La maldición de Isabella

La maldición de Isabella

Aún no ha terminado de contarse la sorprendente historia de este retrato. Se cree que representa a la marquesa Isabella d’Este y que quizá fue pintado por Leonardo entre 1513 y 1516. Perdido durante cinco siglos, reapareció a mediados de febrero de 2015, rodeado de controversia.

Fue una sensación extraña. El pasado 10 de febrero, mientras examinaba en un gélido almacén del barrio madrileño de Pueblo Nuevo un centenar de obras de arte como jurado del 50 Premio Reina Sofía de Pintura y Escultura, saltó la noticia: la policía italiana había localizado en una caja de seguridad de Lugano, Suiza, una obra perdida de Leonardo da Vinci. Fue mala suerte. La obligada clausura del tribunal hizo que aquella alerta me llegara tarde y no pudiera comentarla con dos de los grandes maestros vivos de la pintura que me acompañaban en ese momento, Antonio López y Rafael Canogar. Quizá ellos habrían arrojado algo de luz al que seguramente se convertirá en el misterio pictórico del año. O del trienio. Porque, en realidad y pese a lo que se ha dicho hasta ahora, este nuevo affaire leonardiano comenzó a fraguarse hace dos veranos.

Fue en agosto de 2013 cuando una serie de investigaciones ordenadas por el fiscal de Pesaro, Manfredi Palumbo, llevó a los carabinieri a inmovilizar en una mansión helvética casi cuatrocientas antigüedades. Su intención era impedir que se vendieran en el mercado negro. Entre ellas una les llamó la atención enseguida: un lienzo de 61 x 46 cms que mostraba el perfil de una mujer pintada con los atributos de Santa Catalina. Se trataba de un cuadro de factura irregular. Su rostro cuidado, casi evanescente, contrastaba con la simpleza del resto de la composición. Pero lo que la hacía singular era que tanto la pose como el detalle de sus manos eran prácticamente idénticos a un cartón pintado hacia el invierno de 1499-1500 por Leonardo y que hoy cuelga en el Museo del Louvre de París. Un boceto, por cierto, que lleva cinco siglos enmascarando otro misterio: muestra un busto de mujer que presenta pequeñas perforaciones a su alrededor, como si en algún momento se hubiera traspasado a un lienzo o tabla para ser pintado. Inexplicablemente la mecenas que lo encargó, Isabella d’Este, la celebérrima y caprichosa marquesa de Mantua, jamás recibió de Leonardo el retrato acabado. ¿Habían, pues, localizado el cuadro que Leonardo bocetó a partir de ese cartón?

El hallazgo se antojaba histórico. Entonces aún no sabían que poco antes de la operación policial Carlo Pedretti, uno de los más reconocidos expertos mundiales en el genio toscano, había sido contactado por un abogado para que le echara un vistazo al lienzo. El encuentro tuvo lugar en Zurich. Su anfitrión, Sergio Shawo, era el representante legal de Emidia Cecchini (“Bibi”), una mujer de 70 años de Pesaro que aseguraba haberlo heredado de sus antepasados. Pedretti se dio cuenta enseguida de que aquella pieza podría tener “valor documental” y así se lo hizo saber a la dueña en una carta en la que le recomendaba guardar silencio sobre el asunto hasta no completar ciertas pruebas. Él mismo se aplicó la receta y, de hecho, no volvería a hablar de esa pintura hasta que unos meses después de su incautación, en octubre de 2013, apareció en la portada del suplemento Sette del Corriere della Sera declarando que estábamos ante una obra “excepcional”.
En ese tiempo –cosas del destino- se habían practicado al cuadro las pruebas que había sugerido a Shawo. El Carbono-14 había corroborado que el soporte de la obra (no la pintura en sí) databa de entre 1460 y 1650; los pigmentos parecían de Leonardo y la imprimatura de la tela también… Sin embargo, justo cuando el fiscal Palumbo dio la orden para su repatriación definitiva a Italia, ¡el cuadro se esfumó!

Su “secuestro” –así lo llamaron- se silenció durante meses. Y de hecho no hemos sabido nada de él hasta esta semana. Su localización en Lugano se ha producido justo cuando los mismos “actores” de la trama de 2013 planeaban venderlo a un fondo de inversiones británico por una cifra cercana a los 120 millones de euros. Ahora, además de a “Bibi”, la policía también ha puesto a disposición judicial a un ex camorrista napolitano de 64 años, Vincenzo Capodanno, y a dos policías cómplices de su sustracción, mientras ultima el papeleo para repatriar el cuadro a Italia.

¿Pero es un Leonardo?

