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“¿Final feliz?” Marlo Morgan (extracto de Las Voces del Desierto).

Me alejé caminando con el convencimiento de que mi vida no volvería a ser jamás tan sencilla y plena de significado como lo había sido aquellos meses y de que una parte de mí siempre desearía regresar.

Me llevó la mayor parte del día recorrer la distancia que me separaba de la ciudad. No tenía la menor idea de cómo me las arreglaría para volver desde aquel lugar, fuera el que fuese, a la casa que tenía alquilada. Vi la autopista, pero no creí que fuera buena idea caminar por ella, así que seguí por entre la maleza.

En cierto momento me volví para mirar atrás y justo entonces una ráfaga de viento surgió de la nada para eliminar mis huellas en la arena como una enorme goma que pareció borrar mi existencia en el Outback. Mi vigilante periódico, el halcón pardo, sobrevoló mi cabeza justo cuando llegaba a los límites de la ciudad.

Vi a lo lejos a un hombre mayor. Vestía tejanos, camisa deportiva metida bajo el grueso cinturón y un viejo sombrero verde desgastado, típico de Australia. Cuando me acerqué, sus ojos (en lugar de sonreír) se abrieron con incredulidad. El día anterior yo tenía todo lo que necesitaba: comida, ropa, abrigo, cuidados, compañeros, música, entretenimiento, apoyo, una familia y mucha risa; todo gratis. Pero ese mundo había desaparecido.

En ese momento, a menos que mendigara dinero, no podría funcionar. Todo lo necesario para la subsistencia había de ser comprado. No me quedaba otra alternativa; me veía reducida a una mendiga sucia y desharrapada. Era una vagabunda de las que caminan con su hatillo por las calles y ni siquiera tenía hatillo. Sólo yo conocía a la persona que se ocultaba bajo un exterior de pobreza y suciedad. Mi relación con los desheredados del mundo cambió para siempre en aquel instante.

Me acerqué al australiano y pregunté: «¿Podría prestarme una moneda? Acabo de salir del desierto y he de llamar por teléfono. No tengo dinero. Si quiere darme su nombre y dirección se lo devolveré».

El siguió mirándome, tan fijamente que las arrugas de su frente cambiaron de dirección.

Luego se metió la mano derecha en el bolsillo y sacó una moneda, mientras se tapaba la nariz con la mano izquierda. Yo sabía que volvía a oler mal. Hacía dos semanas que me había bañado sin jabón en el estanque de los cocodrilos. El hombre meneó la cabeza, poco interesado en que le devolviera el dinero y se alejó a paso vivo.

Recorrí unas cuantas calles y vi a un grupo de niños esperando el autobús escolar de la tarde que los llevaría de vuelta a casa. Todos tenían el típico aspecto atildado de la juventud australiana uniformada. Sus ropas eran idénticas; sólo los zapatos denotaban un cierto indicio de expresión individual. Los niños clavaron los ojos en mis pies desnudos, que más parecían una mutación en forma de pezuñas que los apéndices de una hembra humana.

Sabía que tenía un aspecto horrible y esperaba tan sólo que mi aspecto no les asustara por lo escaso de mis ropas y por mis cabellos sin peinar durante más de ciento veinte días. La piel del rostro, los hombros y los brazos se me había pelado tan a menudo que estaba llena de pecas y manchas. ¡Además, me acababan de confirmar con toda franqueza que apestaba!

«Perdonadme -les dije-. Acabo de salir del desierto. ¿Podéis decirme dónde puedo encontrar un teléfono y la oficina de telégrafos?»

Su reacción fue tranquilizadora. No estaban asustados; se limitaron a sonreír y soltar risitas. Mi acento americano aportó una nueva prueba a la creencia básica de los aussies: todos los norteamericanos son unos excéntricos. Me dijeron que había una cabina telefónica a dos manzanas.

Llamé a mi consultorio y les pedí que me mandaran un giro postal. Ellos me dieron la dirección de la compañía de telégrafos. Fui caminando hasta allí y, por la expresión de sus rostros cuando llegué, comprendí que les habían avisado de que debían esperar a alguien con un aspecto muy poco usual. La empleada me entregó el dinero sin la necesaria identificación, aunque con cierta reticencia. Mientras yo recogía el fajo de billetes, la mujer nos roció al mostrador y a mí con un aerosol desinfectante.

Con dinero en la mano, cogí un taxi que me llevó a una tienda de artículos a precio reducido, donde compré pantalones, camisa, chancletas de goma, champú, cepillo para el pelo, pasta dentífrica, cepillo de dientes y pasadores para el pelo. El taxista se detuvo en un mercado al aire libre, donde compré fruta fresca y media docena de diferentes zumos en envases de cartón. Luego me llevó a un motel y esperó hasta ver si me aceptaban. Ambos nos preguntábamos si lo harían, pero el dinero al contado parece tener más peso que un aspecto dudoso. Abrí el grifo de la bañera y di gracias por este bendito invento. Mientras se llenaba, reservé por teléfono un billete de avión para el día siguiente. Después pasé tres horas en la bañera, ordenando los detalles de mis últimos años y en especial de los últimos meses de mi vida.

Al día siguiente tomé un avión, con el rostro bien frotado, el cabello horrible, pero limpio y caminando torpemente con las chancletas, que había tenido que cortar para que me cupieran los pies con sus nuevos cascos. ¡Pero olía maravillosamente! Había olvidado comprar ropa con bolsillos, así que llevaba el dinero metido dentro de la camisa.

La casera se alegró de verme. Yo tenía razón: ella había dado la cara durante mi ausencia. No hubo ningún problema; sencillamente debía unos meses de alquiler. El afable comerciante australiano que me había alquilado el televisor y el vídeo justo antes de que me fuera, no había enviado siquiera un aviso ni había intentado recuperar su equipo. También él se alegró de verme. Sabía que yo no me iría sin devolverle sus artículos y liquidar la cuenta.

Mi proyecto seguía allí, aguardando que le prestara atención. Los participantes en el programa de salud estaban preocupados, pero bromearon y me preguntaron si había estado buscando un filón de ópalo en lugar de volver a la oficina.

Me enteré de que el propietario del jeep había acordado con Outa que si él y yo no regresábamos, iría al desierto a buscar su vehículo y luego llamaría a la persona que me había contratado. Fue él quien les dijo que yo me había ido de walkabout, lo que significaba destino desconocido y atemporalidad de los viajes aborígenes. No habían tenido más remedio que aceptar mis acciones. Ningún otro podía completar mi proyecto, así que lo tenía allí, esperándome.

Llamé a mi hija. Se sintió emocionada al oír todo lo que me había ocurrido y confesó que en ningún momento se había inquietado por mi desaparición. Estaba convencida de que si yo me hubiera encontrado en algún problema serio ella lo habría presentido. Abrí la correspondencia acumulada y me enteré de que el pariente encargado de tales menesteres me había excluido del habitual intercambio familiar navideño… No había excusa posible por no haberles enviado los regalos correspondientes.

Conseguí que mis pies aceptaran de nuevo medias y zapatos tras largo tiempo de tenerlos en remojo, utilizar piedra pómez y aplicarme pomada. Incluso llegué a utilizar un cuchillo eléctrico para cortar la mayor parte del tejido muerto. Descubrí que me sentía agradecida por los más extraños objetos, como la maquinilla con que me afeité el vello de las axilas, el colchón en el que apoyaba la cabeza o un rollo de papel higiénico. Intenté una y otra vez hablar a la gente de la tribu que había llegado a amar. Intenté explicarles su modo de vida, su sistema de valores y la mayor parte de su preocupado mensaje sobre el planeta. Cada vez que leía algo nuevo en los periódicos sobre la gravedad del daño producido en el medio ambiente y las predicciones sobre la posibilidad de que las más frondosas selvas acabaran carbonizadas, sabía que era cierto; la tribu de los Auténticos debía partir. Apenas podían sobrevivir con los alimentos que les habían dejado, por no hablar de los efectos de futuras radiaciones. Tenían razón cuando afirmaban que los humanos no producen oxígeno; ésta es tarea reservada a árboles y plantas. En palabras suyas, «estamos destruyendo el alma de la Tierra». Nuestra avidez por la tecnología ha puesto al descubierto una profunda ignorancia que es una seria amenaza para toda la vida, una ignorancia que sólo el respeto por la naturaleza puede remediar. La tribu de los Auténticos se ha ganado el derecho a no preservar su raza en este planeta superpoblado. Desde el principio de los tiempos han sido gentes sinceras, honestas y pacíficas, que no han dudado jamás de su relación con el universo.

No conseguía comprender por qué ninguna de las personas con las que hablaba mostraba interés por los valores de los Auténticos. Me di cuenta entonces de que veían una amenaza en comprender lo desconocido, en aceptar lo que parece diferente. Pero yo intenté explicarles que tal vez nuestra conciencia se ensancharía, que quizá solucionaría nuestros problemas sociales y que tal vez incluso podría curar nuestras enfermedades. Fue como hablar a la pared. Los australianos se pusieron a la defensiva. Tampoco Geoff, que había insinuado incluso la posibilidad de casarnos, quiso aceptar que de los aborígenes pudiera surgir la sabiduría. Me dio a entender que le parecía fantástico que yo hubiera experimentado una aventura en la vida y que esperaba que por fin sentara la cabeza y aceptara el papel que se esperaba de una mujer. Cuando terminó mi proyecto sanitario abandoné Australia sin haber transmitido mi experiencia con los Auténticos.

Parecía que la siguiente etapa de mi viaje vital escapaba a mi control, pero en realidad estaba siendo dirigido por el más alto nivel de poder.

De vuelta a Estados Unidos, el hombre que se sentaba a mi lado en el reactor entabló conversación. Era un hombre de negocios de mediana edad, con uno de esos vientres abultados que parecen a punto de estallar. Charlamos sobre temas diversos y finalmente sobre los aborígenes australianos. Le conté mi experiencia en el Outback. Él me escuchó atentamente, pero sus comentarios finales parecieron resumir la reacción que ya antes había obtenido de otras personas. Dijo: «Bueno, nadie sabía que esa gente existía y si ahora se van, bueno ¿y qué? Francamente, no creo que a nadie le importe un comino. Además -añadió-, son sus ideas contra las nuestras ¿y va a estar equivocada toda una sociedad?».

Durante varias semanas mis pensamientos sobre los maravillosos Auténticos permanecieron envueltos en papel de regalo y sellados en mi corazón. Aquella gente había afectado mi vida con tanta intensidad que temía hablar, porque preveía una reacción negativa y me parecía que era como echarle miel a los cerdos. Pero poco a poco empecé a notar que mis viejos amigos tenían un auténtico interés. Algunos me pidieron que contara mi increíble experiencia a grupos de gente. La respuesta fue siempre la misma: oyentes extasiados, personas que comprendían que lo hecho no podía deshacerse, pero sí cambiarse.

Cierto, la tribu de los Auténticos desaparecerá, pero quedará su mensaje entre nosotros, a pesar de nuestros estilos de vida y actitudes cubiertos de salsas y glaseados. No es que deseemos convencer a la tribu para que se quede, para que tengan más hijos. Eso no es asunto nuestro. Lo que debe importarnos es poner en práctica sus valores pacíficos y llenos de significado. Ahora sé que todos tenemos dos vidas: la que nos sirve para aprender y la que vivimos según ese aprendizaje. Ha llegado la hora de escuchar los asustados lamentos de nuestros hermanos y hermanas y de la propia tierra dolorida. Tal vez el futuro del mundo se halle en mejores manos si nos olvidamos de descubrir cosas nuevas y nos concentramos en recuperar nuestro pasado.

La tribu no critica nuestros modernos inventos. Ellos honran el hecho de que la existencia humana sea una experiencia de expresividad, creatividad y aventura. Pero creen que, en su búsqueda de conocimientos, los Mutantes no deben olvidar la frase: «Si es por el bien supremo de la vida en todas partes». Su esperanza es que nosotros sepamos reconsiderar el valor de nuestras posesiones materiales y adaptarlas en consonancia. También creen que la humanidad está más cerca que nunca de experimentar el paraíso. Tenemos la tecnología para alimentar a todos los seres humanos del planeta y los conocimientos para proporcionar libertad de expresión, autoestima, cobijo y demás necesidades a todos los habitantes del planeta si así lo deseáramos.

Con el aliento y apoyo de mis hijos y amigos más íntimos, empecé a redactar mi experiencia en el Outback y también a dar charlas allá donde me invitaran, en organizaciones cívicas, prisiones, iglesias, escuelas y otros lugares.

Las reacciones fueron encontradas. El Ku Klux Klan me declaró enemiga; otro grupo de Idaho adepto a la supremacía blanca colocó mensajes racistas en todos los coches del aparcamiento en el lugar de mi charla. Unos cristianos ultraconservadores respondieron a mis palabras afirmando que ellos creían que la nación del Outback era pagana y estaba condenada al infierno. Cuatro reporteros de un programa de investigación de la televisión australiana se presentaron en Estados Unidos, se escondieron en un armario durante una de mis conferencias e intentaron desmentir todo lo que yo decía. Tenían la absoluta certeza de que ningún aborigen había escapado al censo para seguir viviendo en el desierto. Me llamaron impostora. Pero también se produjo un maravilloso equilibrio de fuerzas. Por cada comentario despectivo hubo otra persona ansiosa por saber más sobre la telepatía, sobre el modo de reemplazar las armas por ilusiones y por conocer más detalladamente los valores y técnicas que utilizan los Auténticos en su estilo de vida.

