La importancia de la coherencia como valor en un mundo cada vez más incoherente

Hubo una vez una reunión de los cangrejos. Llegaron desde todos lados: de aguas tranquilas y océanos agitados e incluso desde los ríos. Nunca se había realizado una convocatoria de aquella magnitud, de manera que todos estaban expectantes por conocer el motivo.

El cangrejo más anciano tomó la palabra:

– Amigos, os he convocado para hablar de una pésima costumbre que arrastramos desde hace siglos y que debemos cambiar urgentemente.

Todos se quedaron asombrados, hasta que un joven cangrejo preguntó:

– ¿Cuál es esa costumbre?

– Caminar hacia atrás respondió – sin rodeos el anciano cangrejo. Todos nos usan como un ejemplo negativo y se han formado una imagen pésima de nosotros. A nosotros nos resultará casi imposible change, pero propongo que las madres enseñen a sus hijos a caminar hacia delante. A la nueva generación le resultará más fácil y así mejoraremos nuestra imagen.

Los presentes estaban de acuerdo y cuando volvieron a sus hogares se esforzaron por poner en práctica la recomendación. A partir de ese momento, todos los cangrejos que nacían enseñados a caminar hacia delante.

Las madres se esforzaron mucho por guiar a sus vástagos, y los cangrejitos también se esforzaban por mover sus patitas como les indicaban, pero los avances eran mínimos porque les costaba.

Un día, uno de los cangrejitos se dio cuenta de que sus padres caminaban hacia atrás de manera más rápida y sin esfuerzo.

– ¿Por qué ellos hacen una cosa y nos enseñan otra? – preguntó.

Ni cortos ni perezosos, probaron aquella manera de caminar y se dieron cuenta de que era mucho más sencillo, así que dejaron de intentar caminar hacia delante.

El anciano cangrejo tuvo que reconocer que no podía pedir a los pequeños lo que ellos mismos no eran capaces de hacer. Y todos siguieron caminando hacia atrás, como siempre.

Aunque en realidad los cangrejos no caminan hacia atrás, sino de lado, esta fábula de Félix María de Samaniego aborda la importancia de la coherencia como valor, tanto en el ámbito de la educación como en nuestro día a día. De hecho, la coherencia se ha convertido en uno de los valores más recurrentes y exhibidos de la vida cotidiana. Al menos su concepto, no su práctica.

La coherencia como valor y elemento de juicio

La palabra coherencia proviene del latón cohaerentia , que se utilizaba para indicar una conexión o relación global entre cada una de las partes. Implica una cohesión, no solo al interno de los fenómenos sino también en su expresión.

Podemos decir que una persona es coherente cuando cumple dos requisitos básicos: 1. evita decir o sentir una cosa y hacer otra y, 2. cumple sus promesas y compromisos. Por tanto, las personas coherentes son más predecibles y fiables. Sabemos qué esperar de ellas y qué no. Sabemos exactamente a qué atenernos.

La coherencia pone al descubierto la fortaleza o debilidad de nuestro esquema moral y su aplicación en el mundo real. Es lo que nos permite convertirnos en referentes para otras personas, en alguien creíble y fiable que transmite seguridad y consistencia de criterio y acción. Por tanto, actúa como un poderoso pegamento social, mientras que su ausencia genera confusión, incertidumbre y desconfianza en las relaciones. Por tanto, la coherencia puede convertirse en un elemento esencial para construir espacios de confianza o, al contrario, crear espacios de suspicacia que detonen conflictos interpersonales.

Por esa razón, a menudo la usamos como vara de medir y elemento de juicio. Evaluamos la coherencia de los demás porque así podemos saber si su voz es fiable. En cambio, la incoherencia resta fuerza moral. De hecho, consideramos que no es recomendable aceptar lecciones de personas incoherentes.

Sin embargo, no debemos olvidar que de la misma manera en que levantamos la ceja ante las incoherencias de los políticos y otros personajes públicos, la coherencia también nos desnuda y expone, como en la fábula de los cangrejos. Nadie está libre de inconsistencias.

La construcción de la coherencia es un proceso que dura toda la vida

La coherencia personal se va construyendo a lo largo de la vida. La aprendemos cuando somos niños, primero en el seno de la familia, luego en la escuela y más tarde en la sociedad. Los padres, por supuesto, tienen un gran peso en la configuración del sentido de la coherencia, así como el sistema educativo.

