El último recurso del capitalismo: rituales religiosos en la oficina para mejorar productividad y dar sentido a los empleados

El poder del capitalismo y su supuesto deber de innovar siempre tienen una increíble capacidad de tomar cualquier cosa y sólo ver aquello de lo cual puede sacar provecho o extraer valor, pasando de largo las cualidades esenciales o integrales de una persona, un objeto, un concepto, etc. Esta capacidad de explotar cualquier recurso en beneficio del crecimiento económico es a veces descrita como «cooptación» y se caracteriza por la total ausencia de una conducta ética. Es solamente el zoom del deseo utilitario ejercido sin cuartel. Lo vemos en todas partes. Pero es particularmente llamativo en los casos en los que elementos aparentemente contraculturales se convierten en oportunidades comerciales. Por supuesto, a los emprendedores o a las empresas –que operan de facto como amos abstractos– no les importa que al tomar un elemento sin tener ninguna consideración por la realidad orgánica de un grupo o una tradición, se ejecuta posiblemente un acto de violencia, una estocada que puede ser letal para la estabilidad de dicho grupo o tradición. Este es el paso de lo sagrado a lo profano, de lo auténtico a lo adulterado.

En los últimos años hemos atestiguado este fenómeno, de manera más explícita, con el «mindfulness» (o «McMindfulness»), esto es, la cooptación de las tradiciones contemplativas, particularmente del budismo, para aumentar la producción laboral y permitir que las personas se adapten a una realidad enfermiza. Antes había ocurrido algo parecido con el arte contemporáneo, supeditado al mercado del arte y a la moda. El arte transformado gradualmente en otro modo más de consumo y entretenimiento y, de esta manera, diluido y vuelto inofensivo. Recientemente hemos visto como algo similar podría estar sucediendo con las sustancias psicodélicas que, como parte de una nueva «medicina psicodélica», están también generando una nueva industria de terapia y espiritualidad para empresas e individuos que quieren eliminar toda la incomodidad e incertidumbre de una experiencia psicodélica. Un caso conspicuo es el de la empresa Compass Pathways, liderada, entre otros, por Peter Thiel, el oscuro magnate creador de Pay Pal y socio de Facebook. Esta empresa ha patentado un modo de producir psilocibina y a todas luces planea emplear el modelo de las grandes farmacéuticas en la terapia psicodélica.

Una de las principales estrategias de la nueva medicina e industria psicodélica es sintetizar de una manera científica la experiencia mística o religiosa que algunas personas creen experimentar durante la ingesta de una sustancia psicodélica. Médicos y empresarios han notado que algunos de los efectos más importantes de este tipo de experiencia tienen que ver con lo religioso o lo numinoso, con un sentimiento de conexión y significado que se traduce en diversos beneficios. Así pues, no debe extrañarnos que la última ola en este sentido venga de start-ups que ahora están introduciendo rituales y prácticas encontradas en las religiones al ambiente de trabajo. El momento es ominoso, pues al parecer los trabajadores nunca han sentido tanta falta de sentido, una especie de estado «sin alma» generalizado. Y las empresas han notado que empleados sumidos en estos abismos no son buenos empleados.

Recientemente, el New York Times publicó un artículo con el llamativo título God is Death. So is the office. These people want to save both («Dios está muerto. También la oficina. Estas personas quieren salvar a ambos»). El título es un tanto engañoso, pues difícilmente se puede decir que quieren salvar a ambos. Sólo se quiere salvar a la oficina, y ni siquiera a las personas que la componen, sólo a la oficina como medio para seguir creciendo económicamente.  Dios, en este caso, es sólo el último recurso para hacer que las personas sigan creyendo en el dios de la oficina, en el dinero, la productividad, la vida secular. Como dice el artículo, refiriéndose a la empresa The Sacred Design Lab, estos emprendedores consideran «la religión organizada como una tecnología para producir significado». El significado es esencial para el desempeño laboral.