Hay gente que me pregunta hasta qué punto ha cambiado mi vida tras esta experiencia.

Mi respuesta es: profundamente. Mi padre falleció cuando regresé a Estados Unidos. Yo estuve junto a él, sosteniéndole la mano, amándole y apoyándole en su viaje. El día después del funeral le pedí a mi madrastra un recuerdo de mi padre, un gemelo de camisa, una corbata, un viejo sombrero, cualquier cosa. Ella se negó. «No hay nada para ti», me dijo. En lugar de reaccionar con acritud, como tal vez hubiera hecho en otro tiempo, respondí bendiciendo mentalmente el alma querida de mi padre y abandonando la casa de mis padres por última vez, orgullosa de mi propia existencia; miré hacia el cielo despejado y le guiñé un ojo a mi padre.

Ahora creo que no hubiera aprendido nada si mi madrastra me hubiera respondido afectuosamente: «Por supuesto. Esta casa está llena de las cosas de tu padre; coge algo que te sirva como recuerdo de tu padre». Eso era lo que yo esperaba. Mi evolución se produjo cuando me negaron lo que era mío por derecho y yo reconocí la dualidad. Los Auténticos me dijeron que el único modo de superar una prueba es realizarla. Ahora estoy en un momento de mi vida en el que soy capaz de hallar una oportunidad para superar una prueba espiritual aunque la situación parezca muy negativa. He aprendido la diferencia entre observar lo que ocurre y juzgarlo. He aprendido que todo es una oportunidad para el enriquecimiento espiritual.

Recientemente alguien que había oído una de mis conferencias quiso presentarme a un hombre de Hollywood. Era enero, en Missouri, una fría noche de nieve. Cenamos juntos y me pasé horas hablando mientras Roger y los demás invitados permanecían sentados comiendo y bebiéndose el café. A la mañana siguiente el hombre llamó para discutir la posibilidad de hacer una película.

-¿Adónde se fue anoche? -preguntó-. Estábamos pagando la cuenta, recogiendo los abrigos y despidiéndonos, cuando alguien señaló que usted había desaparecido. Miramos fuera, pero se había desvanecido. Ni siquiera había huellas en la nieve.

-Sí -repliqué. La respuesta se formó en mi mente como una idea escrita en cemento húmedo-. Tengo la intención de hacer uso durante el resto de mi vida de los conocimientos que adquirí en el Outback. ¡De todo! ¡Incluso de la magia de la ilusión!

***

Yo, Burnam Burnam, aborigen australiano de la tribu
wurundjeri, declaro por la presente que he leído todas y cada una de
las palabras del libro Las voces del desierto.

Éste es el primer libro en toda mi experiencia vital que he
leído de un tirón. Lo he hecho con gran emoción y respeto. Es un
clásico y no viola la confianza depositada en la autora por nosotros,
los Auténticos. Retrata en cambio nuestro sistema de valores e
ideas esotéricas de modo que me hacen sentir extremadamente
orgulloso de mi herencia.

Al contarle al mundo sus experiencias la autora ha rectificado
un error histórico. En el siglo XVI, el explorador holandés William
Dampier escribió de nosotros que éramos «el pueblo más primitivo
y despreciable de la Tierra». Las voces del desierto nos eleva a un
plano más alto de la conciencia y nos convierte en los seres regios y
majestuosos que en realidad somos.

CARTA DE BURNAM BURNAM,
anciano wurundjeri


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“La sinuosa línea roja. Mi juramento” Marlo Morgan (extracto de Las Voces del Desierto).

Todos los días de la semana eran iguales en la vida de la tribu. Tampoco había modo de saber en qué mes vivíamos. Era evidente que el tiempo no contaba para ellos. Un día tuve la extraña sensación de que era Na-vidad. No estoy segura del motivo. En aquel lugar no había nada que sugiriera ni remotamente un árbol de Navidad o una jarra de cristal llena de ponche de huevo. Pero probablemente era el 25 de diciembre. Eso me hizo pensar en los días de la semana y en un incidente que había ocurrido en mi consultorio unos años antes.

En la sala de espera había dos ministros de la Iglesia cristiana que entablaron una conversación en torno a la religión. Empezaron a acalorarse cuando se pusieron a discutir sobre si el auténtico Sabbath era el sábado o el domingo, según la Biblia. Allí, en el Outback, aquel recuerdo me pareció cómico. En Nueva Zelanda era ya 26 de diciembre y en el mismo instante era Nochebuena en Estados Unidos. Imaginé la sinuosa línea roja que había visto pintada sobre el océano azul en el atlas. El tiempo empezaba y se detenía ahí, en una frontera invisible sobre un mar en constante movimiento, donde nacía cada nuevo día de la semana.

También recordé que en mi época de estudiante en el Instituto St. Agnes me hallaba sentada un viernes por la noche en un taburete de Allen’s. Teníamos unas hamburguesas gigantes ante nosotros y esperábamos a que el reloj diera la medianoche. Un mordisco de carne el viernes significaba el pecado mortal instantáneo y la condenación eterna. Años más tarde se cambió la regla, pero nadie me respondió a la pregunta de qué les había ocurrido a las pobres almas ya condenadas. En el desierto todo aquello parecía totalmente estúpido.

No se me ocurría un modo mejor de honrar el sentido de la Navidad que la forma de vivir de los Auténticos. No celebran días de fiesta anuales como nosotros. Cierto es que honran a cada miembro de la tribu alguna vez durante el año, pero no el día de su cumpleaños sino mas bien cuando desean expresar su gratitud a la persona por su talento, su contribución a la comunidad y su madurez espiritual. No celebran el hecho de envejecer; celebran que cada vez son mejores.

Una mujer me contó que su nombre y su talento en la vida significaban Guardiana del Tiempo. Ellos creen que todos tenemos múltiples talentos y que vamos progresando en sus diferentes niveles. En aquel momento, la mujer era una artista del tiempo y trabajaba con otra persona que tenía una gran capacidad memorística. Cuando le pedí que me explicara más cosas, me informó que los miembros de la tribu pedirían consejo y me dirían más tarde si podría tener acceso a aquel conocimiento.

Durante unas tres noches no me tradujeron las conversaciones. Supe sin preguntar que la discusión se centraba en decidir si me comunicarían cierta información especial o no. También sabía que no me consideraban únicamente a mí sino también el hecho de que yo representaba a todos los demás Mutantes. Me pareció que el Anciano hablaba claramente en mi favor durante esas tres noches. Tuve la sensación de que Quta era quien más se oponía. Comprendí que me habían elegido para tener una experiencia única que no se había permitido a ningún otro extraño. Tal vez el conocimiento del cómputo del tiempo era pedir demasiado.

Continuamos nuestra marcha por un terreno accidentado con rocas, arena y algo de vegetación, no tan llano como el que habíamos atravesado previamente. Parecía haber una depresión en la tierra por donde habían caminado generaciones de aquella raza negra. El grupo se detuvo sin previo aviso y se adelantaron dos hombres, que separaron los arbustos entre dos árboles e hicieron rodar unas rocas hacia un lado. Tras ellas había una abertura en la ladera de una colina. También retiraron la arena que se había acumulado ante la entrada. Outa se volvió hacia mí y me dijo:

«Ahora te permitiremos conocer el cómputo del tiempo. Cuando lo veas comprenderás el dilema en que se ha debatido mi gente. No puedes entrar en este lugar sagrado hasta que prestes juramento de que no revelarás el emplazamiento de esta cueva.»

Entraron todos, dejándome sola. Me llegó olor a humo y vi un tenue penacho que ascendía desde la roca que cubría la cima de la colina. Salieron y se acercaron a mí de uno en uno. El más joven fue el primero; me cogió las manos, me miró a los ojos y habló en su lengua, que yo no comprendía. Percibí su ansiedad por lo que yo pudiera hacer con el conocimiento que estaba a punto de recibir. Con la inflexión de su voz, el ritmo y las pausas, me estaba diciendo que por primera vez el bienestar de su gente quedaría a expensas de un Mutante.

La siguiente fue la mujer a la que conocía por Cuentista. También ella me cogió las manos y me habló. Bajo el ardiente sol, su rostro parecía más negro, sus finas cejas de color negro azulado como el de una pluma de pavo real y el blanco de sus ojos como la tiza. Hizo una seña a Outa para que se acercara y sirviera de intérprete. Mientras ella sostenía mis dos manos y me miraba directamente a los ojos, él me tradujo sus palabras:

«La razón por la que has venido a este continente es el destino. Hiciste un pacto antes de nacer para encontrarte con otra persona y trabajar juntas en beneficio mutuo. El acuerdo decía que no os buscaríais hasta que hubieran pasado cincuenta años por lo menos. Ahora ha llegado el momento. Conocerás a esa persona porque nacisteis en el mismo momento y se producirá el reconocimiento a nivel de las almas. El pacto se hizo en el más alto nivel de vuestra existencia eterna

Quedé impresionada. Aquella anciana mujer del interior de Australia me repetía lo mismo que me había dicho aquel extraño joven a mi llegada en el salón de té.

Entonces Cuentista cogió un puñado de arena y me lo puso en la palma de la mano. Luego cogió otro, abrió los dedos y dejó que la arena se filtrara entre ellos, indicándome que la imítara. Lo mismo se repitió cuatro veces en honor de los cuatro elementos: agua, tierra, aire y fuego. Un residuo de polvo se me quedó pegado a los dedos.

Fueron saliendo de uno en uno para cogerme las manos y hablarme. Pero Quta no volvió a hablar por ellos. Después de estar conmigo, todos volvían a entrar en la cueva. Guardiana del Tiempo fue una de las últimas en salir y lo hizo acompañada de Guardiana de la Memoria. Nos cogimos las tres de las manos y caminamos en círculo. Luego tocamos la tierra con los dedos aún entrelazados y después nos erguimos y extendimos los brazos hacia el cielo. Hicimos esto mismo siete veces para honrar a las siete direcciones: norte, sur, este, oeste, arriba, abajo, dentro.

Casi al final se acercó a mí Hombre Medicina. El Anciano fue el último. Quta lo acompañaba. Me dijo que los lugares sagrados de los aborígenes, incluyendo los de la tribu de los Auténticos, ya no les pertenecían. El punto de encuentro tribal más importante fue en Otro tiempo Uluru, que ahora se llama Ayers Rock, y que es un gigantesco montículo rojizo en el centro del país. Es un monolito de trescientos ochenta y cuatro metros, el más grande de la Tierra, que se eleva sobre la llanura. Ahora se ha convertido en un lugar para turistas, que lo escalan como hormigas para luego regresar al autocar y pasarse el resto del día flotando en las piscinas antisépticas de los hoteles cercanos, tratadas con cloro. A pesar de que el gobierno afirma que pertenece tanto a los legitimistas ingleses como a los aborígenes, es evidente que ya no es sagrado y que no puede utilizarse para nada que sea remotamente sagrado.

Hace unos ciento setenta y cinco años los Mutantes empezaron a tender las lineas del telégrafo por las vastas extensiones desiertas. Los aborígenes tuvieron que buscar un lugar diferente para la asamblea de sus naciones. Desde entonces se han ido eliminando todas las tallas artísticas e históricas y todas las reliquias. Algunos de los objetos fueron depositados en museos australianos, pero la mayoría se exportaron. Se saquearon las tumbas y se despojaron los altares. La tribu cree que los Mutantes fueron tan insensibles como para suponer que las formas de culto aborígenes desaparecerían si ellos les arrebataban los lugares sagrados. Jamás les pasó por la cabeza que pudieran buscarse otros. Fue un golpe devastador para las asambleas multitribales y el principio de lo que ha degenerado en la destrucción total de las naciones aborígenes. Algunos intentaron luchar y murieron en una batalla perdida.

La mayoría se sumergió en la sociedad del hombre blanco buscando la bondad prometida, que incluía alimentos sin límite y murieron en la pobreza, la forma legal de esclavitud.

Los primeros habitantes blancos de Australia fueron los presos que llegaron encadenados en barcos para resolver el problema del hacinamiento en los penales británicos. Incluso los militares que enviaban como guardianes eran hombres a los que los tribunales reales consideraban prescindibles.

No era de extrañar que los convictos liberados tras cumplir condena, sin dinero y sin ningún tipo de rehabilitación, se convirtieran en salvajes capataces. Las personas sobre las que ejercían su poder tenían que ser menos personas que ellos mismos.

Los aborígenes desempeñaron ese papel.

