. El Banco de Inglaterra se funda en el 1694, más o menos los años de los Principia de Newton, y los años en que aflora el impulso notorio de la “Gran Transformación” que glosa Polanyi.
La última vez que hubo un clamor importante por volver al dinero del estado y las reservas íntegras fue en las secuelas de la Gran Depresión, en lo que se conoce como el “Plan de Chicago”, apadrinado por grandes economistas de la época como Irving Fisher. La Reserva Federal sólo hacía 20 años que se había creado, pero ya era de lejos el mayor poder del país, y naturalmente F. D. Roosevelt terminó por desestimar la propuesta para adoptar medidas de gasto público infinitamente más tibias. Incluso muchos años antes grandes industriales como Edison y Ford habían abogado por el dinero del estado, preguntándose por qué estúpida razón el pueblo de los Estados Unidos tenía que pedir 30 millones de dólares de su propio dinero para tener que pagar 66 sumando todos los intereses. Qué tiempos aquellos en que todavía eran posibles guerras entre los industriales y la banca.
Incluso el ínclito Milton Friedman suscribió decididamente el Plan de Chicago, al menos de palabra. Algunos dirán que una medida que era promovida por grandes industriales o por Friedman no puede ser, por decir lo menos, “progresista”. Pero olvidémonos para variar de los bandos y atengámonos a la letra: ¿Por qué todos están obligados a pagar deudas, y el estado el primero, cuando el mismo estado es el que hace el dinero? ¿Qué había de derechas o de izquierdas en reclamar que el dinero volviera a ser exclusivamente estatal? Y sin embargo los llamados partidos de izquierdas nunca han tenido el valor de pedirlo, tal vez porque sepan mejor que nosotros los parámetros en que se mueven. Incluso se habla a menudo de la nacionalización de la banca, pero nunca de acabar con la creación del dinero por el crédito, de acabar con el sistema de la deuda crónica. ¿No es ésto realmente extraño?
Los prestamistas, no “la burguesía”, son los arquitectos de la era de las revoluciones burguesas. Son ellos los que están detrás del derrocamiento de las monarquías, de los parlamentos y las constituciones. Las mismas “revoluciones burguesas” son sobre todo revoluciones monetarias. ¿Por qué si no los estados tienen que pedir a los banqueros el dinero que ellos mismos fabrican y pagar indefinidamente intereses? Muy pocos son los que, como Alejandro Nadal, se han preguntado de dónde viene el llamado “mito de la independencia del banco central”, es decir, de que el banco central deba ser por completo independiente de los gobiernos. Y la respuesta bien evidente está en la misma historia: La confiscación del dinero necesitaba una justificación, y a menudo se empujó con engaños y guerras, siempre el mayor negocio del mundo, a que los gobiernos abusaran de su legítimo derecho de emitir dinero. Tras desvaluaciones escandalosas, se exigió y se aceptó el que “algo tan serio como el dinero pasara a manos responsables”. A veces ni siquiera se tuvo que forzar mucho la mano, y bastó con mantener el asunto en círculos cerrados bien avenidos y lejos del debate público: “pactos de caballeros”.
Aunque a menudo muy discreto, este es el rasgo aislado más importante de las revoluciones de la era del capital -todas para el caso-, pero, maravillas de la perspectiva, ¡el marxismo consiguió ignorarlo por completo! Tanto más se habla del capital, tanto menos del dinero. Más aún, uno se entera con pasmo de que en la Unión Soviética, y es de suponer que en todos los países socialistas, el sistema de creación del dinero siguió siendo ¡la extensión del crédito como en la denostada economía burguesa! La misma reserva fraccional, el mismo perfecto símbolo y fulcro de la especulación. La reserva íntegra es consustancial con el dinero sin intereses, y, aun quedándose siempre por arbitrar cómo y a quiénes se concede el dinero, es, al menos por concepción, simple, legítima, legal e igualitaria. La reserva fraccional por el contrario está llena de trucos y su extremada complicación sólo se justifica como un plan especulativo y oligárquico para consolidar el control y el privilegio. No sólo tiene un espíritu ilegítimo sino que es contaria a la legalidad del dinero en el estado incluso si es legalmente sancionada. Se equivocan muy groseramente los que dicen que la industrialización forzada de la Unión Soviética fue un trágico error: eso y mantener el poder era el único plan, y Stalin sólo aumentó el impulso inicial. La praxis monetaria lo prueba. El entusiasmo de Lenin por el sistema bancario capitalista, por su capacidad de control se entiende, forma el contraste perfecto con la oportuna inopia de Marx: “Sin grandes bancos, el socialismo sería imposible. Los grandes bancos son el aparato del estado que necesitamos para traer el socialismo, y que tomamos ya hecho del capitalismo… Un sólo Banco del Estado, el más grande de los grandes, con ramas en todo distrito rural y fábrica constituirá tanto como nueve décimos del aparato socialista.” [5] La última cursiva es mía. En cuanto al genio de Tréveris, parece ser que creía que en la sociedad socialista ya no haría falta el dinero, como con Apple Pay.
