El problema con los problemas

Entre más crecemos en nuestra habilidad para manejar nuestras propias dificultades, más conscientes somos de que no podemos resolver los problemas de nuestros familiares y amigos. Pero, dice Judy Lief, podemos aprender a estar uno con otro tal y como estamos.

Photo by Joshua Rondeau.

A medida que vamos transitando la vida, nos encontramos con muchas alegrías y descubrimientos, así como con muchos problemas y dificultades. Tenemos subidas y bajadas continuas. A lo largo del tiempo, la mayoría de nosotros atravesamos repuntes y recesiones, todo tipo de subidas y bajadas. A medida que somos lanzados al ruedo, gradualmente nos vamos volviendo más fuertes y refinados, como rocas en un río. Entre más obstáculos nos encontramos y logramos sobrevivir y superar, más fuertes nos volvemos. En el camino del dharma, se nos alienta a ver las dificultades como oportunidades para despertar, no simplemente como obstáculos en la carretera. La combinación de estudio y entrenamiento meditativo nos da herramientas para trabajar con lo que surge a medida que surge, sea bueno o malo, alegre o triste. Pero entre más crecemos en nuestra habilidad de enfrentar nuestros propios obstáculos, más nos volvemos dolorosamente conscientes de que no podemos ayudar a otros -nuestra familia, nuestros amigos, la gente en nuestras comunidades- quienes están batallando en modos similares.

En este mundo de dualidad, cada experiencia tiene su sombra. El deseo de que otros tengan felicidad y no sufran está marcado por el hecho de que, en ocasiones podemos ayudar, pero muchas veces no podemos. Cuando nos enfrentamos con el sufrimiento, y no podemos arreglarlo, ¿qué hacemos con tal reconocimiento? ¿Cómo cultivamos aceptación en vez de desolación, enojo o frustración? Aunque los tiempos son difíciles, quizás tengamos un modo de trabajar con las adversidades, pero no siempre podemos decir lo mismo acerca de aquellos quienes nos importan. Quizás nosotros batallemos, y quizás no sea fácil, pero tenemos un grado de control, y cuando cometemos errores podemos aprender de ellos. Habiendo atravesado problemas antes, y de algún modo, habiendo salido de ellos, quizás nos sintamos bastante confiados en que, una vez más, podemos encontrar nuestro camino a través de ellos. Con lo que tenemos que trabajar está a la mano: nuestra propia mente, nuestras emociones propias, nuestro propio cuerpo, nuestros propios bloqueos y titubeos. Sabemos con lo que estamos lidiando, y podemos echar mano de lo que hemos aprendido al enfrentar problemas similares en el pasado. Pero no tenemos control sobre otras personas. Aunque queremos lo mejor para nuestra familia, para las personas que amamos, no podemos simplemente hacer que suceda. No hay remedio. Podemos ser fuertes para otros, pero no podemos hacer fuertes a los otros.

Las batallas de las personas que nos importan pueden ser más difíciles de enfrentar que nuestras propias dificultades. No es inusual, por ejemplo, para una persona moribunda que ha hecho las paces con su propia mortalidad, estar aún en una gran aflicción porque su familia o sus seres amados no tienen los recursos internos para enfrentar lo que está sucediendo. Tú reconoces que tu familia está atrapada en el miedo y la angustia, o en el dolor y confusión– y no puedes hacer nada al respecto. El hecho de que estás consciente de tu propia situación y que estás lidiando con ella lo mejor que puedes no ayuda. De cierto modo, incluso hace las cosas peor, porque ves el contraste. Puedes trabajar con tu propia situación, pero no puedes proteger a la gente alrededor tuyo o disipar su confusión. Y, no importa cuánto te gustaría hacerlo, no puedes simplemente transferir tu entendimiento a otros. Así que, además de enfrentar el dolor de morir, sufres de la frustración de no poder ayudar a aquellos que amas, no importa lo que tú ya hayas aprendido. Es una situación solitaria el saber lo que está sucediendo y no poder arreglarlo. Pero no puedes caminar el camino de otra persona, y otro no puede caminar el camino por ti. La realidad es que cada uno de nosotros es un viajero, y viajamos profundamente solos.

