Desnaturalizando el capitalismo simbólico: ¿tiende el sistema a sobresocializarnos?

El ancho océano del universo de lo simbólico y de las redes de sentido que se construyen y se interconectan en procesos subjetivos y sociales, es cada vez más amplio y cada vez más difuso. Antes lo simbólico era una parte primordial de lo que era el ser humano. Hoy, en cambio, el consumo es casi todo lo simbólico. De hecho, lo simbólico es hoy demasiado grande porque las dinámicas de consumo existen en exceso. Existen muchos códigos de consumo que dan forma a un universo simbólico demasiado vasto y que fluye velozmente en los medios tecnológicos que hoy por hoy así lo permiten y lo posibilitan. De esta forma, hay un exceso de marcas, un exceso de referentes, un exceso de sensaciones, un exceso de mensajes publicitarios. Como bien lo afirma Bauman (2003), la promesa de satisfacción de un producto es atractiva cuanto menos sea conocida su necesidad específica, es muy divertido vivir experiencias y eso es concretamente lo que ofrece el mercado, es decir, experiencias y sensaciones destinadas a olvidarse prontamente para que vayamos a por otras. Es así que el universo de lo simbólico crece y crece principalmente en propagandas y el ser humano es un náufrago cada vez más pequeño dentro del mismo. Cada vez se acumulan más y más significados y significantes en diferentes esferas de la vida, como la jurídica, la científica o la artística. Nuevos hechos, nuevos datos, y junto a ellos nuevos mensajes publicitarios.

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De igual forma, cada día surgen nuevas identidades, nuevas formas de apropiación del espacio, del ser, de la vida. Cada vez surgen nuevos conocimientos aunque como bien dice Laclau (1993) lo más usual es que haya hoy una negación a que puedan existir cimientos a partir de los cuales los contenidos sociales puedan recibir significados precisos. Es así como con ello, cabe decir, también surgen nuevas tendencias, nuevos modos de ser que difícilmente existirían en una sociedad que nunca se hubiese industrializado y adoptado el capitalismo. Cada vez más y más lo simbólico le gana terreno a lo biológico en cuanto al momento de definirnos como seres humanos. Pero lo peor de todo es que lo simbólico como ya se había dicho, es hoy sumamente difuso, sin cimientos y a causa de ello bien podemos decir que está hoy altamente relativizado. No hay verdades esenciales y fundamentales. Y, por tanto, si el ser humano es cada vez más simbólico, el ser humano en consecuencia también se relativiza. Ya no sabemos por ende qué somos con exactitud. De esta forma, la mayor tragedia de una especie que en un principio era una entidad biológica cuyos procesos mentales le permitían poco a poco poder crear y mejorar cierto número de técnicas para poder ocupar un puesto de superpredador en la cadena trófica, ha devenido hoy en que aquellos procesos han construido un revistiemiento simbólico no natural. Vivimos hoy rodeados por una serie de códigos que nos circundan y nos definen y que han hecho de nuestra especie lo que Gianni Vattimo (1990) llama un consumidor consumido, que no es otro más que aquel que es incapaz de ofrecer resistencia.

Existen por tanto demasiados sentidos, tantos qué no sabemos cómo resistirnos ante ellos. Demasiadas formas de definirnos, ya sea como pobres o como estudiantes o como médicos o como pertenecientes a un partido político o a una etnia o a una familia o a un país, o como portadores de zapatillas de una marca, usuarios de una música, de una empresa de galletas o de lácteos. Hay demasiadas formas de categorizar, demasiadas formas de nombrar y nombrar es siempre la forma más básica de poder, de apropiación, de dominio.  Pero ¿sería el universo simbólico tan vasto y tan difuso si no existiera el sistema industrial? Por otra parte, ¿estamos siendo cada vez menos biológicos y más simbólicos en cuanto a nuestra forma de existir y compartir el mundo?  ¿Estamos acaso sobresocializados? ¿Hay acaso un exceso de códigos, categorizaciones, dispositivos y técnicas y con ello, y desde luego, de sociedad?

La sociedad funciona bajo el autoritarismo de lo simbólico: cuando todos desean tirar la primera piedra

De acuerdo con Higinio Marín (2007), no hay articulación u ordenación de saberes que sobrevivan al contexto intersubjetivo en el cual se gestaron, sin embargo estos saberes se comparten y se transforman en las relaciones sociales y en la cultura, ya que la cultura es un sistema o una red de sentido compartida puesto que no hay ningún sentido o significado que sea totalmente aislado. Como bien no lo recuerda Derrida (1967), un sistema de signos, tal como lo es la cultura, es siempre un tejido de diferencias sin punto de partida o de llegada. Ahora bien, si la pregunta anterior sobre si hay un exceso de códigos, categorizaciones, dispositivos y técnicas y con ello, y desde luego, de sociedad, fuera afirmativa, el nuevo interrogante que surgiría sería el siguiente: ¿produce aquel exceso de códigos, categorizaciones, dispositivos, mecanismos y técnicas algún tipo de estrés social? Y si es así, ¿cómo afrontamos ese estrés en el día a día respecto al terreno de la ética y de la compresión hacia los demás seres humanos?

