La cooperación, la moral, y el señor de las moscas: soñar con los ojos abiertos.

«Somos solidarios por naturaleza
Por eso cuando yo bostezo, tú bostezas.
Por eso yo te protejo y tú me proteges.
Por eso compartimos el aire que respiramos desde el mismo eje.
Yo sé que el futuro es incierto
Pero aunque cierren fronteras
No podrán cerrar el mar abierto, pronto saldremos
A dejar nuestras huellas en el suelo
Sobre las nubes de nieve, bajo los lagos de cielo.
A sentir el sol que nos vacuna junto al agua que nos moja
Bajo a cascadas que lloran frente a una selva de hojas
Entre los bosques de flores de diferentes tamaños
Los arcoiris que pintan las estaciones del año
Como los colores de la ropa en pleno movimiento
Que cuelgan en los balcones para que las seque el viento
Y la mirada de la historia que quiere seguir contando
Que a pesar de que peleamos, nos entendemos bailando».
René Pérez Joglar.

Michael Tomasello y Felix Warneken del Instituto Max Planck de Leipzig en Alemania, demostraron que los niños a partir de un año de edad, cuando apenas están aprendiendo a caminar y a hablar, ya manifiestan espontáneamente ciertos comportamientos de ayuda mutua y de cooperación, sin que éstos les hayan sido enseñados por los adultos.

Durante su investigación, vieron que todos los niños ofrecían espontáneamente su ayuda como por ejemplo, para recoger y entregar al experimentador un objeto que se le había caído al suelo. “Esos niños son tan pequeños que aún usan pañales y apenas son capaces de hablar pero aun así, ya presentan comportamientos de ayuda mutua.” explicó Warneken. Es más, si el experimentador tiraba deliberadamente la pinza al suelo en lugar de hacerla caer por descuido, los niños no reaccionaban.

Además, cuando los niños obtenían una recompensa, la propensión a ayudarle no aumentaba, sino lo contrario: ofrecían menos su ayuda. “Este resultado sorprendente aporta una confirmación suplementaria a la hipótesis según la cual los niños son mayormente estimulados por motivaciones internas que por estímulos externos”.


En una entrevista le preguntaron a Tomasello, por qué podemos ser muy amables con la gente de nuestro entorno e incluso de nuestro país, y luego ser despiadados con los de fuera. Respondió que nuestros valores varían en función de en qué círculo nos movamos. No nos comportamos igual con el conocido que con el desconocido. Homologar ambos comportamientos es una de las grandes aspiraciones de la ética. «A veces somos generosos y a veces egoístas, dependiendo de la situación.» El problema radica en que «nuestra capacidad de cooperar, evolucionó dentro de pequeños grupos. Hace 100.000 años éramos interdependientes con nuestro grupo cultural, pero luchábamos con otros grupos». «Favorecemos a los de nuestro grupo y desconfiamos de los de fuera.» Es una característica que no debemos obviar, pero «si es algo que quieres cambiar, es posible que no puedas cambiar la biología, pero podemos crear instituciones sociales que reúnan a gente de distintas culturas en entornos colaborativos.» Y explica: «hemos visto que cuando se colabora, la gente tiende a repartir con justicia lo que se obtiene. Cuanto más podamos construir situaciones en las que la gente colabore, y hagan cosas juntos de forma interdependiente, se facilitará un tratamiento más justo para todo el mundo. Incluso si es gente a la que no conoces, si trabajas con ellos sientes que lo adecuado es compartir con igualdad.»
Cooperar compartiendo los mismos valores es algo que, en último término, nos permite confiar en el valor de un dinero impreso en papel por desconocidos a miles de kilómetros de nuestra casa, por ejemplo.