Amador Fernández-Savater recordaba hace poco a Curzio Malaparte para hablar de la revolución como problema técnico. Basándose en especial en lo visto en la Revolución de Octubre, Malaparte articula la tesis sobre la primacía de las infraestructuras, del poder logístico o técnico. Malaparte, y tantos otros, parecen estar pensando sobre todo en los medios de comunicación y “otros servicios públicos”. Sin duda el control de los medios puede ser decisivo para que un grupo llegue al poder; pero al final es el grifo del dinero el que consolida al régimen. Si las infraestructuras materiales hacen posible el presente, el dinero y el crédito gobiernan el presente y el futuro. Y además apoderarse del Banco del Estado en Petrogrado y sus planchas de hacer billetes fue una prioridad absoluta que los bolcheviques llevaron a cabo el primer día de su golpe.
El dinero puede necesitar infraestructuras para ser fabricado e intercambiado, pero es mucho más que una infraestructura. Como el fabuloso mercurio de los viejos alquimistas, juega el papel de intermediario entre lo bajo y lo alto, o si se quiere, entre las infraestructuras materiales y las superestructuras formadoras. Y por supuesto no hablamos sólo de su cantidad sino de los aspectos cualitativos de su almacenamiento y circulación. Ignorar el dinero en la sociedad es como pretender hablar del entendimiento humano haciendo caso omiso del lenguaje, puesto que es el agente que ha hecho posible toda la diversidad y complejidad social. Y sin embargo esta imposibilidad completa el marxismo la ha sorteado como si nada cegándose en la producción y con el uso más romo y abstracto de la palabra “capital”, entendido meramente como acumulación y lógica de la acumulación. La circulación se reduce a poco más que a la plusvalía y el circuito de la mercancía. Pero incluso a mediados del siglo XIX eso era ya un asunto derivado y secundario, y Marx no era tan primaveras como para no saberlo.
No voy a entrar ahora a juzgar de dónde viene esta fobia de “la izquierda” por hablar en profundidad del dinero, pero se diría que para ellos es de mal gusto, como entre la gente rica y fina. Es mucho mejor hablar de las cuestiones sociales, aun cuando Lenin estimara que la banca era nueve décimos del aparato socialista. O del capital en la más abstracta de las formas, en una filosofía que se precia de su concreción, su agudeza crítica, su praxis y su radicalidad.
Hasta hoy esta ha sido la tónica. Los partidos que hablan de reformar el sistema desde dentro y ni siquiera se plantean la posibilidad de acabar con este sistema monetario no pueden buscar finalmente otra cosa que el acomodo. Y es más que cómico que hablen de que una política “no es suficientemente de izquierdas” cuando algo que propusieron reiteradamente Edison, Ford o Milton Friedman les parece “demasiado a la izquierda de lo posible.”
Claro que las cosas podrían cambiar en breve, si es cierto que no hay mucho tiempo y la urgencia acelera las cosas. Ahora la izquierda del sistema, desesperada por dar con un nuevo banderín de enganche, podría incluso hablar del dinero. Como lo oyen. A mediados de septiembre surgía un llamamiento por parte de nada menos que Jean-Luc Mélenchon, Stefano Fassina, Oskar Lafontaine y el omnipresente Yanis Varoufakis por un plan B en Europa. En él decían: “Un gran número de ideas están ya sobre la mesa: la introducción de sistemas paralelos de pago, monedas paralelas, la digitalización de las transacciones en euros para solucionar la falta de liquidez, sistemas de intercambio complementarios alrededor de una comunidad, la salida del euro y la transformación del euro en una moneda común”[6]. Como se ve un poco de todo incluyendo las cosas más contradictorias y de la forma más vaga posible, aunque tampoco es que se pueda pedir mucho de una declaración de intenciones. Pero a juzgar por lo de la “digitalización de las transacciones”, parece que algo de la música les ha llegado a los oídos; y desde luego en Grecia saben lo que es el grifo monetario. La izquierda del ruedo electoral se muere por dar con una oferta resonante, y los bancos necesitan colaboración de partidos políticos de aire progresista que revistan de preocupación social medidas económicas y de control de otro modo infumables. ¿O es que esperamos que sean los banqueros los que anuncien la “gran confiscación”?
