Contar es escuchar: la palabra y la imaginación

«Yo creo que la imaginación es la herramienta singular más útil que posee la humanidad. Deja atrás el pulgar oponible. Puedo imaginar la vida sin mis pulgares, pero no sin mi imaginación.» Ursula K. Le Guin.
Y Le Guin, escritora de ciencia ficción, hija de los antropólogos Theodora y Alfred Kroeber, aclara que no se trata de la creatividad. Ese término que nos lanzan para exigirnos adaptarnos a todo, ser flexibles, autónomos y sin límites, pero siempre dentro del mercado encaminado a obtener mayores beneficios. «Yo ya no la uso», asegura, «la dejo en manos de capitalistas y los profesores universitarios que abusen de ella a voluntad. Pero no pueden quedarse con la imaginación.»
Y explica en el mismo libro «Contar es escuchar», que la imaginación no es una forma de hacer dinero, sino de pensar, de convertirse en humano. Los niños la usan desde pequeños, y en ella se deberían instruir, como una capacidad fundamental para vivir. Escuchando y memorizando los relatos o narraciones orales de su cultura, o a leerla y comprenderla si es alfabetizada.

No en vano, la tradición oral hizo la cultura durante más de 9/10 partes de la vida del homo sapiens. Es decir, la escritura nació cuando había transcurrido el 94% de nuestra existencia.
Las otras artes, la música, el dibujo, la artesanía, el baile… son centrales, pero nada como las palabras como respuestas a los conflictos de la realidad, remodelándola, percibiendo e interactuando con el mundo e imaginándolo a la vez para que tenga sentido.
Llenándo el mundo de significado. Las palabras como herramienta para echar a volar la imaginación, y adaptarnos al mundo adiestrando la mente, abandonando la realidad pero siempre regresando a ella con un entendimiento renovados. Incluso disponemos de una capacidad distintiva de pensar e imaginar el pasado y lo hipotético del futuro.
«Al parecer, somos el único animales capaz de mentir. Podemos pensar y hablar de cosas que no son así y que nunca fueron así, o que nunca existieron, pero podrían. Podemos inventar, suponer e imaginar.» Somos los únicos animales que contamos historias.
«Todos los seres humanos son mentirosos; es cierto, tienen que creerme.»
«Dios inventó al hombre para oírle contar cuentos», dice un proverbio africano.
Para eso, «no hay nada como un poema o un relato». «Obligamos al mundo a ser coherente, a que nos cuente una historia.»

«Somos los hijos del Sol», «somos los que venimos del mar», «nuestra lengua es única en el mundo»… todos los relato demuestran que su cultura es el centro del mundo, donde sus gentes son «la gente» y donde se hacen bien las cosas. Es tu hogar, tu comunidad, donde te enseñan cómo vivir mejor, a imaginar la mejor de las vidas posibles. Sino lo hacemos, advierte Le Guin: «nuestras vidas acabarán siendo controladas por los demás.»

«En nuestra época de grandes poblaciones siempre expuestas a las voces, imágenes y palabras reproducidas en pro del beneficio comercial y político, hay demasiada gente que quiere y puede inventarnos, poseernos, moldearnos y controlarnos a través de los medios de comunicación, que son cautivadores y poderosos. Es mucho pedir que, en medio de todo ello, un niño encuentre su camino por sí solo.» «(…) lo que todos necesitamos, es conocer a otra gente que haya imaginado la vida en líneas que tengan sentido y permitan cierta libertad, y escucharla. No oírla pasivamente, sino escucharla.
Escuchar es un acto de comunidad, que requiere un lugar, tiempo y silencio.
Leer es una manera de escuchar.»

Esa narrativa que ofrece alternativas al status quo, que no solo lo cuestiona, sino que amplía el campo de posibilidades sociales y el entendimiento moral.
«No conoceremos nuestra propia injusticia si no podemos imaginar la justicia. No seremos libres si no imaginamos la libertad. No podemos exigir que alguien intente alcanzar la justicia y la libertad si no ha tenido la oportunidad de imaginar que se pueden alcanzar.»
La lectura no es superior a la oralidad, ni al revés. La lectura silenciosa es una actividad privada; la oralidad, mientras, es una fuerza de cohesión, que mientras ocurre vincula a la gente de manera física y psíquica.
En una cultura oral, la interpretación oral siempre es formal, con sus indicaciones formales (público que se mantiene atento, orador que trata de mantener su atención)… Ya sea una madre o un padre contando un cuento, un comediante en un bar, un predicador, un mitin político… Siempre hay una voz que habla y oídos que escuchan, vibraciones sincronizadas en cuerpo y mente. Los inuit dicen que cuando los cuentacuentos hablan, las plantas dejan de crecer y los pájaros se olvidan de alimentar a sus polluelos. Por eso, los cuentacuentos sólo pueden contar mientras la nieve cae.
«Cada interpretación oral es tan singular como un copo de nieve, pero, como un copo de nieve, es muy probable que se repita; y su principio de organización interna es la repetición.» En la interpretación oral, la repetición es fundamental, porque marca el ritmo, el compás. Porque mientras que en la lectura, se puede volver a releer, las palabras son aladas, y hay necesidad de redundancia.

