Hueyatlaco: desenterrando artefactos y enterrando la ciencia

 Introducción

Lamentablemente, la historia de la ciencia
 está llena de episodios oscuros de intransigencia, dogmatismo y acoso hacia
 ciertas opiniones minoritarias que no encajaban con lo que dictaba la ortodoxia
 del momento. El ámbito concreto de la historia y la arqueología no ha sido
 ajeno a este tipo de actitudes persecutorias, generalmente orientadas a
 desacreditar los trabajos de los investigadores independientes, también
 llamados outsiders. Sin embargo, esto sólo es una parte de un escenario
 mucho más amplio, que nos lleva a considerar que de hecho hay muchos más trapos
 sucios dentro de la propia institución científica. 

 

 

Por supuesto, tales trapos muy raramente salen a la luz más allá de unos
 círculos muy restringidos, o sea, más o menos en el ámbito de los propios
 afectados. Todo lo más, se tiene noticia de la existencia de algunas
 personalidades o corrientes minoritarias que en su momento propusieron cosas
 quizá demasiado “arriesgadas” y no obtuvieron el apoyo de sus colegas y por
 tanto quedaron fuera del consenso científico, que de hecho no es más que un
 punto común de acuerdo, en modo alguno una verdad científica absoluta. En todo
 caso, en la universidad, al igual que en la escuela, se ofrece la versión
 estándar de la mayoría y todos aquellos que quedaron fuera del paradigma por
 diversos motivos simplemente no son citados; es como si nunca hubieran
 existido.

 

 

Ahora bien, dicho esto, no estamos ante una simple cuestión de quedarse
 al margen por ir a contracorriente. Evidentemente, la ciencia va ampliando
 horizontes y muchos conocimientos pueden resultar erróneos o quedar obsoletos
 por diversos motivos y por tanto se van quedando atrás. Admitiendo esta
 premisa, debe quedar claro que no se trata exactamente de esto; más bien
 estaríamos hablando de la aplicación de un patrón de pensamiento único que
 anula sistemáticamente determinadas visiones que no concuerdan con el marco
 teórico establecido. Esta situación fue perfectamente descrita en el libro de
 Michael Cremo y Richard Thompson Forbidden Archaeology (“Arqueología
 prohibida”), una obra alternativa que –a pesar de sus muchos prejuicios,
 errores y carencias de todo tipo– puso de manifiesto que cierta parte de la
 investigación arqueológica de los últimos 150 años fue condenada al ostracismo
 por contrariar las tesis imperantes, sobre todo en lo referente al
 evolucionismo darwiniano. 
Hueyatlaco entra en la Historia
Plano de situación del embalse de Valsequillo (México)

Uno de los casos más paradigmáticos –y más citados– de esta situación es
el del yacimiento prehistórico de Hueyatlaco, junto al embalse de Valsequillo,
cerca de la ciudad de Puebla (México), en una antigua zona volcánica presidida
por el gran volcán de La Malinche. Cabe precisar que en realidad Valsequillo
engloba un conjunto de yacimientos (El Horno, Tecacaxco, El Mirador y el propio
Hueyatlaco), todos ellos situados en la península de Tetela y sus cercanías, al
norte del embalse.

Todo empezó en los años 30 del pasado siglo cuando un joven arqueólogo
amateur local, Juan Armenta Camacho, encontró en la zona de Valsequillo muchos
huesos de mamíferos extinguidos durante la última Edad de Hielo, así como
herramientas de piedra. Juan Armenta estuvo explorando los aledaños del embalse
durante muchos años y llegó a encontrar algunas piezas excepcionales, como por
ejemplo un hueso fosilizado grabado con figuras de diversos animales o un hueso
de mamut con una punta de lanza clavada en él.

Hueso grabado hallado por Armenta en 1959

Con estos hallazgos Armenta llegó a la conclusión de que la zona de
Valsequillo había sido un rico coto de caza y lugar de despiece y consumo de
presas en épocas prehistóricas, dada la gran cantidad de huesos que parecían
haber sido incisos, golpeados o rotos con herramientas de piedra. Sin embargo,
sus descubrimientos fueron ignorados por las autoridades arqueológicas
mexicanas, que alegaron que tales trazas sobre los huesos se debían a factores
geológicos, y no humanos.

