Sabidurías, Ciencia y los Mercaderes de la duda

«Nuestro producto es la duda, ya que es el mejor medio de competir con el conjunto de hechos que existe en la mente del público general»  

«Smocking and health Proposal» Memorandum de Brown & Williamson (empresa de tabaco), 1969.

Para muchos, sembrar la duda en contra del conjunto de hechos (como que el fumar es perjudicial para la salud), funciona. Es lo que Naomi Oreskes y Erik M. Conway llaman «mercaderes de la duda». Y esto es posible porque pensamos que la ciencia trata de hechos bien definidos, de certidumbre, y si la sentimos insegura, la creemos deficiente. Este mito tiene su origen en los positivistas de finales del siglo XIX, que deseaban un conocimiento absoluto y cierto. Pero este deseo no es real. 

La ciencia nació cuando surgió la necesidad de crear nuevo conocimiento, y con ello, la necesidad de encontrar una manera de comprobar todas aquellas nuevas propuestas de aquellos estudiosos, sabios y filósofos naturales, como eran definidos antes de que se inventara la palabra «científico» en el siglo XIX. Un mecanismo para someter todos estos conocimientos nuevos a investigación, para exponerlos a un riguroso escrutinio pasando por un jurado de pares científicos, apoyados por pruebas o evidencias concisas. Serán asumidos como nuevos conocimientos únicamente si resultan ideas aceptadas por esta asociación de expertos.

Investigar, escrutinar… Somos seres científicos natos. Algo que nos diferencia del
resto de los simios es la curiosidad infantil que se fortalece y se extiende a nuestros años maduros. Nuestros antecesores, desnudos, sin caparazón ni colmillos, cuernos o garras, solo con utensilios líticos y la cooperación, superaron circunstancias desfavorables extremas, y por eso hemos sobrevivido. Hemos sido capaces de contemplar una piedra, imaginar otra figura en aquella piedra haciéndole grandes modificaciones e incluso añadiéndole otros materiales, y después compartimos dicha información con los miembros de grupo, trabajando juntos y transmitiendo las experiencias y conocimientos a través de generaciones.

Los seres humanos nunca dejamos de curiosear, de investigar. Y no lo hacemos solos. Hablamos con otras personas para tener nuevas perspectivas. Así es como la información se convierte en conocimiento, y lo que fueron innovaciones drásticas se convierten en tradiciones.
Toda nuestra cultura está basada en la acumulación de conocimiento. Somos instructores sociales natos, y llevamos en nuestros genes el aprendizaje continuo. Hay estudios que demuestran que los bebés aprenden mejor si lo hacen de una persona de carne y hueso que de una pantalla o de la grabación de una voz. 

Los simios aprenden por objetivos, los humanos por procesos. Nos fascinan las cosas sin objetivo ninguno, sin sentido, las acciones que no tienen ningún resultado ni son útiles para nuestra supervivencia, y sin embargo, las probamos y analizamos con tenacidad solo por el placer que nos da la curiosidad. Por eso tenemos una avidez increíble por el arte, por la ficción. Es como si nos preparara mentalmente para lo desconocido, para afrontar situaciones nuevas. Hasta donde se sabe el cerebro sólo es capaz de procesar señales (rasgos sexuales) pero no símbolos (la fertilidad), que es parte de nuestros modelos socioculturales. Es la capacidad metafórica para escapar de las vías lógicas y no quedarnos atascados, para analizar desde otro ángulo (incluso en el tiempo y en el espacio) situaciones hipotéticas de la realidad. Roger Bartra, un antropólogo, lo llama «exocerebro». Él opina que nuestra cultura evoluciona más rápido que la evolución, por lo que la tecnología, la ciencia, el arte, la conversación… son una suerte de muletas cognitivas para escapar de los atolladeros de nuestro cerebro. Para la revolución.
«Cambiar de respuesta es evolución. Cambiar de pregunta es revolución», escribió el físico Jorge Wagensberg, que explicaba que la ciencia consistía en representar, como en un teatro, una realidad, y aplicarle el rigor y la inclemencia del método científico. Pero la verdad es siempre provisional, «sólo se puede tener fe en la duda», decía.

