El pozo de la desesperanza: un impresionante experimento con monos

El experimento de Harry Harlow marcó la historia de la psicología por lo sencillo de su planteamiento y la solidez de sus conclusiones. El debate que ha inspirado ha sido amplio, tanto en el plano de la ética experimental como en el del propio conocimiento derivado.

El pozo de la desesperanza, o pozo de la desesperación, fue el punto culminante de un impresionante experimento con monos que llevó a cabo Harry Harlow en los años 50. Para entender el verdadero sentido de su estudio, es necesario que nos ubiquemos en las creencias y los supuestos conocimientos de la época.

Gracias a las tesis de John Watson, uno de los pioneros del conductismo, se había extendido la tesis de que un bebé muy acariciado y muy mimado terminaba teniendo grandes problemas de personalidad en su vida adulta. Se pensaba que los bebés solo necesitaban alimento y estar limpios. Si lloraban, no debía prestárseles mucha atención, ya que esto fortalecería su carácter.

Se puede decir que toda una generación de estadounidenses fueron criados bajo estos preceptos. Harry Harlow no era un monumento a la afectividad, pero sí tenía dudas acerca de las tesis de Watson. Tales dudas se consolidaron en un experimento con monos, que luego dieron lugar a otros, hasta llegar al pozo de la desesperanza.

¿Sabes lo que hace que desaparezca la cárcel? Cada afecto genuino y profundo. Ser amigo, hermano, amante, es lo que nos libera de la prisión. Sin estos afectos, uno está muerto. Pero cada vez que se reviven estos afectos, la vida renace”.

-Vincent Van Gogh-

Padre acariciando la mano de su bebé

El primer experimento con monos

Lo que Harry Harlow se propuso en comienzo fue hacer un experimento con monos para analizar algunos aspectos de aprendizaje. Quiso proteger de las enfermedades a los ejemplares más pequeños y creyó que la mejor manera de hacerlo era aislándolos en jaulas. Mantenía todo muy limpio y les daba biberón a horas regulares.

Pasado un tiempo, notó que los bebés monos eran más saludables que los que se habían criado en un entorno natural. Sin embargo, caminaban muy encorvados, se chupaban los dedos todo el tiempo y pasaban muchas horasmirando al infinito, sin reaccionar vívidamente a los estímulos que recibían.

Cuando Harlow quiso emparejarlos, los mezcló con miembros del otro sexo. Sin embargo, los que habían crecido aislados no supieron qué hacer. Su capacidad para socializar estaba completamente inhibida. Básicamente no tuvieron ninguna reacción y, de hecho, rehuían a la compañía.

El segundo experimento: las madres falsas

Harlow había introducido unas telas afelpadas para cubrir las jaulas. Los pequeños monos comenzaron a aferrarse a ellas. Las tocaban frecuentemente y si alguien quería separarlos de ellas, entraban en desesperación.

Tras observar esa conducta, Harlow pensó que era buena idea hacer un segundo experimento con monos. Lo denominó “las madres falsas” y se volvió muy célebre tras presentar sus hallazgos. Harlow introdujo una especie de madres sustitutas en las jaulas. Una de ellas era de metal y sostenía un biberón, la otra estaba recubierta de felpa y no ofrecía ningún alimento.

El resultado fue que los monos se aferraron más de 12 horas al día a la “madre” de felpa. Solo acudían a la “madre de alambre” cuando tenían sed o hambre. Incluso a veces se las arreglaban para tomar el alimento, sin separarse de la “madre de felpa”. Quedaba comprobado así que el contacto, o más bien la caricia, era fundamental para estos bebés.

El tercer experimento con monos

El tercer experimento con monos fue más cruel. Harlow lo llamó “la madre monstruosa”. Se valió de unos muñecos diseñados con la felpa que tanto le agradaba a los monos. Sin embargo, algunos de estos muñecos tenían un mecanismo que al activarse sacudía violentamente al bebé que se aferraba a sus cuerpos.

Otros muñecos tenían unas púas de metal ocultas. Estas se activaban a veces, cuando el bebé estaba abrazado al cuerpo de esas “madres monstruos”. Finalmente, otros muñecos tenían un dispositivo por el cual enviaba ráfagas de aire comprimido, lo cual asustaba mucho a los bebés.

El resultado final fue que los pequeños monos se apartaban de las “madres monstruo” cuando se activaban esos mecanismos de rechazo. Sin embargo, cuando notaban que “estaban calmadas”, volvían a buscarlas y a aferrarse a ellas.

Mono agarrado a una muñeca

El pozo de la desesperanza

El cuarto experimento con monos fue bautizado como “el pozo de la desesperanza” o el “pozo de la desesperación”. Básicamente consistía enmeter a los monos en jaulas que no tenían contacto con el exterior. Allí debían permanecer entre 30 días y un año. Lo que sucedió es que, pasado algún tiempo, todos los ejemplares “se quebraron”.

Se quedaron sentados, sin hacer nada. Mostraban una desesperación sorda o desesperanza. Los que permanecieron aislados más tiempo, al salir habían perdido cualquier habilidad para socializar. Esto llevó a Harlow a su último experimento, llamado “el potro de las violaciones”. Quería comprobar si esa pérdida de sociabilidad se manifestaba también entre madres e hijos.

Ideó un aparato para que las hembras antes aisladas fueran penetradas por los machos. De este modo quedarían fecundadas y se pasaría a la segunda fase. Cuando estas hembras tuvieron a sus bebés, también mostraron una nula capacidad para socializar con sus crías. No ofrecían cuidados y se mostraban violentas. Los experimentos de Harlow han sido severamente criticados por las corrientes sociales en favor del derecho de los animales.

El pozo de la desesperanza: un impresionante experimento con monos

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.