 

 

La intervención de la
Universidad de Harvard

Pese a esta reacción contraria por parte del estamento científico
mexicano, Armenta creía que Valsequillo constituía una zona de excepcional
interés arqueológico, y de este modo invitó a varios expertos internacionales
para que examinaran por sí mismos los restos hallados. A raíz de este hecho,
Valsequillo acabó por entrar en la agenda de los profesionales norteamericanos,
que decidieron realizar una serie de excavaciones con gran despliegue de
medios. Esta iniciativa, bautizada como Valsequillo Project, se puso en
marcha en 1962 y corrió a cargo de la Universidad de Harvard.
Para dirigir el proyecto se puso al frente a una joven antropóloga de
Harvard, Cynthia Irwin-Williams, siendo co-director de los trabajos el propio
Juan Armenta.

 

 

Cynthia Irwin-Williams

Irwin-Williams y Armenta llevaron a cabo tres
campañas de excavación en Valsequillo (en 1962, 64 y 66) en las que delimitaron
los cuatro yacimientos ya mencionados. Ya desde el principio se pudo comprobar
que los resultados de las excavaciones sobrepasaban incluso las mejores
expectativas. En 1962 se encontraron más de 80 localizaciones de huesos de
mastodonte y mamut en todo el perímetro del embalse, aunque lo mejor sin duda
fue la excavación de unos estratos de gravas en los que se encontraron juntos
huesos y utensilios de piedra, mostrando que tales utensilios se habían
utilizado para labores de despiece de los animales muertos. En lo que se
refiere a los artefactos, los arqueólogos se quedaron muy sorprendidos por la
presencia de un estilo de tipo bifaz (piedra trabajada por ambas caras),
que era de una calidad semejante a la que se podía encontrar en las
herramientas hechas por el hombre moderno en Europa en el Paleolítico Superior.

 

 

Virginia Steen-McIntyre en 1966, en las cercanías de Valsequillo

Sin embargo, no todo eran parabienes, pues los huesos hallados estaban
mineralizados y por este motivo no había forma de datarlos por el método del
carbono-14. Por otra parte, la propia complejidad y riqueza de los hallazgos
precisaba de estudios más profundos a cargo de otros especialistas.
Así fue como a partir de 1964 entraron en liza, a petición de Cynthia
Irwin-Williams, diversos técnicos en varias materias y entre ellos un equipo
del USGS
(United States
Geological Survey,
Prospección Geológica de los EE UU)
, liderado por el geólogo Harold (“Hal”) Malde. A este equipo se unió en
1966 una prometedora licenciada llamada Virginia Steen-McIntyre,
especialista en tefrocronología, esto es, en datar los estratos de tefras
(cenizas volcánicas). 

Las polémicas dataciones

Lo cierto es que los primeros intentos de los geólogos para datar el
yacimiento no dieron mucho fruto. No obstante, en un estrato de la Barranca
Caulapán –en las cercanías del embalse– al fin se pudo relacionar fiablemente
un objeto hecho por el hombre con huesos mineralizados y conchas, que se podían
datar con las metodologías de las series de uranio y con el Carbono-14,
respectivamente. Este fue el primer resultado asombroso, pues las fechas
obtenidas en ambos casos, aun con sus márgenes de error, estaban alrededor de
22.000 AP (Antes del Presente). Esto era una pequeña bomba para las teorías
académicas de aquel entonces sobre el poblamiento humano en América, pues según
los axiomas ya aceptados, los primeros hombres –de origen asiático– llegaron al
continente a través del estrecho de Bering cuando éste se podía cruzar a pie y
la primera cultura humana americana identificada arqueológicamente era la
llamada cultura Clovis[1],
con una datación aproximada de 10.000 a. C.

 

 

Localización de un artefacto de piedra de tipo bifaz

Sin embargo, esto no fue más que la punta del iceberg, pues las
dataciones posteriores, a partir de 1968, realizadas sobre diversos restos
hallados en Hueyatlaco y el Horno dieron resultados aún más inesperados. Barney
J. Szabo, geoquímico del USGS, analizó varias muestras mediante series de
uranio y, para sorpresa de todos, la antigüedad que obtuvo quedaba fuera de
cualquier pronóstico. Por ejemplo, una pelvis de camello se dató en 180.000 ó
245.000
± 40.000 años,
según el método empleado, y un diente de mastodonte, en 154.000 ó 280.000 años.

 

 

Reacciones adversas

En fin, aceptar una antigüedad de 20 ó 30 mil años para Valsequillo ya era poco
menos que un anatema para el estamento académico, pero entraba en los límites
de lo posible y aceptable, aun con las máximas cautelas. No obstante, hablar de
250.000 años ya era una herejía sin precedentes. Con todo, antes incluso de que
apareciesen estas fechas tan extraordinarias, las autoridades arqueológicas
mexicanas ya habían decidido tomar cartas en el asunto, lo que provocó la
primera tormenta sobre el controvertido yacimiento.

