Vivir para el Todo

por Dora Gil 

Dora Gil

A veces, nos sentimos cansados. Como si estuviéramos constantemente esforzándonos sin conseguir compensar ese desgaste. Nuestras energías parecen no reponerse o perderse. Quizás convendría preguntarnos: ¿En qué las estamos invirtiendo?

¿Para qué es todo esto?¿Qué buscamos, a través de todo lo que hacemos?

Si lo miramos bien, veremos que, en realidad, lo que mueve nuestras experiencias es algo muy simple: buscamos la felicidad, la plenitud, la unidad o el amor que sabemos o intuímos son nuestra esencia.

Siempre hemos querido dejar de sentirnos aislados, desconectados de la totalidad. Siempre hemos anhelado la plenitud… Sin embargo, identificados con un yo separado, sentirnos plenos es imposible. La separación de nuestra Fuente de vida supone un costoso esfuerzo que nos agota, absorbiendo nuestra vitalidad.

Los cansinos artificios a los que recurrimos nunca nos dejan satisfechos de modo consistente. Por ejemplo, podemos desear ser reconocidos por otros para sentirnos «alguien» especial, digno de amor o de atención. Con ello, de algún modo, intentamos paliar nuestra sensación de soledad o desconexión. Podemos esforzarnos en conseguirlo con tesón, dedicarnos a esa búsqueda tan trabajosa a través de relaciones con personas, con situaciones, con nosotros mismos… Y quizás logremos vivenciar ciertos atisbos o consecuciones, unas migajas de conexión. Sin embargo, ¿cuánto pueden durar?, ¿seguimos en paz mientras tratamos de asegurar su permanencia?, ¿no sería mucho más sencillo simplemente no separarnos de la totalidad? ¿Puedes imaginar cómo se acortaría el camino si simplemente aprendiéramos a no separarnos de la vida?, ¿no sería un enorme ahorro de energía?

Miremos bien entonces… ¿qué es lo que parece separarnos? Sólo una cosa: nuestra forma de pensar el mundo, que brota de cómo nos pensamos a nosotros mismos. Al considerarnos aislados, escindidos, lo que percibimos es un mundo de cosas u objetos separados de nosotros. Objetos que tenemos que conseguir o rechazar para afianzar nuestra precaria identidad y darle consistencia. Hemos olvidado que somos parte de una Gran Vida que nos vive y de la que nos hemos desligado mentalmente creyendo ir por nuestra cuenta. Como si una célula del cuerpo olvidara su pertenencia al mismo y se dedicara a reforzar su entidad independiente y a defenderse del resto del organismo, considerándolo su enemigo. Muchos de nuestros pensamientos giran en torno a ese doloroso error.

La Vida, una, está aquí siempre, como un caudal de experiencia sin división, expresándose de infinitas formas. La mente que se cree separada, sin embargo, las aísla y se queda hipnotizada ante ellas generando historias sin fin. Construye argumentos, hechos de tiempo y de sucesos que parecen ocurrirle a un yo. Todas las historias se refieren a él como protagonista. Y a este protagonista le dedicamos nuestra vida, invirtiendo en su mantenimiento toda nuestra energía. Invertir en algo ilusorio es agotador y altamente frustrante.

Quizás nos preguntemos cómo dejar de alimentarlo. Si de verdad anhelamos dedicar nuestra vida a lo que somos ―pura Vida sin nombre― y dejar de invertir en lo que no somos, ¿qué tal si aprendemos a no interpretar las experiencias, a simplemente vivenciarlas en el momento en que se están dando, sin separarnos de la vida que se expresa a través de ellas? ¿Y si reconocemos nuestra unidad profunda con cada sensación, emoción o percepción hasta el punto de desaparecer en ellas? ¿Y si aprendemos a considerar la experiencia que nos toca vivir como un espacio seguro, por muy amenazador o inquietante que nos parezca a primera vista? Al dejarnos sentir, vamos recuperando la confianza en la Vida que somos en esencia y que se expresa a través de toda vivencia. Al soltar la resistencia a lo que vivimos, cesa el esfuerzo y podemos descansar, nutridos por la energía viva del momento presente.

No separarnos del Todo es el camino más directo para recordar esa unidad y se encuentra disponible aquí, en la inmediatez de este instante. Cuando, en vez de seguir intentando defender o incentivar nuestra identidad separada, nos permitimos desaparecer en la humilde experiencia presente, esa que la mente juzga, desprecia o descarta como insuficiente, estamos recordando y confiando en el Amor que somos. Dejamos de usar lo que experimentamos para nutrir a un yo aislado que quiere sentirse especial. Desaparece el esfuerzo.