Outa me reveló que su tribu había sido guiada de vuelta a aquel lugar sagrado unas doce generaciones atrás:

«Este lugar sagrado ha mantenido viva a nuestra gente desde el principio de los tiempos, cuando la tierra estaba cubierta de árboles, incluso cuando llegó el gran diluvio que lo cubrió todo. Nuestra gente se encontraba a salvo aquí. No ha sido detectado por vuestros aviones y tu gente no sobrevive en el desierto el tiempo suficiente para localizarlo. Muy pocos seres humanos saben que existe. Tu gente nos ha arrebatado los objetos ancestrales de nuestra raza. Ya no poseemos nada salvo lo que verás aquí, bajo la superficie de la tierra. No hay ninguna otra tribu aborigen a la que le queden objetos materiales relacionados con su historia. Los Mutantes los han robado todos. Esto es todo lo que queda de una nación entera, de una raza, de los Auténticos Hombres de Dios, de los primeros hombres de Dios, los únicos seres humanos auténticos que quedan sobre el planeta. »

Esa tarde Mujer que Cura se acercó a mí por segunda vez. Llevaba un recipiente con pintura roja. Los colores que ellos utilizan representan, entre otras cosas, los cuatro componentes del cuerpo: huesos, nervios, sangre y tejidos. Con gestos e instrucciones mentales me indicó que me pintara la cara de rojo. Así lo hice. Entonces salieron todos los demás y, mirando a cada uno de ellos a los ojos, juré de nuevo una y otra vez que jamás revelaría el emplazamiento exacto del lugar sagrado.

Tras esto, me escoltaron al interior.


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“La revelación del tiempo de ensueño” Marlo Morgan (extracto de Las Voces del Desierto).

En el interior había una estancia enorme de roca sólida de la que partían varios túneles en distintas direcciones. Unas vistosas banderas adornaban las paredes y había estatuas que sobresalían en repisas naturales de la roca. Lo que vi en el rincón me hizo dudar de mi cordura. ¡Era un jardín!  Las rocas de la cima de la colina se habían dispuesto de forma que dejaran entrar la luz del Sol y oí claramente el sonido del agua goteando sobre roca. El agua subterránea se canalizaba a través de una depresión en la roca y no dejó de correr mientras permanecimos allí. Era una atmósfera abierta, sencilla pero perdurable.

Ésa fue la única vez que vi a los miembros de la tribu declarar lo que yo llamaría posesiones personales. En la cueva guardaban sus objetos ceremoniales, así como equipos más trabajados para dormir, con muchas pieles apiladas para disponer de lechos más cómodos. Reconocí las pezuñas de camello convertidas en herramientas para cortar. Vi una habitación a la que yo llamo el museo. Allí guardaban las reservas de cosas acumuladas a lo largo de los años por los exploradores que volvían de las ciudades.

Había recortes de revistas con fotos de televisores, ordenadores, automóviles, tanques, lanzadoras de cohetes, máquinas tragaperras, edificios famosos, razas diferentes y todo tipo de platos en brillantes colores. También tenían objetos como gafas de sol, una maquinilla de afeitar, un cinturón, una cremallera, imperdibles, alicates, un termómetro, pilas, varios lápices y bolígrafos y unos cuantos libros.

Otra sección estaba dedicada a la confección de ropa. Tienen un comercio de lana y otras fibras con tribus vecinas y algunas veces hacen cobertores con corteza de árbol.

Ocasionalmente también hacen cuerdas. Observé a un hombre sentado, que cogía varias fibras con la mano y parecía enrollarlas sobre el muslo. Luego siguió retorciéndolas mientras iba añadiendo nuevas fibras hasta que consiguió un único y largo hilo. Entretejiendo varios de estos hilos se hacían cuerdas de diferente grosor. También entretejen los cabellos para realizar múltiples objetos. En aquel momento no comprendí que aquellas personas se cubrían el cuerpo porque sabían que, a mi edad, me sería muy difícil, quizás imposible, llevar una vida normal sin ropas.

El día estuvo lleno de sorpresas. Outa me daba las explicaciones mientras explorábamos. En algunas zonas más hacia el interior se necesitaban antorchas, pero el área principal tenía un techo rocoso que podía modificarse desde el exterior para permitir que entrara una luz tenue o toda la fuerza del sol. La cueva de la tribu de los Auténticos no es un lugar de adoración. De hecho, sus vidas son en todo momento actos de adoración. Utilizan aquel lugar absolutamente sagrado para llevar un registro de la historia y para enseñar la Verdad, para preservar sus valores. Es el refugio donde se protegen de las ideas Mutantes.

Cuando regresamos a la cámara principal, Outa cogió las estatuas de madera y piedra y me las mostró para que las examinara más de cerca. Las amplias ventanas de su nariz se ensancharon al explicarme que los tocados denotaban la personalidad de cada estatua. Un tocado corto representaba las ideas, la memoria, la toma de decisiones, la conciencia física de los sentidos corporales, placeres y dolores, todo lo que yo relacionaba con la mente consciente y subconsciente. El tocado alto representaba la parte creativa de la personalidad, el modo en que explotamos los conocimientos e inventamos objetos que aún no existen, tenemos experiencias que pueden o no ser reales y captamos la sabiduría aprendida por todas las criaturas y los seres humanos que han existido a lo largo del tiempo. La gente busca información, pero no parece darse cuenta de que también la sabiduría necesita expresarse. El tocado alto representaba también nuestro auténtico yo perfecto, la parte eterna de cada uno de nosotros a la que podemos recurrir
cuando necesitamos saber si una acción que queremos emprender será por nuestro supremo bien. También había un tercer tocado que enmarcaba el rostro tallado y caía por detrás hasta tocar el suelo. Éste representaba el vínculo de todos los aspectos: físico, emocional y espiritual.

La mayoría de las estatuas eran increíblemente detalladas, pero me sorprendió ver una que no tenía pupilas en los ojos. Parecía un símbolo ciego, sin vista. «Vosotros creéis que la Divina Unidad siente la intención y la emoción de los seres, que no está tan interesada en lo que hacemos como en el modo de hacerlo.»

Aquélla fue la noche más significativa de todo el viaje. Fue entonces cuando comprendí por qué estaba allí y qué se esperaba de mí.

Se realizó una ceremonia. Yo contemplé a los artistas que preparaban pintura blanca con arcilla de pipas: dos tonos de rojo ocre y uno de amarillo limón. Hacedor de Herramientas hizo pinceles con trozos de corteza de unos quince centímetros de largo, mascados y deshilachados con los dientes. Otros pintaron complejos dibujos y figuras de animales. A mí me pusieron un atuendo de plumas, algunas del pálido color vainilla del emú; tenía que imitar a la cucaburra. Mi parte de la pieza ceremonial consistiría en representar al pájaro como mensajero que vuela hasta los confines del mundo. La cucaburra es un hermoso pájaro, pero hace un sonido estridente que a menudo se compara con el rebuzno de un burro. La cucaburra tiene un fuerte instinto de supervivencia. Es un pájaro grande y parecía apropiado para mí.

Después de bailar y cantar, formamos un pequeño círculo. Éramos nueve: el Anciano, Outa, Hombre Medicina, Mujer que Cura, Guardiana del Tiempo, Guardiana de la Memoria, Pacificador, Amigo de los Pájaros y yo.

Él Anciano se sentó justo delante de mí, con las piernas dobladas a modo de cojín; se inclinó hacia delante para mirarme a los ojos. Alguien de fuera del círculo le tendió una copa de piedra llena de líquido. El bebió. Su mirada penetró en lo más profundo de mi corazón y no se apartó cuando pasó la copa hacia su derecha. Habló así:

«Nosotros, la tribu de los Auténticos Hombres de la Divina Unidad, vamos a abandonar el planeta Tierra. En el tiempo que nos resta hemos decidido vivir el más alto nivel de vida espiritual: el celibato, un modo de demostrar la disciplina física. No tendremos más hijos.

Cuando muera el más joven de nosotros, él será el último de la raza humana pura.

»Somos seres eternos. Hay muchos lugares en el universo en el que las almas que nos han de seguir tomarán forma corporal. Nosotros somos los descendientes directos de los primeros seres. Hemos pasado la prueba de la supervivencia desde el principio de los tiempos, manteniéndonos leales a los valores y leyes originales. Es nuestra conciencia colectiva lo que ha mantenido la tierra unida. Ahora hemos recibido permiso para marcharnos. Los humanos de este mundo han cambiado y han alejado una parte del alma de la Tierra. Nosotros vamos a unirnos con ella en el cielo.

»Tú has sido elegida como mensajera mutante para decirles a los tuyos que nos vamos.

Os dejamos la Madre Tierra a vosotros. Rezamos para que acabéis comprendiendo lo que vuestro modo de vida le está haciendo al agua, a los animales, al aire y a vosotros mismos.

Rezamos para que acabéis encontrando la solución a vuestros problemas sin destruir este mundo. Hay Mutantes que están a punto de recuperar el espíritu individual de su auténtica existencia. Con el esfuerzo necesario aún hay tiempo para evitar la destrucción del planeta, pero nosotros ya no podemos ayudaros. Nuestro tiempo se ha acabado. Han cambiado las lluvias, el calor ha aumentado y hemos visto disminuir la reproducción de plantas y animales durante años. Ya no podemos proporcionar formas humanas para que las habiten los espíritus, porque pronto no habrá agua ni comida en el desierto».

Mi mente era un torbellino de pensamientos. Por fin lo comprendía todo. Al cabo de tanto tiempo se habían abierto a una extraña porque necesitaban una mensajera. Pero ¿por qué yo?

La copa de líquido había llegado a mis manos. Tomé un sorbo. Tenía un sabor que quemaba, como de vinagre mezclado con whisky puro. Lo pasé hacia mi derecha.

El Anciano continuó: «Ha llegado el momento de que descanses el cuerpo y la mente. Duerme, hermana, mañana volveremos a hablar».

El fuego se había consumido y no quedaban más que los rescoldos de rojo resplandeciente. Él calor se elevaba para abandonar la cueva a través de las aberturas del techo rocoso. No podía dormir. Hice un gesto a Pacificador indicándole si podíamos hablar.

Él contestó afirmativamente. Outa también aceptó, así que los tres iniciamos una profunda y compleja conversación.

Pacificador, con un rostro tan erosionado como la tierra por la que habíamos viajado, me dijo que en el principio de los tiempos, en lo que ellos llaman «el tiempo de ensueño», la Tierra toda estaba unida. La Divina Unidad creó la luz, el primer amanecer rasgó la oscuridad eterna y total. El vacío se usó para colocar muchos discos que giraban en los cielos. Nuestro planeta, plano y sin accidentes, era uno de ellos. No había ni un solo lugar donde refugiarse, su superficie estaba desnuda. Todo era silencio. No había una sola flor que se inclinara al viento ni siquiera corría la brisa. No había pájaro ni sonido alguno que penetrara el vacío. Entonces la Divina Unidad extendió el conocimiento a todos los discos, dándole diferentes cosas a cada uno. La conciencia fue lo primero. De ésta surgió el agua, la atmósfera y la tierra. Se introdujeron todas las formas de vida temporales. «Mi gente cree que a los Mutantes les gusta definir lo que vosotros llamáis Dios porque son fanáticos de la forma. Para nosotros, la Unidad no tiene tamaño, forma ni peso. La Unidad es esencia, creatividad, pureza, amor, energía ilimitada e infinita

Muchas de las historias tribales se refieren a una Serpiente Arco Iris que representa la sinuosa línea de la energía o conciencia que comienza como una paz total, cambia de vibración y se convierte en sonido, color y forma.

Yo percibí que no era la conciencia de estar despierto o inconsciente lo que intentaba explicar Outa, sino más bien una especie de conciencia creadora. Ésta conciencia lo es todo.

Existe en las rocas, plantas, animales y en la humanidad. Los seres humanos fueron creados, pero el cuerpo humano sólo alberga nuestra parte eterna. Otros seres eternos habitan en otros lugares por todo el universo. Es creencia de la tribu que la Divina Unidad creó primero a la mujer y que el mundo surgió cantando. La Divina Unidad no es una persona. Es Dios, un poder supremo, totalmente positivo y lleno de amor y creó el mundo mediante la expansión de su energía.

Ellos creen que los humanos están hechos a imagen de Dios, pero no de su imagen física, ya que Dios no tiene cuerpo. Las almas fueron hechas a imagen y semejanza de la Divina Unidad, lo que significa que son capaces de una paz y un amor puros y tienen la capacidad de crear y cuidar muchas cosas. Nos fue concedido el libre albedrío y este planeta como un lugar de aprendizaje de las emociones, que son incomparablemente intensas cuando el alma adquiere forma humana.

El tiempo de ensueño se divide en tres partes, según me dijeron. Era el tiempo antes del tiempo; también existía el tiempo de ensueño cuando apareció la Tierra, pero aún no tenía carácter. Los primeros hombres, que experimentaban con emociones y acciones, descubrieron que eran libres de enfadarse cuando quisieran, que podían buscar cosas o situaciones que provocaran su enfado. Pero preocupación, avaricia, lujuria, mentiras y poder no eran sentimientos y emociones que uno debiera desarrollar y, para demostrarlo, los primeros hombres desaparecieron y en su lugar surgió una masa de rocas, una cascada, un risco o lo que fuera. Estas cosas existen aún en el mundo y son motivo de reflexión para cualquiera que tenga la sabiduría de aprender de ellas. Es la conciencia la que ha formado la realidad. La tercera parte del tiempo de ensueño es el presente. La ensoñación perdura; la conciencia sigue creando nuestro mundo.

