Proyecto Horizon

A finales de la década de 1950, en plena Guerra Fría, Estados Unidos planeó construir una base permanente en la Luna para vigilar los movimientos de la Unión Soviética y hacer frente a posibles actos hostiles. Esta es la historia de aquel ambicioso proyecto, que no llegó a materializarse.
por Víctor Arenas
Revista MAS ALLA DE LA CIENCIA Nº 259
Mucho antes de que la NASA iniciara su programa lunar, el Apolo, el Ejército estadounidense había puesto en pie, a finales de los años cincuenta, planes altamente detallados de una base militar habitada en el satélite, un destacamento que debería vigilar a la URSS desde allí y permitir atacarla si fuera necesario.
La iniciativa no deja de ser sorprendente si echamos la vista atrás y vemos lo difícil que ha sido ya no instalar una base lunar, algo que no se ha logrado hasta ahora, sino incluso enviar hombres a la Luna. El nuevo proyecto que debía llevarnos de vuelta 40 años después del Apolo y, esta vez sí, permitir establecer en ella nuestra primera colonia selenita, Constellation, acaba de ser cancelado por la Administración Obama por su coste excesivo y su extraordinaria complejidad técnica. ¿Cómo es posible pues que un país se atreviera ni siquiera a soñar con tamaña empresa en una época tan temprana de la era espacial?
Decididamente, eran otros tiempos. El mundo se hallaba en el punto álgido de la Guerra Fría y cualquier cosa parecía posible si convenía a los intereses de una superpotencia militar.
ALARMA: Moscú EN ÓRBITA
Cuando en octubre y noviembre de 1957 la Unión Soviética lanzó sus dos primeros satélites artificiales, el segundo de ellos con un ser vivo a bordo, sonaron todas las alarmas en la Casa Blanca. Dwight D. Eisenhower tuvo que aparecer en televisión para tranquilizar a la población. Además, el entonces presidente de EE.UU. manifestó que, si bien el satélite ruso no implicaba una amenaza para sus conciudadanos, sí tendría importantes consecuencias. De inmediato, creó el President Scientific Committee, un organismo que coordinaría de forma razonable el incipiente programa espacial estadounidense, y ordenó acelerar su vertiente militar. Naturalmente, Washington no había permanecido ocioso del todo. Desde hacía meses había trabajado en programas secretos de
satélites espía, mientras que, por otro lado, popularizaban la iniciativa civil Vanguard. El Sputnik fue un contratiempo en cuanto a que les arrebató la gloría de la primicia de orbitar la Tierra por vez primera, pero los intereses de la Administración Eisenhower estaban más cerca del uso militar del espacio que de su utilización científica. La advertencia que supuso el vuelo de los primeros Sputniks y la sensación de inseguridad que creó entre la ciudadanía estadounidense tuvieron una consecuencia positiva: se multiplicaron los presupuestos de la carrera espacial y se aceleró el desarrollo de los satélites de reconocimiento que ya estaban en marcha. Ahora bien, el hecho de que el Spnttiik-2 llevase a la perrita Laika a bordo parecía indicar que los soviéticos no tardarían mucho en lanzar hombres al espacio. Así pues, en EE.UU., el proyecto Mercuiy tendría que encargarse de combatir el por entonces ignorado programa Vostok y, al mismo tiempo, sería necesario evaluar las implicaciones de la presencia de cosmonautas soviéticos sobrevolando Estados Unidos, previendo futuros planes comunistas que pusieran en peligro la seguridad nacional.
CORTO ALCANCE
Una de las carencias del programa espacial de EE.UU. en esta época era la escasa potencia de sus cohetes. Paradójicamente, la superioridad soviética provenía del gran tamaño de sus bombas atómicas y de la lejanía de su enemigo, que les había obligado a desarrollar misiles intercontinentales de gran alcance. Mientras, Estados Unidos tenía aliados cerca de la URSS en los cuales podía situar misiles de menor alcance y disponía de bombas poco pesadas. Los primeros cohetes espaciales, derivados de los vehículos militares, fueron deudores de esta situación, que dio una enorme ventaja durante años a los soviéticos.
Para solucionar este problema, la Army Ballistic Missile Agency inició en diciembre de 1957 un programa a corto plazo que contemplaba la fabricación de un cohete mucho mayor que los existentes en ese momento. Se llamaría Juno-V (más tarde recibiría el nombre de Saturno) y permitiría lanzar tanto grandes satélites como vehículos tripulados > aunas (ojivas).