Para eso está el ala izquierda, que al menos quiere apiadarse del burro. Las consignas de “libertad” de los partidos “conservadores”, por más mendaces que sean, no se alinean bien con una medida de este cariz. La eliminación de los billetes puede venderse como “libertad del dinero” en la publicidad, pero en la arena política es otra cosa y no hay manera de conjugar “libertad” y “confiscación” en el imaginario conservador. Digo confiscación y empleo las comillas porque así es como la derecha, que vive en el binomio propiedad/expropiación, lo llama; y esto basta para hacer ver lo difícil que es hacer pasar estas medidas entre su base electoral. Más bien, estas medidas requieren argumentos en nombre de la lucha contra la desigualdad, de seguridad y amparo para el precariado; gente del estilo de Bernie Sanders.
Si el estado hubiera podido disponer de su propio dinero sin tener que pagar altos intereses a los bancos, un nivel alto de gasto público y un estado de bienestar sostenible se hubiera podido mantener sin mayores problemas, sin endeudamiento, y salvaguardando la soberanía; además de habernos ahorrado la desigualdad galopante, la destrucción espuria y la mala asignación de la inversión con las burbujas. Pero con los mecanismos bancarios actuales todo esto se hace imposible, y los que dicen lo contrario dan la impresión de trabajar para los bancos. ¿Cómo si no podría aumentarse el gasto público sin aumentar la deuda en su favor? Hasta ahora ni siquiera han intentado explicarlo.
Pero en el nuevo mundo que acecha las imposibilidades pueden tener vía libre. Y es que, por si algún despistado no se ha dado cuenta, si eliminamos el dinero en efectivo ¡podemos inflar la base monetaria practicamente sin límite! Al menos, sin los viejos y odiosos límites que imponía el dinero de papel, pues si no hay dinero que retirar y que ponga en riesgo a los bancos, éstos ya no necesitan rendir cuentas. Sin embargo la “congelación” de los deudores aún será más rápida, eficaz y contundente. Todos deberán al banco pero el banco ya no le deberá nada a nadie, sino tan sólo a los arcanos de consistencia de su sistema. Sería su libertad definitiva… para darle forma al mundo a gusto, pues de qué vale el tiempo libre y aun la eternidad sin un buen juguete.
Así si que tendrían en su poder hacer realidad los sueños de los neokeynesianos más desaforados, tipo Warren Mosler. Con tal de que te endeudes -y recuerda que podemos congelarte- sigue pagando la casa. La casa podría ser incluso muy generosa con la gente de buen comportamiento. Mientras tanto el seguimiento electrónico en tiempo real de producción, consumo, flujos de capitales y personas, permitiría reírse de viejos y obsesivos fantasmas de la inflación, deflación, y todo lo demás. Esto mismo sería el juguete, esta su ludoutopía. La singularidad, el punto omega y el final feliz del capitalismo ficción tendría que ser ése. Claro que llegando a ese punto, para hablar en gerundio, habrá que ir dirimiendo todo tipo de diferencias sobre riqueza e influencia, trasparencia y opacidad en la decantación de las élites como señores de la instrumentalidad -una decantación infinita pero enamorada del tiempo para alegrarnos la vida a todos. Aquí este banco, allí Apple, más allá el Pentágono, más cerca ese magnate que todavía no sabía que Apple venía del ejército pero que gracias a un agente de la CIA se entera de que la NSA se la ha arrebatado a ella… Como Bilderberg pero subiendo las apuestas.
Probablemente los obstáculos más serios para que esto se lleve a cabo no están en la esfera de la política doméstica o la resistencia social, sino en la concertación de las medidas monetarias y su gradación temporal entre los principales estados y economías. No es sólo que unas divisas podrían intentar tomar ventaja sobre otras, tampoco sabemos hasta qué punto las divergencias entre naciones con una presunta guerra económica como Estados Unidos, Rusia y China son insalvables o pueden llegar a serlo, coartando cualquier concertación. Además, hoy por hoy, resulta tal vez más difícil imaginar a China sin billetes que a los Estados Unidos o la Eurozona. En medio de presuntas guerras soterradas, de reparto de áreas de influencia por tratados comerciales y las tensiones que podrían añadir nuevas recaídas económicas, he aquí la gran piedra de toque para averiguar qué puede más finalmente, si la oligarquía financiera sin fronteras o los intereses cautivos de los estados nacionales.
De todos modos, que la nueva vuelta de tuerca monetaria es perfectamente posible, y no un escenario distópico, lo demuestra mejor que nada la indiferencia generalizada que existe y ha existido siempre ante la apropiación ilegítima de los bancos centrales por la banca privada. Si lo han hecho hace mucho tiempo y la gran mayoría ni siquiera acusa de dónde vino el golpe, ¿por qué no habrían de hacerlo una vez más? Lo verdaderamente increíble, lo que da tanto en qué pensar, es que esto haya pasado tan desapercibido. Los partidos políticos, más que denunciar la situación, estarían más bien dispuestos a echar una mano en caso de que la banca requiera más ayuda -especialmente si se vuelve a ofrecer como contrapartida aumentos de gasto público y un cierto retorno del “estado de bienestar”. Como siempre, se trata de jugar con las dos alas del sistema al palo y la zanahoria, al miedo y la esperanza; y después de los excesos turboliberales de las últimas décadas ya está en el orden del día cómo ofertar algo de “redestribución” desde arriba. Y si esto no se logra por la vía de los impuestos, lo que hoy en día es más que dudoso, no se nos ocurre más vía que la indicada.