 

 

José Luis Lorenzo

Así, José Luis Lorenzo, director del INAH (Instituto Nacional de Antropología e
Historia), al conocer en 1966 los primeros datos sobre dataciones demasiado
antiguas
puso en su punto de mira a los directores de la excavación.
Lorenzo lanzó la grave acusación de que los mismos obreros habían introducido
los objetos en los estratos excavados, a pesar de que para cualquier experto
estaba claro que era casi imposible insertar artefactos en unos sedimentos
extraordinariamente duros. Para fundamentar tal acusación, Lorenzo decidió
enviar agentes federales armados a las excavaciones para intimidar a los
obreros y obtener confesiones de fraude. En realidad sólo tres de los 60
trabajadores aceptaron firmar un papel conforme ellos (y los científicos)
habían enterrado los artefactos. Lo cierto es que Cynthia Irwin-Williams
rechazó firmemente estos ataques y, en su defensa, consiguió que varias
personalidades académicas dieran fe de la integridad y competencia profesional
del grupo de trabajo. Al final se tiró tierra sobre el asunto, pero el daño ya
estaba hecho.

Sinduda, la principal víctima de esta tormenta fue Juan Armenta Camacho, al que no

sólo se le retiró el permiso para practicar ninguna otra intervención
arqueológica, sino que además se le confiscaron todas sus piezas. Toda su
colección, más todos los hallazgos del Proyecto Valsequillo, que estaban
depositados en la Universidad de Puebla, fueron trasladados a Ciudad de México.
A su vez, Irwin-Williams no salió mucho mejor parada, pues Lorenzo dio por
finalizadas las excavaciones del equipo estadounidense.  

 

 

Los estudios geológicos confirman “lo peor”

 

Vista de los trabajos en Hueyatlaco (1973)

En 1973 las autoridades mexicanas permitieron al USGS realizar una
intervención en Hueyatlaco de carácter exclusivamente geológico. De este modo,
Malde y Steen-McIntyre, con la colaboración del experto en microestratigrafía
Roald Fryxell, pudieron completar y ampliar los trabajos anteriores y confirmar
así que los estratos con artefactos, por debajo de las cenizas volcánicas, se
habían depositado en una secuencia natural, sin intrusiones de ningún tipo.
Ello permitía afirmar con seguridad que dichos estratos eran más antiguos que
las capas de ceniza y que por consiguiente datando éstas se podía obtener una
fecha mínima para el yacimiento.

 

En este punto, una vez clausuradas las excavaciones, se siguió
trabajando con las muestras disponibles extraídas durante ese periodo. Así
pues, varios especialistas, como C.W. Naeser o la propia Steen-McIntyre,
realizaron mediciones con otros métodos. En suma,
aparte de las muy escasas pruebas realizadas con el método del carbono-14, se
aplicaron hasta cuatro metodologías de tipo físico-químico diferentes para
datar los estratos, a saber:

 

 

  • Series
    de uranio
  • Huellas
    de fisión en zircones
  • Hidratación
    de tefras
  • Meteorización
    de minerales

 

 

En el caso de las huellas de fisión, los resultados
obtenidos por Charles Naeser se situaban en una horquilla de entre 370.000 y
200.000 años de antigüedad para los estratos de cenizas volcánicas de
Hueyatlaco, mientras que la datación de los estratos de lodo y piedra pómez de
la península de Tetela oscilaba entre 600.000 y 340.000 años. A su vez, Steen-McIntyre, mediante el método de
hidratación de tefras, obtenía unas fechas de alrededor de 250.000 años, lo
cual venía a coincidir aproximadamente con el horizonte cronológico aportado
por las primeras dataciones “radicales” de B. Szabo.

 

 

¿Y qué tenía que decir la directora de las
excavaciones a todo esto? Frente a la avalancha de pruebas, Cynthia
Irwin-Williams
se refugió
en sus convicciones histórico-arqueológicas y miró para otra parte. Ya se había
mostrado desde el principio bastante incómoda y reticente ante las dataciones
obtenidas y a esas alturas seguía sin creer en estas fechas tan antiguas.
Estaba convencida de que los nuevos métodos debían de estar produciendo
resultados erróneos, ya que tales fechas eran “virtualmente imposibles”… Fue
tal su enfado que llegó a acusar a los geólogos de ser unos “lunáticos”. Y no
sólo eso, les amenazó con no publicar su extenso informe sobre el Proyecto
Valsequillo hasta que no se retractasen de sus posiciones. Esa fue la gota que
colmó el vaso, pues supuso la ruptura definitiva de la comunicación entre la
antropóloga y los geólogos.