Este tipo de empresas ofrecen servicios de rituales antes de juntas, meditaciones y diversas prácticas para que el día laboral pueda salvarse. Como dice el artículo, existe un «acuerdo mutuo en que las religiones institucionales no están funcionando y el ambiente laboral es mayormente desalmado». La religión se vuelve una nueva app para revivir zombies oficinistas. O al menos exprimirles un poco de mejores performances, capitalizando el poder que tiene la sensación de sentirse parte de algo más grande (algo de lo cual al parecer el marketing empresarial ya no logra convencerlos»).

Empresas de alto calibre empiezan a emplear «consultores sagrados» para ayudarlas a reestructurar sus itinerarios y darle «significado a las rutinas de los empleados», a través del «arte del ritual». Por supuesto, estos laboratorios de tendencias y demás han notado que los rituales funcionan. Quizá creen que la fe no es demasiado importante o que se puede crear fácilmente un sucedáneo de la fe religiosa con algún tipo de esperanza de beneficio personal. Uno de los rituales, por ejemplo, es llevado a cabo en el momento de comprar un dominio para una página de la empresa. Otro ritual, para una reunión de Zoom, consiste en prender una vela antes de la reunión, decir un mantra y otras prácticas por el estilo.

Uno de los servicios que algunas de estas empresas ofrecen es transformar las prácticas religiosas en datos. Categorizarlas y analizarlas de modos que puedan ser explotadas dentro del trabajo. Por ejemplo, prácticas que parecen ser relevantes cuando una persona está enojada, o cuando está deprimida. Así quizá la empresa puede responder a los problemas emocionales y actitudinales de los empleados con dinámicas religiosas a la medida (o más bien sacadas de la religiones). Aquí, por supuesto, se mezcla la religión más fervorosa de nuestra época, el dataísmo, con los jirones de las viejas religiones.

En todos estos giros del capitalismo vemos la directriz ideológica de que nada es sagrado y, por lo tanto, todo está permitido. Aunque en el fondo quizá haya algo que sí es experimentado como sagrado: el beneficio personal. Después de todo el utilitarismo inglés es la filosofía dominante de la economía moderna. Por supuesto, el beneficio personal o egoísmo es la antítesis de lo sagrado como es entendido en la religión. Tenemos entonces un cóctel destructivo. Pues este modelo olvida, entre otras cosas, que el beneficio personal o el beneficio de la empresa –la persona abstracta que no tiene ninguna consideración humana– tiende al desequilibrio. Parte, además, del error de no tomar en cuenta la interdependencia, de la misma manera que el capitalismo sólo mira lo que puede explotar pero no toma en cuenta el «bosque» del cual depende el objeto de explotación.

Curiosamente, hace casi cien años, en Echar raíces (y en otras partes), Simone Weil planteó la necesidad imperiosa de una vida espiritual para el trabajador. Pero la diferencia entre su visión y la visión que se está implementado ahora no podría ser más distinta. Weil creía que la espiritualidad, para que pudiera ser realmente transformadora y dar alma a la vida cotidiana de un trabajador, necesitaba de las raíces. Raíces fuertes y sanas. Y esto significa que las tradiciones religiosas, artísticas y religiosas de la humanidad debían preservarse en toda su fuerza, en sus propios términos. Actualmente son diseccionadas para encontrar un ingrediente activo. Este ingrediente activo es extraído, sin tomar en cuenta que su efectividad puede depender de diversos factores con los que está en relación en su ambiente natural o tradicional. Luego suele ser sanitizado (secularizado) y rebajado para que pueda ser tolerable para el consumo masivo. La operación, por su parte, suele tener el efecto de convertir los cuerpos completos de los cuales se extrae el ingrediente en material desechable. No se repara en que ir eliminando o sacando de la jugada a la religión, al arte y a la filosofía tiene profundos efectos psicológicos, emocionales, intelectuales y espirituales en la vida cotidiana de las personas. Que quizá no haya realmente «substitutos» para encontrar sentido en la vida y que la ciencia y la tecnología sin la religión y el arte nos conducen justamente a un mundo sin alma. Como dice el directo de cine Abel Ferrara: «la supercarretera de la información nos está llevando directo al infierno».

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