 
Otras monedas, otros ámbitos
Aunque tentativamente damos un plazo de diez o quince años para el cierre definitivo del sistema monetario sobre nuestras cabezas, en este mismo año veremos avances significativos en esta dirección. Por un lado el fracaso manifiesto de la expansión monetaria obliga a los estados a buscar refugio en “la solución final”. Por otro lado vemos que, mientras aumenta la penetración y la carga publicitaria del pago móvil grandes bancos mundiales como Goldman Sachs se animan a entrar en el mercado de las criptomonedas no sólo por ventajas obvias de agilidad comercial sino para ganar “profundidad estratégica”.
La perspectiva puede parecer ominosa, pero la aparición de monedas no estatales es la reacción inevitable que ha de manifestarse justo cuando la concentración de poder del sistema monetario imperante amenaza con hacerse absoluta. Pero tener su propia criptomoneda con su encriptación y sus cadenas de bloques no es algo que sólo puedan hacer los bancos. Si se les permite a los bancos, no se le puede prohibir a ningún agente o comunidad, no importa lo pequeña que sea, si es que puede desarrollarla. ¿Y si no se permite? Es casi imposible prohibir las criptomonedas, ante ellas al estado sólo le caben dos alternativas: el ataque informático, o la persecución policial de los usuarios como delincuentes.
Justo cuando el círculo parece cerrarse surgen las bifurcaciones; éstas son completamente inesperada y nada tienen que ver con pesados antagonismos dialécticos.
En su libro “Un mundo radicalmente beneficioso: Tecnología, automatización y creación de trabajo para todos” Charles Hugh Smith propone un nuevo tipo de comunidades basadas en su propia creación del dinero, a las que denomina abreviadamente CLIME, acrónimo en inglés para Community Labor Integrated Money Economy, o Economía de comunidades de dinero integrado en el trabajo [7]. Las comunidades CLIME quieren ser sistemas distribuidos e igualitarios de pertenencia voluntaria creados para cubrir necesidades concretas y cuyo trabajo es pagado con dinero creado por la misma comunidad. Esta propuesta se deja incluir muy bien dentro de una corriente amplia y plural de movimientos horizontales o desjerarquizados que asumen la descomposición del actual sistema y lo ven como una oportunidad para construir algo nuevo desde abajo y desde los intersticios que se abren. Aquí la horizontalidad se entiende ante todo como un principio de democracia económica con un modelo práctico que pueda sostenerse, prosperar y hacer un inmenso número de cosas que a los grandes agentes del modelo actual no les interesa hacer. Tendemos a asumir que el estado y las compañías buscando el máximo beneficio, en su degradada simbiosis, forman la economía sin más. Pero la economía comunitaria es un tercer sector irreductible a los anteriores por diversas razones: 1. Permite prioridades y metas fuera de la lógica del máximo beneficio, sin estar financiadas por el estado. 2. Se basa en la propiedad y la operación local sin estar controlado por agencias ni jerarquías externas, incluyendo la provisión de dinero. 3. No puede endilgar los riesgos de sus decisiones a otros, como ocurre continuamente con grandes empresas y burocracias. Pero ya el primer punto es suficientemente amplio, pues por más que se nos quiera hacer ver lo contrario, hay muchas más necesidades que no se rigen por la lógica del máxmo beneficio que las que se rigen por él. Para sacar provecho de este hecho hay que crear una infraestructura que permita a la gente prosperar trabajando y recibiendo servicios dentro de otra lógica impuesta por las comunidades pero que no se encierre en ellas.
Las comunidades CLIME aceptan el principio de competición y sus miembros tienen libertad para entrar, salir y buscar otras comunidades, así como a pertenecer a varias a la vez, o incluso estar trabajando simultáneamente fuera de la economía CLIME. A lo que sí se comprometen es a aceptar siempre su moneda como forma de pago.