La ciencia solo es viva si es insegura, porque es un proceso de
descubrimiento. Una vez que se cierra un interrogante, se pasa a otro, y así sucesivamente. Por eso, la investigación básica es imprescindible, y el tiempo coloca las piezas en su sitio.
Un microbiólogo llamado Thomas Dale Brock estudiaba las bacterias extremófilas, los microorganismos que son capaces de vivir en condiciones extremas por temperatura, acidez, radiación… En las fuentes termales del Parque Nacional Yellowstone encontró a Thermus aquaticus, un organismo que se las apaña muy bien a temperaturas de más de 65º. Cuando Brock metió sus aparatos en el barro y luego archivó los datos de esta bacteria, no tenía ni idea de cual iba a ser su final, de la importancia que iba a tener. El primer termociclador que salió por fin al mercado para la prueba de la PCR, en 1987, fue gracias a la incorporación de una enzima de Thermus aquaticus. Y es que la enzima de la bacteria que se estaba utilizando, la Escherichia coli, no aguantaba las altas temperaturas.

La duda, la curiosidad, el escepticismo, es parte de la ciencia. Los mercaderes de la duda utilizan esta característica intrínseca del método científico para dar la impresión de que no funciona, para socavar la autoridad del conocimiento científico pero haciendo caso omiso a sus protocolos, sin tener en consideración las teorías que ya están refutadas por pruebas científicas y por el consenso de los expertos. Las más de las veces, el periodismo moderno, aprovechando el filón del beneficio del instante, por la competencia feroz de la atención y el tiempo, cree que si alguien discrepa, debería otorgarle la consideración debida dándole voz. Especialmente si es alguien de renombre, con reputación. Sin indagar si sigue el protocolo científico, si superó la prueba de la revisión por pares, si realmente ese debate científico es real, si es experta en esa materia. Ni siquiera cuales son las fuentes de su respaldo financiero.

Volvamos a los orígenes de nuestra actitud mental científica innata. Levi Strauss, en su libro «El pensamiento salvaje» hace una alegoría sobre el gusto o placer del ser humano: «(…) para elaborar las técnicas, a menudo prolongadas y complejas, que permiten cultivar sin tierra, o bien sin agua, cambiar granos o raíces tóxicas en alimentos, o utilizar esta toxicidad para la caza, la guerra, el ritual, no nos quepa la menor duda de que se requirió una actitud mental verdaderamente científica, una curiosidad asidua y perpetuamente despierta, un gusto del conocimiento por el placer de conocer, pues una pequeña fracción solamente de las observaciones y de las experiencias (…) podían dar resultados prácticos e inmediatamente utilizables».

Existen lugares donde todavía mantienen un continuo interactuar con la naturaleza y una ciencia paleolítica y neolítica previa a la «ciencia moderna», esta última de tan solo 300 años. Conocimiento indígena que no se limita a un listado de objetos sin contexto en un museo, o a una clasificación taxonómica de plantas, sino también a dimensiones dinámicas, relacionales y utilitarias: ciclos climáticos, períodos de floración, recuperación de sistemas… Un proceso de acumulación en espiral de conocimiento, que se va incrementando como se incrementa la experiencia de la comunidad generación tras generación, mediante el lenguaje, principalmente por via oral.

Son lugares donde hay una estrecha correlación entre la riqueza de su biodiversidad, de la diversidad de lenguas y del origen y difusión agrícola y pecuaria, como explican Victor Toledo y Narciso Barrera-Bassols (La memoria biocultural). Los países situados en la franja intertropical, poseen la mayoría de las lenguas y especies endémicas. Estos países además conservan las prácticas de manejo, selección y preservación de la diversidad genética de las especies y variedades domesticadas.

