CUANDO LA TIERRA SE MUEVE…, TIEMBLA LA HISTORIA

Cuando la Tierra tiembla, y surgen ciudades perdidas, las murallas del conocimiento y las páginas de nuestros libros de historia se agrietan, perdiendo el sentido las palabras allí escritas.

Los últimos descubrimientos arqueológicos sorprenden al mundo hablando de civilizaciones sumergidas en la India, de una posible datación histórica de más de diez mil años, tal y como avanzaban dos libros sagrados y épicos de esas latitudes, el Mahabarata y el Ramayana, que hablaban de tiempos y ciudades anteriores a las recordadas por las humanidades actuales.

Pero también surgen del mar otras sorpresas como las recién encontradas “murallas” cercanas a la isla de Cuba, de una datación de más de 5000 años, cuyo misterio radica no en su antigüedad únicamente, sino en su desconocido origen histórico. Aunque las últimas noticias apuntan a que Manuel Iturralde Vinent, geólogo de la Academia de Ciencias de Cuba y  Paulina Zelitski, ingeniera oceanógrafa al frente del proyecto Exploramar (encargado de estudiar las ruinas, denominadas “Mega” por la propia Zelitski), piensan que no está tan claro el hecho de que sean estructuras artificiales.

Teorías sobre las “murallas”

Hasta el día de hoy son tres hipótesis las que existen sobre el origen de Mega. La primera apunta a que las estructuras en forma de corredores y cámaras geométricas y los megalitos aún carecen de una explicación natural. “De ahí parte la suposición de que hayan sido hechas por seres inteligentes. Pero hay que averiguar quiénes, cómo, cuándo y por qué las crearon”, apuntan desde Exploramar. Hipótesis apoyada también en las leyendas de los nativos yucatecos y mayas que hablan sobre una isla que desapareció tras un gran cataclismo, lugar desde donde partieron sus antepasados. Sin embargo, falta comprobar en lo encontrado la presencia humana para tomarla tan siquiera como posibilidad.

Una segunda teoría cree que son extraordinarias estructuras naturales, pero los datos disponibles hoy por hoy no justifican tampoco esta hipótesis. Los bloques y estructuras están ubicados en una pendiente submarina con poca inclinación. Sin embargo, la acción de la naturaleza es imprevisible y puede crear formaciones de todo tipo.

La tercera hipótesis es una unión de las dos anteriores: son estructuras megalíticas naturales que fueron ocasionalmente utilizadas por seres inteligentes. Mega podría haber sido adaptada por seres inteligentes con alguna finalidad religiosa o simplemente para vivir en ellas.

Unas hipótesis en la actualidad investigadas y que “llevaron durante marzo a crear una serie de mapas del fondo marino al noroeste de Guanahacabibes: el de pendientes, el tectónico y el morfoestructural”, explicó la directora del proyecto. Una expedición en la que un robot tomó muestras de la arena del fondo de la zona. “Yo me quedé loco porque aparece una piedra formada por arenisca de color oscuro, densa, y tenía pegados tres moluscos de los llamados escaramujos, quienes crecen en el nivel del mar y se  pegan a los barcos. Lo vimos con el video del robot, pues en el ascenso se desprendieron dos. Pensamos: ¿qué hace eso allá abajo si este animal vive a no más de dos metros de profundidad?”, comentó Iturralde.

La evolución humana

Vivimos en épocas de cataclismos, visibles e invisibles. Cambian a pasos agigantados los conceptos de nuestra Sociedad Humana y de forma colateral, el propio hombre se hace diferente, porque su historia lo es. Los misterios más lejanos que viven en el recuerdo de los mitos reaparecen cada vez que la tierra se remueve. Tienen forma de lugares desconocidos, de ciudades legendarias, de sitios increíbles y sobre todo son la sombra de civilizaciones antiguas que pudieron ser… ¿quién sabe qué? El tiempo se llevó sus secretos, pero la propia naturaleza se empeña en que también sea el tiempo el que nos las devuelva, quizás para que no olvidemos nuestros orígenes o tal vez para que no nos sintamos dioses de la evolución y aprendamos de los errores que nos llegaron en el pasado, a veces tan lejano que se nos hace imposible datarlo con nuestros relojes mortales.

Cuando el 19 de abril 1906, a las cinco de mañana, se produjo un terrible terremoto en San Francisco, una rica ciudad norteamericana, nadie creyó en la capacidad de recuperación del hombre ni en su labor reconstructiva. Sin embargo, pocas décadas después, una nueva San Francisco resurgió de sus cenizas, cuál ave fénix de hormigón armado y hierro. Esa era una prueba de que la sociedad es capaz de renacer cuál lombriz herida, mientras sobrevivan algunos de esos anillos de su cabeza, a los que llamamos hombres.