 

 

Se corre un tupido velo

 

Portada del libro de J. Armenta

Entretanto, ya bien entrada la década de los 70, casi todos los
esfuerzos emprendidos por Steen-McIntyre y el resto de geólogos por publicar
sus resultados en revistas científicas habían resultado estériles. Tan sólo
había aparecido en 1969 un breve artículo firmado por Szabo, Malde e
Irwin-Williams sobre los desconcertantes resultados de las dataciones de las
series de uranio. De todas formas, tampoco se había publicado ningún material
procedente de Irwin-Williams. Al menos, Juan Armenta consiguió por fin publicar
en 1978 una monografía sobre los huesos grabados y otros hallazgos que había
realizado en Hueyatlaco, pero la edición fue muy limitada (sólo 1.000
ejemplares) y tuvo una casi nula difusión entre los círculos científicos. Vale
la pena reproducir aquí las últimas palabras de su libro en las cuales, a modo
de testamento, dejó bien clara su posición sobre la enorme antigüedad y valor
científico del yacimiento:

 

 

«La antigüedad de los materiales ha sido determinada por insobornables
pruebas de laboratorio, cuya validez sólo podría ser descartada con otras
pruebas científicas. Mientras eso no suceda, los descubrimientos de Valsequillo
están calificados para establecer un nuevo precedente en la historia de la
cultura y plantean la necesidad de revisar los conceptos, que hasta ahora se
tenían, del pasado prehistórico.»[2]

 

 

A todo esto, Virgina Steen-McIntyre no sólo noconseguía publicar su material (le habían presentado múltiples excusas o rechazos[3])sino que era objeto de todo tipo de críticas y maledicencias a sus espaldas,dándose entonces cuenta que todo el asunto de Valsequillo era un negro episodiode inquisición científica. Como resultado de todo ello, su reputaciónprofesional cayó en picado. Así pues, fue perdiendo todas las opciones dedesarrollar una carrera académica; no obtuvo empleos acordes a su categoría eincluso tuvo que salir del ámbito de sus estudios para trabajar como jardinera.

 

 

Hubo que esperar
hasta 1981 para que viera la luz el primer artículo específico sobre los
trabajos arqueológicos y geológicos en Hueyatlaco. Fue un artículo publicado
por la revista Quaternary Research, titulado
Geologic Evidence for Age of Deposits at Hueyatlaco Archaeological Site,
Valsequillo, México
(“Pruebas geológicas para la
antigüedad de los depósitos del yacimiento arqueológico de Hueyatlaco”) y
firmado por Steen-McIntyre, Fryxell y Malde.
Es oportuno señalar que tal publicación fue posible gracias a la amistad que
unía a Steen-McIntyre con el editor, el geólogo Steve Porter, ya que de otro
modo hubiera sido casi imposible. De todos modos, el manuscrito original
cumplió la reglamentaria revisión por pares.

 

 

Y llegados a este
punto, aunque finalmente se habían podido publicar de forma detallada las
dataciones extremadamente antiguas de Valsequillo, Virgina Steen-McIntyre
comprobó con resignación que había llegado demasiado tarde y que sus esfuerzos
por defender en el ámbito académico tales dataciones habían caído en saco roto.
Así, a efectos oficiales, la datación de Hueyatlaco quedó fijada hacia
22.000 AP, según apareció por primera vez en un artículo de National
Geographic
de los años 70. Con todo, Steen-McIntyre jamás se desdijo de sus
afirmaciones y su claro testimonio fue vuelto a escuchar en el libro de Cremo y
Thompson ya citado y en el polémico documental “The mysterious origins of man”,
a mediados de los años 90, que de alguna manera propiciaron que se volviera a
hablar de Valsequillo y que se emprendieran nuevas iniciativas de
investigación.

 

 

Dibujo de algunos artefactos hallados en las excavaciones

En todo caso Valsequillo siguió cerrado a cal y canto para cualquier tipo de
actuación científica hasta 1997, cuando el INAH promovió al fin una nueva
campaña de excavaciones. Entretanto, mucha gente se había quedado en el camino,
por fallecimiento o jubilación. En 1990 murió Cynthia Irwin-Williams, al
parecer de una sobredosis de su medicación, pues llevaba ya unos cuantos años
de mala salud. Nunca llegó a publicar nada sobre sus trabajos en Valsequillo y
la mayoría de sus papeles se perdieron inexplicablemente en algún momento
indeterminado antes de 1997. Y lo que es más grave, en la misma época se perdió
el rastro de todos los artefactos hallados durante las excavaciones y a día de
hoy no se tiene noticia de su paradero, aunque –como veremos más adelante–
alguien podría haber encontrado lo que queda de la colección. En definitiva,
Hueyatlaco permaneció fuera de la agenda científica oficial durante nada menos
que 24 años.