«La distribución de lenguajes no está restringuida a los límites políticos, aún así, se pueden tomar como unidad de comparación. El primer grupo está conformado por Indonesia y Papua Nueva Guinea, que entre ambos alcanzan el 23% de todos los idiomas del mundo. El segundo grupo (Nigería, India, México, Camerún, Australia, Zaire y China), el 37% del total a nivel mundial. Todos ellos, el 4% de todos los países, representan el 54% de las lenguas vivas del mundo.
(…) El chino, el inglés, el español, el árabe y el hindi, son hablados por más de un millón de personas, el 95% de la población mundial.»

«Son en las sociedades tradicionales (de caracter rural que no han sido transformados por los fenómenos de modernización agraria) donde recae la tarea de interactuar con los reservorios más ricos de diversidad biológica del planeta y quienes habitan en las áreas del mundo con alta diversidad de lenguas. Se estima que entre 5.000 y 6.000 lenguas solamente son habladas por conjuntos con un millón o menos y estos corresponden a los llamados pueblos indígenas, que representan entre el 80-90% de la diversidad de planeta (Durning, 1993).»

Según estos autores, existen por lo tanto dos modelos de conocer la realidad: conocimiento y sabiduría. 

«El conocimiento está basado en teorías, postulados y leyes; por lo tanto se
supone que es universal […] La sabiduría se basa en la experiencia concreta, y en las creencias compartidas por los individuos acerca del mundo circundante, y mantenida y robustecida por testimonios”
El conocimiento y la sabiduría, remarcan, no son fácilmente separables y tampoco se pueden reemplazar el uno por el otro, ambos son necesarios para la preservación de la experiencia humana.
El conocimiento se realiza de una manera impersonal e indirecta para dar sentido al mundo. Aspira a la generalidad, por lo que intenta separar o tomar distancia y se ha ido orientando por la especialización, la parcelación y la fragmentación de la realidad.
Si acaso existe una memoria colectiva de especie, se encuentra más facilmente en el conjunto de sabidurías. Las sabidurías están enraizadas en la experiencia personal y directa con el mundo. Una experiencia cotidiana de la forma percibir la vida y de vivirla, compartida en el interior de una comunidad cultural determinada. La intuición, las emociones, los valores morales son intrínsecos a esta manera de mirar las cosas, una mirada compleja con multiplicidad de significados.

Toda cultura es una forma en que la humanidad desafía a la realidad a su manera. Los saberes locales se construyen en base a las experiencias y necesidades sociales.

El problema reside en que las estructuras naturales y sus relaciones y dinámicas ecológicas siempre son inciertas y cambiantes. Como la realidad cambia, la percepción y la organización mental sobre el mundo natural tampoco es fija ni estática, sino de múltiples significados, valores y dimensiones. Los saberes y valores tradicionales no son sistemas estáticos sino diseños innovadores, adaptables a procesos dinámicos y aspectos culturales particulares. Reorganizados en el mundo mítico y los ritos, las tradiciones. De esta manera, ofrecen también un sentido de pertenencia, de identidad.
«La verdadera significación del saber tradicional no es la de un conocimiento local, sino la de un conocimiento universal expresado localmente.»

Es de conocimiento universal que la tierra esta viva. Los avances científicos
y tecnológicos han permitido en las últimas dos decadas conocer más las profundidades terrestres, enormes ecosistemas de seres microscópicos que viven sin oxígeno ni luz solar. De hecho, hay más biomasa en la superficie que en la atmósfera terrestre. El ecólogo David W. Wolfe escribe en su libro «El subsuelo»: «Con cada nuevo descubrimiento subterráneo se hace más evidente que el nicho ocupado por el Homo sapiens es más frágil y mucho menos central de lo que pensábamos». Los campesinos pichatareños mexico ya reconocían que la tierra no es inmutable, sino viva y dinámica, según el ritmo estacional, variabilidad climática e hidrálica, etc… Esto se refleja en la expresión «la tierra trabaja y se comporta…» La tierra puede cansarse, estar sedienta, hambrienta, enfermarse o envejecer. Pero al contrario que otros seres orgánicos, la tierra también puede rejuvencer, rehabilitarse y recuperarse.
http://unaantropologaenlaluna.blogspot.com/2020/10/sabidurias-ciencia-y-los-mercaderes-de.html

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