Como hemos dicho, los códigos culturales se comparten. El asunto es que se comparten en las prácticas y en las interacciones, de hecho, en ellas se actualizan como bien no lo hiciera ver en su momento el mismo Garfinkel, y se actualizan además con nuestros sentidos y nuestro mundo más inmediato. De forma que nuestra noción de justicia contemporánea, por ejemplo, no gira en torno al hecho de que nuestras democracias sean meras fachadas y la pobreza esté bastante extendida. Nuestra idea de justicia gira en torno al hecho de que si alguien se sale de los patrones usuales de comportamiento ahí estará la comunidad para juzgar de forma inclemente y sin piedad. Ahí estará la comunidad con ansias de construir excluidos sociales, de construir parias, de colaborar con la deshumanización del mundo, muy a sabiendas de que el alejamiento de los centros de poder y configuración identitaria son formas de exclusión, represión y castigo. Lo único que nos queda es por tanto señalar sin ninguna conmiseración, sin respeto por la otredad y con el dedo a otros que un momento determinado dejan de compartir un código simbólico o identitario o un patrón de conducta determinada. Es decir, estamos sobresaturados de códigos simbólicos, y esto nos vuelve menos humanos, menos biológicos, menos sensitivos, menos comprensivos. Porque deseamos ser es comprensivos hacia los códigos simbólicos que nos rodean y nos brindan seguridad ontológica. Deseamos es comprender la compleja simbolizidad que nos rodea, las identidades que compartimos con otros. Y ello viene, claro, determinado por el sistema industrial y el mundo del consumo.

Quisiera al respecto citar algunas de las ideas de Ted Kackynski, eso sí, quisiera aclarar que no se trata de hacer apología a un criminal que en su momento cometió varios actos de terrorismo y asesinato, unos actos que sin duda deben ser rechazados unánimemente. Lo que deseo, por el contrario, es rescatar algunas ideas que pese a todo pueden ser consideradas valiosas y que se hallan plasmadas en el manifiesto que redactó hacia 1995. Dice Kackynski:

Atribuimos los problemas sociales y psicológicos de la sociedad moderna al hecho de que esta requiere gente que viva bajo condiciones radicalmente diferentes de aquellas bajo las cuales la raza humana se desarrolló y a maneras de comportarse que entran en conflicto con los patrones de comportamiento que desarrollaba mientras vivía bajo las condiciones iniciales (…). Entre las condiciones anormales presentes en la sociedad industrial moderna están la excesiva densidad de población, el aislamiento del hombre de la naturaleza, la excesiva rapidez del cambio social y el colapso de las comunidades naturales de pequeña escala tales como la familia prolongada, el pueblo o la tribu (…). Es bien sabido que el hacinamiento incrementa la tensión y la agresión. El grado de hacinamiento que existe hoy y el aislamiento del hombre de la naturaleza son consecuencias del proceso tecnológico (…).

Es así como de acuerdo con este pensar, las condiciones tecnológicas propias del entorno posindustrial crean formas de ser y estar demasiado alejadas de lo natural. De igual forma:

…la tecnología ha agravado los efectos del hacinamiento porque pone poderes desorganizadores incrementados en las manos de la gente. Por ejemplo, una variedad de aparatos que hacen ruido: un segador potente, radios, motocicletas, etc. Si el uso de estos aparatos no está restringido, la gente que quiere paz y silencio está frustrada por el ruido. Si el uso está restringido, la gente que usa los aparatos está defraudada por las regulaciones. Pero si estas máquinas no hubieran sido inventadas, nunca hubiera habido conflicto y frustración generada por ellas.