La economía CLIME es distribuida, descentralizada y por lo tanto escalable: se puede extender de un centenar de grupos a cien mil o un millón con muy poco costo central dado que cada grupo añade su propio servidor y contribuye con un mínimo al mantenimiento del sistema global. CLIME emite su propio dinero y se autofinancia después de que ha puesto a punto sus cinco motores de software: 1. Para organizar la comunidad. 2. Para la acreditación entre iguales y verificación del trabajo. 3. Para la distribución, administración y emisión de su criptomoneda. 4. Para un mercado global de bienes y servicios producidos por individuos y grupos de comunidades. 5. Una cámara de compensación y transacción para la moneda CLIME. Los cinco motores están automatizados y de su software ya existen ejemplos con un éxito probado: 1. ICANN o Linux para la administración privada sin ánimo de lucro de sistemas globales; 2. Yelp para rankings privados; 3.Bitcoin para una moneda no estatal global; 4. Craiglist para un mercado privado y compra-venta entre iguales. El quinto motor, para transacciones y compensaciones cuantitativas de moneda es aún menos complejo y hay montones de alternativas disponibles. Todos estos sistemas son de bajo coste y pueden extenderse indefinidamente; ya se usan a diario por millones de personas, y sólo hace falta reorganizarlos con una nueva finalidad. Se basan en el texto y requieren una memoria modesta para las actuales estándares.
A pesar del soporte informático las comunidades CLIME son en principio comunidades locales reales, no virtuales, con necesidades muy concretas que cubrir. Se dedica una porción importante del tiempo a la verificación del trabajo ejecutado y a la prevención del fraude, lo que es indispensable para que el perdure el sistema. Pues si no se ejecuta el trabajo por el que se paga, la moneda, que no tiene otro respaldo que el trabajo, pierde valor.
Así pues, la moneda CLIME toma de Bitcoin la tecnología básica de la cadena de bloques, pero no el sistema de minería para la asignación del valor. No es, pues, una moneda basada en la escasez, como podría ser Bitcoin o el patrón oro, que siempre se prestarán a la especulación por acumulación y a la concentración de poder. El respaldo es el trabajo: a trabajo hecho, dinero hecho según la valoración pertinente. Una moneda así es inmune a la inflación siempre que el trabajo produzca algo que es valioso y escaso en la comunidad.
La moneda CLIME, llámese como se llame, es aceptada con idéntico valor por cualquier otro grupo CLIME en cualquier parte, aunque los costes de la vida puedan ser muy diferentes. Corresponde a los grupos establecer la compensación del trabajo en cada lugar. Por otro lado, la cámara de compensación puede establecer los cambios con las monedas exteriores al sistema, las divisas ordinarias de todos conocidas, o incluso otras criptomonedas privadas que vayan emergiendo.
En principio cabe ver esta economía como un gran mercado negro creciendo a la sombra de la economía ordinaria y buscando su propio sol. ¿En qué es en lo primero que uno piensa si le dicen que van a prohibir el uso de billetes o de cualquier otra cosa? En el mercado negro, naturalmente. Por otra parte, y junto a otras propuestas parecidas, las comunidades CLIME pueden ser una excelente idea, pero encuentra su mayor obstáculo en la masa crítica de usuarios necesaria para que su moneda goce de aceptación y apreciación. Para superar este barrera se apela al efecto multiplicador de la red, en que el valor de una utilidad depende del número de usuarios. Como es sabido, si sólo hay cien teléfonos su utilidad es tanto menor que si hay cien millones, y lo mismo ocurre con las monedas. Aquí este efecto red podría despegar más fácilmente porque la red de redes y sus terminales ya están hechos, y sólo hace falta que esta utilidad tenga una demanda suficiente.
Y aquí es donde mejor puede apreciarse la complementariedad de los dos movimientos, el del estado-imperio- corporativo por cerrar su campo de concentración de siervos monetarios, y el de las criptomonedas que intentan salir de esta prisión. El primero con todo a su favor parece tener ganada la partida, pero ahora le surge, medida por medida, una inopinada fuente de fugas. El segundo, en comparación, parece tan débil, y sin embargo nada puede fortalecerlo como la búsqueda de la exclusividad del primero. Hay empero un denominador común: ahora mismo, el agravamiento de la crisis del sistema actual favorece a ambos; más adelante, a medida que ambas propuestas cobren entidad, ya se irá viendo cuál es el desarrollo.
Una tentativa así de democracia económica con soberanía monetaria no pretende ni ser antisistema ni ser una alternativa política. Ve al conjunto del sistema actual como condenado e inviable, pero ve también que sin ser forzada por su creciente deterioro la gente nunca hará acopio de determinación para buscar otras cosas. Dado que esta caída no es un acontecimiento sino un largo proceso, no carecerá de puntuación histórica. Y es en el ámbito de tales inflexiones donde tal vez Hugh Smith se nos antoja menos previsor; pues para él, un sistema como el CLIME debería ser tolerado e incluso bienvenido por gobernantes inteligentes, en vista de su efecto amortiguador de la caída. Hugh Smith no se ocupa de las fuerzas que pueda haber en acción para buscar una forzada convergencia; los que están en la cumbre se resignarían sin más a ir perdiendo el control de las cosas. Pero rara vez se ve resignación en el poder.
