La pandemia del coronavirus, la necropolítica y los trabajos de mierda.

«Lo extraordinario del virus es su increíble insignificancia; los ojos no pueden verlo, pero él puede detener el curso de la vida, decidir el destino del hombre, y hacer pedazos, si lo desea, una familia.» Naguib Mahfuz, escritor.
No somos ajenos a la naturaleza: somos naturaleza. Los virus mutan todo el tiempo para estar seguros, y también de las acciones humanas depende su reproducción o su mortalidad.

Primero, según las condiciones ambientales que les ofrecemos. Hacinamiento de animales, caza furtiva, zonas urbanas en lugares donde habitan animales exóticos, centros de población humanas más grandes. La pérdida de biodiversidad y las altas tasas de deforestación elevan el riesgo al poner a las personas y al ganado en contacto con animales silvestres, los transmisores.

El SARS, la gripe aviar y la porcina parecen haber salido de China o del sudeste asiático. Pero no solo. En España, a la mal llamada gripe española (epidemia en 1918) la llamaron gripe francesa. En Senegal era la gripe brasileña; en Brasil fue gripe alemana. En Alemania se llamó gripe de Flandes. Y en Polonia: gripe bolchevique. Pero dicen que comenzó en Kansas. En estos tiempos, la epidemia de MERS (síndrome respiratorio de Oriente Medio) se inició con un coronavirus transmitido a los humanos por los camellos de Oriente Medio, el dengue florece en América latina, y África pudo haber incubado el VIH / SIDA y el Virus del Nilo Occidental y el Ébola.
Segundo, la transmisión rápida dependen las condiciones de los cuerpos del huésped. En nuestro caso, depende de nuestros hábitos, nuestra cultura. Vivimos en un mundo altamente conectado, donde casi todos viajan. Nuestras redes sociales son amplias y abiertas, al igual que nuestra alimentación y nuestros hábitos de higiene. Pero en muchos lugares existe el gran problema de la escasez de agua, o de su suministro y potabilización.
Gran OM & Co
Tercero, la propagación del virus y sus impactos sociales y económicos, dependen de las ya existentes grietas y vulnerabilidades. El virus no discrimina, pero la desigualdad se asegurará de que lo haga. La pobreza y la desigualdad son factores que inciden de manera determinante en la buena o mala salud de las personas. Dicen, en medio de esta pandemia mundial, que el parón completo de todos los trabajos sería un drama, y que la economía quedaría en coma. Incluso que los abuelos están dispuestos a afrontar su muerte: «Mi mensaje es: volvamos al trabajo, volvamos a vivir, seamos listos con todo esto y los mayores de 70 ya cuidaremos de nosotros mismos. No sacrifiquéis el país, no sacrifiquéis el gran sueño americano» dice Dan Patrick, vicegobernador de Texas. Nada comenta de que no todos los abuelos tienen la cobertura sanitaria que él tiene.

Y durante esta pandemia, no podemos acompañar a los seres queridos durante los últimos días de vida ni hacer una ceremonia de entierro para afrontar el duelo en familia. Achille Mbembe escribió sobre la necropolítica, que es «la división biológica entre nosotros que debemos vivir y aquellos que pueden exponerse a la muerte, o cuya muerte es expulsada del espacio de lo lamentable, del duelo». Este dolor y frustración es al que ha estado y sigue sometida la población migrante y/o refugiada sin permiso de residencia, a la cual no permiten que viajen a sus países de origen para acompañar y despedir a sus seres queridos en la muerte.

«A mi me van a explicar lo que es un confinamiento», dicen muchas personas que han estado confinadas por razones ajenas a su voluntad por largas temporadas, debido a enfermedades o lesiones o barreras arquitectónicas. Más personas de las que nos podemos imaginar, sin salir de casa por la falta de accesibilidad en sus edificios.

Mientras intentamos negar la vulnerabilidad de nuestros cuerpos que enferman, envejecen y mueren; también negamos los cuerpos de la población inmigrante racializada, que son los que sufren constantemente y con más profundidad, las redadas diarias. El cuerpo, cuando se hace visible, o es contagioso o es terrorista, explica el filósofo Santiago Alba Rico. O las dos cosas unidas. Esos otros salvajes a los que, dicen los cuerpos de seguridad, solo puedes tratarles con violencia y control. Aunque ya se haya demostrado que las acciones castigadoras, de excepción o videovigilancia nunca han conseguido erradicar situaciones de conflicto social y no llegan a su origen y prevención.

Pero no da dinero la prevención, sino la enfermedad. David Harvey, geógrafo y teórico social, explica que la industria farmacéutica «Big Pharma rara vez invierte en prevención. Tiene poco interés en invertir en preparación para una crisis de salud pública. Le encanta diseñar curas. Cuanto más enfermos estamos, más ganan. La prevención no contribuye al valor del accionista.»

