Adentrándonos en lo Desconocido- Tahíta

La verdad es independiente de toda causa y efecto. Lo que depende de causa y efecto, es relativo.

Ser ilusorio es lo mismo que ser relativo.

Nuestra aparente voluntad o libertad son relativas, pero la Verdad no lo es. La verdad no es relativa.

Los sentidos también son relativos. Todo lo que depende de algo más es relativo, porque se proyecta o produce desde la mente relativa, desde una manera limitada de percibir. No es de extrañar, por lo tanto, que toda la realidad que brota de ellos sea aparente, ilusoria. Pero podemos adentrarnos en el ámbito de la Verdad, que es el ámbito de lo desconocido.

Uno de los condicionamientos más nos limita es pensar que no somos capaces de descubrir la verdad, que nuestra mente es limitada, que nos faltan muchos datos. Todas esas creencias carecen de valor. Podemos contemplar la verdad sin haber estudiado y podemos llenarnos de conocimientos durante toda la vida y no llegar nunca a contemplar la Verdad.

Solo los puros de corazón “verán a dios” dicen los cristianos. Y así es. Ver a Dios no es encontrarse frente a frente con un personaje súper poderoso. Ver a Dios es vivir sin limitaciones, en plenitud. Es un nivel de consciencia de completitud, donde nada falta.

Para llegar a ese nivel de consciencia, pasaremos antes por una purificación, no solo física, sino mental. Ella proviene de planos superiores, desde donde, cuando respondemos a la llamada interna con aspiración a la Verdad, va abriéndose la brecha por la cual llega el alimento del Espíritu, y esto, no proviene de conocimientos o estudio…solo de disposición y apertura.

Vivir recibiendo el alimento del espíritu equivale abrirnos a la vida verdadera.

Si no lo recibimos, es porque aun nos mantenemos en las zonas menos elevadas de lo conocido.

Hemos de estar en las alturas, allí de dónde proviene la vida pura directa. La vida que de Dios mana para todos los seres humanos y que nos va haciendo aprender todo lo que necesitemos al momento. Haremos lo que tengamos que hacer, descubriremos lo que tengamos que descubrir en cada momento y no lo que creemos necesitar saber.

 Digan lo que digan los medios de comunicación, me enteraré de lo que tenga que esperarme. No importa De qué forma. La Inteligencia Divina sabe cómo hacerlo. Y en cuanto a lo que no me incumbe no me enteraré.

En nuestra sociedad hay una tendencia generalizada a interesarse en la vida de los demás. Tenemos que tratar de darnos cuenta que eso no nos incumbe. El eje de mi existencia he de encontrarlo desde dentro, con inspiración.

Enterarme de lo que les pasa a los otros frena mi libertad, la libertad de lo que en verdad soy.

Es una evasión para no estar atento a mi propia vida, ya que mientras estoy mirando lo que otros hacen o no hacen, no atiendo a lo que yo tengo que estar haciendo.

Mientras estoy juzgando a los demás no me doy cuenta de lo que está sucediendo en mi propia mente.

Solamente con nuestra luz interna podemos disolver el cúmulo de las programaciones del pasado, eso que está adherido a nuestro y “yo”, lo que he asumido y pienso erróneamente que “soy yo” y que es una falsa identidad con la que vivo.

Para despertar tendría que vaciarme de todo eso. El problema es que el “yo” que no puede salir del condicionamiento es de ese mismo material ilusorio, así que hemos de pasar por una purificación y limpiarnos totalmente del pasado. Desnudos, la entrega ha de ser total, estar completamente entregados a esa agua que proviene de las alturas y que va limpiándonos de lo falso.

 Aquí utilizamos la metáfora que se ha utilizado siempre en las tradiciones religiosas. El manantial, el origen de donde brota la vida pura y luego se va ensuciando conforme pasa por los distintos lugares. El agua siempre es pura, pero al caer y atravesar distintos lugares pierde la alegría, la paz y la Libertad que porta.

