Dólmenes y menhires: El poder mágico de las construcciones megalíticas

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Desde tiempos inmemoriales, el hombre se valió de los megalitos para erigir enormes monumentos con propósitos físicos y metafísicos, para la vida y para la muerte. Este artículo escrito por el Prof. Guillermo Alfredo Terrera (1), sociólogo y antropólogo argentino del siglo XX, hace un repaso sobre los verdaderos motivos que pudieron tener nuestros ancestros para llevar a cabo una tarea propia de gigantes.

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El nombre de la era megalítica de la protohistoria del hombre, proviene de la voz griega antigua «megas» o «megarón», que significa ‘grande’, y de «lithos», ‘piedra’. Esto indica claramente que se trata de la edad o el tiempo de las grandes construcciones realizadas por los hombres, empleando bloques de piedra de distintos tamaños y proporciones. El período megalítico presenta la característica definitoria de que la piedra utilizada no es objeto de ningún trabajo ejecutado por la mente o las manos del hombre. Este sólo levanta bloques, los acomoda y les da forma, dentro de lo posible, aprovechando las peculiaridades que la piedra ofrece. Por lo tanto, la técnica utilizada sólo le permitía mover las rocas y acomodarlas en determinado orden, concordante con sus pensamientos, creencias o convicciones.

«No es de extrañar la gran dispersión megalítica en Europa, ya que sus grandes constructores fueron los celtas y los druidas, quienes levantaron en todo el continente estas manifestaciones líticas de contenido mágico y metafísico».

De esta manera, los seres humanos levantan monumentos primitivos que reciben distintas denominaciones: «stonehenges», «dólmenes», «túmulos» y «menhires». Todas estas construcciones líticas tienen un sentido mágico y metafísico. Cada monumento era erigido siguiendo un determinado orden y tenía un significado que le era propio. Estas construcciones megalíticas, o de piedra sin labrar, son notables por su tamaño y se erigieron hace miles de años, antes de que los hombres trabajaran la piedra con las técnicas propias de las culturas del Paleolítico o del Neolítico. Se calcula que muchos de estos trabajos megalíticos tienen miles de años de antigüedad y, en determinadas civilizaciones llegaron hasta los 8.000 años a.C.

Göbekli Tepe, el santuario más antiguo del mundo, ubicado en Sanliurfa, sudeste de Turquía. El lugar fue levantado por cazadores-recolectores en el X milenio a. C. (ca. 11 500 años atrás), antes de que comenzara la sedentarización. Misteriosamente, todo este complejo de piedras, pilares y esculturas fue deliberadamente enterrado sobre el 8000 a. C., permaneciendo abandonado por espacio de 500 años.
Göbekli Tepe, el santuario más antiguo del mundo, ubicado en Sanliurfa, sudeste de Turquía. El lugar fue levantado por cazadores-recolectores en el X milenio a. C. (ca. 11 500 años atrás), antes de que comenzara la sedentarización. Misteriosamente, todo este complejo de piedras, pilares y esculturas fue deliberadamente enterrado sobre el 8000 a. C., permaneciendo abandonado por espacio de 500 años.

La concepción megalítica tuvo su área de dispersión en Asia, Europa y América. En algunas regiones cobró mayor significación que en otras, como en el caso de Cornuailles y Gales, en Inglaterra. En Irlanda y Escocia se levantaron centenares de estos monumentos que, aún, pueden ser admirados por el hombre contemporáneo. Su difusión llegó hasta los países nórdicos como Suecia, Noruega y Dinamarca y, en la actual Alemania, pueden contemplarse hasta en las márgenes del río Óder. También se encuentran en Portugal y en Galicia, Extremadura y Andalucía, España.

El dolmen de Lácara. Extremadura, España.

No es de extrañar la gran dispersión megalítica en Europa, ya que sus grandes constructores fueron los celtas y los druidas, quienes levantaron en todo el continente estas manifestaciones líticas de contenido mágico y metafísico. En Francia se encontraron más de cinco mil dólmenes y un elevado número de menhires, stonehenges y túmulos. Esto nos da una idea acerca de la importancia que tuvo el período megalítico en la cultura de los pueblos primitivos.

Los dólmenes eran tumbas generales de clanes familiares o de tribus enteras; también se cree que consistían en mesas de enorme tamaño en las que comía una raza de gigantes que habitaba en esas regiones. De allí proviene su denominación de dolmen, que en lengua gaélica —un derivado lingüístico del sánscrito— significaba «mesa de piedra», de las voces «dol», ‘mesa’ y «men», ‘piedra’. Estos monumentos consistían en dos piedras verticales y una horizontal que atravesaba o coronaba la parte superior de aquellas. Dado el tamaño de estos monumentos, se piensa que los antiguos druidas y celtas las construían con el fin de que esos mitológicos gigantes —que tal vez fueron akukeris, ymires, cíclopes, o hiperbóreos— las utilizaran en sus grandes banquetes o comidas diarias.