El desarrollo de tal cohete fue encargado al grupo del Ejército que ya había construido misiles tan representativos como el Redstone o el Jupiter. Estaba formado por científicos alemanes encabezados por el famoso Wernher von Braun, quienes acabaron en muchos casos nacionalizándose estadounidenses. Dicho y hecho. Juno-V se convertiría antes de 1963 en un vehículo capaz de superar la capacidad de carga de los propulsores soviéticos. Una vez otorgada la máxima prioridad a su desarrollo, en septiembre de 1958 se decidió que Juno-V no solo fuera un cohete experimental, sino que desde el primer momento pudiese utilizarse para una gran diversidad de misiones avanzadas. Entre esas posibles misiones destacaba la de establecer una base militaren la Luna.
En un momento en el que los hombres aún no habían volado al espacio, se trataba sin duda de una propuesta altamente atrevida. Pero el Ejército de EE.UU. tenía un gran interés en este asunto. No en vano disponer de un sistema de vigilancia y ataque en la superficie lunar proporcionaría una gran ventaja a Washington sobre su eterno rival.
PROTAGONISTAS
El teniente general Arthur G. Trudeau está considerado uno de los cerebros de la iniciativa. Tras dejar el mando de las tropas estadounidenses en Corea del Sur, pasó a dirigir la sección de investigaciones del Ejército, cuyo objetivo era desarrollar armas y misiles más avanzados. Entre sus ideas estaba precisamente situar un destacamento militar en la Luna, y así se lo comunicó mediante misiva clasificada al general John Bruce Medarís, jefe del departamento de misiles balísticos. Ante la buena acogida de la propuesta, Trudeau, también de forma secreta, redactó la carta en la que, con fecha de 20 de marzo de 1959, exponía oficialmente su idea y solicitaba la redacción de un informe sobre su viabilidad.
El proyecto, inicialmente llamado Mountain Top y muy pronto rebautizado como Hori-zon, debía explorar la posibilidad de establecer una base en la Luna. Trudeau, que no sabía de dónde saldrían los fondos para financiar la investigación preliminar, pedía instrucciones al respecto y delineaba las líneas maestras de su proyecto. Asimismo, valoraba positivamente la aceptación de su plan por los mandos implicados y señalaba que el informe debía ser lo más completo posible, dentro de las limitaciones de tiempo y dinero. En esos momentos la Administración no podía permitirse estudios militares que costaran mucho dinero. Por tanto, la financiación debería proceder del propio Ejército, evitando todo contacto con otras agencias gubernamentales hasta que los resultados del informe se hubieran presentado al departamento de Defensa. La carta señalaba también que no se haría ningún anuncio público sobre el proyecto, debido a que estaba relacionado con cuestiones de defensa nacional. Por último, pedía que los resultados estuvieran listos antes del 15 de mayo de 1959.
Los encargados del estudio serían los miembros del grupo de Von Braun. El ingeniero, que siempre había soñado con los viajes espaciales, se encontraba ahora trabajando en el campo de los misiles para el Ejército, pero también era el responsable de la propulsión de una de las iniciativas de lanzamiento de satélites (programa Explorer). Concebir una base lunar y determinar cómo construirla y abastecerla era una empresa muy atractiva para el alemán, que dedicó todos los recursos posibles a estas tareas. Naturalmente, el cohete Saturno tendría un papel protagonista. Su desarrollo estaba pues aún más justificado que antes. H. H. Koelle, uno de los principales colaboradores de Von Braun, dirigiría el grupo de ingenieros que efectuaría los trabajos preliminares de ingeniería y cálculo. La meta del proyecto Horízon era crear una base lunar habitable, pero su éxito abriría las puertas hacia nuevas aplicaciones, y no precisamente militares, como, por ejemplo, utilizar la Luna como estación de comunicaciones, observatorio astronómico y colonia de exploración.
PRESENTACIÓN DEL INFORME
Los ingenieros se lo tomaron muy en serio. Si el plan se aprobaba, la década siguiente sería fascinante para ellos. Sus resultados se entregaron el 9 de junio de 1959 con el objetivo de trazar una visión general del asunto, así como fijar sus costes y el tiempo requerido.