Esa suciedad se produce por errores humanos (falsas percepciones), experiencias que nos separan de la pureza que somos. Y el error supone falta de visión, de modo que no busquemos jamás el agua pura en esos charcos contaminados. No busquemos en ellos (lo ya conocido) la solución a nuestra vida.

Abramos nuestra mente y corazón a los ámbitos desconocidos para el pensamiento. Contemplemos. Salgamos de ese reducto estancado y vivamos la vida divina.

Lo que se denomina vida espiritual no consiste en hacer determinadas prácticas ni en seguir algunas teorías. De hecho, depender de otros, imitar lo que hacen los demás, es síntoma de falta de vida interior profunda.

La Verdad, no la puedo repetir. Ha de ser nueva en cada instante.

Nunca la sé. No se la puedo dar a otro, ni la puedo difundir.

 La Verdad nace a cada instante. Es un estado interno de consciencia presente.

Aunque no nos parezca, resulta grave creer que lo conocido, los condicionamientos del pasado, son realidad. Y es grave porque cegados por tal creencia se nos está escapando la Realidad todo el tiempo.

 Sin embargo, tenemos en nuestro interior la capacidad de abrirnos a ella. Por tanto, hay que invertir el camino: creíamos que se trataba de avanzar hacia afuera y resulta que consiste en recogernos hacia el interior. Hablando metafóricamente, porque dentro y fuera son solo categorías de nuestra mente que usamos para separar la percepción externa a nuestro cuerpo.

 La verdad no se encuentra de la mente hacia abajo sino de la mente hacia arriba.

Para descubrir la verdad y la realidad, y ambas son lo mismo, no tenemos que aventurarnos de la mente hacía abajo, por muy potente que sea nuestro instrumento mental para manipular cosas, para calcular o acumular experiencias y luego repetirlas. Por muy hábil que sea, la mente pensante resulta inútil para descubrir la Verdad, para llegar a Dios. El sendero se expande de la mente hacia arriba.

 Por eso mismo, el camino del corazón por sí solo no llega a Dios, aunque resulta relativamente mejor si se trata de colaborar para que el sueño compartido sea más armonioso.

Porque en este sueño también tenemos que cuidar el cuerpo, limpiarla casa, movernos de un sitio a otro para trabajar, etcétera. Hagamos lo que hagamos en el exterior, sepamos siempre que lo esencial es cuidar nuestra vida interior. Es decir, simultáneamente a la vida física de este cuerpo en este planeta, cultivemos la vida del espíritu.

Hemos de abrir la puerta a lo desconocido y tener el arrojo de vivir desde allí.

Vivir desde lo desconocido es lo más bello que pueda concebir un ser humano.

Cuando vivo desde lo desconocido, cuando he encontrado la llave para abrir esa puerta y ya no me asusto (lo que puede llevar tiempo) sino que vivo desde ahí más y más, se despliega un camino infinito.

De momento, nosotros tenemos que recorrer la vía de la purificación de programas del pasado, dejando de lado el error (percepción) de querer ser alguien especial, de pretender perfeccionarnos, Así, la mente personal se angustia y no tiene la suficiente serenidad y paz para abrirse a horizontes más amplios.

Necesitamos una gran sed espiritual, una demanda interior de Luz, para traspasar los obstáculos del camino y despertar en una nueva morada, con el corazón y la mente vacíos, no atiborrados de pasado personal.

El rayo el Luz del discernimiento capta dónde está la verdad y donde no.

El discernimiento es una apertura a la inspiración, una apertura a la Luz.

Cuando me abro a la Verdad, me abro a lo Desconocido, a lo que no me llega de libros, títulos, experiencias ajenas, conocimientos…sino de Dios, del Campo de Consciencia infinito que es Luz, es Presencia, es Espíritu inalcanzable para la mente que trabaja en lo conocido y temporal.

http://elblogdetahita.blogspot.com/2021/06/adentrandonos-en-lo-desconocido-tahita.html

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