Algunas consideraciones
Un plan como el de la economía CLIME no es una improvisación surgida al amparo de las últimas tecnologías y algunas corrientes de moda, como la memoria selectiva de algunos podría hacerles creer. Más bien es una propuesta que intenta resolver con medios nuevos problemas que ya fueron correctamente identificados por Proudhon y que siempre han estado en el punto de mira de las corrientes mutualistas. El problema más grande de la economía, nos parece, es el de su sistema monetario: quien controla el dinero controla todo lo demás. Y el problema más grande de la sociedad, y de la sociología que estudia la sociedad, es el de la oligarquías y los privilegios que determinan la estratificación social. Michels, aquel sociólogo alemán que se unió al partido fascista italiano, habló de “la ley de hierro de la oligarquía”, y si hasta ahora oligarquía y organización han sido sinónimos, aún está por ver hasta dónde puede organizarse lo humano sin estructurarse en niveles y jerarquías. Pero en el mundo moderno es indudable que el problema del grifo del dinero y el de la oligarquía financiera son uno sólo con dos aspectos diferentes. Proudhon ya lo había entendido antes de que viniera Marx a enturbiar todo convirtiendo el tema concreto y sensible del dinero en el oportunamente abstracto del “capital”, y el tema de privilegios no menos concretos en la omnímoda “lucha de clases”. La explotación venía de lejos, pero es justo con la industrialización que el crédito takes command como motor inmóvil del nuevo orden. Los circunloquios y devaneos para conseguir no hablar de esto, con la plusvalía y todo lo demás, son a menudo cómicos. Si a esto añadimos que en el capítulo de la historia se decreta la derrota del capital y el triunfo del proletariado como inevitables -la tesis más opiácea sobre el devenir histórico que quepa concebir- uno puede comprender la utilidad de sus análisis.
Pero la época de las adhesiones masivas dirigidas por unos pocos pasó a mejor vida, y lo que vemos ahora es una proliferación de tentativas de vocación horizontal con una retahíla familiar -cooperativas, sistemas de comercio local o LETs, barrios autiogestionados, producción y negocios entre iguales (P2P), asociaciones de ayuda mutua, el procomún, tecnología a escala humana, agricultura comunitaria, economías informales, determinadas organizaciones no gubernamentales, y así sucesivamente. No se puede dar un juicio homogéneo sobre proyectos tan dispares, pero está claro que la idea subyacente y la motivación está en ir más allá de la burocracia estatal y la lógica corporativa adueñándose de los espacios en que se revela su falta de pertinencia e incompetencia.
Ciertamente no faltan iniciativas de este tipo, y prosperarían incomparablemente más si se acierta a encontrar una solución lo bastante general para su financiación. Algunos dirán que no es necesaria ni deseable una solución universal, puesto que puede haber infinitas maneras según las circunstancias de conseguir el dinero o medios necesarios. Los LETs o sistemas de comercio local con su propio crédito sin interés fueron tal vez la primera respuesta a esta necesidad, pero como modelo no ha experimentado “el efecto red” y el interés se ha desplazado a otras fórmulas, como las monedas de tiempo, que tampoco trascienden la marginalidad.
Como vemos, todas estas iniciativas nacen en la marginalidad, pero tienen nostalgia de la universalidad -o al menos de sus ventajas. Es a lo que nos han acostumbrado las grandes divisas cambiables en cualquier parte del mundo; pero no sólo ellas, puesto que “el movimiento del espíritu”, como el del dinero, toma ya como punto de partida lo global abstracto para dirigirse a continuación a los particulares.
Dije de pasada que contra las criptomonedas sólo se podría luchar por el ataque informático o por la persecución policial de sus usuarios, ambos a menudo combinados, por la ventaja estructural con que cuentan los estados en materias de espionaje y vigilancia. Claro que hay una tercera posibilidad muy en el flujo natural de este proceso, y que no excluye para nada las anteriores: multiplicar las opciones de criptomonedas para dividir a los usuarios e impedir que alcancen masa crítica, un poco como se neutraliza un partido nuevo con otro nuevo más, aunque con una dinámica de de proliferación más virulenta. Visto lo de Goldman Sachs, algunas o muchas de las criptomonedas podrían reconducir el vellón de los usuarios a la Criptarquía sin tan siquiera ellos saberlo. Ante estos riesgos evidentes, no hace falta decir que uno debería juzgar siempre una moneda por la trasparencia intrínseca de su funcionamiento; pero simultáneamente nadie se hurta a la “fuerza” de la moneda en cuestión, al cómo y a cuánto se cambia. En estas condiciones, una guerra de criptomonedas estaría cantada.