Ésta es una de las razones por las que no creen que la tierra estuviera destinada a ser propiedad de alguien. La tierra pertenece a todas las cosas. Compartir, establecer acuerdos, es el único método realmente humano. La posesión es el extremo de la exclusión de los demás por una inmoderada satisfacción propia. Antes de que llegaran los británicos, nadie en Australia carecía de tierra.

La tribu cree que los primeros humanos de la Tierra aparecieron en Australia cuando todas las tierras eran una sola. Los científicos llaman Pangea a la masa única de tierra que existió hace unos 180 millones de años y que acabó escindiéndose en dos. Laurasis contenía los continentes del norte y Gondwanaland se componía de Australia, la Antártida, la India, África y Sudamérica. La India y África se separaron hace sesenta y cinco millones de años, dejando debajo a la Antártida y a Australia y Sudamérica en medio.

Según cuenta la tribu, en los albores de la humanidad los hombres empezaron a explorar y emprendieron walkabouts a lugares cada vez más lejanos. Se encontraron entonces con nuevas situaciones y en lugar de confiar en principios básicos adoptaron emociones y acciones agresivas para sobrevivir. Cuanto más lejos viajaron, más cambió su sistema de creencias, más se alteraron sus valores y, al final, incluso su aspecto físico evolucionó hacia un color de piel más claro en zonas septentrionales más frías.

Ellos no discriminan por el color de la piel, pero creen que todos procedemos de un solo color y que acabaremos volviendo a él.

A los Mutantes los definen por unas características específicas. En primer lugar, los Mutantes ya no pueden vivir en un ambiente natural. La mayoría se muere sin saber qué se siente al estar desnudo bajo la lluvia. Construyen casas con calor y frío artificiales y sufren insolaciones al aire libre con temperaturas normales.

En segundo lugar, los Mutantes ya no tienen el buen sistema digestivo de los Auténticos. Tienen que pulverizar, emulsionar, cocinar y conservar los alimentos. Comen más cosas artificiales que naturales. Han llegado incluso a padecer alergias provocadas por alimentos naturales y el polen del aire. Algunas veces los Mutantes recién nacidos ni siquiera toleran la leche de su propia madre.

Los Mutantes tienen un juicio limitado porque miden el tiempo en relación consigo mismos. No reconocen más tiempo que el presente y por tanto destruyen sin la menor consideración por el futuro.

Pero la gran diferencia entre los humanos de ahora y el modo en que fueron originalmente, es que los Mutantes tienen un foco de miedo. Los Auténticos no tienen miedo.

Los Mutantes amenazan a sus hijos. Necesitan policías y prisiones. También la seguridad del gobierno se basa en la amenaza de las armas sobre otros países. Para la tribu el miedo es una emoción del reino animal, donde desempeña un importante papel para la supervivencia. Pero si los humanos conocen la Divina Unidad y comprenden que el universo no es un acontecimiento fortuito sino un plan en desarrollo, nada pueden temer. O bien tienes fe o bien tienes miedo, pero lo que no puedes tener es ambas cosas a la vez. Ellos creen que las cosas generan miedo. Cuantas más cosas tienes, más tienes que temer. Al final sólo vives para tener cosas.

Los Auténticos me explicaron lo absurdo que a ellos les parecía que los misioneros insistieran en enseñar a sus hijos a juntar las manos y dedicar dos minutos a dar las gracias antes de las comidas. ¡Ellos se despiertan dando las gracias! Ellos no dan nunca nada por supuesto en todo el día. Si los misioneros tienen que enseñar a los niños de su propia gente a dar las gracias, lo que es innato en todos los seres humanos, la tribu cree que deberían preocuparse seriamente por su sociedad. Tal vez sean ellos los que necesitan ayuda.

Tampoco entienden por qué los misioneros les prohíben las ofrendas a la tierra. Todo el mundo sabe que cuanto menos tomes de la tierra, menos habrás de devolverle. Los Auténticos no ven nada salvaje en pagar una deuda o mostrar gratitud a la tierra haciendo que unas cuantas gotas de tu propia sangre se derramen sobre la arena. Creen además que se ha de honrar el deseo individual de una persona que quiera dejar de alimentarse y se siente al aire libre para poner fin a su existencia terrena. No consideran que la muerte por enfermedad o accidente sea natural. Después de todo, dicen, en realidad no se puede matar lo que es eterno.

No puedes crearlo ni tampoco matarlo. Creen en el libre albedrío; el alma elige libremente venir; así pues, ¿cómo pueden ser justas las leyes que dicen que el alma no puede volver a su casa? No es una decisión personal que se tome en esta realidad manifestada. Es un ser omnisciente quien toma la decisión a nivel eterno.

Creen también que el modo natural de abandonar la experiencia humana es ejercitando el libre albedrío. Hacia los 120 o 130 años de edad, cuando la persona se emociona pensando en volver a «la eternidad» y tras preguntarle a la Unidad si es por el bien supremo, convocan una fiesta, una celebración de su vida.

Durante siglos, los Auténticos han practicado la costumbre de decir la misma frase a todos los recién nacidos, de modo que cada persona oye exactamente las mismas primeras palabras humanas: «Te amamos y te apoyamos en el viaje». En la celebración final, todo el mundo la abraza y repite esta frase otra vez. ¡Lo que oyen al llegar es lo que oyen al partir!

Luego la persona que parte se sienta en la arena y cierra los sistemas corporales. En menos de dos minutos ha muerto. No hay tristeza ni lamentos. Mis compañeros aceptaron enseñarme su técnica para pasar del plano humano al plano invisible cuando estuviera preparada para la responsabilidad de semejante conocimiento.

La palabra Mutante parece ser un estado del corazón y de la mente, no es un color ni una persona. ¡Es una actitud! Es alguien que ha perdido o rechazado la antigua memoria y las verdades universales.

Al fin tuvimos que concluir nuestra conversación. Era muy tarde y todos estábamos exhaustos. La cueva, antes vacía, se había llenado de vida. Antes mi cerebro contenía años de educación, pero en ese momento parecía una esponja para un conocimiento diferente y más importante. El modo de vida de la tribu era tan ajeno a mí y tan profunda la capacidad de comprensión necesaria, que di las gracias cuando mi mente se cubrió de un barniz de pacífica inconsciencia.


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“La guía” Marlo Morgan (extracto de Las Voces del Desierto).

Llegó un calor instantáneo al aparecer el Sol. Aquella mañana el rito matutino fue especial. Yo me hallaba en el centro de nuestro semicírculo de cara al este. Outa me indicó que reconociera a la Divina Unidad a mi modo y que lanzara mi plegaria para que el día fuera propicio. Al concluir la ceremonia, mientras nos preparábamos para partir, me dijeron que me había llegado el turno de guiar a la tribu. Yo habría de caminar al frente y conducirla. «Pero no puedo —protesté—. No sé adónde vamos ni cómo encontrar nada. Agradezco la oferta, de verdad, pero no puedo.»

«Debes hacerlo —me insistieron—. Ha llegado el momento. Para que conozcas tu casa, la Tierra, todos sus niveles de vida y tu relación con todo lo visible y lo invisible, tienes que guiar. Está bien caminar durante un tiempo a remolque de un grupo y es aceptable pasar cierto tiempo mezclado en el medio, pero al final todo el mundo ha de guiar durante un tiempo. No podrás comprender el papel del liderazgo a menos que asumas esa responsabilidad. Todo el mundo debe experimentar todos los diferentes papeles alguna vez, sin excepción, tarde o temprano, si no es en esta vida, en alguna otra. El único modo de superar una prueba es realizarla. Todas las pruebas a todos los niveles se repiten siempre de un modo u otro hasta que las superas

Así pues echamos a andar, conmigo como guía. Era un día muy caluroso. La temperatura parecía superar los cuarenta grados. Al mediodía nos detuvimos y utilizamos las pieles de dormir para protegernos del Sol. Cuando empezó a aflojar el calor, proseguimos nuestro camino hasta bien pasada la hora en que solíamos acampar. No aparecieron plantas ni animales en nuestro camino para ser honrados como alimento. No hallamos agua. El espacio era un vacío ardiente e inmóvil. Finalmente me rendí y detuve la marcha para acampar.

Aquella noche pedí ayuda. No teníamos comida ni agua. Pedí ayuda a Outa, pero no me hizo caso. La pedí a otros, sabiendo que no entendían mi idioma, aunque sí podían entender lo que les decía mi corazón. Les dije: «¡Ayudadme, ayudadnos!» Lo repetí una y otra vez, pero nadie me respondió.

Por el contrario, se pusieron a hablar sobre el hecho de que todo el mundo en un momento determinado camina en la retaguardia. Empecé a preguntarme si tal vez los mendigos y gentes sin hogar de Estados Unidos no seguirían siendo víctimas por voluntad propia. Ciertamente la mayoría de norteamericanos tiende a confundirse en la posición central. Ni demasiado ricos ni demasiado pobres. Ni mortalmente enfermos ni enteramente sanos. Ni moralmente puros ni abiertamente delincuentes. Y más tarde o más temprano habremos de dar un paso al frente de verdad. Habremos de conducir a los demás si queremos ser responsables de nosotros mismos.

Me dormí lamiéndome los labios agrietados con una lengua entumecida, seca y abrasada. No sabía si estaba mareada por el hambre, la sed, el calor o el agotamiento.

Al día siguiente caminamos de nuevo bajo mi guía. El calor volvió a ser sofocante. La garganta se me cerraba; me resultaba imposible tragar. Tenía la lengua tan seca y tan hinchada que parecía tres veces más grande de su tamaño normal, como si fuera una esponja seca entre los dientes. Me resultaba difícil respirar. Al intentar que el aire caliente me bajara por el pecho, empecé a comprender por qué los aborígenes bendecían el don de una nariz semejante a la del koala. Su amplia nariz y largos conductos nasales eran más adecuados para las temperaturas abrasadoras del aire que mi naricita europea.

El horizonte yermo se volvía cada vez más hostil. Parecía desafiar a la humanidad, como si no perteneciera a los humanos. Era una tierra que había ganado todas las batallas contra el progreso y ahora parecía considerar la vida como una intrusa. No había carreteras ni aviones sobre nuestras cabezas ni siquiera se veían huellas de animales.

Yo sabía que si la tribu no me ayudaba pronto, moriríamos todos sin remedio. Nuestra marcha era lenta; cada paso que dábamos resultaba doloroso. Vi a lo lejos una nube oscura de tormenta. Nos torturaba permaneciendo siempre a una distancia que no nos permitía alcanzarla ni recibir su generoso regalo. Ni siquiera conseguimos acercarnos lo suficiente para compartir el beneficio de su sombra. Sólo podíamos verla a lo lejos y saber que aquella agua vivificadora corría frente a nosotros como una zanahoria balanceándose frente a un borrico.

En un momento dado lancé un grito, tal vez para demostrarme a mí misma que podía hacerlo, tal vez por simple desesperación. Pero no sirvió de nada. El mundo se limitó a tragarse el grito como un monstruo voraz.

Ante mis ojos veía espejismos de estanques de agua fresca, pero cuando llegaba al lugar, sólo encontraba arena.

Pasó un segundo día sin comida, agua ni ayuda. Aquella noche estaba demasiado exhausta, demasiado enferma y desanimada para utilizar siquiera la piel de dingo como almohada; creo que en lugar de dormirme me desmayé.

A la tercera mañana abordé a cada miembro de la tribu y les rogué de rodillas, con toda la fuerza que me permitía mi cuerpo agotado: «Ayúdame, por favor. Por favor, sálvanos.» Me había despertado con la boca tan seca que me resultaba muy difícil hablar.

Ellos me escucharon, mirándome fijamente, pero se limitaron a sonreír. Tuve la impresión de que pensaban:

«Nosotros también tenemos hambre y sed, pero ésta es tu experiencia, así que te apoyamos totalmente en lo que tienes que aprender.» Nadie me ofreció ayuda.

Caminamos y caminamos sin parar. El aire estaba quieto, el mundo era totalmente inhóspito. Parecía retar mi intrusión. No había ayuda ni escape posible. Tenía el cuerpo entumecido e insensible por el calor. Me estaba muriendo. Eran los síntomas de una deshidratación mortal. Sí, me estaba muriendo.