 

 

Otras explicaciones y nuevos datos

Por supuesto, no sería objetivo reducir todo el problema de Hueyatlaco a
la única versión de los “defenestrados” (el USGS) por la ortodoxia. El
yacimiento ha sido objeto de estudios geológicos y paleontológicos por parte de
otros profesionales (sobre todo del INAH mexicano, pero también del Center
for the Study of the First Americans,
de Texas, EE UU y de la Universidad
John Moore de Liverpool, Reino Unido) en la década de 2000. Con respecto a las
polémicas dataciones del USGS, las versiones oficiales no omiten mencionarlas,
pero suelen resaltar que se trata de fechas “controvertidas”. Los pocos
expertos que han dado su opinión sobre los argumentos de los geólogos del USGS
han incidido bien en la baja fiabilidad de esas dataciones, bien en una
interpretación incorrecta de la estratigrafía.
En el contexto de esta controversia, ya a finales de la década de 1990,
el empresario y arqueólogo amateur Marshall Payn quiso reabrir el caso de
Hueyatlaco y para ello contó con la ayuda de la propia Virginia Steen-McIntyre,
así como de un equipo de especialistas, creándose de este modo un Nuevo
Proyecto Valsequillo, en colaboración con los técnicos del INAH. Su primer
objetivo se centró en comprobar si los datos geológicos eran fiables. Para ello
hizo revisar los antiguos informes por expertos, que le corroboraron que el
trabajo parecía bien hecho, pero que sería aconsejable realizar nuevas pruebas
con los medios más modernos disponibles.

 

 

Sam VanLandingham extrayendo muestras en el yacimiento

Así pues, el equipo de Payn extrajo unas muestras que luego fueron
datadas en los EE UU por el Dr. Ken Farley (geoquímico) mediante una técnica
más moderna, la del uranio-torio-helio. Los resultados se situaron entre
400.000 y 500.000 años de antigüedad. Además, el
geólogo Sam VanLandingham realizó una nueva datación del yacimiento mediante el
método de las diatomeas[4],
que confirmó una enorme antigüedad para los estratos
con artefactos en Hueyatlaco, entre un mínimo de 80.000 años y un máximo de 400.000
años. A su vez, el experto geólogo Robert McKinney, tras un minucioso trabajo
de campo y el examen de algunos de los antiguos monolitos extraídos en 1973, llegó
a la conclusión que no había rastro de ninguna intrusión en la estratigrafía
observada que pudiera haber provocado un desplazamiento de materiales a capas más
antiguas, lo que justificaría un posible error de datación. En definitiva, todo
este cuerpo de pruebas, más otros estudios adicionales, daban cumplida
respuesta a los críticos, a los que prácticamente ya no les quedaba nada por
alegar.

 

 

Otra vez en el callejón sin salida

Payn había podido tomar parte en diversas intervenciones
hasta 2005 con el beneplácito del INAH, pero su intención era realizar una
campaña completa de excavación en Hueyatlaco para cerrar definitivamente el
último elemento de la polémica: la
ya mencionada inserción en la estratigrafía. No obstante, sus solicitudes de permiso oficial para excavar en Valsequillo fueron
denegadas una tras otra desde 2006 hasta 2011. Para tratar de dilucidar cuál
era el problema, Payn envió en su nombre al arqueólogo Neil Steede, que ya
había trabajado para las autoridades mexicanas, para que se entrevistara con
cuatro prominentes figuras académicas mexicanas. Pero llegado el momento los
planes se torcieron, pues una de estas personas, Mario Pérez Campa, falleció
dos días antes de producirse la entrevista, mientras que las otras tres
rehusaron aduciendo que se les había prohibido conceder ninguna entrevista.

 

 

Único artefacto identificado procedente de Hueyatlaco

No obstante, y esto es quizá lo más interesante, Steede aprovechó sus viajes a
México para indagar sobre el paradero de las piezas desaparecidas de Hueyatlaco
y, según afirma, se enteró de que el edificio de Ciudad de México donde se
guardaban los objetos había sido víctima de un terremoto y que más tarde todos
los artefactos (de éste y de otros yacimientos) fueron guardados en cientos de
cajas y trasladados a un almacén de muy difícil acceso y sin ningún tipo de
cuidado ni señalización. Steede pudo llegar hasta allí y entrar pero no se le
permitió realizar ninguna pesquisa. Así pues, actualmente, aparte de algunas
fotografías, sólo se pueden estudiar los artefactos a través de las
reproducciones que hizo Cynthia Irwin-Williams de unas pocas piezas. Según
Virginia Steen, sólo se ha podido identificar fiablemente un objeto procedente
de Hueyatlaco: se trata de un utensilio de piedra, de tipo bifacial,
descubierto en 2003 en el Museo Antropológico de México. Está en un expositor
sin ningún tipo de etiqueta, entre un conjunto de “típicos artefactos
mexicanos.”