Una de las características peculiares del sistema CLIME de Hugh Smith es que no tiene crédito. Se emite dinero, pero no se emite crédito. No hay banco, por lo tanto. Esto es notable porque la mayoría de los modelos de los reformadores monetarios quieren acabar con el endeudamiento, pero no juzgan necesario prescindir del crédito -éste puede extenderse a unos intereses nulos o mínimos. En el CLIME el dinero surge del trabajo y nada más. Esto lo hace mucho más trasparente, aunque muchos juzgarán que el crédito es una institución demasiado poderosa como para prescindir de ella. Si un usuario del CLIME necesita dinero por adelantado, tendrá que buscarlo, o a nivel informal dentro de su comunidad, o en otras instituciones fuera del sistema.
Hugh Smith divide la riqueza en capital tangible, capital intangible, capital simbólico y de infraestructura. El capital tangible lo integran el capital financiero (dinero en efectivo, inversiones comercializables), el capital natural (toda la naturaleza) y el capital fijo (maquinaria, herramientas, redes de comunicación…). El capital intangible se desglosa en capital humano (conocimiento y experiencia), capital social (relaciones que hacen posible el comercio y la cooperación productiva) y capital cultural (las instituciones sociales y políticas que hacen posibles los aumentos productivos) El capital simbólico comprende a las herramientas conceptuales que hacen posibles nuevas formas de ser productivo (por ejemplo el concepto de crédito o el movimiento de software libre). Finalmente el capital de infraestructura es el conjunto de todas las otras formas de capital trabajando unidas y que es más que la suma de sus partes (para ver la falta de infraestructura imaginemos a un potentado “hecho a sí mismo” caído en un desierto sin ninguna forma de poder disponer de su riqueza, sus conocimientos, sus habilidades).
Estas diferentes riquezas englobadas bajo la expresión “capital” siempre serán algo otro que una cuestión de dinero o capital acumulado, aunque se diría que el espíritu del capitalismo, en última instancia, quiere reducirlo todo a dinero, homogéneo, líquido y de disponibilidad ilimitada. El marxiano “todo lo sólido se desvanece en el aire”sí que se revela visionario y alquímicamente cierto, pues de lo que se trata siempre es de movilizar, y por tanto, de aumentar la parte volátil a expensas de la fija.
Que vivamos en una edad en que “todo es espíritu” lo prueba el que nada echamos tanto de menos como aquellas pocas cosas que el espíritu, ahora como mera inteligencia, no se ha asimilado. Antaño el espíritu era lo vivificador, hoy es lo que chupa la sangre; antaño era lo pacificador, hoy es lo que no deja nada quieto. Antaño era la olímpica independencia, hoy no es nada si no tiene algo que incordiar, aunque no deja de soñar en la Autocracia. La lista de contrastes podría seguir, ergo, sepamos poco o nada de lo que pueda ser el otro espíritu , todo lo que se presumía de él éste otro lo pone del revés a las mil maravillas. ¿Pero no suena como el colmo de las paradojas que los grandes bancos, los grandes atesoradores del capital y donde se supone que se pudre el dinero, sean los que más se quejan de la falta de liquidez? Claro que la liquidez no es dinero, sino, como nos explica puntualmente Wikipedia “la cualidad de los activos para ser convertidos en dinero efectivo de forma inmediata sin pérdida significativa de su valor”. Todo lo que no es obligación, hasta las piedras, son “activos”, con lo que ya está todo dicho. Y de los mismos pasivos u obligaciones ya se cuidan de hacerlos tan activos como se pueda.
Somos bien conscientes del gran excedente laboral para las demanda del sistema, pero se ignora en mucha mayor medida que hoy también hay enormes excedentes de capital -de capital financiero. Por eso el interés básico ronda el nivel cero y amenaza con con entrar en territorio negativo. Estos grandes excedentes sobrevuelan apresurados nuestras cabezas pero no traen lluvia porque lo que buscan es rendimientos altos que cada vez son más raros. Las causas de estos excedentes de capital, que es un fenómeno relativo con respecto al rendimiento, pueden ser opinables, pero el hecho es difícil de negar, y no han de quedar sin consecuencias. Incluso con grandes derrumbes bursátiles y la depreciación de sus valores, parece difícil de concebir la vuelta a un mundo con escasez de capital. La lectura más palmaria de estos excedentes es que vienen de los excesos de emisión de dinero por parte de los bancos centrales, pero tal vez seguirían dándose también sin tales excesos. Naturalmente, también tendría que ver con cómo se hincha la base monetaria con el fermento del interés para sacar dinero-deuda del aire, ese predominio creciente del volátil sobre el fijo que está en el núcleo duro del sistema. Y por supuesto, está relacionado con el interés mismo y las espectativas de rendimiento en la inversión. Pero, mirándolo en su conjunto, creo que es algo inevitable y crónico que expresa cómo el sistema fracasa a todas luces en asignar los recursos.