Este pensamiento fue tal vez el que hizo que personas como Platón entendieran que si existían los mitos de tierras desaparecidas, como el caso de la Atlántida, es que una gran verdad podía esconderse tras ella. En primer lugar porque confiaba en la capacidad del ser «inteligente» y en segundo lugar porque entendía que si lo eran es porque con anterioridad alguien les capacito para serlos. Pero además el hombre tuvo maestros mediadores, que les fueron dando en dosis los pequeños despertares a esos conocimientos que podían desarrollar hasta cotas insospechadas, como son: la inteligencia, la memoria y por qué no,  facultades psíquicas. Los conocimientos tecnológicos por ejemplo de algunas culturas mediáticas, como la egipcia, planteaban la existencia necesaria de anteriores culturas maestras de las que heredaron los proyectos y de las que aprendieron cómo realizarlos. Era el caso de las pirámides, pero también de la medicina, de las técnicas de agricultura y riego. Un pueblo recién salido de la selva necesariamente había tenido que vivir «algo excepcional» para poder adquirir, en breve espacio de tiempo, adelantos tan espectaculares en su sociedad.

Incógnitas de la Historia

Primer punto. Entre esos aborígenes habían surgido de forma azarosa, en breve espacio de tiempo, mentes con un coeficiente y funcionalidad superior a lo normal, de los que surgieron ideas geniales que transmitieron a sus congéneres, con lo cuál hablaríamos de una mutación genética espontánea entre aquella gente. Pero si existieron esos “Einsteins” en la antigüedad, ¿por qué desaparecieron, cómo es que esa mutación no continuó, al menos en su árbol genealógico?

Segundo punto. Realmente esos dioses que sus religiones ancestrales (mesopotámica, hindú, egipcia, etc…) describían en sus historias de los orígenes humanos, existieron. Casi todos provenientes de lugares lejanos al planeta Tierra, lo que implicaba una posibilidad de civilización adelantada de base estelar. Pero si existieron,  ¿por qué abandonaron a su creación?, ¿su altruismo creador se inspiraba en la concesión de un libre albedrío y evolución? Si querían que realmente existiera esa libertad, ¿por qué dejaron sus rastros entre las historias de estos pueblo, por qué dejaron escritos estos «seres buenos» que ellos eran superiores…que eran los maestros creadores? ¿No sería eso un poco contradictorio, pues en el fondo creaban una dependencia a ellos y una serie de complejos a los humanos?…
Tercer punto. Hablaríamos de la existencia de una creación anterior a la conocida, en la que se romperían los moldes de todo lo que implica historia y fechas. Es decir, un ciclo circular de origen, crecimiento, evolución, madurez, regresión al desconocimiento y muerte social…y luego un renacimiento. Y ¿todo ello ayudado por la propia naturaleza física que nos envuelve en nuestro universo, también en continua expansión vital y renacimiento tras los cataclismos? Pero, entonces ¿el big-bang?, ese punto original donde se formaron todas las cosas elementales de nuestra realidad…que la ciencia ha reconocido, datado y dado por veraz,  ¿puede ser que ese momento inicial existiera, pero como renacimiento de otra creación anterior o de otras?

Si es así en ellas pudieron existir civilizaciones anteriores, tan evolucionadas como la actual o incluso más. Depende del tiempo que hubieran tenido para desarrollarse, aunque confunde un punto muy importante en esta posibilidad. Si existieron, no pudieron ser en otras creaciones evolutivas, porque si todo desapareció antes de ser nuevamente creado ¿cómo sobrevivieron estos seres?, ¿en qué lugar de la realidad se escondieron para huir de la propia naturaleza de los planetas en destrucción y formación?

No cabe más que pensar que de existir hubieran encontrado un rincón temporal donde residir mientras se sucedían los acontecimientos catastróficos. Una idea surge. ¿Y si esos maestros enseñaron a los sucesores de las futuras creaciones las cosas antes de desaparecer ellos mismos, o de alguna manera manipularon algo para que millones de años después las primeras civilizaciones que habitaron nuestra Gaia, a pesar de ya no existir ellos, los intuyeran y aprovecharan sus herencias intelectuales?

