Los caballeros andantes de la Edad Media

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Un caballero en busca de aventuras

En el siglo XV había caballeros que recorrían los caminos en busca de aventuras gloriosas para honrar a su dama

Al final de la primera parte del Quijote, cuando el canónigo trata de convencerlo de que abandone su vida errante y vuelva a casa, don Quijote responde de forma airada: «Paréceme que la plática de vuestra merced se ha encaminado a querer darme a entender que no ha habido caballeros andantes en el mundo y que todos los libros de caballerías son falsos, mentirosos, dañadores e inútiles para la república, y que yo he hecho mal en leerlos, y peor en creerlos, y más mal en imitarlos, habiéndome puesto a seguir la durísima profesión de la caballería andante que ellos enseñan». A don Quijote le indigna que se dude de que los caballeros andantes hayan existido: «Digan que fueron burla las justas de Suero de Quiñones, el del Paso; las empresas de mosén Luis de Falces contra Gonzalo de Guzmán, con otras muchas hazañas hechas por caballeros cristianos…».No le faltaba razón al ingenioso hidalgo. Los caballeros errantes o andantes no fueron meros personajes de novela, sino que existieron en la realidad histórica bastante antes de que Cervantes escribiera su obra maestra. Los guerreros que acudían a combatir contra los infieles en el sur de Italia, en Sicilia, en Tierra Santa durante las cruzadas, o también en la España de la Reconquista, fueron en cierto modo caballeros andantes; incluido el Cid Campeador, obligado a abandonar sus tierras para embarcarse en aventuras que le llevaron a servir a emires musulmanes y a conquistar Valencia. Muchos hijos segundones, sin herencia y reacios a seguir una carrera eclesiástica, peregrinaban por cortes, reinos y castillos para ofrecer sus servicios militares, con la esperanza de casarse algún día con una noble dama que les proporcionara un patrimonio del que carecían. Y donde no había guerra en la que emplearse, trataban de lucirse en los torneos, combates en los que se buscaba apresar a los oponentes para luego exigir cuantiosos rescates a cambio de su libertad, todo ello en presencia de un público noble en el que no faltaban las damas casaderas.

Héroes de novela

En este ambiente se desarrolló el género de las novelas de caballerías, que alcanzaría su máxima popularidad en los siglos XIV, XV y XVI. Repletas de elementos mitológicos, fabulosos, mágicos y maravillosos, sus protagonistas eran jóvenes caballeros que encontraban acogida en el palacio de algún rey o gran señor y en un momento dado se marchaban para cumplir alguna gran hazaña. Bajo un apodo evocador –caballero de la Fortuna, del Cisne, de la Cruz…– emprendían largos peregrinajes en busca de su enemigo, que podía ser, como ocurre en Palmerín de Inglaterra, un gigante apostado en un castillo, al que el héroe vence para a continuación liberar a sus prisioneros y retornar triunfante al palacio del señor.

Pese a su fantasía desbocada, este tipo de ficciones tenía una influencia directa en la conducta de los caballeros de la época, quienes no sólo las leían o escuchaban con placer, sino que se lanzaban a los caminos para imitar aquellas aventuras. Fue así como en el siglo XV menudearon los caballeros andantes que iban de un país a otro para protagonizar hazañas caballerescas. Los soberanos los acogían con agrado, y se han conservado cartas de reyes que recomendaban apreciar a tal o cual caballero procedente de sus territorios. Algunos monarcas los retenían en sus cortes y los utilizaron en sus guerras.
Lo que movía a estos caballeros a emprender una vida errante era la promesa que habían hecho a una dama de cumplir hechos gloriosos para ganarse su favor. Por ello lucían sobre su cuerpo una «señal» o «empresa» –como un puñal en la pierna o una argolla en el cuello–, símbolo de una servidumbre amorosa de la que sólo quedarían «liberados» mediante la lucha con otro caballero. Esta lucha podía tener lugar en un torneo celebrado en la corte de un señor, o bien en campo abierto,
en los denominados «pasos de armas».

