Mi encuentro con Nisargadatta

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por Vicente Gallego

Vicente Gallego

―¿Podrías contarnos cómo fue ese encuentro tuyo con la enseñanza de Nisargadatta? ¿Cuál fue tu experiencia como buscador de la verdad?

―Nada más grato para mí que compartir esa alegría. Se diría que aquel encuentro primero fue totalmente fortuito, aunque yo sé hoy bien que aquel libro me estaba esperando desde siempre para devolverme a casa. Entre el montón de volúmenes que abarrotaban los estantes de aquella librería comercial, llamó mi atención uno encuadernado en tapa dura, inusualmente grueso de lomo, de un verde anémico y chillón. Con un gesto inesperado, pues todo me invitaba a desdeñarlo, lo rescaté de su exilio, decidido a echarle una ojeada. La portada era fea de solemnidad. El que llevaba la voz cantante en el libro ―una serie de diálogos con buscadores de la verdad tomados de unas grabaciones domésticas―, nacido en la India tres años antes del siglo XX y fallecido a comienzos de la década de los ochenta, se nos presentaba en la solapa como un hombre de clase humilde, analfabeto, que había subsistido vendiendo cigarrillos liados, bidis, hasta que un buen día, llevado casi a rastras por un amigo, halló a su maestro, Sri Samartha Siddarameshwar, que pertenecía a uno de los linajes tántricos más antiguos de la India, elNavnath Sampradaya ―la tradición de los nueve maestros―, y que sencillamente le recordó esta gran sentencia: «Tú eres Eso». Su corazón acogió este escueto mensaje y no hubo más dudas en su mente. Tres años después había llegado al conocimiento de la naturaleza no-dual de la realidad sin hacer esfuerzo ninguno. Nisargadatta:

«Hubo un tiempo en que me consideré a mí mismo un ser humano varón, casado, con hijos. Después conocí a mi maestro y, bajo su instrucción y sus indicaciones, pronto me hice consciente de que yo soy el Brahman, la totalidad».

La foto de la contraportada dejaba ver el rostro ensimismado de un anciano cuyo gesto duro, hermético, tenaz, resultaba descorazonador si uno intentaba penetrarlo. Hablo de su recopilación de charlas más extensa, y la que mejor ilustra su enseñanza: Yo Soy Eso. Todo, en fin, seguía invitando al hombre aposentado en su superficie y trabado en las apariencias que yo era, a esbozar una sonrisa y salir huyendo en busca de productos literarios menos fantasiosos. Así que hice lo que no pensé hacer: abrir aquel libro antipático y leer unos cuantos párrafos al azar. Nunca nadie me había hablado desde una desnudez tan rigurosa. En lo más profundo de mí, el espíritu aleteó de gozo; y mi alma, puestas ya sus barbas a remojar, temblaba de los pies a la cabeza cuando pagué lo que se pedía por el libro.

En cuanto llegué a casa, la palabra penetrante, demoledora, amiga sincera, del que reconocí enseguida como mi maestro, obró un prodigio: apagó todo interés por mi mundo, desecó los mil cauces erráticos del pensamiento y redujo mi ser a una gran duda insobornable, que se manifestó en esta pregunta universal: «¿Quién soy yo?». Había vivido ya lo suficiente como para comprender dos cosas sin lugar a dudas: que cuanto yo pensaba ser eran solo eso, pensamientos; y que no había en el mundo, habiendo cosas tan intensas y hermosas, experiencia o posesión que pudieran contentarme definitivamente. Y digo que lo reconocí enseguida como hombre veraz porque, entre otras cosas, jamás me prometía nada, sino que echaba abajo todas cuantas apoyaturas y esperanzas iba labrándose mi mente. Mi maestro no condescendía con el consuelo.

Durante los tres años siguientes, apoyada por la lectura de otros textos de muy diversas tradiciones ―entre los que el aliento de Ramana Maharshi resultó impagable―, esa exigente compañía de la voz de mi maestro Nisargadatta fue mi desvelo y mi reposo. Al principio, no entendía nada, pero empecé pronto a vislumbrar que no había nada que entender, y que en esa comprensión ―a la que me empujaba una y otra vez la palabra machacona y siempre nueva, vivificante, de aquel anciano compasivo y socarrón― descansaba el perfecto entendimiento. Nunca había leído algo con tanta sed, como el que está decidido a despeñarse a cambio de otro sorbo de agua clara. La lectura de su palabra ―siendo yo lector casi antes que persona por regalo de la vida― se convirtió en mi reflexión continua, en mi samadhi y en mi total entrega. Nisargadatta explicaba: «Así como el fuego arde y el agua fluye, así como la semilla germina y el árbol crece, las preguntas son por mí respondidas. No queda nada personal en mí, aunque el lenguaje y el estilo puedan parecerles personales». ¡Y hay que ver el estilo que tenía el viejo! Hablando como hablaba, a bote pronto, y sin estudios de ningún tipo ―excepto el de su naturaleza propia―, su palabra, con la contundencia y variedad de recursos que le confiere la inteligencia viva, fascina, duele, divierte, conmueve. Y nos va desengañando mientras nos hace suyos.

