Drogas, violencia y pederastia; los niños de los que nadie habla en México

Hace apenas unos instantes, el popular dicho de “ojos que no ven, corazón que no siente” tomó un completo sentido en mi mente.
Una de las ciudades turísticas más famosas de nuestro país, en la que muchos nos divertimos en periodos vacacionales o incluso en fines de semanas, donde pudimos visitar el Ci-Ci, el Papagayo, navegar por el mar sobre un yate y disfrutar de los bares y en general, de la vida nocturna, me apareció como un lugar repugnante en menos de una hora.
 Así es. Acapulco, Guerrero encierra secretos tan oscuros que podrían alterar a cualquiera con un poco de criterio y moral, quien seguramente permaneció ciego, como yo, durante toda su vida. pederastía.
Después de leer una nota periodística acerca de uno de los principales negocios de la ciudad de Acapulco, no pude evitar sentirme tremendamente agitado con la situación extrema que algunas personas viven, pero lo que más me alteró fue la edad de los afectados; niños que desde los seis años se encuentran inmersos en el mundo de la pederastia, las drogas y la violencia.
Son niñas de apenas 14 años, quienes a tan corta edad ya son víctimas del SIDA y han probado las drogas más fuertes, las que mantienen este enfermo negocio de la pederastia, que se encuentra solamente después del turismo y la venta de drogas como principales motores económicos de la ciudad.
En lugares popularmente conocidos se encuentran los centros de operaciones de “padrotes” y “madrotas”, quienes se encargan de cuidar y pagar a los niños, tratados como vil mercancía.
No sé si reír o llorar con las remuneraciones que reciben los niños por sus “servicios”; a algunos les pagan 20 dólares, otros les dan ropa, pero el pago más común son las drogas.
Detrás de la terrible y desgarradora realidad se encuentra una que puede llegar a ser incluso peor. Muchos de los niños se encuentran donde están debido al deseo de mejorar, ¿cómo es posible que haya un mundo peor que aquel del abuso, las drogas, el SIDA y la violencia?
Sólo nos queda pensar en el mismísimo infierno.
Niños que encuentran refugio en la piedra y el PVC, niños que huyeron de sus casas porque ahí era mucho peor, niñas que recibieron una docena de puñaladas por su incapacidad de pago al dealer.
Esta es la realidad de una de las ciudades más visitadas por el turismo nacional e internacional.
Resulta irónico pensar en que el niño de 10 años que sueña con ser cantante tenga una lata de PVC guardada en su mochila y la considere como su fiel amiga que lo ayuda a aguantar los martirios que tiene que vivir si quiere seguir existiendo; amiga que lo vuelve insensible a las agresiones que sus clientes (hombres y mujeres) lo someten, amiga que lo ayuda a olvidar el dolor de vivir con SIDA y otras enfermedades mortales.
La clientela, en su mayoría extranjeros que oscilan entre los 40 y 60 años, acude a lugares conocidos de la ciudad para obtener la compañía de un niño por una noche, o incluso una semana.
Todo lo que tienen que hacer es sentarse sobre una banca o comportarse de cierta manera (códigos que ya conocen) para que llegue alguien a ofrecer sus servicios; nos gustaría pensar que es la única manera de hacerlo, sin embargo, taxistas, hoteleros, lancheros e incluso policías pueden brindar información precisa acerca de un negocio tan común para la sociedad que perdió todo merecimiento de un castigo.
¿Cómo se defienden muchos niños?
“Nos va mejor haciendo ésto que si consiguiéramos un trabajo”.
El gobierno vuelve la cabeza ante una realidad atroz que cada día se hace más grande. Sólo así pueden conseguir dónde vivir, algo de vestimenta y en general, una condición deplorable que ellos ven con ojos de extremo agradecimiento.
Al final, la que antes me aparecía como una ciudad de relajación y entretenimiento, ahora se volvió un pequeño infierno sobre el planeta. Acapulco es el hogar del negocio de trata de niños más grande del país y los pederastas lo saben.
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