El coronavirus está dejando al descubierto la cara más cruda de este sistema. Mientras la mayoría de las personas trabajadoras vive una situación muy difícil (el trabajo puede parar, pero no lo hacen las facturas), algunas empresas están aprovechando esta situación para enriquecerse. Ése es el caso de Amazon. Está extendiendo subvenciones a pequeñas empresas, priorizando bienes esenciales y tomando medidas enérgicas contra los especuladores, pero su dominio en la economía tiene como objetivo enriquecer a sus accionistas, no beneficiar al bien común. Ya ni se espera que tengan responsabilidad empresarial: detrás de las acciones filantrópicas de Inditex, se esconden múltiples despidos, evasión de impuestos y centros de explotación laboral infantil.
Hannah Arendt distinguía entre labor (actividades para satisfacer nuestra vida biológica en la tierra) y el trabajo (actividades para armar un mundo más duradero que habitar). Ahora, inmersos como estamos en la espiral de trabajo asalariado – consumo – trabajo asalariado… no somos capaces ni de distinguir entre trabajos de mierda y aquellas actividades para el sostenimiento de la vida, o para «una vida que merezca la vida ser vivida», como define la antropóloga Yayo Herrero. Otro antropólogo, David Graeber, (aunque no menciona la economía informal), incide sobre ésto:

«(…) en nuestra sociedad parece haber una regla general por la cual, cuanto más evidente sea que el trabajo que uno desempeña beneficia a otra gente, menos se percibe por desempeñarlo.»

«Di lo que quieras sobre enfermeros/as, basureros/as o mecánicos/as, es obvio que si se esfumaran como una nube de humo los resultados serían inmediatos y catastróficos. Un mundo sin profesores/as o trabajadores/as portuarios/as pronto tendría problemas, incluso uno sin escritores/as de ciencia ficción o músicos/as de ska sería claramente un sitio inferior. No está del todo claro cómo sufriría la humanidad si todos los/as ejecutivos/as del capital privado, lobbyistas, investigadores/as de relaciones públicas, notarios, comerciales, técnicos de la administración o asesores legales se esfumaran de forma similar. (Muchos/as sospechan que podría mejorar notablemente.) Sin embargo, aparte de un puñado de excepciones (cirujanos/as, etc.), la norma se cumple sorprendentemente bien.»

Y después de casi un siglo de prueba y error: «Los/as trabajadores/as reales y productivos/as son  incansablemente presionados/as y explo-tados/as.» Si bien los esfuerzos de mitigación están convenientemente encubiertos en la retórica de que “estamos todos juntos en esto”, en la práctica «el virus por sí mismo no discrimina, pero nosotros humanos seguramente lo haremos, formados y animados como estamos por los poderes entrelazados del nacionalismo, el racismo, la xenofobia, y el capitalismo» dice Judith Butler, filósofa. Esta fuerza laboral está en gran medida racializada y marcada por género y etnia en la mayoría de las partes del mundo, y se encuentra en la primera línea, con mayor riesgo de contraer el virus a través de sus trabajos o de ser despedido sin recursos debido a la reducción económica impuesta por el virus.

«El resto», continúa Graeber, «está dividido entre un estrato aterrorizado de los/as universalmente denigrados/a desempleados/as y un estrato mayor a quienes se les paga básicamente por no hacer nada, en puestos diseñados para hacerles identificarse con las perspectivas y sensibilidades de la clase dirigente (gestores, administradores, etc.).»

La autodenominada «clase media», preocupados por cubrir sus necesidades naturales, que en realidad, no lo son tanto. “Necesito cambiar de móvil”, “necesito una chaqueta que combine con esta falda”, “necesito irme lejos para relajarme”. «En general, la capacidad humana de desear es muy elevada, y más si el deseo es sobreestimulado. Es fácil por lo tanto convertirse en un necesitado (que es como antes se denominaba una persona pobre). Una sociedad deseante es una sociedad necesitada. La insatisfacción crónica provocada es el motor del desarrollo del mercado.» explica la antropóloga Yayo Herrero. Ahora que muchos comercios están cerrados... ¿realmente necesitabas todo lo que deseabas?  
La centralidad absoluta de redes informales/familiares/de apoyo: es lo que necesita en estos momentos el ser humano. 
«En los malos tiempos, sólo salen adelante los más brutales y los más cooperadores. Vienen tiempos malos: hay que hacer lo posible y lo imposible por que nuestras sociedades se decanten hacia la segunda opción, compartir y cooperar». Jorge Riechmann.

Fuentes:
http://selenitaconsciente.com
https://necropolitica.tumblr.com/

Haz clic para acceder a sobre-los-trabajos-de-mierda-y-otros-textos.pdf


[TRADUCCIÓN] Política anticapitalista en tiempos de coronavirus, David Harvey, 2020
https://www.eldesconcierto.cl/2020/03/21/judith-butler-sobre-el-covid-19-la-desigualdad-social-y-economica-se-asegurara-de-que-el-virus-discrimine/
Cambiar las gafas para mirar el mundo. Una nueva cultura de la sostenibilidad. Coordinado por: Yayo Herrero, Fernando Cembranos y Marta Pascual.

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