 

 

Aspecto del yacimiento de Hueyatlaco en 2011

Y ya en 2011 el nuevo equipo de Valsequillo pudo constatar
que el yacimiento había sido alterado por la construcción de una gran casa, con
un terreno adyacente delimitado por vallas y muros. Además, el paisaje se había
llenado de vegetación y árboles en la antigua zona de excavaciones. En suma,
prácticamente ya no quedaba nada útil que excavar en Hueyatlaco. 

 

En cuanto al proceder del INAH en este
embrollo, las palabras del geólogo Robert McKinney, en un correo electrónico a
Virgina Steen-McIntyre
(25 de julio de 2011)[5], son de una dureza concluyente:

 

 

«Mi posición es que a nosotros (todos
los implicados) se nos ha apartado del descubrimiento de hechos significativos a causa de una actuación ilícita sistemática por parte
del INAH y de otros
intereses que
, por alguna razón, no
quieren que
se descubra la verdad. Muchos intentos fallidos para obtener permisos, fósiles perdidos o destruidos, una
interferencia directa en
los intentos de llevar equipos de perforación y registro al
yacimiento y otras cosas sin sentido
han impedido a los investigadores
rigurosos obtener
datos vitales.»

 

 

Se pueden decir las cosas más alto pero no
más claro. 

 

 

Más allá de Hueyatlaco

Podríamos concluir aquí el texto y aceptar que el caso de Hueyatlaco fue
un episodio aislado en la historia de la arqueología americana y que en él
confluyeron diversos factores poco recomendables como los celos profesionales,
las ansias de protagonismo, los posibles errores técnicos o ciertas posturas
intransigentes propias de personas o estamentos con un alto ego científico. Sin
embargo, y esto desde luego no se enseña en ninguna facultad de Historia,
existe un largo y lamentable historial de casos parecidos a Hueyatlaco en los
que la intransigencia y la hostilidad ante las nuevas ideas y pruebas
provocaron la marginación y exclusión de tales aportaciones, llegando incluso a
perjudicar gravemente muchas carreras profesionales.

 

 

Este historial contiene episodios tan oscuros como los hallazgos del
arqueólogo canadiense Thomas Lee en el yacimiento de Sheguiandah, en la isla de
Manitoulin (al norte del lago Hurón) a inicios de los años 50. Allí encontró
artefactos líticos avanzados en unos depósitos que fueron datados
geológicamente entre 65.000 y 125.000 años. Lee perdió su empleó público (fue
despedido), no pudo publicar sus resultados y sus pruebas fueron rebatidas por
otros expertos. Todos los artefactos encontrados se perdieron en arcones del
Museo Nacional de Canadá. El Director del Museo, que había defendido los
hallazgos de Lee y había propuesto publicar una monografía sobre éstos, fue a
su vez apartado de su puesto. Sheguiandah se acabó convirtiendo en un centro
turístico.

 

 

George Carter

Otro caso similar
es el del arqueólogo George Carter, que en la misma época afirmó haber hallado
unos bastos utensilios de piedra en el yacimiento de Texas Street (San Diego)
con una datación de entre 80.000 y 90.000 años. Enseguida fue criticado por
algunos expertos, que aseguraron que había confundido objetos naturales con
herramientas hechas por el hombre. Al poco tiempo también perdió su empleo
público. Sin embargo, Carter siguió defendiendo la validez de sus resultados y
comprobó con resignación como algunos pocos colegas le daban la razón sólo en
privado, pues tenían miedo de hacerlo en público, lo que podría arruinar sus
carreras profesionales.

 

 

Y ni siquiera una figura tan destacada de la paleoantropología, como el
mismísimo Louis Leakey, quedó al margen de la maquinaria del pensamiento único.
El que fuera descubridor de excepcionales especimenes de homínidos en África
estuvo excavando en los años 60 en el yacimiento de Calico (California), bajo
la dirección de la arqueóloga Ruth Simpson. En este lugar se hallaron más de
11.000 artefactos de tipo eolito (tradicionalmente interpretados como
piedras de sílex bastamente trabajadas, si bien la ciencia actual no reconoce
estos objetos como piedras modificadas por el hombre sino por procesos
naturales) en una serie de estratos, siendo los más antiguos datados por series
de uranio en ¡200.000 años! Leakey defendió estas dataciones pero nuevamente
los escépticos las rechazaron, recurriendo a la doble explicación de que, o los
artefactos no eran tan antiguos, o en realidad eran naturales (“geofactos”).
Con todo, algunos especialistas examinaron las piezas y afirmaron que algunas
al menos sí serían de inequívoca factura humana. En todo caso, los años de
Louis Leakey en Calico fueron “tristes y embarazosos”, según relata la biógrafa
de Leakey.