Mis pensamientos saltaban de un tema a otro. Recordé mi juventud. Mi padre trabajó duramente toda su vida en los Ferrocarriles de Santa Fe. Era muy apuesto. Siempre encontraba tiempo para dar amor, apoyo y aliento. Mi madre siempre estaba en casa para cuidarnos. Recordé que daba comida a los vagabundos quienes, por arte de magia, sabían en qué casa no los rechazarían nunca. Mi hermana era una estudiante brillante, tan guapa y popular que me pasaba horas mirando cómo se arreglaba para una cita. Cuando creciera quería ser exactamente como ella. Evoqué la imagen de mi hermano pequeño abrazando al perro de la familia y quejándose de que las niñas del colegio le querían coger la mano. De niños, los tres hermanos éramos muy buenos amigos. Nos hubiéramos defendido unos a otros en cualquier circunstancia, pero con los años acabamos distanciándonos. Sabía que aquel día ni siquiera hubieran percibido mi desesperación. Había leído que cuando uno muere recuerda toda su vida en unos instantes. Las imágenes de mi vida no se desplegaron ante mí como en un video, pero intenté aferrarme a los más extraños recuerdos. Me imaginaba a mí misma de pie en la cocina, secando platos y estudiando ortografía. La frase que más me costaba deletrear siempre fue «aire acondicionado». Me imaginaba enamorándome de un marino, nuestra boda en la iglesia, el milagro del nacimiento, primero mi hijo y luego mi hija que nació en casa. Recordé todos mis trabajos, estudios y títulos, y luego comprendí que me estaba muriendo en el desierto australiano. ¿Qué sentido tenía todo aquello? ¿Había cumplido ya todo lo que me destinaba la vida? «Dios mío —dije para mis adentros—. Ayúdame a comprender lo que está sucediendo.»

La respuesta me llegó al instante.

Yo había viajado más de quince mil kilómetros desde una ciudad norteamericana, pero mi mentalidad no se había movido un ápice. Procedía de un mundo en el que primaba el hemisferio cerebral izquierdo. Me habían educado en la lógica, el razonamiento, la lectura y escritura, las matemáticas, la ley de causa-efecto; pero ahora me hallaba en una realidad del hemisferio cerebral derecho entre personas que no usaban ninguno de los conceptos educativos y artículos que se consideraban de primera necesidad. Ellos eran maestros del hemisferio cerebral derecho y utilizaban creatividad, imaginación, intuición y conceptos espirituales. Ellos no creían necesario expresar oralmente sus mensajes; lo hacían mediante el pensamiento, la plegaria, la meditación, como se quiera llamar. Yo había suplicado y solicitado ayuda verbalmente. Cuán ignorante debía parecerles. Cualquier Auténtico hubiera pedido en silencio, en comunicación mental, de corazón a corazón, del individuo a la conciencia universal que une a todo lo vivo.
Hasta aquel momento yo me había considerado diferente, separada de los Auténticos. Ellos no cesaban de decir que todos somos Uno y ellos viven en la naturaleza como Uno, pero hasta entonces yo sólo había sido una observadora. Me había mantenido siempre al margen. Tenía que volverme Uno con ellos, con el universo y comunicarme como los Auténticos. Y eso fue lo que hice. Di las gracias en silencio a la fuente de aquella revelación y grité con la mente: «Ayudadme. Por favor, ayudadme.» Utilicé las palabras que oía a la tribu decir cada mañana: «Si es por mi supremo bien y el supremo bien de la vida en todas partes, enseñadme.»

Me vino a la mente una idea: «Métete la piedra en la boca.» Miré a mi alrededor. No había piedras. Caminábamos sobre arena fina. La idea me llegó de nuevo:

«Métete la piedra en la boca.» Entonces recordé la piedra que había elegido el primer día y que guardaba aún en el escote. Hacia tres meses que estaba ahí. La había olvidado. La saqué y me la metí en la boca, le di unas vueltas y, milagrosamente, la boca empezó a humedecerse. Noté que recuperaba la capacidad de tragar. Aún había esperanzas. Tal vez no había llegado aún el día de mí muerte.

«Gracias, gracias, gracias», repetí en silencio. Me hubiera echado a llorar, pero mi cuerpo no tenía agua suficiente para las lágrimas. Así que continué pidiendo ayuda mentalmente: «Puedo aprender. Haré cuanto sea necesario, pero ayudadme a encontrar agua. No sé qué hacer, qué buscar, adónde ir.»

La idea me llegó de nuevo: «Sé agua. Sé agua. Cuando aprendas a ser agua, encontrarás agua.» No sabía qué significaban esas palabras. No tenía sentido. ¡Sé agua! Eso no era posible. Pero una vez más intenté olvidar mi educación en una sociedad dominada por el hemisferio cerebral izquierdo. Cerré mi mente a la lógica y a la razón. Me abrí a la intuición y, cerrando los ojos, empecé a ser agua. Utilicé todos mis sentidos mientras caminaba. Olía a agua, la saboreaba, la sentía, la oía, la veía. Era fría, azul, clara, fangosa, quieta, ondulada, helada, derretida, vapor, corriente, lluvia, nieve, húmeda, vivificante, salpicaba, se extendía ilimitada. Fui toda imagen posible del agua que me vino a la mente.

Caminábamos por una llanura uniforme hasta donde alcanzaba la vista. Tan sólo había una pequeña loma rojiza, una duna de arena de poco menos de dos metros de altura con un saliente de roca en la cima. Parecía fuera de lugar en aquel paisaje inhóspito. Subí por la pendiente con los ojos entrecerrados a causa de la luz cegadora del Sol, como sumida en un trance y me senté en la roca. Miré hacia abajo y allí, ante mí, se habían detenido todos mis amigos, que me habían ofrecido su apoyo y su afecto sin condiciones, sonriendo de oreja a oreja. Les devolví la sonrisa débilmente. Luego eché la mano izquierda hacia atrás para apoyarme y noté algo húmedo. Giré la cabeza como un resorte. Detrás de mí, en la continuación de la repisa de roca sobre la que me había sentado, había un estanque de unos tres metros de diámetro y medio metro de profundidad, lleno de una hermosa agua limpia y cristalina procedente de la lluvia que había descargado la escurridiza nube del día anterior.

Creo de todo corazón que el primer sorbo de agua tibia me acercó más a nuestro Creador que el sabor de cualquier comunión que hubiera recibido antes en una iglesia.

No puedo estar segura del tiempo puesto que carecía de reloj, pero yo diría que no transcurrieron más de treinta minutos entre el momento en que empecé a ser agua y el momento en que sumergimos la cabeza en el estanque y lanzamos gritos de júbilo.

Celebrábamos aún nuestro éxito cuando un gigantesco reptil se acercó lentamente. Era enorme y parecía un vestigio de tiempos prehistóricos. Pero no había espejismo, era real. En aquel momento, ninguna otra aparición hubiera resultado más apropiada para la comida que aquella criatura que parecía un ser de ciencia ficción. La carne trajo consigo la euforia que se apodera de cualquiera ante un festín.

Aquella noche comprendí por primera vez la creencia de la tribu en la relación de la tierra con las características de los antepasados propios. Nuestra gran taza de roca parecía haber surgido bruscamente en medio de la llanura que nos rodeaba como el pecho nutrido de una antepasada, cuya conciencia corporal se hubiera convertido en materia inorgánica para salvarnos la vida. Bauticé en silencio la loma: Georgia Catherine, el nombre de mi madre.

Alcé la vista hacia la vasta extensión de tierra que nos rodeaba y, al tiempo que daba las gracias, comprendí finalmente que el mundo es verdaderamente un lugar de abundancia. Está lleno de personas buenas que nos apoyan y comparten nuestra vida si se lo permitimos. Hay comida y agua para todos los seres vivientes en todas partes si nos abrimos para recibir y también para dar. Pero entonces, por encima de todo, valoré la abundante guía espiritual que había en mi vida. Disponía de esa ayuda en cualquier momento de angustia, incluídos la proximidad de la muerte y el mismo acto de morir, porque había conseguido superar «mi estilo de vida».


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“Evocadora de Sueños” Marlo Morgan (extracto de Las Voces del Desierto).

La excitación flotaba una mañana en el aire cuando el pequeño grupo formó el círculo habitual de cara al este. Un indicio de color apenas indicaba la llegada del alba. Mujer Espíritu se situó en el centro y reemplazó al Anciano de la Tribu, que había concluido su parte de la adoración matutina.

Mujer Espíritu y yo teníamos físicamente muchas cosas en común. Ella era la única mujer aborigen de toda la tribu que pesaba más de cincuenta y cinco kilos. Yo estaba convencida de que perdía peso caminando con aquel intenso calor y haciendo una sola comida por día. Había acumulado el suficiente tejido adiposo en todo mi cuerpo como para alegrarme ante la idea de la grasa disolviéndose y cayendo a en gotas sobre mis huellas en la arena.

En el centro de nuestro semicírculo, Mujer Espíritu alzó las manos por encima de la cabeza para ofrecer su talento al invisible público celeste. Se brindaba como medio de expresión por si aquel día la Divina Unidad deseaba actuar a través suyo. Ella deseaba compartir su talento conmigo, la Mutante adoptada en aquel walkabout. Al concluir la petición dio las gracias con tono alto y enfático. El resto del grupo se unió a ella, gritando su gratitud por los dones del día aún no manifestados. Según me dijeron, normalmente todo esto se hacía en silencio, gracias a su perfecta comunicación mental, pero lo habían realizado respetando mis limitaciones porque yo era novata todavía en recibir la telepatía mental, y además era su huésped.

Ese día caminamos hasta bien entrada la tarde. A lo largo de nuestra ruta habíamos encontrado muy poca vegetación. No obstante, para mí era un alivio que no hubiera agujas de spinifex mortificándome las plantas de los pies.

El silencio se rompió al atardecer cuando alguien avistó un bosquecillo de árboles enanos. Eran unas plantas de extraño aspecto, con un tronco de árbol que se extendía por la parte superior como un arbusto gigante. Eso era lo que Mujer Espíritu había pedido y esperaba.

La noche anterior, sentados alrededor de la hoguera, ella y tres más habían cogido sendas pieles curtidas y las habían cosido para darles forma redondeada. Al día siguiente cargaban con ellas. Yo no pregunté el motivo. Sabía que me lo dirían en su momento.

Mujer Espíritu me cogió la mano, me llevó hasta los árboles y señaló algo. Yo miré y no vi nada. Su excitación me indujo a mirar de nuevo. Entonces descubrí una gran telaraña. Su dibujo era grueso, complejo y reluciente, con cientos de hilos entretejidos. Al parecer había otras iguales en varios árboles. Ella dijo algo a Outa, quien me conminó a elegir una. Yo no sabía qué debía buscar, pero había aprendido que los aborígenes elegían por intuición. Señalé una.

Mujer Espíritu sacó entonces un aceite aromático de la bolsa que llevaba atada a la cintura y untó toda la superficie redonda de la piel curtida en forma de pandero. Quitó todas las hojas que quedaban lejos del objeto de su interés y luego, colocando la superficie untada de aceite tras la telaraña, con un rápido movimiento hacia delante, la sacó entera y expertamente enmarcada sobre la piel. Yo me quedé mirando mientras los demás se acercaban, elegían una telaraña cada una de las mujeres y repetía la misma operación con una de las pieles redondeadas.

Mientras nos entreteníamos con este juego, los demás miembros de la tribu se habían ocupado de encender fuego y encontrar comida para la cena. Ésta consistió en varias de las enormes arañas de los árboles enanos, unas raíces y un nuevo tubérculo que no había comido hasta entonces y que se parecía al nabo.

Después de comer nos reunimos en torno al fuego como cada noche. Mujer Espíritu me explicó su talento. Cada ser humano es único y a cada uno de nosotros se nos otorgan ciertas características que son excepcionalmente fuertes y que pueden llegar a convertirse en un talento. Su contribución a la sociedad era la de evocadora de los sueños. Todos soñamos, me dijo. A nadie le preocupa recordar sus sueños ni aprender de ellos, pero todos soñamos. «Los sueños son la sombra de la realidad», explicó. Todo lo que existe, lo que ocurre aquí, se encuentra también en el mundo de los sueños. Todas las respuestas están allí. Las telarañas especiales se utilizan en una ceremonia de cánticos y danzas que sirven para solicitar la guía del universo a través de los sueños. Luego Mujer Espíritu ayuda al soñador a comprender el mensaje.

Tal como yo lo entendí, para ellos «soñar» significa «niveles de conciencia». Hay un soñar ancestral cuando se remonta a la creación del mundo; hay un soñar extracorpóreo como la meditación profunda, un soñar mientras se duerme, etcétera.

La tribu utiliza a los evocadores de los sueños para pedirles consejo en cualquier situación. Creen que pueden hallar la respuesta en un sueño si necesitan ayuda para comprender una relación, una cuestión de salud o el propósito de una experiencia determinada. Los Mutantes sólo conocen un modo de soñar mientras duermen, pero los Auténticos tienen conciencia de los sueños estando despiertos. Sin usar drogas para controlar la mente, utilizando tan sólo técnicas de respiración y concentración, son capaces de actuar conscientemente en el mundo de los sueños.

Recibí instrucciones de bailar con la evocadora de los sueños. Girar sobre uno mismo da un gran resultado. Plantas con firmeza la pregunta en tu mente y las formulas una y otra vez mientras das vueltas. El giro más efectivo, según la explicación de los aborígenes, es un ejercicio que aumenta los vórtices de energía en siete puntos clave del cuerpo y que consiste en girar siempre hacia la derecha con los brazos extendidos a los lados.