Los pasos de armas

En estos encuentros, el caballero se situaba en un lugar de paso concreto –la puerta de una ciudad, un puente, un cruce de caminos…– con el objetivo de batirse en duelo con todos aquellos que pretendieran pasar por el sitio defendido. Antes, mediante un cartel de desafío el caballero anunciaba públicamente el tiempo que duraría el paso de armas y el número de lanzas que debía romper para vencer.
El caballero, solo o secundado por amigos suyos, era el «mantenedor» del paso, mientras que los contrincantes que aceptaban las condiciones e intentaban superar el paso se denominaban «aventureros». Un jurado, formado normalmente por caballeros veteranos y neutrales y otros oficiales –reyes de armas, heraldos, persevantes…–, vigilaba el desarrollo del combate y un notario levantaba acta escrita de lo sucedido.
Los pasos de armas solían tomar un nombre poético, inspirado en las novelas de caballerías. En Francia, por ejemplo, se celebraron los pasos de la Fuente de las Lágrimas, de la Bella Peregrina, de la Pastora, del Caballero del Cisne, de la Dama Desconocida… En el primero de éstos, durante un año entero, cada primer día del mes un caballero anónimo debía colocar ante una fuente, bajo una tienda, a una dama en efigie con un unicornio que llevaba tres escudos sembrados de lágrimas blancas.

El «aventurero» que, apiadado de la dama, tocaba los escudos se comprometía a un combate según las condiciones establecidas.
En España, el paso de armas más célebre tuvo lugar en 1434. El caballero Suero de Quiñones, con el permiso de Juan II de Castilla, se apostó junto con nueve «compañeros» en un puente sobre el río Órbigo (León) para desafiar a todo aquel caballero que quisiera cruzar el puente. Su objetivo era romper trescientas lanzas para librarse de una argolla de hierro que llevaba en el cuello como símbolo del amor que sentía por doña Leonor de Tovar. El rey no sólo autorizó a Suero, sino que difundió por su reino el desafío, para que concurriera a aquel paso todo caballero dispuesto a mostrar allí su destreza con las armas. Muchos fueron los participantes durante el mes que duró el espectáculo, entre julio y agosto de aquel año, hasta que una herida sufrida por Suero puso fin al «paso honroso». Los jueces consideraron a Suero libre de su voto, a pesar de que no se habían roto las trescientas lanzas acordadas, sino únicamente 177.

Pasatiempo de riesgo

En 1428, el infante Enrique de Aragón organizó otro paso de armas en Valladolid, para el que se construyó una fortaleza de madera y un graderío para alojar al público, y que atrajo a multitud de caballeros dispuestos a mostrar su valía. En aquella ocasión luchó incluso el rey Juan II de Castilla: él y 24 caballeros consiguieron romper dos lanzas cada uno. Los pasos de armas no eran simple teatro, sino que los combatientes corrían un riesgo físico real, como muestra el que en el paso de 1428 muriera Álvaro de Sandoval a manos de Ruy Díaz de Mendoza, mayordomo del rey castellano. En el paso de Suero de Quiñones perdió la vida el aragonés Asbert de Claramunt, y el obispo de Astorga no permitió que aquel caballero fuera enterrado en suelo sagrado. Las normas de la Iglesia seguían condenando estas prácticas, sin que por ello se lograra acabar con ellas, aunque para cuando Cervantes escribió su sátira estaban ya sobradamente desacreditadas.

Un comentario en “Los caballeros andantes de la Edad Media

  1. Y si España no los hubiese tenido hoy serían un país 100% musulmán, q hasta ellos q son muy guerreros, los respetaban y admiraban. Tienen muchos libros de esos tiempos, más otros autores q siguen la historia x q Francia no fue lo mismoq España, y lo mejor fue q luego de 700 años de mentiras, fabulas, y ocultamientos apareció en el 2001, ese documento q se había traspapelado¿? convenientemente, “el pergamino de chinon” . Luego leyendo me enteré q la famosa estatua de la libertad regalada x masones franchutes a Usa en realidad era para Egipto y ellos no aceptaron. Es lógico, y entendible q haya terminado ahi. España tiene muy buenos investigadores.

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