Pasemos ahora a un reconocido pensador como Erich Fromm para observar cómo en el terreno de la sexualidad también se construye un conjunto de códigos simbólicos que hacen ser al ser humano aquello que naturalmente, siglos atrás, en sociedades preindustriales y precapitalistas no era. Es decir, hoy somos cada vez más definidos por lo socialmente simbólico y cada vez menos por nosotros mismos:

El esfuerzo por suprimir la sexualidad estaría más allá de nuestra comprensión si sólo se tratara de sexo como tal. Sin embargo, no se difama al sexo por el sexo mismo, sino para quebrantar la voluntad humana. Sin embargo, en muchas sociedades llamadas primitivas no hay tabúes sexuales. Funcionan sin explotación ni dominio, porque no tienen que quebrantar la voluntad del individuo. Pueden darse el lujo de no estigmatizar el sexo y de gozar el placer de las relaciones sexuales sin remordimientos. Lo más notable de etas sociedades es que la libertad sexual no produce codicia sexual (…). El deseo sexual es una expresión de independencia que aparece muy pronto en la vida. Repudiarlo sirve para quebrantar la voluntad del niño, hacer que se sienta culpable, y volverlo más sumiso (Fromm, 1978, p, 96).

Qué manera más fácil, por tanto, de vernos inmersos en lo simbólico y señalar a otros que por medio de los tabúes sexuales, más aun en una sociedad como la nuestra, secularmente inconclusa y dueña de un autoritarismo moral tal cual como lo señala Carmen Gloria Godoy (2014). Aunque no hay que olvidar que aún en una sociedad no secular como la Europa de la edad media, había un exceso de simbolizidad sobre la condición humana.

Para concluir:

Si consideramos la socialización como un proceso mediante el cual incorporamos a la intersubjetividad códigos culturales y simbólicos de todo tipo, bien podemos decir que hoy en día vivimos en una inmensa marejada de dichos códigos. Que hayan peleas contemporáneas, de hecho ideológicas, entre si se prefiere el Real Madrid o el Barcelona, o Adidas o Nike, en lugar de preocuparnos en construir democracia es una buena muestra de ello, ya que como recuerda Zizek (2003), el consumo también es ideológico. Las marcas y el consumo le han ganado terreno a la misma humanidad y sus componentes biológicos, e incluso a su ética.  Eso sí, quizás muchos dispositivos y mecanismos actuales los podamos utilizar para nuestra propia construcción, a la manera de “las tecnologías del yo” que menciona Foucault. Sin embargo, debemos tener en cuenta, tal cual como no lo han hecho ver las teorías de varios analistas latinoamericanos que hacen parte de lo que Boaventura de Sousa llama “epistemologías del sur”, la gran mayoría de dichos dispositivos y técnicas giran en torno al fetichismo de la mercancía. Para finalizar, me gustaría compartir una metáfora comparativa que se me ocurre. Creo yo, y de acuerdo con lo que venido mencionando, que si en algún mundo hay una especie con mayor grado de progreso técnico, esta tendrá sin duda mayor tecnología. Pero si por otra parte, hay en algún otro mundo alguna especie con mayor desarrollo ético, cognitivo, cultural y social, muy probablemente sus integrantes ya hayan abandonado el sistema industrial y a sus dioses simbólicos y regresado a un estado epocal previo en cuanto a lo que a condiciones materiales de existencia atañe, pero conservando eso sí el saber y las lecciones obtenidas durante su trascurrir histórico por los derroteros de la industria a gran escala y la acumulación desenfrenada y desconsiderada de capital.

Bibliografía:

Bauman, Z. (2003), Turistas y vagabundos. En: Stuart Hall y Paul du Gay (comps.) Cuestiones de identidad cultural. Buenos Aires: Amorrortu editores. pp. 40- 68.

Derrida J. (1967), De la. Gramatologia. Siglo veintiuno editores. MÉXICO. ESPAÑA

Fromm, Erich (1978), [1957], ¿Tener o ser? Fondo de Cultura Económica. México D. F.

Godoy Carmen Gloria (2014), Transgresión y disciplinamiento en “el estelar del pueblo”. Revista de Antropología Experimental, nº 14, 2014. Texto 4: 45-53.

Kacynski, Ted (1995), Manifiesto de “Unabomber”. Disponible en: http://www.sindominio.net/ecotopia/textos/unabomber.html

Laclau, Ernesto (1993), Power and Representation. En: Politics, Theory and Contemporary Culture, editado por Mark Poster, Nueva York, Columbia University Press.

Marín Higinio (2007), La invención de lo humano. La génesis sociohistórica del individuo. Ediciones Encuentro S.A.; Madrid.

Vattimo, Gianni, (1990), «El consumidor consumido», en El sujeto europeo, Josefina Casado y Pinar Agudíez (comps). (Madrid, Pablo Iglesias, 1990). Trad: Mario Merlino.

Zizek, Slavoj, (2003), El sublime objeto de la ideología.- la. ed.Buenos Aires: Siglo XX]: Editores Argentina, 2003. 504 p. ; 21×14 cm. Traducción de: Isabel Vericat Núñez.

Desnaturalizando el capitalismo simbólico: ¿tiende el sistema a sobresocializarnos?

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