Soltar duele, pero aferrarse a lo inaferrable duele más

Soltar. Apenas dos sílabas que se dicen en menos de un segundo pero cuya práctica puede llevarnos una vida entera. Soltar es uno de los ejercicios más difíciles a los que – antes o después – tendremos que enfrentarnos. Y si no aprendemos a soltar por voluntad propia, tendremos que aprender a las malas – la vida se encargará de ello – lo cual implica que nos expondremos a un sufrimiento mayor.

Preocupados por aferrar, olvidamos soltar

El deseo de aferrarnos a las cosas colisiona frontalmente con una característica inherente a la realidad: la impermanencia. Nada permanece estable. Todo cambia. El tiempo nos va arrebatando posesiones, relaciones, personas, estatus, salud… Por eso la pretensión de retener es absurda y solo genera dolor.

Sin embargo, no estamos preparados para soltar. Nos han enseñado a atesorar y aferrarnos. Acumulamos objetos, relaciones, poder, dinero, objetos, propiedades, títulos… Así buscamos una seguridad ilusoria que puede desmoronarse en cualquier momento como un castillo de naipes, pero que a nosotros se nos antoja una fortaleza inexpugnable.

Ese estado mental, en el que no concebimos nada más que el aferrarnos, es el principal responsable del profundo dolor que sentimos al desprendernos de algo o alguien. Sri Nisargadatta Maharaj lo resumió magistralmente: “Entre las orillas del dolor y el placer fluye el río de la vida. Solo cuando la mente se niega a fluir con la vida y se estanca en las orillas se convierte en problema. Fluir quiere decir aceptación, dejar llegar lo que viene, dejar ir lo que se va”.

Por supuesto, no siempre es fácil soltar. Cuando existen profundos vínculos emocionales, soltar duele. Pero dolerá aún más si nos aferramos a lo inaferrable, si pretendemos asir aquello que fluye por su propia naturaleza.

Podemos comprobarlo con un sencillo experimento. Sostén una manzana durante un segundo con tu mano ligeramente levantada. No pesa, ¿verdad? Deja que pasen cinco minutos. Comenzarás a sentir una leve molestia. Al cabo de media hora es probable que ya no puedas más y esa manzana te parezca la cosa más pesada que has sostenido nunca.

El peso de la manzana no ha variado. Lo que sucedió es que te aferraste a ella durante demasiado tiempo. Si la hubieras dejado encima de la mesa antes, no tendrías el brazo adolorido. Eso mismo nos ocurre en la vida. Nos aferramos a algo que ya no es, a un recuerdo que pertenece al pasado, a una relación irrecuperable, a una persona que ya no es la misma o que ni siquiera está a nuestro lado, a una situación que ha perdido su razón de ser, a una meta que se ha esfumado ante nuestros ojos…

Como dijo Hermann Hesse: «Algunas personas piensan que aferrarse a las cosas les hace más fuertes, pero a veces se necesita más fuerza para soltar que para retener».

Perder el miedo a perder

Aprender a soltar no significa que no debamos luchar por las cosas o personas que creemos que valen la pena. Luchar por lo que queremos es lícito. Pero también debemos ser lo suficientemente inteligentes como para saber cuándo ha llegado el momento de dejar ir, de manera que nuestra vida no se convierta en una inútil batalla contra molinos de viento.

En cierto punto, debemos preguntarnos por qué nos estamos aferrando insistentemente a algo que carece de sentido. La causa más común es el miedo a perder. Si pensamos que en la vida solo debemos ganar y acumular, asociaremos el soltar con el fracaso.

El miedo a perder lo conocido también es un gran obstáculo para dejar ir. Muchas veces preferimos la certeza de la miseria que la miseria de la incertidumbre. Nos aferramos a algo o a alguien con la secreta esperanza de que nada cambie, pero de esta manera solo estaremos postergando lo inevitable, haciéndonos daño y dañando a los demás, intentando actuar como un pequeño dique ante el torrente desbocado que es la vida.

Cuando nos aferramos “con uñas y dientes” a lo familiar y conocido, caminamos – lenta pero inexorablemente – hacia el sufrimiento. Porque la vida sigue, pero nosotros nos quedamos atascados, reproduciendo patrones de comportamientos y pensamientos desadaptativos que perpetúan el dolor.

Perder el miedo a perder resulta extremadamente liberador. Debemos ir quitándonos capa por capa, ir soltando lastre, despojándonos de los condicionamientos y las creencias limitantes, para abrazar la libertad que implica aprender a fluir.

Solo cuando nos desprendernos de lo viejo podemos abrirnos realmente a lo nuevo. Solo cuando dejamos ir todo aquello que pensamos que somos, podemos convertirnos en lo que queremos ser.

Soltar duele, pero aferrarse a lo inaferrable duele más

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