Los impulsores de la idea justificaron en el texto la conveniencia de contar con una base militar en nuestro satélite: había que proteger los intereses de EE.UU. en la Luna, desarrollar su potencial como plataforma de vigilancia a salvo de un posible ataque nuclear, explorar e investigar científicamente el propio satélite y usarlo como nodo de comunicaciones seguro y como enclave central para futuras operaciones militares. Además, demostraría el lide-razgo científico del país.
Según las estimaciones recogidas en el documento, a finales de 1964 se habrían colocado en la órbita terrestre los elementos principales de la base lunar y su medio de transporte hacia la superficie lunar. Para ello, se necesitaría un total de 40 cohetes Saturno. A partir de enero de 1965 podrían empezar a enviarse a la Luna todos estos componentes. Apenas tres meses después, en abril, los primeros astronautas volarían a nuestro satélite para ensamblarlos. Se cal•» culaba un gasto medio de 667 millones de dólares anuales entre 1960 y 1968. Dentro de ese presupuesto se incluían 149 cohetes Saturno, que llevarían hasta la Luna un total de 200 toneladas de material hasta finales de 1966. En noviembre de ese año, hasta doce personas podrían vivir ya en la base. Cien toneladas más volarían al año siguiente, a bordo de 64 cohetes, durante la fase operativa y de mantenimiento del complejo. Como queda claró, la propuesta era muy ambiciosa en cuanto a la logística. Para poder mantener la base sería necesario hacer cinco o seis vuelos por mes. El coste total, repartido en casi nueve años, sería de 6.000 millones de dólares. Habría que construir vehículos de alunizaje y retorno a la Tierra, de los cuales el equipo de Von Braun efectuaría un diseño preliminar, así como elementos para acomodar a la tripulación en la superficie del satélite.
A partir del lanzamiento tripulado inicial, previsto para abril de 1965, los militares utilizarían la base como territorio conquistado y como plataforma para la defensa contra los soviéticos. En el informe se estudiaban innumerables problemas relacionados con la iniciativa, como el uso de un traje espacial rígido, la construcción de módulos cilindricos enterrados como protección en el suelo lunar, las comunicaciones, la instalación de una estación espacial para repostar, etc. La primera edición del informe del proyecto Hori-on estaba formada por cuatro volúmenes. Una segunda edición posterior, ante la pujanza de la NASA, abriría las puertas a esta para una participación civil, lo que implicaría rebajar el grado de secretismo de la iniciativa.
Tras la presentación del informe, este fue enviado al secretario del Ejército y al comandante en jefe para que lo estudiaran con detenimiento y lo evaluaran.
LIMITACIONES TÉCNICAS
En una época tan precoz de la astronáutica estadounidense, muchas eran las limitaciones técnicas. Por ejemplo, la base lunar debería ser instalada en algún lugar de la franja ecuatorial de la Luna, entre los 20 grados de latitud Norte y los 20 grados de latitud Sur, y entre los 20 grados de longitud Oeste y los 20 grados de longitud Este. Elegir otra posición habría implicado un consumo superior de energía de propulsión y una reducción de la cantidad de carga que podrían llevar los cohetes, lo que obligaría a usar más y, en consecuencia, multiplicaría los costes. Dentro de la zona delimitada, se señalaron tres puntos para la colocación del destacamento militar: cerca del cráter Era-tóstenes, cerca de Sinus Medii y cerca de los montes Apeninos.
Una vez ensamblada la base y ocupada por los doce soldados, estos se dedicarían a efectuar tareas de vigilancia de las actividades de la Unión Soviética. En caso de que los rusos visitaran también la Luna e intentaran penetrar en el lugar, los soldados estarían equipados con armas especiales. No es posible disparar dentro de una base lunar debido al riesgo de descompresión, de modo que se sembrarían en los alrededores minas que, al estallar, perforarían los trajes de los cosmonautas enemigos. También se barajó la posibilidad de proporcionarles pequeños misiles con carga nuclear de baja potencia. Los habitáculos en los que vivirían tendrían forma cilindrica, de unos 3 m de diámetro y 6 m de largo y, como se ha dicho, estarían enterrados en polvo lunar para protegerlos mejor. Los módulos adicionales, constituidos por depósitos de combustible y vehículos de carga vacíos, se aprovecharían como almacenes. La energía eléctrica necesaria procedería de un par de reactores nucleares situados bajo tierra.