 

 

El gran problema de fondo

Las investigaciones llevadas a cabo en Valsequillo pusieron de
manifiesto que el equilibrio trilateral existente entre los hallazgos
arqueológicos, las dataciones y la teoría sobre el poblamiento humano de
América se había roto por algún sitio. Si examinamos el núcleo de la
controversia, llegaremos a la conclusión que al menos uno de los tres elementos
de este triángulo debe fallar.

 

 

La primera sospecha podría recaer sobre la práctica arqueológica, pero
todo el mundo –empezando por los geólogos del USGS– coincide en afirmar que la
metodología científica aplicada por Cynthia Irwin-Williams estaba fuera de toda
duda. A pesar de su juventud, era una persona muy preparada, metódica,
detallista y con un cierta experiencia en excavaciones, lo que se tradujo en un
trabajo bien realizado y bien documentado, tomando buen registro de todos los
hallazgos e interpretando correctamente la secuencia estratigráfica del
yacimiento, labor en que sin duda la aportación de geólogos muy cualificados
tuvo un papel determinante.

 

 

Trazas o huellas de fisión, a la vista de microscopio

En segundo lugar tenemos el tema de las dataciones. A este respecto, la
presencia de tantos huesos mineralizados que no se podían datar por C-14 debía
haber suscitado algunas preguntas que no se hicieron, pues los arqueólogos
americanos estaban acostumbrados a utilizar este método (válido hasta unos 50.000
años de antigüedad como máximo) en sus modernos yacimientos del Nuevo
Mundo, y en Valsequillo esta técnica prácticamente quedó inédita. En cuanto a
las otras técnicas, se podría aducir que algunas de ellas, de reciente
aplicación, habían fallado y que falta de correlación entre las capas de tefra
de Valsequillo y La Malinche no permitía extraer conclusiones claras. Sin
embargo, cuando a los primeros datos extremos obtenidos por Szabo con las
series de uranio se unieron los nuevos datos obtenidos por otros métodos en la
década de los 70, todo empezó a cuadrar. A estas alturas ya resulta muy forzado
mantener que todos los métodos empíricos de datación absoluta aplicados en el
yacimiento fallaron estrepitosamente al no ofrecer las fechas “esperadas” por
el estamento académico.

 

 

Por último, nos queda la teoría. Durante décadas se ha defendido la
teoría de que los primeros humanos (desde luego, Homo sapiens) que
llegaron al continente americano lo hicieron desde Asia cruzando el estrecho de
Bering hacia el final de la última Edad del Hielo y que paulatinamente fueron
extendiéndose hasta llegar al cono sur del continente. Con todo, la primera
cultura humana identificada (la ya mencionada Clovis) se situaba poco más allá
del 10.000 a. C. Y bien es cierto que con el paso de los años, diversos
hallazgos reconocidos han permitido acuñar el concepto de una cultura
“pre-Clovis”, pero que no se remontaría muchos miles de años atrás. En esta
posición continúa enrocado el estamento oficial arqueológico, que dicta lo que
es aceptable y lo que no, según sus pruebas. La cuestión, sin embargo,
es que existen otras pruebas.

 

 

Como conclusión, vemos que el problema de Hueyatlaco es doblemente
pertubador porque –dado un esquema teórico construido a lo largo de décadas
sobre la evolución y distribución de los homínidos en el planeta– los restos
físicos presentan una realidad bien diferente que obligaría a rescribir todos
los libros de Historia. Hay que darse cuenta de que Hueyatlaco no sólo muestra
el testimonio más antiguo de seres humanos modernos en el Nuevo Mundo sino que
lanza un órdago a los esquemas evolucionistas más firmes. Así, frente a la
teoría de que el Homo sapiens, en su variante más arcaica, apareció en
África hace unos 200.000 años como máximo (según los recientes estudios
llevados a cabo sobre el ADN mitocondrial), los utensilios hallados en
Valsequillo se remontan a ¡250.000 años! En esa fecha, según todos los axiomas
establecidos, no había ni por asomo ningún H. sapiens en América, pero
tampoco en ninguna otra parte del mundo… Sea como fuere, el caso de
Hueyatlaco plantea un grave choque entre la teoría y las pruebas objetivas de
complicada –por no decir imposible– resolución. Y desgraciadamente, en vez de
afrontar la controversia, el paradigma actual reaccionó ignorando o negando los
hechos o, en el mejor de los casos, intentando darles una explicación
rebuscada.

