La creencia en el mundo justo puede convertirnos en personas insensibles

Desde pequeños nos han inoculado la idea de que la vida es justa. Y creemos a pies juntillas en ella, muchas veces obviando las pruebas que demuestran no es así. Somos víctimas de la “hipótesis del mundo justo”, un sesgo psicológico que nos impide tomar nota de las pruebas contrarias.

Esa creencia en el mundo justo nos brinda seguridad, tranquilidad y confort porque, inconscientemente, pensamos que si no hacemos nada malo, no nos ocurrirá nada malo. Obviamente, no es así.

La vida no es justa ni injusta, simplemente porque ese concepto le es ajeno. De hecho, varias décadas de investigaciones señalan que la creencia en un mundo justo podría convertirnos en “peores personas” o en personas más insensibles al sufrimiento y las desigualdades.

Buscamos una razón legítima que explique las cosas malas

En 1966 los psicólogos Melvyn Lerner y Carolyn Simmons descubrieron un extraño fenómeno.  Mostraron a una serie de personas imágenes en vivo de una mujer que recibía descargas eléctricas dolorosas cada vez que se equivocaba en una prueba de memoria.

Cuando a los participantes le daban la opción de poner fin a su sufrimiento, casi todo el mundo lo hizo. Sin embargo, cuando se les negó la posibilidad de intervenir para detener el castigo convirtiéndose en meros espectadores, los participantes cambiaron sus opiniones sobre la mujer y se convencieron a sí mismos de que su dolor no era tan terrible y que en realidad no era una víctima tan inocente.

Y es que, como regla general, cuando nos enfrentamos a una injusticia nuestro primer impulso es intentar aliviarla, pero si no podemos y nos sentimos impotentes, buscaremos razones para convencernos de que, después de todo, el mundo no es tan injusto como parece. Nos convencemos de que “algo debió haber hecho” esa persona para merecer ese «castigo».

En otras palabras, reajustamos nuestra visión de la víctima para mantener nuestra creencia en el mundo justo. Ese es el mecanismo psicológico que subyace a la culpabilización de la víctima y nos hace pensar que “se lo buscó”.

Ponemos en marcha un mecanismo de racionalización que nos lleva a buscar motivos válidos para esa injusticia. De hecho, es algo que hacemos continuamente. Nuestro cerebro siempre está intentando buscar un sentido a lo que nos ocurre para encajar esas experiencias en nuestros esquemas mentales.

Generamos explicaciones continuamente para los hechos y patrones que percibimos, sin preocuparnos demasiado porque sean ciertos y/o precisos. Para encontrar esas respuestas rápidamente, solemos aferrarnos a las primeras cosas que vemos o que pasan por nuestra mente, sin reflexionar demasiado sobre ellas. De hecho, la mayoría de nuestras explicaciones en realidad no buscan la esencia, sino que se basan en las características de las cosas que intentamos explicar.

Investigadores de la Universidad de Nueva York comprobaron que cuando pedían a las personas que explicaran varias disparidades de estatus, preferían las explicaciones que se basaban en rasgos inherentes en vez de aquellas que se referían a eventos pasados ​​o influencias contextuales.

Pro ejemplo, eran más probables que dijeran que cierto grupo de un elevado estatus social alcanzó esas ventajas porque “eran mejores” o “eran más inteligentes” sin tener en cuenta aspectos como el hecho de que vivieran en una zona próspera o que tuvieran una familia adinerada. Curiosamente, cuanto más fuerte era la preferencia de un participante por las explicaciones inherentes, más fuerte era su creencia en el mundo justo, asumiendo por tanto, que las desigualdades eran justas y equitativas.

Los “efectos adversos” de la creencia en el mundo justo

El deseo de creer que las cosas suceden por una razón a menudo conduce a asumir actitudes que contribuyen a afianzar la injusticia en lugar de reducirla. Un estudio realizado en la Universidad de Washington reveló que las personas que creen firmemente en que el mundo es un sitio justo son más propensas a oponerse a los planes de acción afirmativa destinados a ayudar a las mujeres o las minorías.

En práctica, cuanto más creamos que el éxito proviene exclusivamente del trabajo duro y que las personas obtienen lo que se merecen, menos probable es que apoyemos programas que favorecen a colectivos desfavorecidos. De hecho, ni siquiera tenemos que ser racistas, xenófobos u homófobos para desarrollar este sesgo, basta aferrarnos a la convicción de que el mundo es un sitio básicamente justo.

Entonces, ¿por qué nos aferramos a la creencia en un mundo justo?

La gente cree en un mundo justo porque es demasiado difícil aceptar los caprichos del universo. La creencia en un mundo fundamentalmente justo, un lugar donde es poco probable que te maten a menos que seas miembro de una pandilla, es poco probable que quiebres a menos que seas tonto y es poco probable que te violen a menos que ‘te lo busques’ es un consuelo”, escribió el periodista Nicholas Hune-Brown.

Evitamos el miedo que nos genera pensar que también podría ocurrirnos a nosotros porque no basta con comportarse bien o ser buenas personas para escapar de las cosas malas. Sin la creencia en un mundo justo, la vida se nos antoja una pesadilla intolerablemente caótica, aterradora y carente de sentido.

Enfrentarnos a la verdad, al hecho de que en el mundo hay violencia, pobreza y discriminación de manera caprichosa nos resulta simplemente demasiado aterrador. Porque, si no hay una buena razón que explique por qué una persona específica está sufriendo, es mucho más difícil escapar de la aterradora conclusión de que podríamos ser nosotros.

Es una forma de mantener la ilusión vital de que nosotros, los sanos y prósperos, no solo somos afortunados, sino que de alguna manera nos lo merecemos. Todos queremos vivir en un mundo justo. Sin dudas. Sin embargo, si queremos alcanzarlo, el primer paso será superar el pensamiento mágico de que ese mundo ya existe”, sentenció Hune-Brown.

Fuentes:

Hussak, L. J., & Cimpian, A. (2015) An Early-Emerging Explanatory Heuristic Promotes Support for the Status Quo. Journal of Personality and Social Psychology; 109(5).

Hune, N. (2015) The Monstrous Cruelty of a Just World. En: Hazlitt.

Wilkins, V. M. & Wenger, J. B. (2014) Belief in a Just World and Attitudes Toward Affirmative Action. PSJ; 42(3): 325-343.

Lerner, M. J. & Simmons, C. H. (1966) Observer’s reaction to the «innocent victim»: Compassion or rejection? Journal of Personality and Social Psychology; 4(2): 203–210.

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