El éxtasis es la muerte del yo

De Plotino podemos decir que es el príncipe de los místicos de Occidente. Es cierto que hay otros candidatos; los cristianos bien podrían hablar de Pablo, quien dijo haber ascendido al «tercer cielo», dejando su cuerpo (o tal vez no) y quien legó un modo extático similar al de Plotino, «ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí» (Gálatas 2:20). Se podría hablar también de Moisés y sus tres teofanías, o de profetas como Elías y Ezekiel. Y lo mismo podrían hacer quizá los devotos islámicos, invocando al profeta o a alguien como Ibn Arabi, etc. Incluso algunos académicos como Peter Kingsley han querido ver en Empédocles, en Heráclito o en Parménides las figuras fundacionales de una especie de conocimiento espiritual o una gnosis que era alcanzada a través de métodos contemplativos (como la incubación). Pero al fin de cuentas fue Plotino quien primero se acercó a sistematizar los elementos del ascenso místico o henosis, influyendo enormemente incluso en Agustín y en la gran mayoría de los místicos cristianos, islámicos y cabalistas, ya sea que lo hayan leído directamente o no. Es de Plotino, el filósofo alejandrino que misteriosamente viajó a aprender «filosofía persa e india», de quien obtenemos un modelo del éxtasis contemplativo, que, como la palabra éxtasis indica, literalmente es un salirse de sí, un hacerse a un lado, incluso un anularse y fundirse en el centro divino. Un modelo que comparte mucho en común con la vía negativa que se enseña en la India, tanto en el vedanta como en algunos de los senderos budistas.

Desde antes de Plotino, Platón había hablado de estados exaltados, las manías divinas que menciona Sócrates en el Fedro, como una especie de éxtasis (sin usar ese término), pues el individuo era poseído por cierta divinidad, estando fuera de sí. Había que de alguna manera hacerse a un lado y dejarse atravesar por las corrientes divinas o daemónicas. El mismo Sócrates se revela como un ninfoléptico, alguien poseído por las ninfas, si bien es capaz de producir un discurso en ese estado (aunque se trata de un discurso inspirado sobre Eros). Pero Plotino es mucho más específico y en su famoso ascenso al Uno -«el vuelo del solo al Solo»- el alma debe dejar todo lo que pertenece al mundo, incluyendo su propio ser individual (Enéadas 6.9.9-11).

El ascenso místico o regreso al Uno (epistrophe) es un «hacer a un lado todo lo demás» y descansar sólo en el Uno, en la solitaria divinidad, «todo el ambiente terrenal dejado atrás». Aferrándose a esto, al Uno, que confiere el ser, pero que lo trasciende, la única realidad, belleza y verdad, con toda su fuerza hasta que «no queda ninguna parte en nosotros, pero a través de esto tenemos contacto con Dios». La visión o fusión mística -la henosis- es descrita como un «ser urdido en esplendor, henchido de luz intelectual, vuelto esa misma luz, pura, boyante, libre de toda cuita, elevado a la divinidad…». De esta unión contemplativa, que según Porfirio su maestro Plotino gozó en hasta cuatro ocasiones en vida, se puede volver a caer, cuando el alma mira hacia el oneroso mundo sensible, su tumba corpórea, pero Plotino espera que llegue un tiempo cuando el alma, libre del cuerpo, pueda concluir su vuelo y descanse eternamente es su eterna fuente divina. Plotino aclara que la visión es suprarracional y que sólo se habla de una «visión» por cuestiones lingüísticas convencionales, pues:

no podemos más que hablar en dualidades, el perceptor y lo percibido, en vez de, francamente, la obtención de la unidad. Pero en este ver, ni contemplamos un objeto ni trazamos una distinción; no hay dos. El hombre es cambiado, ya no es él mismo ni se pertenece a sí, se funde con lo Supremo, se sumerge en ello, uno con ello; centro coincide con centro […] si vemos algo separado nos hemos quedado cortos de lo Supremo, que será conocido sólo como uno con nosotros mismos.

En otras palabras, Plotino dice que no se puede conocer a Dios, sólo se puede ser Dios. Y ese ser Dios es necesariamente no ser nada, ninguna otra cosa. Por eso se puede decir con Juan (1:18) que nadie ha visto jamás a Dios o con Moisés (Exodo 33:20) que nadie puede ver su rostro y seguir viviendo.

Plotino habla de una perfecta quietud, de una cesación de todo intelecto, de toda pasión, de toda existencia individual: la imagen regresa al arquetipo que la emanó. Estrictamente, no se puede hablar de que se conoce a Dios. Por eso Dionisio Aeropagita, tomando tanto de Pablo como de los neoplatónicos Plotino y Proclo, dirá que la peregrinación mística es un des-conocimiento y Dios una oscuridad brillante supraesencial. Esta será la visión regia del misticismo. Una visión que está en oposición a la espiritualidad moderna que busca acumular experiencias, empoderarse y desarrollar su yo. Pero según esta forma de misticismo que enseña Plotino -y como podemos encontrar innumerables ejemplos más, sobre todo en el budismo y en el hinduismo y entre místicos cristianos como Eckhart, Juan de la Cruz o Teresa de Avila- ningún hombre, ninguna persona que se hace llamar por un nombre y que se identifica con un cuerpo alcanzará la auténtica unión mística, que es siempre un éxtasis trascendente, una kénosis y una autonegación. Es cierto que en algunas tradiciones hay algo así como una resurrección o un estado de beatitud en el que las almas mantienen cuerpos espirituales y gozan de una contemplación de la divinidad sin fundirse con ella, pero incluso en estos casos se trata primero siempre de una muerte de la identidad individual mundana, de una purificación a través del fuego del amor que aniquila toda importancia y relieve personal. Tal es el caso de los devotos de Krishna que simplemente descartan su identidad mundana y toman otra identidad, la de uno de los participantes en el eterno drama del dios que hace del universo un juego erótico. De nuevo, se unen con el arquetipo. ¿Y acaso no se dice en el Evangelio de Juan (12:25) que «El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará»? Esta es la paradójica enseñanza central del misticismo, que es siempre un éxtasis, y por lo tanto, la muerte del yo.

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