Lo cierto es que la gran mayoría de la población trabajadora es incapaz de aprovechar ese excedente del mismo modo en que el capital aprovecha el excedente de trabajadores; la asimetría no puede ser más chocante. Y en esto no hablamos de conseguir “créditos baratos”, lo que también se ha hecho poco menos que imposible, sino en hacer fuerza de esa debilidad del capital. ¿Cómo? Justamente, creando una moneda de trabajo para crear nuestro propio trabajo. Ni que decir tiene, la asimetría viene de la estructura vertical contra la libre circulación del dinero. Pero si sobran los trabajadores en el sentido ordinario y sobra el capital financiero, ¿qué hay hoy que sea escaso, qué hay que no sólo no pierda sino que aumente su valor? La respuesta de Hugh Smith es el trabajo con sentido, esto es lo que se está haciendo cada vez más raro. Y es difícil negarlo. Cada vez más, el significado, incluso en términos económicos, es otra de las cosas que tienden a evaporarse dentro de las coordenadas del estado corporativo. Es otro reflejo más del clamoroso fracaso en la asignación de recursos, de que tanto se preciaba el viejo capitalismo. En definitiva, el actual sistema encuentra una utilidad decreciente tanto en el trabajo como en el capital, o una creciente inutilidad, a la espera de que seamos nosotros quienes lo juzguemos prescindible. Ya vemos el peso que tiene la democracia política sin democracia económica; pero hablar de democracia económica sin soberanía monetaria también son palabras vacías. Y es que algunos de los que hablan de democracia económica parece que sólo esperan un paraíso de las PyMEs. La moneda que propone Hugh Smith para una economía CLIME es desde luego un concepto igualitario, lo que nadie puede prever es cómo se las puede arreglar en un escenario de guerras de monedas, choques económicos y tentativas del imperio para absolutizar su control monetario-policial.
Algunos siempre dirán que esta postura es economicista porque pretende reducir complejos problemas sociales y políticos a la esfera económica. Desde luego, aquí nadie está hablando de resolver todos los problemas, sino de que éste ha sido un problema primordial, seguramente el más importante y con más ramificaciones, y cuyo tratamiento en la política convencional brilla por su ausencia. Nos hemos atrevido a decir que es el problema número uno en el sistema económico y social, o al menos que lo ha sido desde la revolución del crédito, también conocida como revolución industrial. Pero no sólo ocupa un lugar primordial e insustituible en la estructura económico-social, sino que la política monetaria es la piedra angular de toda la economía política, cuando se asume la primacía de la política sobre la economía.
Más aún, cuando respondía a su carácter legal era el único atributo de la soberanía, del poder indivisible, que ejerce una presión continua y uniforme (y tal vez por esto se advierta menos). Y, por idéntica razón, ha sido el mecanismo más insidioso y eficaz a la hora de vaciar la soberanía de los antiuguos estados-nación. Sin el dinero no hay soberanía y sin soberanía no hay sujeto político. Entonces, ¿qué se pretende que sea la política cuando hablamos de política? Sólo que, quién sabe si por mala suerte o por casualidad, entre las diatribas de todos los partidos y corrientes del espectro no encontró su lugar en el orden del día.
Las condonaciones de deuda tampoco son la solución si luego todo vuelve por sus fueros; es como aliviar al burro de su carga para no reventarlo y que aguante todavía más. Por otro lado si se habla de nacionalizar la banca y no se pretende terminar con el sistema de reserva fraccional de dinero-deuda, se sigue amparando la misma estructura de privilegio aunque cambien en parte los beneficiarios, persisten los mismos ciclos de burbujas y estallidos, la misma alocada necesidad de crecimiento a cualquier precio: todo lo indisolublemente asociado con el mal del capital. En Suiza, donde ciertamente el público está más al tanto de las cosas del dinero, se ha logrado reunir las 100.000 firmas necesarias para llevar a referéndum la abolición de la reserva fraccional. Las probabilidades de que tal medida se lleve a cabo son algo mayores que cero, pero ahí queda eso.
Dentro de poco hasta a los del plan B europeo los tendremos hablando de “alternativas monetarias”. Demasiado tarde, porque para cuando ellos nos vengan con el cuento y nos hablen de sus enormes ventajas y del relanzamiento del estado de bienestar y de aliviar la desigualdad sólo serán los vendedores de lo que ya se ha decidido en otras instancias. Nos hablarán de alternativa cuando ya no haya otra alternativa… y los de más arriba y no pocos más creerán por un momento tocar el punto de fuga aunque todos sabemos que un punto de fuga nunca se toca.
Charles Hugh Smith ofrece una propuesta práctica digna de ser atendida y que podría beneficiar a miles de iniciativas que buscan salir de este sistema y construir su independencia económica. Mejor que despotricar contra el sistema y “caer en los placeres autodestructivos de la indignación” es votar con los pies y dejar de usar su dinero. O depender de él cuanto menos.
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