Las dudas sobre anteriores civilizaciones

La naturaleza nos rodea y somos parte indiscutible de ella. El hecho de que no tengamos pelo para abrigarnos, no corramos a cuatro patas para dar con nuestras presas o huir de nuestros depredadores, el no tener cola para defendernos y otras tantas cosas biológicas que hemos dejado atrás en nuestro caminar animal no nos imposibilita el poder defendernos, alimentarnos, protegernos de las inclemencias, etc… Porque tenemos el don de utilizar ese medio donde moramos y las cosas que lo habitan para nuestro propio beneficio. Construir un refugio nos guarece de la intemperie y nos protege del enemigo, pero también nos aísla e independiza de la demás vida animal.

Nuestro entorno lo manufacturamos de forma funcional y esto no es nada nuevo. Cientos de miles de años atrás utilizábamos cuevas, hoy las construimos de acero y cristal, pero no ha cambiado su función a priori. Y sin embargo, ¿cuántos megalitos construimos? o ¿cuántas pirámides elevamos? y cuando lo hacemos además de estética, ¿qué buscamos imitar y entender a los antiguos constructores. Pero ellos, mucho más arcaicos que nosotros, ¿a quiénes o qué pretendían imitar (si eso es lo que hacían)?, y ¿qué querían aprender o entender?

Civilizaciones muy poderosas poblaron en determinados momentos nuestra Tierra. Sus adelantos contados por los historiadores y biógrafos del tiempo parecían tan importantes que no son pocas las personas que se empecinan en decir que hace diez mil años se conocían energías que ahora estamos redescubriendo: como la solar, el láser, la nuclear, etc. O tal vez cada vez que descubrimos un objeto arqueológico cometamos una grave equivocación, pues lo comparamos con cosas actuales, como es el caso de las “pilas” de Bagdad. Y claro, en realidad no sabemos si eran eso o meros botijos, que es lo que defienden los más negativos escépticos.

Y la duda, servida sobre nuestro pasado, no es tampoco tan actual como creyéramos. Hace dos mil años, los filósofos se preguntaban sobre la existencia de esos lugares míticos, como Atlántida, Mu, Edén, Shambala, etc… Todas con dos factores comunes: de ser centro de leyendas históricas y de estar datadas en más de quince mil años de antigüedad, lo cual se escapa del raciocinio, pues las civilizaciones más antiguas no alcanzan teóricamente esa antigüedad. Tal es el caso del Pueblo del Nilo, o de los reinos nipones, etc. Pero aún así de existir, ¿realmente eran tan adelantadas y tenían tantos conocimientos como explican los testimonios heredados por otras culturas posteriores?

Algunas culturas como los fenicios, tenían orígenes inciertos y contaban venir de estas villas culturales, remotas y perdidas entre los cataclismos naturales o por la propia necedad de los humanos, que una vez emigrados no encontraban el camino de regreso.

Lo que sí comprobamos cada vez que avanzamos más en ciencia, en arqueología y en la propia historia, es que muchas de estas ciudades míticas (países a veces o continentes) pudieron ser fruto de una realidad que se tragó un terremoto, el diluvio, un cataclismo (islas en el Pacífico), un maremoto (Atlántida) o las lavas de un furioso volcán (Pompeya).

El enigma de los “gorros rojos”

Si al final de los estudios realizados por los miembros de Exploramar u otros científicos determinan que las estructuras de Mega, (cerca de Cuba), son artificiales cabría realizarse una serie de interrogantes: ¿qué lugar fue aquel, cómo se llamaba y quiénes los habitaban?. A estas supuestas murallas submarinas, muchos le han intentado encontrar explicación, por lo que han terminado relacionándolas con los originales habitantes de la Isla de Pascua, escultores de los moais, que según contaban los nativos en sus narraciones se habrían salvado de un cataclismo y de ser engullidos por las aguas al huir en débiles barcazas, para luego encontrar refugio en túneles subterráneos y así atravesar el charco hasta Rapa Nui, en el Pacífico. Si estas febriles teorías un día se demostrasen, desmontarían otras que insinuaban que eran los antiguos incas los “orejas grandes” de Pascua, con quienes compartían rasgos físicos y simbología, así como culto a unos curiosos gorros rojos.