Me mareé pronto, así que me senté y me puse a reflexionar sobre el cambio operado en mi vida. Allí en el desierto, donde no había siquiera una persona por kilómetro cuadrado en un área tres veces mayor que Texas, estaba representando el papel de derviche, levantando arena con los pies y haciendo que el aire que llegaba a mi evocadora de los sueños se ondulara infinitamente más allá de la vasta extensión abierta.

La gente de la tribu no sueña de noche a menos que lo desee. Consideran que las horas en que se duerme son importantes para el descanso y recuperación del cuerpo. No es el momento indicado para dividir la energía en diversos proyectos. Ellos creen que la razón por la que los Mutantes sueñan de noche es que en nuestra sociedad no se nos permite soñar de día ni se acepta en modo alguno que alguien sueñe con los ojos abiertos.

Finalmente llegó la hora de dormir. Alisé la arena y utilicé mi propio brazo como almohada. Me tendieron un pequeño recipiente con agua para que me bebiera la mitad en ese momento y el resto al despertar. Eso me ayudaría a recordar el sueño con detalle. Hice la pregunta que me resultaba más acuciante: «¿Qué voy a hacer con la información que estoy recibiendo cuando termine este viaje?».

A la mañana siguiente, Mujer Espíritu me pidió a través de Outa que recordara mi sueño. Pensé que le sería imposible interpretar su significado porque no contenía nada que pareciera relacionado con Australia, pero aún así se lo conté. Me preguntó sobre todo qué sentía, qué emociones suscitaban los objetos y cosas que habían ocurrido en mi sueño. Fue asombroso el modo en que lo interpretó, siendo como era el estilo de vida civilizado con el que yo había soñado totalmente ajeno a ella.

Llegué así a comprender que habría ciertas tormentas en mi vida, que dejaría de lado personas y cosas en las que había invertido mucho tiempo y energía, pero entonces sabría lo que era sentirse un ser equilibrado y tranquilo y podría evocar esa emoción en cualquier momento en que la necesitara o deseara. Aprendí que podía vivir más de una vida y que había tenido ya la experiencia de una puerta que se cerraba. Aprendí que había llegado un momento en que ya no podía seguir con las mismas personas, lugares, valores y creencias que antes tenía. Para que mi alma madurara, había cerrado suavemente una puerta y entrado en un lugar nuevo, en una vida nueva que equivalía a un escalón espiritual más alto. Y lo que era más importante, no tenía que hacer nada con la información. Si sencillamente me limitaba a llevar a la práctica los principios que yo consideraba verdaderos, llegaría a influir en las vidas de quienes estuviera destinada a influir. Las puertas se abrirían. Después de todo, no era mi mensaje; yo sólo era la mensajera.

Me pregunté si alguno de los que habían bailado con la evocadora de los sueños compartiría los suyos. Antes de que pudiera formular la pregunta, Outa me leyó el pensamiento y dijo:

«Sí, Hacedor de Herramientas desea hablar». Hacedor de Herramientas era un hombre anciano que estaba especializado no sólo en herramientas sino también en pinceles, en utensilios de cocina, en casi todo. Él había pedido consejo sobre dolores musculares. Su sueño trataba de una tortuga que, al salir reptando del billabong, había descubierto que había perdido las patas de un lado de su cuerpo y que estaba coja. Después de que Mujer Espíritu hablara con él sobre el sueño, como había hecho antes conmigo, Hacedor de Herramientas llegó a la conclusión de que había llegado el momento de enseñar su oficio a otro. Tiempo atrás le había encantado la responsabilidad de ser un maestro artesano, pero cada vez era menor el disfrute y mayor la presión que se infligía a sí mismo, así que se le había indicado la necesidad de un cambio. Perdido el equilibrio entre trabajo y diversión, se había convertido en un ser descentrado.

En los días que siguieron le vi enseñar a otros. Cuando le pregunté por sus dolores y achaques, se ahondaron las arrugas de su rostro al sonreírme y me dijo: «Cuando el pensamiento se hizo flexible, las articulaciones se volvieron flexibles. No más dolor».


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“Todos Somos Uno. Dulce de hormigas” Marlo Morgan (extracto del libro Las Voces del Desierto)

El sol brillaba con una fuerza tan abrasadora que no podía abrir los ojos por completo.

El sudor, producido por todas y cada una de las células de mi piel, corría en riachuelos por los pliegues de mi cuerpo hasta mojarme los muslos cuando se rozaban al andar. Hasta los empeines de los pies me sudaban. Jamás había visto cosa igual; eso quería decir que habían perdido la comodidad de los cuarenta grados y que estábamos sufriendo temperaturas altísimas. También las plantas de mis pies soportaban una extraña transformación. Tenía ampollas desde los dedos hasta el talón, de lado a lado, pero las ampollas se habían formado bajo la superficie de ampollas anteriores; los tenía como muertos.

Mientras caminábamos, una mujer desapareció en el desierto y volvió poco después con una enorme hoja de un intenso verde, que tenía medio metro de ancho aproximadamente.

Yo no vi planta alguna por los alrededores de la que pudiera proceder aquella hoja, nueva y sana. Todo lo que nos rodeaba era pardo, seco y quebradizo. Nadie preguntó de dónde la había sacado. La mujer se llamaba Portadora de Felicidad; su talento en la vida consistía en organizar juegos. Esa noche iba a encargarse de las actividades participativas y dijo que jugaríamos al juego de la creación.

Tropezamos con un hormiguero de grandes hormigas, probablemente de dos centímetros y medio de longitud, con un extraño centro dilatado. «¡Te va a encantar su sabor!», me dijeron. Las criaturas iban a ser honradas como parte de nuestra comida. Son una variedad de la hormiga de miel cuyos vientres dilatados contienen una sustancia dulce de un sabor parecido al de la miel. No llegan nunca a ser tan grandes como las que habitan en terrenos más próximos a una profusa vegetación ni tienen un sabor tan dulce. Tampoco su miel es una sustancia pegajosa y densa ni de un intenso color amarillo como la de las abejas.

Más bien parece que hayan extraído la sustancia del calor incoloro y del viento de los contornos. Probablemente aquellas hormigas eran lo más parecido a una golosina que la tribu haya llegado a conocer. Extienden los brazos para que las hormigas trepen por ellos y luego se meten las manos en la boca para comérselas. Por su expresión, las hormigas tenían un sabor delicioso. Yo sabía que tarde o temprano iban a pensar que había llegado el momento de que las probara, así que decidí tomar la iniciativa. Cogí sólo una y me la metí en la boca.

El truco consistía en triturar el insecto con los dientes y disfrutar del dulzor, no tragárselo de golpe. Yo no conseguí hacer ninguna de las dos cosas. No pude tragarme aquellas patas que se retorcían alrededor de mi lengua y además la hormiga se me subía por las encías. Más tarde, cuando ya habíamos encendido el fuego, mis compañeros enterraron las hormigas en las brasas cubiertas por hojas. Cuando estuvieron cocinadas, chupé la superficie de las hojas como si fuera una chocolatina derretida en el envoltorio. Para cualquiera que no hubiera comido nunca miel de azahar, probablemente serían un festín. Sin embargo, en la ciudad no tendrían demasiado éxito.

Esa noche, Mujer de los Juegos partió la hoja en pedazos. No los contó en el sentido convencional que nosotros le damos a la palabra, pero utilizó su propio método para que todos recibiéramos nuestro trozo. Mientras ella trajinaba con la hoja, nosotros hacíamos música y cantábamos. Después empezó el juego.

La primera pieza se depositó sobre la arena, mientras proseguían los cánticos. A ésta le siguieron otras hasta que paró la música. Observamos entonces el dibujo formado como un rompecabezas. A medida que se colocaban más piezas sobre la arena, comprendí que las reglas permitían mover cualquier pieza si uno creía que la suya encajaba mejor en otro sitio.

No había turnos específicos. En realidad se trataba de un juego colectivo sin afán competitivo.

Pronto se completó la parte superior de la hoja, que recuperó su forma original. En ese momento nos felicitamos todos mutuamente, nos estrechamos las manos, nos abrazamos y nos pusimos a dar vueltas. Todos habían participado en el juego, que aún estaba a medias.

Nos concentramos de nuevo en completar la tarea. Yo me acerqué al rompecabezas y coloqué mi pieza. Después me acerqué de nuevo, pero no distinguí cuál era la mía, así que volví y me senté. Outa me leyó el pensamiento y dijo: «No pasa nada. Sólo parece que los trozos de hoja están separados, igual que las personas parecen separadas, pero todos somos uno. Por eso es el juego de la creación».

Outa tradujo también las palabras de los demás: «Ser uno no significa que todos seamos el mismo. Cada ser es único. No hay dos que ocupen el mismo lugar. De igual manera que la hoja necesita de todos los trozos para completarse, cada espíritu tiene su lugar especial. Las personas intentan a veces cambiar de lugar, pero al final cada cual regresa al que le corresponde. Algunos de nosotros buscamos un camino recto, mientras que a otros les gusta la monotonía de trazar círculos».

Noté entonces que todos ellos me estaban mirando y por mi mente cruzó la idea de levantarme y acercarme al dibujo. Cuando lo hice, sólo quedaba un espacio vacío y el trozo de hoja correspondiente se hallaba a unos centímetros, en el suelo. Al colocar la última pieza del rompecabezas, un grito de júbilo quebró el silencio y resonó en la inmensidad del espacio abierto que rodeaba a nuestro pequeño grupo.

A lo lejos, unos dingos alzaron los hocicos puntiagudos y aullaron al cielo de negro terciopelo salpicado por los destellos de los diamantes celestes.

«Tú lo has acabado y eso confirma tu derecho a este viaje -continuó Outa-. Nosotros recorremos un camino recto en la Unidad. Los Mutantes tienen muchas creencias; ellos dicen que vuestras costumbres no son las mías, que vuestro salvador no es mi salvador, que vuestra eternidad no es la mía. Pero la verdad es que toda la vida es una. Sólo hay un juego. Sólo hay una raza y muchos tonos diferentes. Los Mutantes discuten sobre el nombre de Dios, sobre qué edificio, qué día, qué ritual. ¿Vino Él a la Tierra? ¿Qué significan sus historias? La verdad es la verdad. Si hieres a alguien, te hieres a ti mismo. Si ayudas a alguien, te ayudas a ti mismo. La sangre y los huesos los encuentras en todos los hombres. En lo que difieren es en el corazón y la intención. Los Mutantes piensan sólo en los cien años inmediatos, en sí mismos, separados unos de otros. Los Auténticos pensamos en la eternidad. Todo es uno, nuestros antepasados, nuestros nietos no nacidos, la vida toda en todas partes

Cuando concluyó el juego, uno de los hombres me preguntó si era cierto que algunas personas no llegaban a saber en toda su vida cuál era el talento que les había otorgado Dios.

Tuve que admitir que algunos de mis pacientes estaban muy deprimidos y les parecía que la vida había pasado de largo por su puerta, pero que otros habían hecho su contribución. Sí, tuve que admitir, muchos Mutantes no creían que tuvieran talento alguno y no pensaban en el propósito de la vida hasta que estaban moribundos. Grandes lágrimas afluyeron a los ojos del hombre, que meneó la cabeza para demostrar lo difícil que le resultaba creer que ocurriera semejante cosa.

«¿Por qué los Mutantes no comprenden que si mi canción hace feliz a una persona es un buen trabajo? Ayudas a una persona, buen trabajo. Además, sólo se puede ayudar a una cada vez.»

Les pregunté si habían oído el nombre de Jesús. «Desde luego -me dijeron-. Los misioneros nos enseñaron que Jesús es el Hijo de Dios. Nuestro hermano mayor. La Divina Unidad en forma humana. Es objeto de la mayor de las veneraciones. La Unidad vino a la Tierra hace muchos años para decirles a los Mutantes cómo debían vivir, lo que ellos habían olvidado. Jesús no vino a la tribu de los Auténticos. Hubiera podido hacerlo, naturalmente, nosotros estábamos aquí, pero no era nuestro mensaje. No se destinaba a nosotros porque nosotros no hemos olvidado. Nosotros ya vivíamos Su Verdad. Para nosotros -prosiguieron-, la Unidad no es una cosa. Los Mutantes parecen adictos a la forma. No aceptan nada invisible y sin forma. Para nosotros, Dios, Jesús, la Unidad no es una esencia que rodea a las cosas o que está presente en su interior; ¡es todo!»

Según esta tribu, la vida y la vivencia se mueven, avanzan y cambian. Me hablaron del tiempo en que se vive y del tiempo en que no se vive. La gente no vive cuando está furiosa o deprimida, cuando se compadece de sí misma o está llena de temor. Respirar no es un factor determinante de la vida. Simplemente sirve para indicar a los demás qué cuerpo está listo para el funeral y cuál no. No todas las personas que respiran están vivas. Está muy bien poner a prueba las emociones negativas y comprobar qué se siente, pero desde luego no es prudente ahondar en ellas. Cuando el alma se halla en forma humana, la persona juega a ver qué se siente siendo feliz o desgraciado, celoso o agradecido, o cualquier otro sentimiento. Pero se supone que ha de aprender de esa experiencia y, en último término, descubrir qué le produce placer y qué le produce dolor.

