domi LA ÉGIDA DE SHAMASH

La adquisición de nuestros conocimientos

Durante mucho tiempo la Historia del Próximo Oriente Antiguo no fue sino una parte de la Historia bíblica sin entidad propia. A partir de inicios del siglo XIX, aunque existían algunos precedentes, incluidos los españoles sobre los que se conoce más bien poco, este estado de cosas comenzó a ser modificado por las investigaciones emprendidas en diversos lugares por los sabios europeos, como una consecuencia más de la política colonial, con más sombras que luces, desarrollada por aquel entonces. He preferido, para esta breve introducción a los descubrimientos que tuvieron lugar en ese contexto y posteriormente, utilizar los magníficos textos de experimentados colegas -cuya obra me apresuro a recomendar- que de forma literal o más resumida, cito a continuación.

La recuperación moderna del Próximo Oriente antiguo. (J. Sanmartín-J.M. Serrano, 1998, pp. 27 ss.)

«En plena Edad Media, a finales del s. XI los rabinos Benjamín de Tudela y Petajias de Ratisbona habían visitado Mosul y Nínive, pero sus relatos no dejaron apenas huella en la conciencia cultural de la Europa medieval. Más tarde, en 1616, el italiano Pietro della Valle volvió a Nínive y visitó Babilonia, y realizó las primeras copias de ladrillos inscritos con signos que Th. Hyde, en su Historia religionis veterum Persarum (…), publicada en 1700, calificó de «piramidales, o en forma de cuña». En el s. XVIlI, otros viajeros se aventuraron en lo que hoy es Irak, por entonces una de las regiones más recónditas del Imperio otomano. El danés C. Niebuhr se adentró en Irán y llegó a Persépolis (1778), donde realizó una serie de copias de las inscripciones que acompañaban los bajorrelieves de los complejos palaciales. A comienzos del s. XIX, las academias europeas disponían de excelentes copias de diversas inscripciones trilingües persas.

Estas copias fueron estudiadas sistemáticamente por G. F. Grotefeld, en Gottingen, y el irlandés E. Hinck, los cuales se dieron pronto cuenta de que (a) las inscripciones eran de época aqueménida, y de que (b) una de las lenguas era el persa antiguo. En 1803 consiguieron identificar algunos grafemas del signario persa, relativamente más elemental; los resultados fueron considerablemente mejorados por H. C. Rawlinson, que trabajó sobre el texto trilingüe de Darío I entre 1835 y 1847. En 1857, E. Hincks, H. C. Rawlinson, J. Oppert y H. F. Talbot compitieron por leer y traducir cada uno por su cuenta un texto acadio, el prisma octogonal con los anales de Tiglatpileser I, consiguiendo resultados prácticamente idénticos: la vía para el desciframiento de ulteriores textos estaba libre.

Mientras tanto, la curiosidad iba en aumento, espoleada por la prensa de la época, ávida de novedades procedentes de Oriente. En 1848 se realizaron las primeras expediciones francesas e inglesas al norte de Irak. En Khorsabad, E. Botta y U. Place excavaron la ruinas de Dur Sarrukin, la capital levantada por Sargón II de Asiria a finales del s. -Vlll. A partir de 1845, los ingleses excavaron la antiguas ciudades de Kalah, Nínive y Assur; en 1854, Rassam encontró en Nínive la gran biblioteca del rey Assurbanipal (s. -Vll), que sigue siendo la mayor colección de literatura acadia excavada hasta la actualidad. El hecho de que las excavaciones se concentraran en Asiria fue la causa de que se denominara «Asiriología» a la ciencia histórica que se ocupa en general de la cultura mesopotámica y de sus áreas de influencia.

En el sur, los trabajos arqueológicos sistemáticos los comenzaron los franceses, en 1877, en Tello, la antigua Girsu (no Lagash, como se creyó durante mucho tiempo), lo que permitió conocer la cultura del III milenio a.C. El alemán W. Koldewey llevó la dirección de las excavaciones alemanas de Babilonia desde 1899. Muy importantes fueron siempre las expediciones norteamericanas, que desde 1888 excavaron Nippur, uno de los centros de la cultura literaria sumeria. Ur fue excavada desde 1918 por el británico Woolley; en Uruk, los alemanes reanudaron en 1928 los trabajos que había interrumpido la Primera Guerra Mundial. La regiones orientales limítrofes del Irak, el viejo Elam, fueron incluidas en las campañas de excavaciones francesas desde 1884; en este contexto, la primera ciudad estudiada fue Susa. El cuadro estaba, si no completo, al menos esbozado.