Ves a personas apaleadas por la presión de tratar de tener éxito con toda su fuerza, pero no llegan a ninguna parte, mas que a caer en una deuda mayor. ¿Cómo no sentir desesperación?

Este patrón se repite en muchos contextos. En el clima económico actual, muchas personas han perdido sus trabajos o tienen el miedo de perderlos. El dinero está apretado y las alternativas son borrosas o sombrías. Los ahorros están desapareciendo y las inversiones desplomándose. Es momento de apretarse el cinturón, constricción, ‘hacer sin’, momentos en los cuales muchas personas están recortando sus gastos -aquellos afortunados para tener gastos más allá de sus necesidades inmediatas. Si tú has vivido a través de auges y caídas económicas antes, quizás estés bastante seguro de que puedes aguantar otro round de circunstancias apretadas y de incertidumbre. En mi propia vida yo he experimentado muchas condiciones económicas diferentes y estoy agradecida por ello; cinco de nosotros vivíamos con sellos de comida y desempleo, y también he vivido como propietaria de una casa de clase media. Dado que he experimentado estos extremos, sé que me puedo ajustar a ambas circunstancias tanto de pobreza, como a tiempos de bienestar económico.

Es empoderador enfrentar la pobreza y la pérdida, y encontrarte que no estás destruido, sino fortalecido por la experiencia. Pero incluso si tú puedes aguantar cambios en tu propia salud y situación económica, eso no es suficiente. ¿Qué hay de tus hijos? ¿Qué hay de tus amigos? ¿Cómo te relacionas con el dolor de otros? Ves a tantas otras personas batallando sólo para cubrir sus necesidades básicas y sostener a sus familias -trabajando hasta el punto de estar exhaustos, nunca capaces de ahorrar ni un centavo, y sin ver una salida del túnel. Ves a gente apaleada por la presión de tratar de tener éxito con todas sus fuerzas, pero no logrando ir a ninguna parte mas que a caer en deudas mayores. ¿Cómo no sentir desesperación?

Quizás estés preocupado por tus hijos, preguntándote si lograrán escapar del vivir de quincena en quincena, apenas sobreviviendo. Te preocupas que quizás nunca logren el mismo estándar de vida que tú tienes, no importa cuán diligentes y trabajadores sean. El deseo de ver a tus hijos prosperar surge en contra de la durísima realidad de que no puedes hacer que esto suceda. Quieres ayudar, pero tus propios recursos son limitados. E incluso si tienes recursos, puede ser muy difícil saber qué es lo que realmente ayuda. Es como la historia de un niño que se encuentra con una larva y, conmovido con los esfuerzos de la mariposa que intenta salir, decide ayudarle y romper la larva. Pero cuando el niño abre la cubierta, la mariposa muere. Dado que la mariposa no tuvo que luchar para liberarse, sus alas no pudieron fortalecerse y madurar, así que no pudo sobrevivir. Tratar de solucionar las cosas para otros ciegamente quizás sólo las haga peores.

A medida que ves por tu propia familia y amigos y por tu propia situación inmediata, ves que hay una lista interminable de problemas, situaciones sin fin, crisis sin fin. Siempre habrá algo por lo que obsesionarse, siempre hay alguien por quién preocuparse, siempre hay una razón para rendirse ante la inutilidad de hacer las cosas bien. El pensamiento circular de los problemas y posibles problemas, problemas del futuro y problemas que recordamos del pasado, puede apoderarse de tu mente sin alivio ni interrupción. Y entre más te permites ser capturado por tal ciclo de pensamientos, más paralizado te sientes.

Tales preocupaciones se alimentan a sí mismas. Es una trampa que se perpetúa a sí misma. Podemos dejarnos absorber en el temor por escenarios futuros que perdemos contacto con lo que estamos experimentando aquí y ahora. Las preocupaciones pueden tener la cualidad perversa de hacernos sentir como bienhechores porque nos importa tanto una persona -y no tomamos responsabilidad por nuestra propia preocupación, sino que, convenientemente, la echamos en culpa de otros. Preocuparnos por una persona puede parecer como que nos importa, pero también les transmite nuestro sentido de superioridad y nuestra falta de confianza en su habilidad para manejar su propia vida. Con la preocupación, en vez de reconocer nuestra frustración ante los límites de nuestra capacidad para ayudar, la convertimos en un zumbido mental incesante de pensamientos y ansiedad. Estamos obsesionados con todo lo que no podemos hacer, con pensamientos de nuestra falta de poder. Se vuelve sobrecogedor y no sabemos cómo encontrar nuestra salida.

