Cambio tecnológico y desigualdad salarial: la polarización del mercado de trabajo

Si uno se pasea por San Francisco encontrará muchas cosas. Algunas de ellas magníficas. Otras, extrañas. Por ejemplo, los campamentos solapados en las aceras de las grandes avenidas con los “sin techos” o homeless entrando y saliendo de ellos. Y es que la cuna de la cuarta revolución industrial, la ciudad que domina y manda sobre la tecnología más avanzada, presenta a sus visitantes, en muy pocos kilómetros cuadradoslo mejor y lo peor del cambio tecnológico, económico y social que estamos viviendo en este arranque de siglo.

Cerca de San Francisco se encuentran Cupertino, Mountain View, Palo Alto; está Berkley, Standford, UCLA y el Instituto de Tecnología de California, famoso este último por muchas cosas, pero muy conocido entre el gran público por ser la sede del trabajo de Sheldon Cooper y sus amigos Howard Wolowitz, Rajesh Ramayan Koothrappali y Leonard Hofstadter. Cerca de la ciudad que fundaran colonos españoles en 1776, se concentran las sedes de empresas como Apple, Oracle, Hewlett-Packard o Alphabet Inc, entre muchas otras. En el espacio escaso del istmo que dibuja la Bahía de San Francisco con el Pacífico se concentran prácticamente los principales firmas que han guiado, o habría que decir han diseñado, el cambio tecnológico que define nuestra era, nuestra economía y, casi que también, nuestra forma de vivir.

Sin embargo, en San Francisco somos testigos no solo de lo que podríamos decir lo más positivo de este cambio, sino también de los costes que este genera. Este cambio tecnológico tiene ganadores pero también perdedores. Aunque esta dualidad la observamos en cualquier lugar y no pocos trabajos se han hecho eco de esta consecuencia del cambio tecnológico, los homeless de San Francisco son un dibujo concreto de esta cuestión. Un recordatorio claro de que el cambio tecnológico genera polarización laboral.

El cambio tecnológico traerá vencedores y vencidos

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La literatura económica ha estado muy pendiente en estas últimas décadas de los cambios económicos, laborales, productivos y, en general, sociales, que este cambio tecnológico genera. Aunque las razones que explican la actual revolución tecnológica son muy variadas, en general podemos decir, simplificando, que el actual avance tecnológico es impulsado por la intensa caída de los costes de computación. Además, unida a esta caída, la mejora en el diseño de sensores, y en particular su abaratamiento, han permitido intensificar aquello que hace la tecnología desde que abandonamos el nomadismo e inventamos la agricultura: la sustitución de los trabajadores en tareas rutinarias.

La mejora en el diseño de sensores, y en particular su abaratamiento, han permitido intensificar aquello que hace la tecnología desde que abandonamos el nomadismo e inventamos la agricultura: la sustitución de los trabajadores en tareas rutinarias

El factor capital y el factor humano compiten por realizar tareas en las diferentes ocupaciones. Siempre ha sido de este modo. La decisión última de cómo organizar el modelo productivo responde única y exclusivamente a los costes de oportunidad de usar un factor frente al otro dado un nivel tecnológico. O dicho de un modo más simple, se usará el factor más barato para realizar una misma tarea. Por ejemplo, los robots que visualizamos en las cadenas de montaje han sido usados desde hace casi sesenta años.

Sin embargo, durante buena parte de estas seis décadas, su uso se ha concentrado casi exclusivamente en actividades productivas industriales de gran escala. El motivo de esta particularidad es que solo en este tipo de industrias era rentable usar robots que, por otro lado, implicaban costes elevados. Sin embargo, el abaratamiento de estos por razones tecnológicas (mayor potencia de computación y menor precio de sus componentes) ha permitido expandir la rentabilidad del uso de un robot a actividades que antes no eran factibles. Hoy es rentable usar robots donde antes no lo era.

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Pero más aún, las mejoras computacionales de las últimas décadas y del procesamiento de datos, unido además a la cada vez mayor disponibilidad de información, ha permitido a su vez desarrollar la potencia de la Inteligencia Artificial (IA). Aunque teóricamente avanzada desde hace tiempo, su uso práctico estaba limitado por la capacidad de las computadoras para rentabilizar económicamente la información. Quizás el problema no era qué se podía hacer, solo saber si era competitivo. Esto hoy está cambiando y los algoritmos y códigos de procesamiento de datos son cada vez más capaces. Sumemos a todo ello el Internet de las Cosas, que dota de información a estos algoritmos, o la nube, que permiten a las máquinas aprender en red. Todo ello ha impulsado a la IA y a la posibilidad de ser rentable económicamente.

Cuando la máquina es rentable, sustituye al trabajo. Siempre ha sido así. Sin embargo, hay empleos que no son sustituidos, sino más bien al contrario, pueden mejorar su productividad gracias a las máquinas. En este sentido, y para conocer en profundidad los efectos de las máquinas en el empleo, uno debe entender primero el concepto de tarea.