 

 

Visto todo este oscuro episodio, y si descartamos cualquier tipo de
maquinación o maniobra siniestra, lo que queda tampoco es como para
estar orgulloso del proceder del estamento científico. Más bien muestra una
cerrazón y un claro prejuicio ante los hechos anómalos que desafían la solidez
del paradigma establecido, utilizando los términos empleados por Thomas Khun al
hablar de las revoluciones científicas. Por lo tanto, habría que dilucidar qué
impide a la ciencia realizar una seria autocrítica cuando se producen
situaciones de este tipo.

 

 

Finalmente, ya hemos visto que existieron varios casos similares a
Hueyatlaco; no se trata pues de una rara excepción que confirma la regla.
Entonces, ¿es razonable considerar que todos los profesionales que
encontraron datos anómalos se equivocaron? ¿Cuántas pruebas extraordinarias
se precisan para que la ortodoxia académica empiece a considerar que el
paradigma actual debería revisarse completamente? Si en el método científico la
hipótesis se somete a experimentación para ser validada y dicha experimentación
–que está fundamentada en hechos observables y medibles– contradice la teoría,
entonces se debe empezar otra vez desde el principio y replantear la hipótesis
inicial. ¿Es esto tan inadmisible en el campo de la historia y la arqueología?
¿O es que cierta teoría científica más bien se ha convertido en un dogma de fe que no puede ponerse en duda aunque la evidencia objetiva no lo
confirme e incluso lo descarte?

 

 

© Xavier Bartlett 2014

 

 

Referencias

 

Artículos

 

 

MALDE, H. E.; STEEN-MCINTYRE,
V.; NAESER, C. W.; VANLANDINGHAM, S. L. “The stratigraphic debate at
Hueyatlaco, Valsequillo, Mexico”. Palaeontologia Electronica Vol. 14,
Issue 3; 2011.

 

 

STEEN-MCINTYRE,
V., FRYXELL, R., MALDE, H.E. “Geologic evidence for age of deposits at
Hueyatlaco archaeological site, Valsequillo, Mexico.” Quaternary Research, 16:1-17;
1981.

 

 

STEEN-MCINTYRE,
V. “
A review of the
Valsequillo, Mexico early-man archaeological sites (1962-2004) with emphasis on
the geological investigations of Harold E. Malde.” Presentation at 2008
Geological Society of America Joint Annual Meeting; 2008.
Libros  
ARMENTA CAMACHO, J. Vestigios de labor humana
en huesos de animales extintos de Valsequillo, Puebla, México
. Consejo
editorial del Gobierno del estado de Puebla, 1978.
 
CREMO,
M.; THOMPSON, R.L. Forbidden Archaeology: The Hidden History of the Human
Race.
Bhaktivedanta Institute, San Diego, 1993.

 

 

HARDAKER,
C. The First American: The Suppressed Story of the People Who Discovered the
New World
. New Page Books, Franklin Lakes, New Jersey, 2007.

 

 

Páginas WeB
http://earthmeasure.com
http://pleistocenecoalition.com/steen-mcintyre/index.htm
Créditos / agradecimiento por las imágenes: Virginia Steen-McIntyre y revista digital Pleistocene Coalition News

 

[1] Clovis es un
yacimiento situado en New Mexico (EE UU), que fue excavado en la primera
mitad del siglo XX y que fue un referente para fijar la antigüedad del primer
poblamiento de las Américas durante mucho tiempo.
[2] ARMENTA CAMACHO, J. Vestigios de labor humana
en huesos de animales extintos de Valsequillo, Puebla, México
. Consejo
editorial del Gobierno del estado de Puebla, 1978.
[3] Sobre el
tema de las negativas se llegó a situaciones surrealistas: Steen-McIntyre relata
que fue contactada en 1980 por una revista de divulgación científica llamada Science
80
para publicar su manuscrito, pero que después de meses sin ninguna
noticia el editor se excusó diciendo que el manuscrito se había perdido al caer
detrás del archivero…
[4] Las
diatomeas son unos microorganismos unicelulares microscópicos fosilizados cuya
diversa y extensa tipología desde hace millones de años hasta actualidad
permite datar los estratos en que se depositaron.  

[5] STEEN-MCINTYRE, V. “Bob McKinney 1933-2011, Classic
Valsequillo Project colleague”
Pleistocene Coalition News, volume 4
issue 2; 2012.

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