En vez de apilar todos los problemas que no podemos solucionar, uno sobre otro hasta que tenemos una montaña gigante de imposibilidad, podemos tomar otra aproximación. En el trabajar con personas y sus problemas, podemos aceptar que aquellos problemas quizás nunca sean solucionados. La otra persona puede -o quizás no- sea capaz de lidiar con su situación y nosotros quizás sí -o quizás no- seamos capaces de ayudarlos. Esa es la realidad y necesitamos aceptarla. Ninguna cantidad de preocupaciones va a cambiar este hecho.

Es difícil estar con un ser amado que no es feliz y está sufriendo, y es tentador intentar salvarles el día y hacer todo mejor para ellos. Queremos que su dolor cese -y también estamos incómodos con nuestro propio dolor. Ese campo de dolor mutuo y crudeza es un territorio intensamente claustrofóbico y parece prohibido para explorar. En vez de ver hacia él, nos gustaría salirnos, arreglarlo. Pero necesitamos examinar esa noción de “arreglarlo”, particularmente la idea de arreglar a otros. Necesitamos cuestionar nuestros conceptos acerca de cómo queremos que las cosas sean, y aquello en lo que queremos que la gente se convierta.

Podemos apoyar a la gente que amamos y por quienes nos preocupamos, pero no podemos solucionar sus problemas -y nadie puede solucionar nuestros problemas por nosotros.

Si podemos dejar ir algo de esto, veremos con más claridad lo que podemos y lo que no podemos hacer. Podemos aprender a no obsesionarnos acerca de los problemas que no podemos solucionar, pero poner en orden aquella cosa o cosas que de hecho sí podemos hacer y pueden ser de ayuda. Es mejor hacer una pequeña cosa de ayuda que castigarnos por las muchas cosas que están más allá de nuestro poder y habilidad de cambiar o afectar. Algunos problemas pueden ser solucionados, otros no, y otros es mejor que se queden sin solución.

Shantideva, el gran maestro hindú de la tradición del budismo Mahayana, dijo que si podemos hacer algo positivo debemos simplemente hacerlo. Así que, ¿por qué preocuparse? Él dijo que si no podemos hacer algo acerca de un problema, entonces tenemos que aceptarlo. Así que, ¿por qué preocuparse? El truco es mantenerlo simple; o hacemos algo, o no lo hacemos.

A medida que crecemos, nos desarrollamos y aprendemos de nuestras experiencias, es más probable que podamos ayudar a las personas que están batallando más que nosotros. Podemos aprender cuándo ayudar, y cuándo dar un paso atrás, y podemos ver a otras personas crecer, como lo hemos hecho nosotros, a través de la batalla y las adversidades. Sin embargo, aunque nos podemos preparar a nosotros mismos para enfrentar tiempos difíciles, no tenemos un control real sobre los demás. Podemos apoyar a las personas que amamos y por quienes nos preocupamos, pero no podemos solucionar sus problemas -y nadie puede solucionar nuestros problemas por nosotros. Pero podemos estar junto a quienes amamos, con los problemas sin solucionar. Aunque cada uno de nosotros debe enfrentar solo su viaje individual a través de la vida, podemos viajar juntos, unidos por el amor.

ACERCA DE JUDY LIEF

Judy Lief es una maestra budista y editora de muchos libros de enseñanzas del tardío  Chögyam Trungpa Rinpoche. Ella es la autora del libro Making Friends with Death.

ACERCA DE RATNA DAKINI (Traductora)

ratna dakini es una yoguini budista tibetana, poeta y traductora originaria de México. Ha publicado dos libros de poesía de dharma, el último titulado Sunbird (2020). Ha traducido para la Comunidad de Meditación de Tergar por Aprox. 6 años, y continúa traduciendo para Tergar, así como para la página en español de Lion’s Roar. Actualmente vive en San Miguel de Allende, donde enseña Yoga, practica danza y prepara un tercer libro de poesía.

El problema con los problemas

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