El poder de la Palabra llevado a la Acción

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Tú eres el máximo responsable de lo que te pasa; a partir de lo que haces, y a partir de lo que no haces; a partir de lo que dices, y a partir de lo que silencias. Este es el punto de partida desde donde se gesta la capacidad de cada persona para llevar a cabo sus deseos.

Sentir el poder de la palabra, es una experiencia de valor incalculable. Con las palabras no sólo se habla, se transmite, se comparte, se intercambia, se ordena, se obedece, se grita, se susurra, se canta, se calla, se enseña, se advierte, se indica y se muestra.

Con este artículo deseo mostrar algunas claves para mejorar el uso del lenguaje y el manejo del pensamiento desde la eficacia. Eficacia: virtud, actividad y poder para obrar.

Eficaz: activo, fervoroso, poderoso para obrar. Que consigue hacer efectivo un intento o propósito.

Homenajeando a nuestros maestros del pasado, como Aristóteles, gocemos de la vigencia de sus palabras. Aristóteles parte de dos supuestos básicos para conseguir los propósitos y para la investigación: el primero hace referencia a la causalidad; cualquier fenómeno en la Naturaleza no ocurre por azar ni por casualidad, sino más bien porque existen unos motores que impulsan a que suceda. Y el segundo supuesto está directamente relacionado con el encabezamiento de este artículo: el estrecho lazo que existe entre el lenguaje, el pensamiento y la realidad. Cuando el lenguaje y el pensamiento coinciden, se genera la realidad. Y aunque el lenguaje utilizado pertenezca a otro idioma, o a otras maneras de hablar, sigue siendo una expresión de lo que se piensa y eso se proyecta en lo que va a ocurrir. La clave que he encontrado para que este supuesto se cumpla radica en que lo que pensamos se ajuste al máximo con lo que decimos. Y en todo caso, si se alberga alguna duda, es preferible, de momento, no pronunciarse hasta tener claro que lo que se va a expresar refleja lo que se piensa en ese momento.

Pronunciemos lo que sentimos sin temor a la equivocación, porque a continuación se puede rectificar. Asimismo, resulta muy útil hablar más despacio de lo habitual para que así nos dé tiempo a escucharnos y sentir la coherencia de nuestras palabras.

En términos generales, puedo afirmar que resulta más sencillo manejar las palabras que manejar los pensamientos. Aunque para estos últimos también disponemos de herramientas universales.

Comencemos por el uso práctico de las palabras. Y aquí voy a ejercer de filólogo, porque aunque desde el punto de vista académico no posea la titulación, sí me siento como tal desde su etimología; filología procede del latín philologia, y ésta a su vez del griego philologia, que significa amor o interés por las palabras.

Emprendo este viaje con una evidencia: existen palabras útiles y existen palabras inútiles para conseguir los propósitos. Palabras que refuerzan el poder, y palabras que lo debilitan. Y aunque la intención del que las use, influye de modo notable, el significado de cada una según el diccionario se convierte en el factor más determinante sobre la realidad. Esta afirmación se apoya en mi experiencia cada vez que curioseo el diccionario y descubro con sorpresa que el significado encontrado dista del que yo creía. Lo que me conduce a dudar de lo siguiente: que lo que he estado expresando hasta ese momento no se ha correspondido con lo que quería decir y, sobre todo, con lo que deseaba que ocurriera. Menudo patinazo lingüístico de larga duración. O sea que, durante todos estos años atrás, después de leer y estudiar a varios maestros de elevada conciencia y sabiduría incalculable sobre el bienestar, se confirma que lo que se dice repetidas veces no sólo puede pasar, sino que pasa.

El problema surge cuando uno utiliza con ligereza infinidad de palabras, de manera cotidiana, desde un significado que parece flotar en muchos ambientes de inconsciencia colectiva. Y por eso unas veces ocurre lo que deseamos, y otras no; al margen de que puedan existir circunstancias de fuerza mayor. Pero lo cierto es que, si uno cultiva la creencia de que la palabra precede a menudo a la acción, hablará cada día con mayor cautela. Sólo basta con comprobar lo práctico que resulta hablar más lentamente para darse cuenta de lo que se dice, para autoescucharse. Y cuando no se sepa con certeza lo que significa un vocablo, mejor y más prudente es abstenerse de usarlo y buscar otro equivalente de confianza. Porque una y otra vez puede ocurrir que siempre se obtenga el mismo resultado por el hecho de haber usado la palabra siempre.

Siempre es una de las palabras que más boicotea cualquier propósito, ya que es un adverbio que significa: en todo tiempo, para el pasado, para el presente y para el futuro. Si digo: “Siempre me cuesta dormir por las noches”, no dejo posibilidad lingüística para que ocurra otra cosa. Esta es una de las palabras que yo denomino cerradas. Aprovechemos la riqueza de nuestro idioma para colocar en nuestra boca palabras más abiertas, como por ejemplo: a menudo, frecuentemente, muchas veces o hasta este momento. Y así abrimos la posibilidad para que obtengamos un resultado satisfactorio. Con el adverbio nunca ocurre lo mismo. Y es fácil de comprobar, sobre todo en las relaciones afectivas, en las que frecuentemente se cristalizan actitudes y hábitos por el solo hecho de utilizar en exceso el siempre y el nunca. Resulta familiar el haber escuchado más de una vez: “Siempre haces lo mismo, y nunca me escuchas”. ¿Qué otro resultado se puede esperar de tan pesada aseveración? ¿Qué dure eternamente? Entonces, ¿para qué se dice?

Os invito a dulcificar vuestra manera de comunicaros y a utilizar palabras flexibles.

Mi sugerencia: utilizad el siempre y el nunca cada vez que queráis que perdure algo. Ejemplo: “Siempre encuentro solución a mis problemas” y, “nunca decaigo ante la adversidad”.

La misma palabra puede ser útil o inútil, sólo tenemos que detenernos un momento antes de arrancar a hablar para darnos cuenta de qué es exactamente lo que deseamos decir.

Asimismo, como para pensar también se utilizan palabras, sugiero procesar mentalmente lo que deseamos que pase antes de decirlo, para que el resultado sea lo más satisfactorio posible. Porque ya lo dijo Aristóteles: si lo que decimos coincide con lo que pensamos, será más fácil proyectar y construir la realidad.

Para concluir, quiero añadir una sugerencia relacionada con el uso de las palabras llamadas malsonantes o exabruptos; lo que vulgarmente conocemos como tacos. En mi experiencia, he notado que las realidades mejoran cuando me ahorro el uso gratuito de dichas palabras, ya que suelen llevar incorporadas energías limitantes que proceden de nuestros antepasados y del inconsciente colectivo. A dicho inconsciente le llega información procedente de todas las personas, incluida la fuerza de los tacos, y eso es lo que los valida. Pero no por ello resultan útiles, que es de lo que se trata cuando hablamos: que lo que decimos sirva para algo constructivo, y si no, mejor guardar silencio hasta que llegue el momento oportuno de decir algo interesante.

Eso sí, en situaciones y momentos de regocijo y alegría, en el momento oportuno, ¿por qué no usar un taco apropiado? Sobre todo si provoca una carcajada sin ofender a nadie. Lo equiparo al sonido de algunas ventosidades, llamémosles pedos, y me disculpo por esta licencia escatológica, pero creo que hay pocos fenómenos en la biología humana que, cuando se te escapan, provoquen una risa tan instantánea.

A reír todo lo que podáis, que la risa es endorfínica y saludable. Y el lenguaje es una de lasherramientas más ingeniosas que existe para tal efecto. ¡Qué disfrutéis con vuestras palabras!

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