Qué importante es también prestar atención a lo único que parece tener el poder de separar ― los pensamientos que nos identifican con un yo personal. Inconscientes casi siempre, desencadenan automatismos que nos hacen reaccionar desconectándonos. Su nota común: se enfocan en un supuesto mundo externo al que juzgan, evalúan o intentan controlar. Al creerlos y seguirlos, nos separamos de la experiencia viva del ahora, dejando un paisaje abandonado que busca ser atendido. Es necesario observarlos, indagar su veracidad, mirar profundamente esas voces con las que tan automáticamente nos confundimos. Y contemplarlos como lo que son, meras interpretaciones de la realidad. Ahí comienza un nuevo uso de la mente al servicio de la consciencia.

La usamos también para recordarnos que todo es el Ser, Dios, la Vida o como queramos llamar a la unidad que somos. Podemos evocar en cualquier momento: «esta sensación, esta emoción, este dolor, esta mirada, ese sonido, este sabor… son expresiones de la Vida, apareciendo y desapareciendo en ella. No me separo.»

Todo aparece y desaparece en ese inmenso espacio vivo. Ese es nuestro verdadero cuerpo, pura infinitud… ¿Por qué apropiarnos entonces de lo que ocurre como algo personal desligándonos así de la totalidad? Esto es lo que hemos aprendido y de ahí se deriva el agotamiento que sentimos, ya que nos separamos del manantial inagotable de la verdadera vitalidad.

La buena noticia es que tenemos la posibilidad de soltar todo ese condicionamiento devolviéndole a la Fuente las experiencias de las que la mente separada trata de apropiarse para reforzar una pequeña identidad. Podemos pasar de «esto me pasa a mí» ―como defiende el yo separado― a «esto está apareciendo en el espacio vivo del Ser», nuestra naturaleza esencial. O recordarnos: «Este instante es para el Amor. Todo lo que aparece en él: sensaciones, emociones, impulsos, pensamientos, percepciones… Son para Él. Dejo de usar cada cosa para seguir alimentando una falsa identidad.» Aprendemos a ofrecerlo todo a la Unidad, que es nuestra realidad esencial y que todo lo abraza.

Comienza así una aventura apasionante, muy intensa: explorar cada detalle de lo cotidiano sin historias, sin separarnos mentalmente de nada de lo que experimentamos. Todo es nuevo, todo está por descubrir. Nos dedicamos a devolver al Todo lo que, en nuestra inconsciencia, nos habíamos apropiado en el rincón de la mente personal. Nuestra vida se convierte en un constante gesto de entrega. Todo vuelve a su origen.

Poco a poco, nos damos cuenta de que van disolviéndose naturalmente patrones como: «necesito que me acepten, deberías escucharme, esto no debería suceder…» y recuperamos la profunda intimidad con la Vida que somos, encontrando en ella nuestra compleción esencial.

En vez de alejarnos buscando otra cosa, descubrimos que podemos abandonarnos y por fin descansar en el corazón de la experiencia presente, sea cual sea la forma que tome.

¡Qué alivio constatar cómo todas las energías que se perdían constantemente en conseguir reforzar al ego ahora nos enriquecen, llenándonos de vitalidad, inspiración y serenidad! La vida ahora fluye incesantemente, ya no se agota en resistencias o esfuerzos sin sentido.

Cuando se lo damos todo al Amor, el Amor hace todo lo demás: hemos tocado la fuente infinita de vida, de inspiración, de lucidez, de creatividad, de energía que ahora puede fluir por nuestras venas libremente.

Vamos recobrando la consciencia de nuestra espaciosidad, de la dulzura inefable que somos y que abraza e incluye todo en su cálida amplitud. Nos descubrimos como el abrazo que siempre estamos buscando en el mundo y tan difícilmente encontramos. Nacimos de un abrazo cósmico y pasamos la vida anhelándolo, persiguiéndolo, mendigándolo. Nacimos de la unidad y por eso nos duele tanto percibirnos desconectados de ella. Y, después de un costoso viaje, descubrimos que el abrazo siempre estuvo aquí, nunca nos alejamos. Sólo el pensamiento pareció distanciarnos y un solo pensamiento puede ayudarnos a recordar: Todo es Dios, todo es el Ser. Somos Él.

¿Para quién queremos vivir, entonces? Quizás, cansados de defender una identidad ilusoria, nos decidamos a vivir para esa inefable totalidad, dejando de creer que somos «alguien» para ser Todo. Y, confiados en su seno, experienciar esa apasionante aventura de descubrimiento a través de las formas que antes parecían separarnos. Es la aventura de Amor que siempre nos estuvo esperando.

https://www.nodualidad.info/colaboraciones/vivir-para-el-todo.html

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