¡Cuánto me habría gustado seguir esta trama junto a Antonio López! Y es que, más allá de estas pesquisas, todavía queda por dilucidar si se ha recuperado o no una obra perdida de Leonardo. Por desgracia, sus pinturas son escasas y la irrupción de una “nueva” podría sacudir los círculos de leonardólogos. No sería la primera vez que sucede. Baste con recordar el revuelo que se armó en 2012 con la restauración de la Gioconda del Museo del Prado y la mera insinuación de que podría tratarse del retrato de Lisa Gherardini vendido por Leonardo a Francesco del Giocondo, mientras que la pintura del Louvre sería un “estudio no comercial” del pintor.

Isabella d'este boceto

Un retrato “con disfraz”
Si se comparan el boceto que Leonardo pintó para Isabella d’Este con el supuesto retrato incautado en Suiza, saltan a la vista diferencias esenciales. La más notables son la hoja de palma, la corona y la rueda en la parte inferior, símbolos de Catalina de Alejandría. Según el profesor Pedretti se trata de añadidos posteriores a la pintura. Para Alessandro Vezzosi, director del Museo Ideale en Vinci, demostrarían que alguien utilizó el boceto de Leonardo para crear una Santa Catalina… y no fue precisamente el genio toscano. “Disfrazaron a Isabella”, dice. Habrá, pues, que esperar al veredicto final de los expertos para colocar esta pintura donde se merece.

Con esos incidentes en la memoria y sabiendo del interés público que suscita cualquier insinuación sobre un Da Vinci, Carlo Pedretti se vio obligado el pasado 12 de febrero a interrumpir un viaje a la Toscana para aclarar las cosas. Había sabido por la prensa que su valoración de la tela fue utilizada por el abogado Shawo para subirle el precio. “Pero es un error decir que he autentificado el cuadro”, aclaró a Associated Press. “Sólo dije que merecía más investigación”.

Su cautela esconde una poderosa razón de ser. La obra podría tener “algo” de auténtica. Los historiadores saben que en el invierno de 1499, cuando Leonardo había alcanzado la fama como pintor gracias a La Última Cena, éste pasó algún tiempo en la corte de Isabella d’Este huyendo de la invasión francesa de Milán. Su reputación había despertado en la marquesa la necesidad de tener un retrato pintado por él. Fue entonces, pues, cuando Leonardo elaboró el cartón que guarda el Louvre.

Sabemos también que en marzo de 1500 Leonardo dejó la corte de Mantua y siguió su huida hacia Venecia. Estamos seguros de ello gracias a una carta dirigida a Isabella por un amigo de ambos, Lorenzo Guznago, músico y lutier, en la que le revela que el maestro trabaja ya en algo más que un boceto. “Otra persona que se encuentra aquí en Venecia es Leonardo da Vinci”, escribe, “que me ha enseñado un retrato de Vuestra Señoría, muy fiel al natural y de muy bella factura. Nadie sería capaz de mejorarlo”. La referencia es clarísima. Guznago menciona un ritratto y eso se refiere a una pintura. ¡Pero aún hay más! Un año más tarde, en abril de 1501, el genio estaba de nuevo en Florencia y fue abordado por otro agente de la marquesa, el carmelita Fra Pietro Novellara, con la intención de saber si trabajaba o no en su encargo. Sus noticias son desalentadoras. De Leonardo dice que “dedica buena parte de su tiempo a la geometría y no muestra afición alguna por el pincel”, aunque le sonsaca el compromiso de ponerse “a trabajar en el retrato para enviarlo luego a Vuestra Excelencia”.

Entonces, ¿cumplió Leonardo su palabra?
No está muy claro. El caso es que en los años siguientes Isabella envió nuevos intermediarios a reclamarle lo que sentía suyo. Y en 1504, cansada de esperar, propondrá una salida airosa al maestro: “Cuando estabais aquí e hicisteis mi retrato a carboncillo me prometisteis que alguna vez haríais para mi uno en color. Dado que esto no es posible por el momento, pues no os resulta conveniente venir hasta aquí, confiamos en que os avengáis a satisfacer las condiciones de nuestro acuerdo transformando nuestro retrato en el de una figura más gentil todavía, la de un Cristo Joven…”

Pero aquello tampoco funcionó. Isabella nunca vio cumplido su deseo. Lo último que sabemos es que al filo de cumplir los sesenta encargó dos nuevos retratos a Tiziano, uno que la mostrara con su edad y otro, imaginario, donde se la viera joven, quizá para llenar el hueco que Leonardo le dejó. El primero también acabó perdido en las brumas de la Historia, así como la copia que del mismo hizo Rubens. Casi como si una extraña maldición se empeñara en querer privarnos del rostro de esta importante dama del Renacimiento.
¿Romperá el maleficio el cuadro hallado en Lugano?

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