Los regalos de la Ecuanimidad

¿Cómo navegamos por la vida, tan llena de urgencias, tareas que quedan sin hacer, amigos que necesitan ayuda, problemas de salud, financieros, crisis familiares, comunitarias, mundiales? ¿Cómo nos mantenemos a nosotros mismos, nuestra cordura, nuestro corazón abierto y nuestra visión clara frente a estos desafíos continuos? Con ecuanimidad.

La palabra inglesa «ecuanimidad» se traduce en dos palabras pali distintas utilizadas por el Buda, upekkha y tatramajjhattata. Upekkha, el término más común, significa «mirar hacia arriba» y se refiere a la ecuanimidad que surge del poder de la observación: la capacidad de ver sin ser atrapado por lo que vemos.

Upekkha también puede referirse a la amplitud que proviene de ver una imagen más amplia. Coloquialmente, en la India, la palabra a veces se usaba para significar «ver con paciencia». Podríamos entender esto como «ver con entendimiento».

Aún más cualidades de ecuanimidad son reveladas por el término tatramajjhattata En conjunto, la palabra significa “estar en medio de todo esto». Este “estar en el medio” se refiere al equilibrio, a permanecer centrado en el medio de lo que sea que esté sucediendo.

Defino la ecuanimidad como la capacidad de no dejarnos atrapar por lo que sucede.

Según el Buda, la forma de lograr la ecuanimidad es la atención sabia: estar continuamente atento de un momento a otro.

La palabra pali upekkha, en occidente se traduce como equilibrio, a menudo el equilibrio que nace de la sabiduría. Para algunos, la palabra ecuanimidad implica indiferencia o incluso miedo disfrazado de «todo va muy bien».

Otra idea que la gente tiene de ecuanimidad es la de pasividad.

La palabra equilibrio en sí también puede malinterpretarse. A veces se descarta por considerarse un estado forzado logrado al apoyar algo positivo mientras simultáneamente escondemos o empujamos hacia abajo lo negativo, como el dolor.

Sin embargo, el equilibrio no viene de borrar todos los sentimientos.  Cuando se trata de sentir emociones dolorosas como la ira, podemos perdernos en ellas. Podemos pensar que no hay salida y llegamos a identificarnos completamente con nuestros sentimientos: soy una persona irascible, y siempre lo seré. Por ello tendemos a huir de los sentimientos difíciles, de negarlos, de distraernos.

La ecuanimidad es lo que nos libera de estos intentos, y aprendemos a estar presentes con las emociones sin caer en los extremos de abrumarnos o negarlas. Podemos reconocer una emoción como la ira, e incluso sentir su máxima intensidad, pero elegir cómo responder a ella o a cualquier otro sentimiento, pensamiento o circunstancia determinados.

No se trata de convertirnos en enemigos de nuestros sentimientos, por intensos que sean, sino de expandir nuestra conciencia y permitir que surjan esos sentimientos. Permitirles que se muevan y cambien. Ese espacio trae la sabiduría que evita que nos perdamos en la reacción. Esa libertad es la esencia de la ecuanimidad.

A medida que la vida da vueltas y vueltas, a menudo intentamos transmitir la impresión de que lo podemos manejar todo. Pero a veces es solo una apariencia de estabilidad que nos mantiene en un estado de tensión tan alto que nuestro equilibrio emocional puede ser desviado por la brisa más suave ¿Es realmente una vida equilibrada si tenemos que hacer tanto esfuerzo?

 Sentirnos sin restricciones, en paz y libres, para poder responder adecuadamente a nuestro mundo a medida que cambia, no tiene que costar tanto esfuerzo.

Si creemos que mantener el control es el secreto para hacer que la vida funcione, nos equivocamos. Nunca tendremos el control absoluto. Eso no va a suceder, ni siquiera por un momento. No ejercemos control sobre quién se enfermará, quién mejorará o los inevitables altibajos de nuestros actos. No podemos dirigir a todos y todo en este mundo a nuestro gusto.

Imaginar que podemos decidir el resultado seguro de nuestros esfuerzos es como pensar que un día nos vamos a despertar por la mañana y determinar: “Lo he pensado con mucho cuidado y he decidido que no voy a morir «. El cuerpo tiene su propia naturaleza. Ciertamente podemos transformarnos mucho, pero la muerte no es una decisión que tomamos.

La ecuanimidad es la voz de la sabiduría, estar abierto a todo, ser capaz de contenerlo todo. Su esencia es presencia completa. 

Necesitamos un corazón tan amplio como el mundo para acomodar los cambios de placer y dolor que se presentan y poder acompañar a cada uno de ellos con una presencia que lo abarca todo. Es difícil para nosotros permitir nuestro propio dolor o el de otra persona por completo si tenemos miedo de que nos robe la posibilidad de gozar. Es difícil permitir que la alegría se exprese plenamente si la hemos utilizado para evitar confrontar el dolor.

Aprendamos a sostener ambos al mismo tiempo, el gozo y el dolor.

La paz no se trata de alejarse o trascender todo el dolor para situarnos en un espacio siempre tranquilo sino de acunar tanto el inmenso dolor como la maravilla de la vida al mismo tiempo. Ser capaz de estar plenamente presente con ambos es el regalo que nos da la ecuanimidad en quietud y calma.

 Estar con el dolor y el placer, la alegría y la tristeza, de tal manera que nuestro corazón esté completamente abierto y también íntegro, intacto. Aceptamos lo que llega, ya sea doloroso o gozoso, en paz. No significa que no tengamos sentimientos por nada; no es un estado de vacío. En cambio, es esa amplitud en la que podemos relacionarnos con cualquier sentimiento, cualquier ocurrencia, cualquier surgimiento y aun así ser libres.

Así como una masa sólida de roca

no se mueve con el viento,

así el sabio no se mueve

ante la alabanza y la crítica.

Como un lago profundo

es claro y tranquilo.

Siempre deja ir.

No parlotea sobre placeres y deseos

ni es conmovido por la felicidad y el sufrimiento

 

—Dhammapada 81-83

Gracias. Gracias, Gracias

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