La paliza a la niña de Palma: una violencia «inusual» pero «aprendida»

Policías vigilan el colegio donde ocurrieron los hechos. / EFEPolicías vigilan el colegio donde ocurrieron los hechos.

Dos visitas al hospital, 24 horas ingresada y un diagnóstico de «fisura de costilla, desprendimiento de hígado y múltiples hematomas». Es el parte médico de la niña de ocho años que recibió una paliza en el colegio Anselm Turmeda de Palma de Mallorca. Una docena de chicos adolescentes se abalanzó sobre ella con una tunda de golpes cuando recogió el balón de fútbol al acabar el recreo. Con una investigación policial en marcha y, al margen de las versiones encontradas de la familia y el ministro de Interior en funciones, Jorge Fernández Díaz, sobre si hubo acoso o no, para los psicólogos e investigadores consultados por ELMUNDO, lo importante esta vez es que es «un caso de violencia extrema, masiva y brutal contra la que hay que tomar medidas ejemplares», explica José Antonio Luengo, especialista en psicología educativa.

«¿Cómo un comportamiento tan violento brota de tal manera en unos niños?», se pregunta este experto. «Es una violencia en estado puro. Existe una microcultura en la preadolescencia en la que todo vale, en la que ser líder a costa de lo que sea está justificado. Y esta agresividad surge de lo que ven y de lo que oyen, de lo que maman de una sociedad que les muestra con excesiva facilidad la violencia, casi como algo estructural. Nuestros adolescentes nos observan, aunque no nos demos cuenta, y pasan delante de las pantallas de sus dispositivos electrónicos muchas horas, la mayoría sin supervisión. Ven escenas muy violentas y esto es un gran caldo de cultivo. Cuando se ve mucha basura existe más riesgo de que se reproduzca la basura que si no la ves. Si además comparten ese contenido con los amigos y se ríen juntos de las barbaridades, cuando llega el momento de autocontrolar y gestionar la ira para que no aparezca el impulso agresivo, no tienen mecanismos suficientes para hacerlo y se dejan llevar. Porque eso se entrena y se educa», responde Luengo a su propio interrogante.

«Existe inquietud por los actos de violencia entre iguales, en particular en el entorno escolar, que en algunos casos han alcanzado tal nivel de gravedad que han saltado a los titulares de los medios», comenta a este periódico a raíz del caso mallorquín Thomas Ubrich, investigador y analista social de la ONG Save the Children y uno de los autores del estudio sobre acoso Yo a eso no juego.

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Sin embargo, todos coinciden en la necesidad de «no crear alarma social» y en destacar la excepcionalidad de este caso. «Es cierto que el fenómeno de la violencia y el maltrato entre iguales registra cotas cuantitativas y cualitativas cada vez más preocupantes. Pero también es verdad que ahora se visibilizan más estos episodios y si antes una agresión en el patio se quedaba ahí, ahora además es grabada, difundida y jaleada, lo que contribuye a su mayor impacto y multiplica las consecuencias para la víctima a la enésima potencia», destaca Luengo, quien insiste en que «no tenemos en general unos adolescentes tan desnortados como se piensa, aunque cuando pasa algo tan llamativo como lo de Palma, la consternación es comprensible».

La ley del silencio

El modus operandi de la agresión a la niña mallorquina tampoco es habitual. «Lo más común es que los agresores actúen en grupo, pero no tan numeroso. Esta vez se trata de un conjunto muy masivo. Además, los grupos de hombres suelen agredir a otros hombres, mientras que los mixtos agreden físicamente más a las chicas. Este caso es inusual por muchas razones«, explica Benjamín Ballesteros, director de programas de la Fundación ANAR y autor de los informes sobre bullying y ciberbullying.

«A los 12 o 13 años, el desarrollo cognitivo no está completo. Por eso hay que insistir mucho en la educación, porque los niños reproducen comportamientos que están viendo y no sienten que la violencia que ejercen sea tan brutal como realmente es», incide Ballesteros, que sustenta su afirmación en los estudios sobre violencia adolescente, que recogen que los chicos «toman decisiones agresivas porque disponen de un sistema cognitivo que les permite filtrar la realidad de manera que validen la intención de dañar».

«¿Por qué nadie defendió a esta niña? La respuesta es clara. Por miedo. Miedo a convertirse en la siguiente víctima o a que piensen que uno es tan pringao, según sus estereotipos, como aquel al que están agrediendo», admite el psicólogo José Antonio Luengo. Coincide Ballesteros, para quien «en el grupo suele haber uno o dos cabecillas y el resto se ve arrastrado por sus acciones. La presión del grupo a esa edad es muy importante y muchos se suman a la agresión sólo por no diferenciarse de los demás. Tienen miedo a contradecir a los líderes, por si toman represalias».

Por eso «impera la ley del silencio ante estos casos. Y esto hace que las consecuencias para la víctima sean mayores. El 92% de quienes sufren agresiones padece ansiedad, depresión, aislamiento social y baja autoestima. Y eso no se soluciona con el cambio de colegio, ésta no es una medida efectiva», señala el director de programas de ANAR.

Para Nidia Represa, 22 años, víctima de acoso escolar, autora del libro Bajo mi piel y asesora de otros niños que pasan por esa situación, «ahora hay más agresividad, porque los niños están creciendo con la crisis, soportando mucha presión… Y se refugian en Internet, que tiene muchas cosas buenas pero también su lado oscuro, donde los chavales acaban viendo cosas que potencia esa ira que tienen y no saben canalizar».

Todos coinciden en que la educación es clave para acabar con estas actitudes. «Los colegios y los padres tienen que poner encima de la mesa que hay cosas que no se pueden tolerar. Que los insultos, por normales que parezcan, deben ser corregidos. Se ha entrado en un proceso de pérdida de referencias y valores que hay que revertir«, dice Luengo. «Y hay que hacerlo desde edades muy tempranas», sentencia Ballesteros.

MSN

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