A continuación charlamos sobre juegos y deportes. Les conté que en Estados Unidos nos interesan mucho los acontecimientos deportivos y que de hecho les pagamos mucho más a los jugadores de baloncesto que a los maestros. Me ofrecí a mostrarles uno de nuestros juegos y sugerí que nos colocáramos lodos en línea y que corriéramos lo más deprisa posible.

El más rápido sería el ganador. Ellos me miraron atentamente con sus hermosos y grandes ojos, y luego se miraron entre sí. Por fin alguien dijo: «Pero si gana una persona, todos los demás tendrán que perder. ¿Eso es divertido? Los juegos son para divertirse. ¿Para qué someter a una persona a semejante experiencia y tratar de convencerla luego de que en realidad ha ganado? Esa costumbre es difícil de entender. ¿Funciona con tu gente?». Yo me limité a sonreír y a negar con la cabeza.

Había un árbol muerto cerca de allí. Con ayuda de los demás construimos un balancín, colocando una de las largas ramas sobre una roca alta. Fue muy divertido; incluso los miembros más ancianos del grupo lo probaron. Me señalaron que hay ciertas cosas que uno no puede hacer solo, entre ellas usar ese juguete. Personas de setenta, ochenta y noventa años de edad liberaron al niño que llevaban dentro y se divirtieron con juegos en los que no había ganadores ni perdedores, sino diversión para todos.

También les enseñé a saltar a la comba, para lo que utilicé varias tiras largas de tripas de animal atadas unas con otras. Intentamos dibujar un cuadro en la arena para jugar a la rayuela, pero estaba demasiado oscuro y el cuerpo nos pedía descanso. Lo aplazamos para otro día.

Esa noche me tumbé de espaldas y contemplé un cielo increíblemente brillante. Ni siquiera una exposición de diamantes en el escaparate de negro terciopelo de una joyería hubiera resultado más impresionante. Ante aquel cielo, mi atención se sentía atraída como por un imán. Parecía que abría mi mente, porque comprendía que mis compañeros de viaje no envejecían como nosotros. Cierto es que sus cuerpos también acaban por desgastarse, pero es un proceso similar al de una vela que se extingue lenta y uniformemente. A ellos no se les estropea un órgano a los veinte y otro a los cuarenta. Lo que en Estados Unidos llamamos estrés, allí parecía una excusa para no hacer nada.

Por fin mi cuerpo empezaba a enfriarse. Aquel aprendizaje llevaba consigo muchos litros de sudor, pero era sin duda un método de instrucción muy eficaz. ¿Cómo iba a compartir con mi sociedad lo que estaba aprendiendo allí? Tenía que prepararme para el hecho de que nadie querría creerme. A la gente le resultaría difícil creer en este estilo de vida.

Pero por alguna razón, yo sabía que la importancia de cuidar la salud física iba unida a la auténtica curación de los seres humanos, la curación de su existencia eterna herida, sangrante y enferma.

Miré fijamente al cielo y entonces me pregunté: «¿Cómo?».


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“Contemplar al ser amado” Viktor Frankl (de “El hombre en busca de Sentido”).

“Mientras marchábamos a trompicones durante kilómetros, resbalando en el hielo y apoyándonos continuamente el uno en el otro, no dijimos palabra, pero ambos lo sabíamos: cada uno pensaba en su mujer. De vez en cuando yo levantaba la vista al cielo y veía diluirse las estrellas al primer albor rosáceo de la mañana que comenzaba a mostrarse tras una oscura franja de nubes. Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi mujer, a quien vislumbraba con extraña precisión. La oía contestarme, la veía sonriéndome con su mirada franca y cordial. Real o no, su mirada era más luminosa que el Sol del amanecer. Un pensamiento me petrificó: por primera vez en mi vida comprendí la verdad vertida en las canciones de tantos poetas y proclamada en la sabiduría definitiva de tantos pensadores. La verdad de que el amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el ser humano. Fue entonces cuando aprehendí el significado del mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y el credo humanos intentan comunicar: la salvación del ser humano está en el amor y a través del amor. Comprendí cómo el ser humano, desposeído de todo en este mundo, todavía puede conocer la felicidad —aunque sea sólo momentáneamente— si contempla al ser querido. Cuando el ser humano se encuentra en una situación de total desolación, sin poder expresarse por medio de una acción positiva, cuando su único objetivo es limitarse a soportar los sufrimientos correctamente –con dignidad– ese hombre puede, en fin, realizarse en la amorosa contemplación de la imagen del ser querido.”

Fuente: “El hombre en busca de Sentido”, Viktor Frankl (explica su experiencia como preso en el campo nazi de exterminio de Auschwitz).

Carmen Guerrero
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“Salsa” (Extracto de “Las Voces del Desierto”) Marlo Morgan.

No corría el más mínimo soplo de aire, así que notaba incluso el vello que me iba creciendo en las axilas. También notaba que los callos de las plantas de los pies se me estaban haciendo cada vez más gruesos a medida que se iban secando capas más profundas de piel.

Nuestra caminata se interrumpió bruscamente. Nos detuvimos en el lugar en que dos palos cruzados habían señalado una tumba en otro tiempo.

El recordatorio ya no se sostenía derecho; las ataduras se habían podrido. Ahora sólo quedaban dos ramas viejas, una larga y otra corta.

Hacedor de Herramientas recogió las ramas, sacó una fina tira de piel de su vistosa dilli (1) y reconstruyó la cruz usando el tejido animal con precisión profesional. Varias personas recogieron grandes rocas esparcidas en las cercanías y las colocaron formando un óvalo sobre la arena. El recordatorio de la tumba quedó entonces anclado a la tierra.

-¿Es una tumba de la tribu? -pregunté a Outa.

-No -me contestó-. Albergaba a un Mutante. Hace muchos, muchos años que está aquí; olvidada desde hace tiempo por su gente y posiblemente incluso por el superviviente que la cavó.

-Entonces, ¿por qué la arreglan? -inquirí.

-¿Y por qué no? No comprendemos vuestras costumbres, no estamos de acuerdo con ellas ni las aceptamos, pero no las juzgamos tampoco. Honramos vuestra posición en el mundo. Estáis donde se supone que debéis estar, dadas vuestras alternativas pasadas y vuestra libre voluntad actual para tomar decisiones. Este lugar nos sirve a nosotros para el mismo propósito que cualquier otro lugar sagrado. Es un momento para detenerse a reflexionar, a confirmar nuestra relación con la Divina Unidad y con toda la vida. No queda nada ahí, ¿sabes?, ni siquiera los huesos. Pero mi nación respeta a tu nación. Bendecimos el lugar, lo liberamos y nos volvemos mejores porque hemos pasado por aquí.

Esa tarde me entregué a una meditación para examinar con todo cuidado los escombros de mi pasado. Fue un trabajo sucio, aterrador, peligroso incluso. Había defendido montones de viejas costumbres y creencias por interés personal. ¿Me habría detenido yo a reparar una tumba judía o budista? Recordaba que me había puesto nerviosa en un atasco de tráfico provocado por la gente que abandonaba un templo religioso. ¿Sería capaz ahora de mostrar la comprensión necesaria para guardar mi equilibrio, mostrarme imparcial y permitir a los demás que siguieran su propio camino con mis bendiciones?

Empezaba a comprender: automáticamente le damos algo a cada persona que conocemos, pero elegimos lo que queremos dar. Nuestras palabras, nuestros actos, deben crear el escenario para la vida que deseamos llevar.

De repente sopló una ráfaga de viento. El aire me lamió la piel dolorida, como la lengua rasposa de un gato. Apenas duró unos segundos, pero en cierto modo supe que no iba a ser fácil honrar tradiciones y valores que no comprendía y con los que no estaba de acuerdo, pero también que me reportaría inmensos beneficios.

Por la noche, bajo un cielo dominado por la luna llena, nos congregamos en torno a la fogata del campamento. Un resplandor naranja nos teñía el rostro y la conversación derivaba hacia el tema de la comida. Era un diálogo abierto. Ellos me preguntaron y yo respondí cuanto me fue posible. Escucharon cada una de mis palabras. Les hablé de las manzanas, de cómo creábamos híbridos, hacíamos compota o la tradicional tarta. Ellos me prometieron buscarme manzanas silvestres para que las probara. Aprendí que los Auténticos eran esencialmente vegetarianos. Durante siglos habían comido frutas, ñames, bayas, frutos secos y semillas silvestres. Ocasionalmente añadían pescado y huevos a su dieta, cuando tales artículos se presentaban con el propósito de honrar su existencia, de formar parte del cuerpo del aborigen.

Ellos prefieren no comer cosas que tengan «cara». Siempre han molido el grano y sólo cuando los empujaron desde la costa hacia el Outback se hizo necesaria la ingestión de carne.

Les describí un restaurante y el modo en que se servían las comidas en platos decorados.

Mencioné la salsa. La idea resultó confusa para ellos. ¿Por qué cubrir la carne con salsa? Así que acepté hacerles una demostración. Desde luego no tenía la cacerola adecuada. Hasta entonces nuestra cocina había consistido en trozos pequeños de carne, que solían colocarse sobre la arena después de apartar las ascuas a un lado. Algunas veces la carne se clavaba en espetones apoyados en palos. Ocasionalmente se hacía una especie de estofado con carne, vegetales, hierbas y la preciosa agua. En el campamento hallé una piel de las que usábamos para dormir; era suave y sin pelo, y con ayuda de Maestra en Costura conseguimos unos bordes curvos. Ella siempre llevaba una bolsa especial alrededor del cuello; contenía agujas de hueso y tendones. Yo derretí grasa animal en el centro y cuando quedó líquida, añadí un poco de polvo del que habían molido antes, además de hierba de las salinas, una pepita de pimienta picante triturada y finalmente agua. Cuando espesó, la eché por encima de la carne troceada que habíamos servido antes, y que era de una criatura muy extraña llamada clamidosauro de King, un lagarto con una membrana en torno al cuello en forma de pechera.

La salsa provocó nuevas expresiones faciales y comentarios de todos los que la probaron, pero mostraron mucho tacto. En aquel momento mi memoria retrocedió quince años.

Yo me había inscrito para la elección de Señora América y me había encontrado con que una parte del concurso nacional consistía en presentar una receta original a la cazuela. Cada día, durante dos semanas, estuve preparando platos a la cazuela. Catorce cenas consecutivas las dedicamos a comer y valorar el sabor, aspecto y textura de cada nuevo plato, en busca de un posible ganador. Mis hijos no se negaron nunca a comer, pero pronto se convirtieron en maestros en el arte de decir con tacto lo que pensaban. Tuvieron que soportar algunos sabores muy poco convencionales para apoyar a su madre. Cuando gané el título de «Señora Kansas», ambos gritaron para celebrarlo: «¡Hemos superado el Desafío de la Cazuela!».

En el desierto veía la misma expresión de mis hijos en el rostro de mis compañeros. Nos divertíamos con casi todo lo que hacíamos y aquello también provocó grandes risas. Pero su búsqueda espiritual está tan presente en todas sus actividades que no me sorprendí cuando alguien comentó que la salsa era un símbolo del sistema de valores de los Mutantes. En lugar de vivir la verdad, los Mutantes permiten que las circunstancias y condiciones entierren una ley universal bajo una mezcla de conveniencia, materialismo e inseguridad.

Lo más interesante de sus comentarios y observaciones fue que nunca me sentí criticada ni juzgada. Ellos no juzgaban jamás que mi gente estuviera equivocada y que su tribu tuviera la razón. Era más bien como un adulto afectuoso observando a un niño que lucha por ponerse el zapato izquierdo en el pie derecho. ¿Quién dice que no se puede recorrer un buena distancia caminando con los zapatos cambiados? Tal vez haya una valiosa lección en los juanetes y las ampollas, pero es un sufrimiento que a un ser mayor y más sabio le parece ciertamente innecesario.

También hablamos de los pasteles de cumpleaños y el sabroso glaseado. La analogía que establecieron con el glaseado me pareció muy convincente. Parecía simbolizar todo el tiempo que pierden los Mutantes en objetivos artificiales, hueros, temporales, decorativos y edulcorados en el espacio de una generación, de modo que en realidad son muy escasos los momentos de su vida que dedican a descubrir quiénes son y cuál es su ser eterno.

Cuando les hablé de las fiestas de cumpleaños, me escucharon atentamente. Hablé del pastel, de las canciones, de los regalos y de la nueva vela que se incorpora cada año.

-¿Para qué lo hacéis? -me preguntaron-. Para nosotros una celebración significa algo especial.

Pero no hay nada especial en hacerse viejo. No exige ningún esfuerzo. Ocurre, simplemente.

-Si no celebráis que os hacéis mayores -dije yo-, ¿qué celebráis?

Que nos volvemos mejores -fue la respuesta-. Lo celebramos si este año somos personas mejores y más sabias que el año pasado. Sólo uno mismo puede saberlo, así que eres tú quien debe decirle a los demás cuándo ha llegado el momento de celebrar la fiesta.