Los astronautas podrían salir al exterior protegidos por trajes especiales y utilizar vehículos para desplazarse. Durante la fase de construcción estos últimos se utilizarían también para efectuar excavaciones, mover objetos, etc. Hasta el término de la fase de montaje de las instalaciones, los constructores vivirían en una especie de cuartel general (que estaría operativo a los 15 días de llegar), que después sería reconvertido en laboratorio. En esencia, el resultado sería una base prácticamente
autosuficiente, al menos durante un largo período de tiempo.
Los autores del estudio recomendaban construir en la Tierra un simulador de la base lunar que reprodujera algunas de las características del ambiente selenita para entrenar a los astronautas. También recomendaban crear una zona de lanzamiento nueva para el programa Horizon, pues ni las instalaciones de Florida ni las de California parecían adecuadas. Se proponía construir otras en un punto cercano al ecuador terrestre para aumentar al máximo la fuerza de despegue. Dicho centro estaría dotado de hasta ocho rampas de lanzamiento, debido a que estaba previsto que se utilizase con mucha frecuencia. Dado que Estados Unidos no tenía territorios apropiados en zonas ecuatoriales, se sugirió la posibilidad de llegar a un acuerdo con Brasil o incluso establecer la base en la Isla de Pascua (Chile). Por otro lado, se recomendaba construir una estación espacial en la órbita terrestre para que sirviera como puerto de salida hacia la Luna. Se calculaba que hacia finales de 1967 un total de 252 personas habrían volado a la órbita terrestre (hay que señalar que en la actualidad no lo han hecho muchas más de 500), 42 de las cuales habrían continuado hacia la Luna y 26 habrían regresado ya de su misión. La estación orbital tendría una capacidad de unos 10 astronautas (la actual ISS alberga 6 personas de forma continuada).
FIN DEL TRAYECTO
Una de las motivaciones para construir la base lunar era el prestigio que supondría para Estados Unidos ser el primero en conseguirlo. Si la URSS llegaba antes (se rumoreaba que lo había proyectado para celebrar en 1967 el 50″ aniversario de la Revolución de Octubre), podría negar el acceso de los estadounidenses a esta nueva colonia. Tan importante sería este logro que el informe proponía poner en manos de un organismo especial, parecido al del proyecto Manhattan. el desarrollo de la base. Su gestión, posteriormente, implicaría a diversas entidades, como el Consejo de Seguridad Nacional, la CÍA, el FBI e incluso el Departamento de Estado, que tendría que atender las demandas de otros países.
Entusiasmados por las perspectivas del programa, los máximos responsables del Ejército estadounidense empezaron a trabajar en varios ámbitos, siempre bajo secreto. Sin embargo, el programa Horizon empezó a plantear problemas. Herbert F. York. director de investigaciones e ingeniería del Pentágono, no tenía el más mínimo interés en que su país estableciera una base lunar. Apenas escuchó los argumentos del general Medaris o del secretario William Brucker. recomendó al secretario de Defensa McEl-roy que rechazara el proyecto. Más aún, en octubre de 1958 se había creado la NASA y el presidente Eisenhower había decidido que una buena parte de los planes espaciales en marcha fueran transferidos a la agencia, incluido el programa tripulado Mercury. Debido a su coste, el secretario de Defensa, Neil H. McElroy, vio entonces con buenos ojos que el cohete Saturno fuera asimismo transferido a la NASA. Y no solo eso: York propuso que se traspasase con él al equipo de Von Braun (que se encargaría de poner en marcha el centro de vuelos espaciales Marshall). El Proyecto Horizon quedaba así descapitalizado y sin la materia gris que lo había creado.
El proyecto no pasó de su primer informe, mientras que la NASA, que había empezado a hablar del envío de hombres a la Luna después del programa Mercury, recibió de pronto un inmenso caudal técnico y humano que podía hacerlo posible. Por supuesto, la NASA no recibió de manera inmediata la aprobación para desarrollar tal empresa. Si hubiera sido cara para el Ejército, también lo sería para la agencia. Pero cuando en 1961 Yuri Gaga-rin alcanzó el espacio y se convirtió en el primer hombre que orbitaba la Tierra, despertando la histeria en Estados Unidos, John F. Kennedy dio un giro a la política espacial de Washington. Encargó a la NASA el viaje a la Luna y esta, inmediatamente, ordenó a Von Braun el desarrollo de los medios adecuados para hacerlo posible. Algunos ya estaban descritos en el informe Horizon…





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