A lo largo de la vida, aprendemos de diferentes maneras, también viendo lo que hacen los demás. De hecho, el aprendizaje por modelado, también conocido como aprendizaje por observación, imitación o aprendizaje vicario, es uno de los más importantes en la infancia. Los niños aprenden a ver a los adultos, que serenden en su modelo y ejemplo a seguir. Por eso, enseñar desde la coherencia es la mejor manera para desarrollar este valor.

Sin embargo, el aprendizaje por imitación no es exclusivo de la etapa infantil. De adultos seguimos observando los comportamientos de nuestros congéneres y aprendemos de ellos. Al igual que los niños buscan en sus padres ciertos puntos de referencia cuando se encuentran perdidos en una situación social, también nosotros miramos a los demás cuando no tenemos claro comportarnos.

Ante la duda, es lícito y natural tomar nota de lo que hacen los otros. Es un mecanismo ancestral que nos permite evitar errores innecesarios o situaciones peligrosas. Por tanto, podemos seguir reforzando la coherencia personal en la adultez, tomando nota también del ejemplo que brindan las organizaciones y sistemas. A fin de cuentas, cada sociedad y cultura generalmente tienen estándares de coherencia.

Sin embargo, cuando nos vemos imbuidos en sistemas que normalizan la incoherencia, es probable que suframos una disonancia cognitiva y nuestra consistencia se resienta. De hecho, nuestro sentido de la coherencia no es estático sino más bien una formación viva que se mueve y adapta a las circunstancias, pudiendo convertirse en un eje vertebrador de nuestra vida o, al contrario, en una rama colateral.

Cuando nos vemos atrapados en una sociedad en la que se permiten niveles elevados de incoherencia, tenemos básicamente tres opciones, como explica la filósofa Esther Trujillo. La primera consiste en renunciar a nuestras ideas y creencias mientras que la segunda implica adaptarnos para que el sistema nos admita.

En ambos casos nos forzamos a ser incoherentes. Ello implicaría renunciar a hacer lo que querríamos u obligarnos a pensar de otra manera. A largo plazo esa incoherencia nos puede pasar factura, haciendo que nos sintamos como un impostor y perdamos el contacto con nosotros mismos.

La tercera opción consiste en tomar conciencia de que no podemos cambiar la sociedad en su conjunto para que se adapte a nuestro sistema de creencias, por lo que deberíamos que «salir» de ella para preservar nuestra coherencia. Eso, obviamente, tiene un costo. Y a menudo es bastante elevado.

El costo y la trampa de la coherencia

La coherencia está en todas partes. Se manifiesta en nuestro ser, hacer y decir. También se expresa a través de nuestras decisiones, sobre todo cuando elegimos qué conservar ya qué renunciar. Cada decisión coherente siempre implica una renuncia. Por tanto, la práctica de coherencia implica estar dispuesto a renunciar a determinadas cosas.

No obstante, es importante no caer en la trampa de la coherencia entendiéndola como un concepto absoluto en términos de “todo o nada”. La coherencia puede ser una fuente de motivación e hilo vertebrador para una vida con sentido, pero también puede convertirse en un obstáculo si la aplicamos de manera rígida. La coherencia debe ser una brújula, no una camisa de fuerza. Cuando la aplicamos de forma rígida termina constriñéndonos y quebrándonos, sometiéndonos a su dictadura. Una dictadura que suele resultar dañina a largo plazo.

Todos cambiamos con el paso del tiempo debido a las experiencias que vamos viviendo. Es normal. Mantenernos atados a valores que han perdido su razón de ser y que ya no reflejan quiénes somos o en qué creemos, solo para ser coherentes, es un suicidio psicológico. La coherencia es una herramienta para vivir mejor y ser más auténticos, no un cepo al cual atarnos.

Fuentes:

Trujillo, E. (2020) En busca de la coherencia. Principio moral.

Vonk, R. (1995) Efectos de los comportamientos inconsistentes en las impresiones de las personas: un estudio multidimensional. Boletín de Personalidad y Psicología Social ; 21 (7): 674-685.

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