«Vaya, vaya -pensé-, eso es algo que debo recordar.»

Es realmente asombrosa la cantidad de comida silvestre nutritiva que hay disponible y el modo en que aparece cuando la necesitan. El aspecto de las regiones áridas, que parecen inhóspitas, es engañoso. En el suelo yermo hay semillas con vainas muy gruesas. Cuando llegan las lluvias, las semillas enraízan y el paisaje se transforma. AÚn así, al cabo de unos pocos días las flores han completado el ciclo de su existencia, los vientos esparcen las semillas y la tierra vuelve a su estado áspero y agostado.

En diferentes lugares del desierto, en regiones más cercanas a la costa y en las zonas del norte, más tropicales, disfrutamos de comidas copiosas utilizando una especie de judías.

Hallamos fruta y una miel estupenda para nuestro té de corteza de sasafrás silvestre. En otro lugar pelamos la corteza de los árboles. La utilizamos para abrigamos, envolver comida y masticarla por sus propiedades aromáticas que aclaran las congestiones de cabeza.

Muchos arbustos tienen hojas con las que pueden hacerse aceites medicinales con los que tratar invasiones bacterianas. Actúan como astringentes que liberan al cuerpo de infecciones y parásitos estomacales. El látex, el fluido que contienen los tallos de algunas plantas y ciertas hojas, sirve para eliminar verrugas, callos y duricias. Los aborígenes disponen incluso de alcaloides, como la quinina. Se estrujan plantas aromáticas y se mojan en agua hasta que el fluido cambia de color. Luego se frotan el pecho y la espalda con él. Si se calienta, se inhala el vapor. Al parecer sirven para limpiar la sangre, estimular las glándulas linfáticas y como ayuda para el sistema inmunológico. Existe un pequeño árbol semejante al sauce que tiene muchas de las propiedades de la aspirina. Se toma para malestares internos, para el dolor producido por torceduras o fracturas, así como para aliviar dolores y punzadas menos importantes de músculos y articulaciones. También es eficaz contra las erosiones de la piel. Otras cortezas
se utilizan para diarreas y con la resina de algunas otras, disuelta en agua, se hace jarabe para la tos.

En general, aquella tribu aborigen era extraordinariamente saludable. Más tarde conseguí identificar algunos de los pétalos de flores que comíamos por su acción contra la bacteria de la fiebre tifoidea. Me preguntaba si tal vez así reforzaban su sistema inmunológico, de modo muy parecido al de nuestras vacunas. Lo que sí sé es que el cuesco de lobo australiano, una variedad de hongo muy grande, contiene una sustancia anticancerígena llamada calvacina, actualmente en estudio. También tienen una sustancia antitumoral llamada acronicina, que se encuentra en una corteza.

Los aborígenes descubrieron las extrañas propiedades del solano australiano hace siglos.

La medicina moderna obtiene de él el esteroide solasodina, que se utiliza para los anticonceptivos orales. El Anciano me advirtió que ellos están seguros de que las nuevas vidas que llegan al mundo deben hacerlo por decisión propia, con el propósito de amarlas y darles la bienvenida. Una nueva vida para la tribu de los Auténticos ha sido siempre, desde el principio de los tiempos, un acto creativo consciente. El nacimiento de un niño significa que han proporcionado un cuerpo terrenal a un alma compañera. Al contrario que nuestra sociedad, ellos no esperan siempre que los cuerpos aparezcan sin defectos. Es la joya invisible que se lleva en el interior, la que carece de defectos y da, al tiempo que recibe, ayuda en el proyecto común de las almas para refinarse y mejorar.

Yo tuve la impresión de que si ellos rezaran a nuestro modo, no sería para pedir por el niño abortado sino por el niño no deseado. Todas las almas que deciden experimentar la existencia humana serán honradas, si no a través de un padre y unas circunstancias determinadas, a través de otro, en otro tiempo. El Anciano me comentó que el promiscuo comportamiento sexual de ciertas tribus, sin tomar en consideración el nacimiento resultante, era tal vez el mayor retroceso que había dado la humanidad. Ellos creen que el espíritu entra en el feto cuando anuncia su presencia al mundo mediante el movimiento. Para ellos un niño que nace muerto es un cuerpo que no albergaba ningún espíritu.

Los Auténticos han localizado también una planta silvestre del tabaco. Utilizan las hojas para fumar en pipa en ocasiones especiales. Ellos siguen usando el tabaco como una sustancia única y rara, porque no abunda, que puede producir una sensación de euforia y crear adicción.

Se utiliza simbólicamente para saludar a los visitantes o iniciar reuniones. Yo encontré cierta similitud entre su respeto por la planta del tabaco y las tradiciones de los indios americanos.

Mis amigos hablaban a menudo de la tierra que pisábamos, recordándome que era el polvo de nuestros antepasados. Ellos decían que en realidad las cosas no mueren, sólo se transforman.

Hablaron del cuerpo humano, que vuelve a la tierra para servir de alimento a las plantas, que a su vez son la única fuente de oxígeno para los humanos. Parecían ser mucho más conscientes del valor de las moléculas de oxígeno que necesitan todos los seres vivientes que la inmensa mayoría de la gente norteamericana que conozco.

Los miembros de la tribu de los Auténticos tienen una vista increíble. El pigmento rutina, que se encuentra en diversas plantas autóctonas, es una aceptable sustancia química que se usa en drogas oftalmológicas para combatir la fragilidad de los capilares y vasos sanguíneos del ojo. Al parecer, a lo largo de los miles de años en los que los aborígenes fueron los únicos habitantes de Australia, supieron descubrir los efectos que producían los alimentos en el cuerpo.

Uno de los problemas de comer lo que crece de forma silvestre es que existen múltiples plantas venenosas. Ellos reconocen de inmediato lo que supera los límites permisibles. Han aprendido a eliminar las partes venenosas, pero me contaron con tristeza que algunas de las ramas del tronco de la raza aborigen, que habían vuelto al comportamiento agresivo, eran conocidas por utilizar el veneno contra enemigos humanos.

Cuando ya llevaba cierto tiempo viajando con el grupo, empezaron a aceptar mis preguntas como una parte realmente necesaria para mi comprensión personal. Abordé también el tema del canibalismo. Yo había leído los relatos que se hacían en los libros de historia y había oído bromas de mis amigos australianos con referencia a los aborígenes que se comían a la gente, incluso a sus propios hijos recién nacidos. «¿Era eso cierto?», pregunté.

Sí. Desde el alba de los tiempos, los humanos han experimentado con todas las cosas.

Tampoco allí, en aquel continente, se había podido evitar. Ciertas tribus aborígenes tuvieron reyes, hubo también gobernantes femeninos, otras raptaron a personas de grupos diferentes y otras comieron carne humana. Los Mutantes matan y se van, dejando el cadáver para que se encarguen de él. Los caníbales mataban y usaban el cuerpo para alimentarse. El propósito de un grupo no es mejor ni peor que el del otro. Matar a un ser humano, tanto si es para protegerse como para vengarse, por conveniencia o para comer, es siempre lo mismo. No matar a ninguno es lo que diferencia a los Auténticos de las criaturas humanas mutantes.

«No hay moral en la guerra -dijeron-. Pero los caníbales jamás mataron en un día más de lo que podían comer. En vuestras guerras se matan miles de personas en unos minutos. Tal vez sería bueno sugerir a vuestros líderes que ambos bandos de vuestras guerras acordaran sólo cinco minutos de combate. Luego deberían permitir a los padres acudir al campo de batalla para recoger los cuerpos y miembros de sus hijos, llevárselos a casa, llorarlos y enterrarlos. Después de eso, podrían acordarse otros cinco minutos de batalla, o quizá no. Es difícil hallar sentido a lo absurdo.»

Esa noche, tumbada sobre la fina piel que impedía el contacto de mi boca y ojos con la tierra de arenisca, pensé en el largo camino recorrido por la humanidad en muchos aspectos y en cuánto nos hemos desviado del rumbo correcto en muchos otros.

(1) Dilli no tiene traducción exacta.
Es una palabra nativa para designar las bolsas de fibras vegetales y corteza de árbol tejidas por los aborígenes. (N. de la T.)


Extracto del libro: “LAS VOCES DEL DESIERTO” – MARLO MORGAN
TRANSCURRE EN ​EL DESIERTO ​AUSTRALIA​NO​ CON LOS ABORÍGENES DENOMINADOS LOS AUTÉNTICOS



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“Las Causas de la Miseria” según ‘El Tibetano’.

Extracto de uno de sus libros “Los Problemas de la Humanidad”

Éste es un documento histórico, estremecedor, de denuncia clara, esclarecedor, aportado por una persona “El Tibetano” que dictaba sus libros a su discípula Alice A. Bailey, por medio telepático. Como se podrá comprobar, ya en el año 1947 se nos advertía seriamente acerca de las causas de las guerras y la miseria. Lo dicho entonces es perfectamente válido hoy, nada ha cambiado al respecto, tan sólo el hecho de que esas fuerzas a las que denunciaba, aparentemente al día de hoy actúan más organizadamente y hasta con más descaro y apareciendo a la luz, pues están tan seguros de sí mismos que nada temen de las reacciones de la gente. Sus acciones son más contundentes y estrechan el cerco sobre la humanidad.

He aquí el texto:

“Ante todo debe reconocerse que la causa de la inquietud mundial, de las guerras que han destrozado a la humanidad y de la miseria que se ha extendido por todo el planeta, puede atribuirse en gran parte a un grupo de hombres egoístas que, con fines materialistas, ha explotado durante siglos a las masas y ha aprovechado el trabajo humano para sus propios fines egoístas. Desde los señores feudales de Europa y de Gran Bretaña, en la Edad Media, pasando por los poderosos grupos comerciales de la era Victoriana, hasta ese puñado de capitalistas –nacionales e internacionales- que hoy controla los recursos del mundo, ha surgido el sistema capitalista que ha destrozado al mundo. Este grupo de capitalistas monopoliza y explota los recursos del mundo y los productos necesarios para vivir en forma civilizada y lo ha podido hacer porque posee y controla la riqueza del mundo y la retiene en sus manos mediante justas directivas entrelazadas. Ellos hicieron posible la vasta división entre los muy ricos y los muy pobres; aman el dinero y el poder que el dinero da; apoyaron a gobiernos políticos; controlaron al electorado; hicieron posible los objetivos estrechos y nacionalistas de políticos egoístas; financiaron los negociados mundiales; controlaron el petróleo, el carbón, la fuerza motriz, la luz y los transportes, y pública y anónimamente el movimiento bancario del mundo.

La responsabilidad de la gran miseria que prevalece hoy en todos los países del mundo corresponde principalmente a ciertos grupos interrelacionados de hombres de negocios, banqueros, ejecutivos de carteles internacionales, consorcios, monopolios y organizaciones y a directores de grandes corporaciones, que sólo buscan su propio beneficio o el de la corporación. No les interesa beneficiar al público, excepto en lo que respecta a la demanda pública por mejores condiciones de vida, lo cual les permitirá, bajo la Ley de Oferta y Demanda, proveer productos, transportes, luz y fuerza, que a la larga redundarán en mayores beneficios. Las características de los métodos empleados por tales grupos son: la explotación del potencial humano, el manipuleo de los principales recursos planetarios y la promoción de la guerra para beneficio comercial y personal.

En todas las naciones existen tales hombres y organizaciones responsables del sistema capitalista. Las ramificaciones de sus negocios y el aferramiento financiero sobre la humanidad, existían antes de la guerra; estaban activos en todos los países y, aunque durante la guerra (Nota: se refiere a la II gerra mundial) se han mantenido ocultos, aún existen. Forman un grupo internacional estrechamente interrelacionado; trabajan en completa unidad de ideas e intención y se conocen y comprenden mutuamente. Estos hombres pertenecían a las Naciones Aliadas y a las Potencias del Eje; trabajaban juntos antes y durante todo el período de la guerra, mediante directorios entrelazados, bajo nombres falsos y a través de organizaciones encubiertas, siendo ayudados por las naciones neutrales que pensaban como ellos. A pesar del desastre que trajeron al mundo, están organizándose nuevamente, renovando sus métodos y no han cambiado sus objetivos ni se interrumpieron sus relaciones internacionales. Constituyen hoy la mayor amenaza que enfrenta al género humano; controlan la política; compran a los hombres prominentes de cualquier nación; aseguran el silencio mediante amenazas, dinero y temor; amasan riquezas y compran una popularidad espúrea por medio de empresas filantrópicas; sus familiares llevan una vida cómoda y fácil y no saben lo que significa trabajar como Dios manda; se rodean de belleza, lujo y posesiones y cierran los ojos a la pobreza, la desdicha, la indigencia, la desnutrición y a la sordidez de la vida de millones de seres; contribuyen en las obras de caridad y en la Iglesia, a fin de tranquilizar su conciencia y evitar el impuesto a los réditos; proporcionan trabajo a muchos millares de hombres, pero les dan un salario tan exiguo que los imposibilita disfrutar de las verdaderas comodidades, del descanso, la cultura y los viajes.”


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