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Los trabajadores desarrollan en sus ocupaciones diferentes tareas. Digamos que una ocupación es un conjunto de tareas que un trabajador desarrolla en su puesto de trabajo. Si las tareas son repetitivas o rutinarias, una máquina podrá hacerla. Solo hace falta que sea rentable. Si estas tareas son complejas, exigen de la inteligencia humana o de lo que llamamos soft skills, habilidades que podemos asignar al propio concepto del ser humano y que no puede desarrollar una máquina, esta última lo que hará será ayudar, mejorar el desarrollo de la tarea. La complementará. También es posible que libere al trabajador de tareas repetitivas o peligrosas permitiendo que se concentre en aquellas que la máquina no puede hacer. En este caso, la automatización beneficia al trabajador.

Aquí es importante conocer la complejidad de la ocupación para saber si esta será o no asumida por una máquina. Las ocupaciones que se caracterizan por concretarse en pocas tareas, además de rutinarias, serán muy fácilmente sustituibles por máquinas. Las ocupaciones que por el contrario se componen de numerosas tareas, algunas o muchas de ellas complejas intelectualmente o que precisan de la iteración humana, no serán tan fácilmente sustituibles. Más bien, podrán ser muchas de ellas, no todas, complementadas. Otras, simplemente serán neutras al cambio tecnológico.

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Por lo tanto, la caída del precio del capital, gracias a la revolución tecnológica, desplazaría de los procesos productivos a una parte del factor trabajo en cuyos empleos desarrollan tareas que o bien son rutinarias o bien siendo algo más complejas ya sí pueden hacer las máquinas. Por otro lado no solo consolidaría a cierto tipo de trabajador, sino que incluso elevaría su productividad, lo que sería la antesala de elevar los salarios. Por último, otros empleos no complejos pero donde el factor humano es importante, generalmente manuales no cognitivos, serían neutros a la tecnología.

¿Qué pasará con los trabajadores desplazados?

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Los trabajadores desplazados, principalmente rutinarios, no van necesariamente al desempleo. No estamos ante una desaparición del empleo, sino a una transformación el mismo. Estos trabajadores, muchos de ellos antes en la industria, simplemente se han ido a otros empleos. La mayoría, por lo que sabemos por no pocos trabajos, se han ido a empleos manuales, neutros a la tecnología y que no necesitan de una especial cualificación cognitiva ni intelectual.

En estos empleos, el factor «humano» es esencial, pero no necesariamente exige un importante conocimiento o entrenamiento para llevarlo a cabo. Una mayor cantidad de trabajadores acudiendo a esos empleos de baja cualificación simplemente provoca, como efecto, una caída de sus salarios. Por el contrario, a aquellos trabajadores más cualificados para los que la tecnología beneficia su labor y mejora su productividad verán como sus salarios crecen. La consecuencia de este proceso es lo que llamamos polarización de empleo y salarial, un desplazamiento de los trabajadores hacia los extremos de la distribución de salarios.

En consecuencia, el cambio tecnológico puede estar elevando la desigualdad salarial. Esto es lo que se ve en San Francisco a pie de calle. Las economías generadas por los centros de desarrollo tecnológico de la ciudad caracteriza a esta ciudad en dos aspectos: su alto coste de vida y su elevada desigualdad (aquí y aquí). Y es que según algunos datos, la diferencia entre los ingresos de los hogares incluidos hasta el percentil 20 de la zona metropolitana y los que se sitúan en el sobre el percentil 95 fue la mayor en Estados Unidos en 2012. Y es obvio que durante esta casi década transcurrida la situación ha estado lejos de mejorar.

Una mayor cantidad de trabajadores acudiendo a empleos de baja cualificación simplemente provoca, como efecto, una caída de sus salarios. Por el contrario, a aquellos trabajadores más cualificados para los que la tecnología beneficia su labor y mejora su productividad verán como sus salarios crecen

Esta situación llevó no hace mucho a tomar ciertas medidas. Así, en Oakland, muy cerca de San Francisco, cien familias participaron en un experimento piloto sobre renta básica universal, diseñado e impulsado por una empresa, Y Combinator. En este caso, se ofrecía a cien familias una renta mensual de entre 1.000 y 2.000 dólares. Esta ocasión suponía principalmente un esfuerzo experimental para conocer qué efectos podrían tener estas políticas.

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Otras se han hecho, como por ejemplo el experimento finlandés, que sin embargo, no podría catalogarse como renta básica universal y por lo que sus consecuencias deben leerse con diferentes perspectivas. En todo caso, el aumento de la desigualdad provocada por la polarización está generando no solo un debate sino además el diseño de nuevas políticas necesarias para evitar un aumento importante de las diferencias económicas y sociales que este puede generar. En el caso de San Francisco, las diferentes ayudas podrían estar creando un cierto efecto llamada a la ciudad, por lo que en parte esos campamentos de homeless pueden responder a estos incentivos

En resumen, el cambio tecnológico siempre genera ganadores y perdedores. Sabemos por la simple evolución del bienestar asociado a las revoluciones industriales que desde el siglo XVIII se han sucedido que, a largo plazo, estas generan mejoras evidentes en el conjunto del bienestar de la humanidad. Sin embargo, en el corto plazo pueden imponer costes muy evidentes y que es necesarios ajustar. San Francisco es simplemente un ejemplo extremo de lo que estamos observando en el resto del Mundo. Y es que la tecnología nunca llega al gusto de todos.

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