Sione, Luke, Mano, Tevita, Fatia y Kolo, un grupo de adolescentes de Tonga procedentes de un internado de estricta tradición católica, terminaron en medio del océano Pacífico, en el islote rocoso y deshabitado de ‘Ata, después de robar un barco de un pescador y pasar ocho días a la deriva. Allí pasaron 15 meses y, a diferencia de la novela clásica de William Golding, «El señor de las moscas» de 1954, «los niños trabajaron juntos en equipos de dos, comenzaron un fuego y nunca dejaron que se apagara y se mantuvieron amigos todo este tiempo» explica el historiador holandés Rutger Bregman en su reciente libro «Humankind». Comieron peces, cocos, pájaros y huevos, crearon un jardín agrícola, ahuecaron troncos para almacenar agua de lluvia, e incluso crearon un gimnasio con curiosas pesas y una cancha de bádminton. Hasta que un capitán de barco australiano, Peter Warner, rescató a los niños. Éste buen ejemplo de colaboración ocurrió en 1966.


El equipo del Instituto de Antropología Cognitiva y Evolutiva de Oxford realizó una encuesta intercultural sobre moral más grande y completa de más de 600 individuos representativos de hasta 60 sociedades de todo el mundo. La conclusión fue que la moral sirve para promover la cooperación, el bien común. Es decir, ser buena persona significa cooperar. Además, «no hay nada misterioso o mágico en la moral» como explica uno de los principales investigadores, Oliver Scott Curry. «La idea básica es que los humanos son animales sociales. Hemos vivido juntos en grupos sociales durante 50 millones de años.» En este sentido, existe un acuerdo sobre lo que significa ser buena persona: ayudar a la familia, asistir al grupo, devolver favores, ser valiente, obedecer a los superiores (gente respetada, ancianos, chamanes, líderes…), dividir los recursos de manera justa y respetar las propiedades de los demás. «Estos siete tipos de cooperación explican siete tipos de moralidad: amor, lealtad, reciprocidad, valentía, deferencia, equidad y derechos de propiedad.» Afirma que la moralidad evolucionó para promover la cooperación, pero también existen dilemas morales.
La evolución, como remarca Tomasello, ha fomentado la cooperación dentro del grupo, pero también la xenofobia hacia otros grupos. Cooperamos en contra de otros grupos. Los dilemas morales surgen cuando una forma de comportamiento cooperativo es incompatible con otra, o entra en conflicto con otra.
Una forma de comportamiento cooperativo se considerará moralmente mala por una sociedad, siempre y cuando se promueve a expensas o en contra de alguna otra forma mayor de cooperación. Por ejemplo, los ladrones son muy buenos cooperando para robar los bienes comunes, pero ya hemos dicho que no respetar los bienes de los demás se considera algo moralmente negativo. Bueno, hay una excepción, la tribu Chuuk de Micronesia. Los miembros de esa tribu respetan el robo si este se entiende como una manera de disputar la jerarquía. En cierto modo sería una extensión del concepto de valentía, otro rasgo de la buena moral.

Al mismo tiempo, la no cooperación también puede considerarse moralmente buena cuando facilita un resultado cooperativo más amplio. Un ejemplo es cuando una persona se desmarca de su comunidad laboral para denunciar al jefe con el fin de cooperar por unos derechos humanos básicos más amplios. El 13 de marzo de 2017, el bombero Ignacio Robles se negó a cooperar, a participar en el embarque en un recinto portuario de un cargamento de centenares de toneladas de armamento con destino a territorio saudí para no ser cómplice de la matanza de civiles, especialmente niños, en la guerra de Yemen.

«El caso de Katrina sigue maldecida por rumores, clichés, mentiras y racismo» se lamenta la preriodista Rebecca Solnit. «La historia que la mayoría de la gente escuchó era que tras el huracán, habían grandes grupos de hordas merodeadoras que volvían a la barbarie, el salvajismo, la violencia y lo que sea. Y fui a Nueva Orleans para ver lo que realmente sucedió, y fue una enorme cantidad de voluntariado, ingenio, altruismo, generosidad, heroísmo, por parte de las personas que quedaron varadas, y por parte de voluntarios y rescatadores.» «Y la pregunta para mí es, entonces, ¿por qué la minoría se portó mal?» «Esa minoría que eran funcionarios públicos y vigilantes (…)» «el alcalde, el gobernador, y muchas otras personas tratan a la ciudad de Nueva Orleans como si estuviera llena de delincuentes, en lugar de víctimas.» Así que «asumieron, falsamente, que debido a que la gente en general se estaban comportando de manera brutal, necesitaban medios bárbaros para reprimir a ese público.»