El dolmen de Poulnabrone, condado de Clare, Irlanda.

El término gaélico menhir significaba ‘piedra larga’, de las voces «men», ‘piedra’ e «hir», ‘larga’, aunque algunos estiman que equivalía a ‘aguja de piedra’. Es evidente que, en ambos casos, se trata de interpretaciones coincidentes. Esta piedra de forma alargada o de aguja, tenía su parte inferior profundamente clavada en la tierra y, su estructura superior, se elevaba verticalmente tres o cuatro metros. Los menhires tenían una connotación mágica y metafísica, lo mismo que los dólmenes o los túmulos, aunque su significado era distinto, por cuanto el menhir actuaba como un catalizador de energías telúricas y cósmicas, ya que una parte de su cuerpo estaba enterrada en el suelo con el objeto de captar, por un lado, las fuerzas de la profundidad terrestre y conectarlas con el cosmos y, por el otro, tomar la energía proveniente del espacio e introducirla en la Tierra.


MENHIR ROTO DE ER GRAH en Locmariaquer, Francia — Erigido cerca del 4700 a.C., al mismo tiempo que otros 18 bloques en la zona, se piensa que se derrumbó en fechas cercanas al 4000 a.C. Con más de 20 metros de longitud y con un peso de 280 toneladas, el pedazo de roca fue extraída de un escollo localizado a varios kilómetros de Locmariaquer. Las impresionantes dimensiones del menhir aún causa polémica entre los especialistas en cuanto a la técnica utilizada para su transporte y levantamiento, pero el hecho es que esta hazaña fue lograda durante el Neolítico

Los menhires eran verdaderas antenas de recepción y transmisión de fuerzas. Los pueblos de la antigüedad los ubicaban en áreas geográficas determinadas, donde por medio de videncias, mensajes cósmicos o astrales, o por conocimiento directo, descubrían la existencia de capas freáticas, de rocas magnéticas de alta radiactividad o de otras energías telúricas como, asimismo, la de fuerzas cósmicas provenientes del espacio exterior. Es por esto, que el hombre protohistórico levantaba menhires con el objeto de aprovechar dichas energías en su propio beneficio, en el de su tribu y para el mejoramiento de las condiciones del lugar donde habitaban. Los túmulos fueron simples amontonamientos de rocas que, en determinados lugares, los hombres levantaban animados por un fin mágico o esotérico. Estas piedras amontonadas en un orden preestablecido, simbolizaban ofrendas a los dioses o eran monumentos para conmemorar acontecimientos de clanes o tribus. Otros túmulos tenían también por finalidad, preservar un enterratorio individual o colectivo e indicaba a los viajeros, y a los mismos miembros de la tribu, que dicho lugar era sagrado e inviolable, y que quien lo profanara sería castigado por los dioses.

Menhir o piedra larga (es una antena receptora y transmisora).

Todas estas construcciones megalíticas son propias del conocimiento mágico, hermético y metafísico de los pueblos de origen indoario, lo que posibilitó su difusión por diferentes lugares de la Tierra. En la República Argentina, todas las tribus aborígenes que poblaron su extenso territorio, conocieron el significado de menhires y túmulos, y los erigieron con la misma finalidad mágica y metafísica que los asiáticos o europeos. En las provincias de La Rioja, Catamarca, Salta y Jujuy existieron infinidad de estas construcciones megalíticas y, en menor escala, se encontraron en Tucumán, Mendoza, Neuquén y otras regiones del país. Sin embargo, pareciera que en la Argentina no se les dio el importantísimo valor cultural, mágico y metafísico que dichas construcciones megalíticas tuvieron en el pasado. Muchos de estos menhires y túmulos desaparecieron o, en su defecto, se los arrancó de sus especiales lugares de erección y, con total ignorancia, se los amontonó con fines turísticos en algún lugar de la geografía argentina que no vale la pena recordar. En el área del Sagrado Cerro Uritorco, existió un menhir que fuera levantado por los comechingones hace varios miles de años. También, con esta magnífica obra de la cultura y la creencia ancestral de los serranos barbados, se perpetró un acto irracional e increíble. En la década del veinte, ese menhir que condensaba las vibraciones electromagnéticas en torno del cerro Uritorco, fue destruido por los lugareños, quienes siguiendo los consejos de algún fanático inquisidor, cometieron tan incalificable atentado. Según testimonios orales y escritos de la época, el menhir de los comechingones fue sacado del lugar, pues atraía la mala suerte y provocaba inconvenientes a los pobladores del lugar. Era, según los comentarios, un testimonio de la idolatría pagana de otros pueblos.

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Por el contrario, los dólmenes, menhires, túmulos y stonehenges, tanto en Bretaña como en Irlanda, India, China, México, Egipto, Japón, España, Noruega, etc., se mantienen en sus emplazamientos originales, custodiados por la cultura y el respeto de sus habitantes, que comprenden el mensaje milenario y metafísico que les llega de los tiempos megalíticos.

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