La mejor oración …

Fuente: “El diario de Eliseo” de Juan José Benítez.

El siguiente diálogo entre Jesús de Nazaret y sus discípulos está incluido en el capítulo “Aquel olor a mandarina”. Se produce tras la cena, al amor de un buen fuego, en las proximidades de la aldea de Jotapata, al oeste de Galilea, donde Jesús y los suyos habían montado el campamento. Corría el año 28…

Le he introducido algunas pequeñas modificaciones con el fin de extraer, de la forma más clara posible, el mensaje que hace referencia a la oración.

—Rabí —planteó Bartolomé—, ¿qué es la oración? ¿Para qué sirve? ¿Cómo debemos rezar? ¿Qué diferencia hay entre orar y adorar?

Jesús respondió a todas las dudas de Bartolomé, y algo más.

—La oración —respondió el Galileo— es una forma de hablar con el Padre Azul. Sirve para divinizar lo humano.

—¿Divinizar lo humano? —Preguntó Mateo—. No comprendo…

La intervención del Mateo fue muy oportuna. En realidad, nadie entendió.

—Cuando rezas, querido amigo, eres consciente de que te encuentras sobre las rodillas de un Dios. Y Él, Ab-bā (padre o papá), te sonríe, te diviniza. Pero no os equivoquéis —continuó el rabí con entusiasmo—. Rezar no es solicitar cosas materiales…

Lo miraron, perplejos y Juan le interrumpió:

—¿No debemos pedir salud?

El Maestro negó con la cabeza y aclaró:

—Todo eso está contemplado en tu tikkún (misión). La oración no te salvará de los problemas lógicos de la vida, ni te proporcionará salud. Lo que hayas elegido antes de nacer se cumplirá inexorablemente, reces o no reces. El amor del Padre se ocupa siempre, siempre —repitió—, de tus necesidades materiales. Recordárselo es una falta de respeto y una pérdida de tiempo y de energía. Él sabe antes de que abras los labios…

—¿Y qué tenemos que solicitar? —le interrogó Pedro.

—No tienes por qué pedir nada —replicó el Maestro a la cuestión planteada por Pedro—. Orar, os lo he dicho, es una manera de conversar con la Divinidad. Cuando hablas con un buen amigo, ¿qué haces? ¿Te pasas el tiempo pidiéndole cosas?

Todos respondieron que no.

—Pues eso… Siéntate en las rodillas del Padre Azul y abre tu corazón. Muéstrate cómo eres en realidad. Háblale de tus sueños, de tus deseos… O no le hables.

Quedaron perplejos. El Maestro captó la confusión y precisó:

—Donde hay amor no se necesitan las palabras. No tienes por qué decir nada. Siente a Dios, sin más. Él sabe porque está dentro de ti.

Los discípulos se pisaron las preguntas. Todos querían interrogar al rabí.

—¡Dios está dentro de mí —se impuso Pedro— y yo con estos pelos!

El Galileo rio con ganas. Pedro era casi calvo.

—Os lo he dicho muchas veces —prosiguió Jesús con dulzura—. Él entra en vosotros —y señaló su cabeza— y ahí permanece y permanecerá. Cuando paséis al otro lado, la nitzutz (“chispa divina”) terminará fundiéndose, definitivamente, con vuestra alma.

Bartolomé insistió:

—Dices, rabí, que orar es hablar con el Padre Azul. Pero entonces, ¿qué hacemos con las šemoneh (diecinueve plegarias que, obligatoriamente, debían rezar los judíos tres veces al día)?

—No aburráis a Dios —resumió el rabí.

Y el Maestro prosiguió:

—Mi Padre no necesita de esa recitación, como tampoco os exige ayunos y penitencias. Todo eso es consecuencias de la mente retorcida del hombre. Estáis aquí para vivir. No añadáis sufrimiento al sufrimiento propio de la existencia.

Y precisó:

—Rezad en secreto. No lo hagáis en grupo. La oración es un acto íntimo, como hacer el amor o dormir. Y no juzguéis a la hora de rezar. No juzguéis nunca.

—¿Cuál es la mejor oración? —intervino un seguidor de Jesús que estaba escuchando.

Jesús volvió a señalar su frente y replicó rotundo:

—Hacer la voluntad de Ab-bā . No te canses de ponerte en sus manos…

Guardó unos segundos de silencio y levantó la vista hacia las estrellas. Las había a miles. Se dejaban ver entre el ramaje. Después, el rabí pronunció una frase que debería ser grabada en piedra, para la eternidad:

—Cuando te pones en las manos del Padre Azul, el universo maquina a tu favor…

Tomás alzó la voz en la oscuridad y planteó:

—¿Si rezo me salvaré?

—No, Tomás…

Jesús hizo una estudiada pausa. Y los íntimos susurraron confusos.

—No, Tomás —recuperó la palabra el Maestro—. La oración no te salvará porque ya estás salvado.

Y gritó:

—¡Eres inmortal!… ¿No lo comprendes? Tu alma jamás morirá.

E insistió en algo ya dicho:

—Eres inmortal por expreso deseo del Padre Azul…, hagas lo que hagas o digas lo que digas.

—Pero, Maestro —advirtió Bartolomé— la ley dice que debemos pedir perdón a Yavé por nuestros muchos pecados…

Jesús no le dejó terminar.

—También lo hablamos. Ningún hombre está capacitado para ofender a Dios. No reces para solicitar perdón. Si has ofendido a tu hermano, acude ante él y hazle saber que estas equivocado. Si te ofendes a ti mismo, reconócelo. Con eso es más que suficiente. La oración, os lo he dicho, es algo más grande y sublime. No la enturbiéis con asuntos menores.

—Dice la ley —explicó Andrés— que, al cumplir con las oraciones obligatorias, alargamos la vida. ¿Estás de acuerdo?

—No, querido amigo. Eso es otro invento humano. Por mucho que reces no añadirás nada a tu vida. La oración no retrasa la muerte, y tampoco la adelanta. Morirás cuando llegue el momento… que tú mismo has fijado.

Mateo preguntó de nuevo:

—¿Es mejor el que más reza?

—No. Nadie es mejor que nadie. No lo olvides.

Mateo se sintió reconfortado. Algunos de los discípulos, no lo aceptaban. Su pasado reciente, como recaudador, lo convertía en un “pecador”.

Y Jesús continuó:

—En todo caso, es más inteligente el que hace la voluntad de Ab-bā.

Después se refirió a otras cuestiones, todas vinculadas a la oración, y dijo:

—Rezad, sobre todo, por los que os maldicen… Rezad siempre, y no solo en los malos momentos… Rezad para llenar la copa del alma… Al rezar ya estáis adorando… Después de orar, espera: mi Padre te sorprenderá… No recéis por la extensión de mi mensaje: practicarlo.

Al terminar la conversación, el lugar se vio impregnado por un intenso y agradable olor a mandarina. Nos miramos extrañados. Allí no se daba ese fruto. Entonces recordé lo escrito por el mayor. Cuando el Hijo del Hombre derramaba ternura y amor, el sitio se llenaba de una fragancia que recordaba el perfume de la mandarina.

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