El Problema de la Muerte

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Existen dos grandes problemas que desde hace mucho tiempo desvela a los filósofos, que son el problema de la muerte y derivado de éste, el problema de Dios; enigmas que parecen haber cobrado mayor vigencia en la actualidad debido a la extraordinaria diversidad de la vida.

La vida, desde la perspectiva existencial, es el ente auténtico y absoluto, es determinante, la raíz de todo ente que no depende de ninguna otra cosa; y la muerte es el gran interrogante que nadie puede resolver.

La muerte y la vida no están en el mismo plano ontológico, porque la vida es el absoluto y la muerte está en la vida, es algo que le ocurre a la vida que es lo único auténtico.

La muerte entonces está en el mismo plano de los demás entes particulares, de las cosas reales, de los objetos ideales y de los valores; en tanto que la vida es lo único que está en el plano ontológico más profundo.

En la vida, según la lógica de Parménides, existen estructuras contradictorias que culminan en la contradicción entre el Ser y la nada; o sea que en la vida siempre está presente el fantasma de la nada.

El Ser y la nada son las dos bases correlativas de la existencia que promueven el cuestionamiento metafísico fundamental.

Heidegger, en su discurso inaugural de su curso de filosofía en la Universidad de Friburgo, que tituló “¿Qué es Metafísica?”, formula esta pregunta crucial: “¿Por qué existe ente y no más bien nada?; y por otro lado, José Ortega y Gasset titulaba un trabajo periodístico “Dios está a la vista”.

Si se relacionan estas dos frases resurge profundamente en la metafísica actual la pregunta de Dios.

El tema de la muerte ya está en Platón y el tema de Dios en Aristóteles; y ahora, nuevamente ambos problemas son planteados en la metafísica existencial de la vida con un matiz distinto en esta tercera etapa de la filosofía.

Porque la primera etapa comienza con Parménides, que culmina en la edad media con Santo Tomás de Aquino, época en que reina la metafísica del realismo; y la segunda etapa comienza con Descartes; que hace que durante tres siglos el idealismo despliegue sus velas y descubra mundos nuevos para la filosofía.

Sin embargo, ahora ni el realismo ni el idealismo pueden dar una respuesta totalizadora a estos dos problemas fundamentales de la filosofía, porque lo que proponen cada una de estas posturas filosóficas son sólo fragmentos de una sola entidad.

Para el realismo, lo real son las cosas que están en la vida y para el idealismo lo real es el yo pensante que también está en la vida.

Ahora se necesita una metafísica que tenga su base, no en fragmentos sino en la totalidad de la vida misma.

Esta nueva etapa recién comienza y quizás aún falte mucho tiempo para que se haga realidad, pero a lo lejos, los que saben mirar, ya pueden imaginar la luz de la divinidad.

El hombre no podría vivir si no tuviese la certeza interna de que todas las cosas que hace no son la nada sino que son algo.

En el fondo del alma, todo ser humano siente que las cosas en que se ocupa son algo y busca el Ser; por eso, cuando encuentra obstáculos para su acción, el hombre siente angustia, porque puede ver la amenaza de la nada. Sin embargo, puede reaccionar y suponer que las cosas Son y por medio de la ciencia les busca el Ser.

El Ser flota en el océano de la nada; y para salvarse de la nada, para existir, es por lo que el hombre hace todo lo que hace; porque el Ser es el existir y es su obra lo que al final de su vida define al hombre.

Fuente: “Lecciones preliminares de filosofía”; José García Morente.

 

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