Y ya puestos a teorizar, afrontemos parecidos a riesgo de parecer literatos, ¿no se parecen de manera sospechosa esos gorros a los ovnis de luz roja o anaranjada descritos por la mayoría de testimonios ufológicos?, ¿por qué ponerse algo así sobre sus cabezas, a no ser para recordarse así mismos que sobre sus cabezas pueden existir esos objetos…venidos del cielo? Y ¿por qué no dejar ver a los demás, los humanos de este planeta o los que miren desde más alto, que ellos lo han visto y los portan como recuerdo por haber sido elegidos como videntes de tales fenómenos semiesféricos lumínicos?… El pasado es tan increíble que nos resulta una novela distorsionada por autores anónimos que son nuestros propios antepasados. Quién hubiera creído que se encontrarían las dos míticas ciudades de Alejandría bajo el río Nílo. Si india nos propone que el mundo es más antiguo socialmente de lo que se reconocía ortodoxamente y Cuba nos abría con sus “murallas” a la posibilidad de seres de conocimiento avanzado del subsuelo terráqueo, mientras Pascua y Perú nos hace mirar sus gorros rojos como vestigios simbólicos de objetos volantes… ¿qué conocimientos no se almacenarían en la mítica biblioteca de Alejandría hoy a punto de ser rescatada del fondo de las aguas del milenario dulce egipcio?

Y cuando aun no nos hemos recuperado de la sorpresa se nos informa de que han sido descubiertos dos manuscritos de exploradores norteamericanos donde no sólo se habla de la mítica Ciudad del Oro, Paititi (El Dorado), sino donde se esconde su ubicación geográfica. Unos manuscritos que estaban perdidos desde el siglo XVI en los archivos documentales de la casa Jesuita de Roma.

Los conocimientos de épocas pasadas

Cuando hablamos de civilizaciones anteriores a la raza humana conocida, como vemos, son demasiadas las interrogantes que se plantean. Aunque la ciencia tiene claro que los mitos son parte de verdades exageradas por los hombres y desfiguradas. Por ejemplo, en ámbito «doctoral académico», hablar de civilizaciones anteriores sólo implica mencionar culturas de esplendor relativo, pero en ningún caso con los adelantos de nuestra actual civilización de privilegio espacial y cibernético, por no mencionar clínico y genético.

Para ellos las pirámides, las fortalezas, las proezas científicas de los antiguos, tienen un límite. Aunque no le quitan importancia a la curiosidad de su existencia, creen que todo es producto de los esfuerzos conjuntos de los hombres de aquellos tiempos y que la mente humana ha sido siempre excepcional, tanto antaño como en la actualidad, es decir, que siempre hubo personajes que observando la naturaleza aprendieron a utilizarla para sus propios fines. Y no dejan de tener parte de razón estas ideas racionales.  Por este motivo los hombres aprendieron con la vida sedentaria a cultivar los campos y domesticar a los animales.

También fue la razón que asentó las bases de las sociedades y posibilitó la existencia de grupos de humanos que vivían juntos, especializándose en roles que terminaron por estructurar y hacer funcional esas familias humanas. Eso promovió el tiempo libre y con él, efectivamente, llegó el tiempo de la contemplación y grupos de hombres pudieron ocuparse de reflexionar sobre la naturaleza y sobre sí mismos. Pero, antes de que esto sucediera, de que existirá la política y las legislaciones, la arquitectura y la ciencia, entre otras cosas, los hombres cazadores ya hacían cosas sorprendentes, que vistas desde nuestro tiempo no tienen sentido aparente. Monolitos, rueda, trepanaciones, calendarios, etc.., no dejan de ser tecnología, que quizá aquellos primeros homínidos y luego sus descendientes no supieron sacar el suficiente partido, a lo mejor porque sólo utilizaron las cosas que entendieron les eran útiles para su vida cotidiana.
Pero quién sabe si ellos no despreciaron otros conocimientos «que sí existían ya».  Por ejemplo, nuestra ciencia actual no mira un huevo y dice, ¿qué hago con el huevo?, sino que buscando la posibilidad de hallar alimento nutritivo terminará dando con el huevo. Tal vez sea un ejemplo poco demostrativo, así que usemos pues otro.

Un científico actual especialista en genética entiende que las posibilidades de todo lo que podría hacer con el conocimiento del genoma humano le hace buscarlo. Y aunque a este punto nos ganamos el desprecio del grupo escéptico de esa ciencia son hechos que están ahí…en el complejo del hombre, es decir en su propio comportamiento ante el orden de las cosas. Y precisamente el orden no es que los humanos tenemos de la realidad, pues todo lo concebimos y entendemos después de observarlo y compararlo con otras cosas que nos resultan familiares, es decir, los grandes conocimientos naturales nos son comprensibles en cuanto aprendemos a humanizarlos como un concepto comparado, y después es cuando aprendemos a sacarle provecho y ahondamos incluso, ya no en sus posibilidades, sino en su propio origen…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.