Aunque a mis seres queridos, al verme envuelto en mis obligaciones habituales, no se lo pareciese, para mí no hubo otra cuestión que aclarar sino la que antes quedó enunciada. Y esa, conforme pasaban los días ―y mi necesidad de sentido se iba enconando―, perdió su aire filosófico y comenzó a hervir día y noche en mi trasfondo bajo modos algo menos corteses: «¿Quién demonios soy yo?». Ya no se trataba de un problema abstracto o filosófico para mí: era que me robaban mi pan y mi contento. Si cabía la posibilidad de hallarme, por remota que fuera, haciendo dejación de esa gran maraña de vanas suposiciones con las que acostumbraba a describirme como todo hijo de vecino ―y de eso no me cabía ya la más mínima duda―, ¿a quién le importaba todo lo demás? Incluida mi persona, a la que, en mi búsqueda de mí mismo, la atención había desenmascarado como una serie inhabitable y sesgada de conceptos que iban hundiéndose de continuo en el olvido. Si no sabía quién diablos era yo, ¿cómo iba a saber quiénes eran los otros? Fantasma entre fantasmas, era necesario tirar de la sábana con fuerza para que la verdad quedara a solas consigo. Y ya no me importaba si esa verdad tenía un rostro hermoso o aterrador, lo único importante era librarme de la miseria de la duda.

Aparte de observar cómo se devanaba sin descanso todo mi ser ―movido por la imperiosa necesidad de recobrarse― en el reconocimiento de su núcleo, de su puro principio cognitivo, nada más tuve que hacer, ningún precepto o trabajo espiritual que cumplir. Si mi maestro le hubiera exigido a mi carácter anárquico y perezoso cualquier tipo de ascetismo físico, de hazaña moral o de meditación pautada, yo hubiera terminado con esa práctica antes de empezarla, porque cada cual es como es. Pero aquel buen hombre me insistía a cada paso en que lo único necesario era abrirse a la comprensión. Exigencia que halló mis simpatías y me sumió enteramente en la búsqueda de nuestro rostro original.

Puse en ello todas mis fuerzas, quemé todas mis naves, hasta que la primera claridad se hizo cargo del asunto, y de todo lo demás. No decidí empezar la búsqueda, me vi arrojado a ella por derecho de la vida. Y así vivir ya no me incomodaba: todo era sencillo, me venía dado, y no había nada preferible a cualquier otra cosa. Nisargadatta me animaba a soltarme y confiar :

«El propio deseo de estar preparado para recibir el conocimiento significa que la gran maestra, la vida absoluta, ya ha hecho acto de presencia en usted, y que la llama está encendida. Puede ser una palabra la que prenda la hoguera, o las páginas de un libro. La gracia funciona misteriosamente. No es la persona la que realiza la práctica espiritual. La persona estará inquieta y opondrá su resistencia hasta el último momento. Es la conciencia la que trabaja sobre la persona, sobre la totalidad de sus ilusiones presentes, pasadas y futuras. La prueba de la verdad está en su efecto en quien la escucha».

Así, mi hambre de salvación se fue rindiendo, y comenzó a envolverme una mansedumbre desconocida que convirtió todo mi ser en canto de alabanza y tomó a su cargo mi bien. Pude atisbar la fuente tal como es, pura, lúcida y vacante desde el principio sin origen. Y aunque en tal atisbo aún coleaba la dualidad ―pues se trataba de una convicción racional, aunque tan firme, que empezaba a hacer pie en el corazón―, lo que tenía claro es que no quedaba nada que buscar, nada que temer, porque el anhelante sufridor no pasaba de ser, lo mirara por donde lo mirara, un constructo mental. El dios falsamente conocido, con sus juicios y promesas, cayó a la vez en el descrédito, puesto que era creación de la ignorancia. Y empezó a respirarse en mi una verdad tan desasida, tan desvinculada, que la necesidad de tener que llamarla así me avergüenza.

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En tal estado de anonadamiento y postración, probé las mieles sensibles del espíritu en calma y fui por ellas tentado; pero pude sentir que ninguna era digna de esa viva pobreza en que se me había hundido el ser. Ya nada me era necesario, ni siquiera los estados de altura, quedando yo tan bajo. El alma, así lavada en su extravío, floreció pronto en desértica certeza, la certeza en gratitud sin objeto, la gratitud en invencible amor. Cuando ya no cabía en mí de gozo, una mañana, sin más, como destronados por un rayo, se vinieron abajo el tiempo y el espacio, y me quedé enteramente a solas conmigo mismo, tan a solas que, al no caber allí dos, no cupo ni siquiera uno. Ya habrás comprendido que no se trató de una experiencia mía en el tiempo, sino de la naturaleza original de la realidad dando fe de sí misma ante sí misma. Lo que intento atestiguar es que, aunque aquello pareció ocurrir la mañana del 7 de febrero de 2007 mientras contemplaba deshacerse unas nubes muy blancas en el cielo invernal, es en este mismo instante ―aquí y ahora― cuando el universo entero se está revelando, hasta la última de sus fibras, como clara luz. No he encontrado aún la fisura por la que dar con algo que no sea, finalmente, este puro diamante del no-saber. Mi maestro no me extravió. Nisargadatta es uno de los nombres propios de la misericordia viva.

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