Solnitt asegura en su libro «Un paraíso construido en el infierno» que «en la mayoría de los desastres, las personas se comportan de manera altruista y con recursos. Improvisan comunidades. Y a menudo encuentran en eso una verdadera sensación de alegría. Lo ves en el terremoto de 1906. Lo viste en el 11 de septiembre, y en Katrina.»
«Lo que también ves es que, debido a que las autoridades piensan que somos monstruos, ellos mismos entran en pánico y se convierten en monstruos en el desastre. Algunos de los sociólogos con los que trabajé, Lee Clarke y Caron Chess, llaman a esto «pánico de élite», la sensación de que las cosas están fuera de control; y piensan que deben recuperar el control, ya sea disparando contra civiles sospechosos de robar, ya sea que eso signifique centrarse en el control y las armas como respuesta, en lugar de en la ayuda y el apoyo o simplemente dejando que las personas hagan lo que ya están haciendo magníficamente. Por lo tanto, realmente no solo cambia el sentido de lo que sucede en el desastre, en estos momentos extremos, sino que creo que cambia nuestro sentido de la naturaleza humana, quiénes somos y quiénes queremos ser.»

El 9 de octubre de 1940, el fotógrafo Fred Morley captó una imagen idílica de la Segunda Guerra Mundial que fue ampliamente divulgada: un lechero que se abría paso entre las ruinas para entregar la leche, como hacía siempre a diario. Pero era falsa: el lechero, con bata blanca, era de hecho el asistente del fotógrafo. El «Espíritu Blitz» (Blitz es el término con el que se conoce a los bombardeos sostenidos en el Reino Unido por parte de la Alemania nazi) muestra el estoicismo y la determinación para seguir adelante en las situaciones difíciles. Hoy por hoy, muchos políticos recuerdan todavía este espíritu, tanto como otra propaganda puesta de moda en los últimos años «Keep Calm and Carry on» (Mantén la calma y continúa), un póster producido por el gobierno en 1939, al inicio de la guerra, que nunca se publicó.

De esta manera, el gobierno de entonces supo desviar la evidencia de los efectos físicos y psicológicos de ser bombardeado y se centró, en cambio, en las historias de la resolución británica, con el fin de levantar la moral a sus ciudadanos y soldados. Sin embargo, hoy por hoy, esta retórica de sacrificio a menudo se combina con otra demanda: consumir, comprar una casa, un coche, hacer algo de sí mismos, «aspirar». Aspiraciones individuales con resolución, a la que llaman hoy «resiliencia»: término que proviene de la física, saltar o rebotar, como les ocurre a las gomas elásticas cuando se estiran y regresan.
Pero el homo sapiens es archisociable, por eso tenemos una gran capacidad de cooperar. Lo malo es que esta interdependencia, es cierto, evolucionó en pequeños grupos, y que por eso luchábamos y luchamos con otros grupos, los Otros, los de fuera.

Pero el ser humano tiene otra herramienta para dejar de rebotar y saltar hacia adelante, que es la creación de instituciones sociales o situaciones que son capaces de reunir a gente de distintas culturas. Y cuando nos arremangamos y hacemos cosas juntos, somos propensos a actuar y repartir con justicia lo obtenido. A ser justos.

Si somos capaces de confiar en el valor de un dinero que no deja de ser un trozo de metal o de papel impreso por desconocidos a miles de kilómetros de nuestra casa, podemos cooperar compartiendo los mismos otros valores, en otras situaciones.

http://unaantropologaenlaluna.blogspot.com/2020/05/la-cooperacion-la-moral-y-el-senor-de.html

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