El modo en que empiezan siempre los narradores en Benin, es:
—Mi do adjru! ¡Contemos cuentos!
—Adjru uaiii! ¡Los cuentos pasan!

«El habla nos conecta de una manera directa y vital porque ante todo es un proceso físico, corporal», asegura Le Guin, y lo explica así «si se sitúan dos relojes de péndulo lado a lado en la pared, gradualmente comenzarán a mecerse al unísono. Se sincronizan el uno con el otro en respuesta a las vibraciones diminutas que cada uno transmite a través de la pared.» Si dos cosas, cualesquiera, oscilan cerca una de la otra, más o menos con el mismo intervalo, tenderán a armonizarse y a moverse con el mismo intervalo exacto. En física, lo llaman sincronización de fase o arrastre. Según Le Guin, todos los seres vivos nos movemos rítmicamente, como una ameba que vibra en frecuencias que corresponden a los niveles atómico, molecular, subcelular y celular. También nuestras fibras musculares del corazón lo hacen, al unísono con todas las demás: el latido. Dos seres humanos cercanos también pueden sincronizarse, como las mujeres sincronizamos nuestros ciclos menstruales. En el habla, William Condon demostró que los oyentes hacen casi los mismos micromovimientos labiales y faciales que el hablante, con un retraso de tan solo una cincuentava de segundo. «La comunicación es como una danza», explicaba Condon.

Y Le Guin recuerda que «no es de extrañar que el habla crea un vínculo tan fuerte, tan poderoso a la hora de formas comunidades.»
«Permanece a la escucha-se decía en la vieja África-, todo habla, todo es palabra, todo intenta comunicarnos un conocimiento» aconseja el escritor Amadou Hampaté Bâ en «Amkullel, el niño fulbé». «El saber es una luz que está en el hombre. Es la herencia de todo lo que los antepasados pudieron conocer y nos han transmitido en germen, al igual que todo el baobab está contenido, potencialmente, en su semilla”.
 

En «El cuentacuentos persa: los relatos que hicieron soñar al emperador», Nazanin Armanian relata:

«Y cuando el anciano monarca falleció, su hijo, como heredero del trono, tomó las riendas del país.

Un día, para conocer a los servidores del palacio convocó a todos los cortesanos, preguntándoles, uno a uno, sobre sus cometidos:
-Yo soy vuestro consejero, dijo el primero.
-Yo soy vuestro general, se presentó el segundo.
-Yo soy vuestro guardaespaldas, respondió el tercero.
-Yo soy vuestro cocinero, manifestó el cuarto.
-Yo soy vuestro coracero, contestó el quinto.
-Yo soy vuestro cantante, respondió el sexto.

-Y, ¿cuál es tu cometido?, preguntó el monarca a un anciano que estaba algo apartado de los demás y no se había presentado.
-Yo soy vuestro cuentacuentos, contestó el viejecito. 


-¿Me tomas por un niño? No necesito ningún cuentacuentos, dijo el joven rey frunciendo las cejas, como si le hubieran ofendido. 

-Es exactamente lo mismo que opinaba el rey Bahrâm, contestó el hombre viejo, que además era un sabio. Con la diferencia -continuó el sabio-, de que aquel monarca, muy pronto volvió a reclamar al cuentacuentos para que regresara, pues se dio cuenta de que había actuado como el águila de aquella fábula… 

-¿De que fábula me hablas?, preguntó el joven rey. 

El viejo sabio le hizo la reverencia y empezó a narrar su historia.

“Un águila rapaz reprochaba a una gallina del corral: ¡Qué criatura más desagradecida eres tú! Tu dueño te mantiene durante toda tu vida, te protege de las bestias, te alimenta, y qué es lo que tú haces? Cuando él te llama empiezas a correr de un tejado a otro, aleteas por aquí y por allá, y no dejas que te coja. ¿Qué clase de comportamiento es ése? Mírame a mí. Yo hace poco tiempo que estoy aquí, y ya sé cómo debo portarme, y demuestro mi gratitud por los cuidados que me da el amo. Cuando él me llama, me poso en su brazo y hago todo lo que me pide. Entonces, la gallina, mirándole con una sonrisa, respondió: Quizás tengas razón, amigo mío. Pero dime ¿has visto alguna vez un águila asada?”

Cuando el viejo sabio terminó su relato, el joven rey se quedó pensativo, y luego dijo:
-Es absolutamente cierto. Pero, ¿de qué le sirve a un gran águila la verdad de una pequeña gallina? 


-¡No, Majestad!, no desprecies nunca lo pequeño, contestó el anciano. Recordad lo que hizo una liebre a un león. 

-Y, ¿qué le hizo?, preguntó el joven rey.

El viejo sabio le hizo la reverencia y empezó a narrar su historia…»

http://unaantropologaenlaluna.blogspot.com/2020/08/contar-es-escuchar-la-palabra-y-la.html

 

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