Tras la Primera Guerra, el interés se extendió a las culturas del área de influencia mesopotámica. Desde 1925, las excavaciones norteamericanas en Nuzi, en la cuenca alta del Tigris, revelaron la existencia de una importante ciudad hurro-mittánica del s. XV a. C. Los franceses, dirigidos por Parrot, descubrieron Mari en 1933, con lo que se tuvo acceso a las culturas del Eufrates de los milenios III y II. Unos años antes, en 1928, Schaeffer había descubierto en la costa siria la antigua ciudad de Ugarit, un importante nudo de comunicaciones entre el Mediterráneo y el mundo sirio mesopotámico durante todo el II milenio. Se vio así que Siria, lejos de ser una provincia apartada dominada por seminómadas esteparios, constituía un ámbito cultural de primerísimo orden, partícipe pleno de las viejas culturas sumero- acadias y transmisor de las mismas. Cuando en 1975 los italianos descubrieron miles de tablillas cuneiformes en Ebla, esta convicción, que ya era válida para el II milenio desde los hallazgos de Mari y Ugarit, hubo que extenderla a la Siria del III milenio a.C.

En Anatolia, el alemán K. Bittel excavó sistemáticamente desde 1931 la antigua ciudad de Hattusa, capital del reino hitita, cuyos restos revelaron una fecundísima cultura híbrida de elementos indoeuropeos y mesopotámicos. El final de la Segunda Guerra Mundial multiplicó el número de excavaciones, en las que actualmente participa la práctica totalidad de las naciones europeas, EE.UU., Canadá, Australia, Japón, Turquía, Siria e Irak. Entidades y organismos supranacionales como la UNESCO y la Unión Europea patrocinan también trabajos de campo en el Próximo Oriente».

Los documentos: su estudio y limitaciones.
Básicamente los documentos de que disponemos para reconstruir la historia y el modo de vida de todas aquellas gentes que habitaron el Próximo Oriente durante la Antigüedad, se clasifican en textos, que pueden ser de muy diversa índole (crónicas, inscripciones, literatura religiosa y sapiencial, códigos, etc.), traducidos de sus respectivas lenguas por los filólogos, y restos materiales (diversas clases de artefactos, utensilios, construcciones, etc.) que estudian los arqueólogos. Ambos proporcionan la información de que disponemos para reconstruir la historia del Próximo Oriente Antiguo, y por tanto constituyen las fuentes de nuestro conocimiento. Dicha información es, en conjunto, muy abundante pero se encuentra muy irregularmente distribuida, tanto en el espacio y en el tiempo como en lo que concierne a los diversos tipos de actividades realizadas por las gentes de aquellas civilizaciones, de las que pretendemos llegar a adquirir un conocimiento histórico lo más completo posible.

Aunque el paulatino y trabajoso desciframiento de las lenguas (sumeria, acadia, hitita, persa…) ha ido poniendo a disposición de los especialistas una gran cantidad de información que procede, casi siempre, de los yacimientos excavados por los arqueólogos, no debemos olvidar que son los palacios y los templos los que proporcionan el grueso de la documentación escrita, testimonio significativo al mismo tiempo del tipo de organización social imperante. La ausencia de una literatura que no provenga de forma exclusiva de los círculos socioculturales dominantes nos limita a la perspectiva propia de aquellos, y por consiguiente cuando empleamos los códigos y ordenamientos jurídicos, como principal forma de abordar el conocimiento de una realidad social que de otra manera se nos escapa, aún así, y pese a su extraordinaria importancia, percibimos sobre todo en tales documentos el punto de vista del legislador sin llegar a alcanzar plenamente la perspectiva de los legislados.

Si bien los materiales sobre los que se escribieron los documentos (tablillas de arcilla cocida, piedra, bronce) han facilitado enormemente su conservación hasta nuestros días y debemos al afán recopilador de algunos reyes de aquellos tiempos el haber podido encontrar grandes cantidades de ellos, como ocurre por ejemplo con la gran biblioteca del palacio de Assurbanipal en Nínive, o en otra medida con los archivos del palacio de Mari o los posteriormente descubiertos en Ebla, la información que nos proporcionan dista muchas veces de ser todo lo amplia y completa que nos gustaría.

Al carácter parcial de los textos escritos, que emanan exclusivamente de los grupos socioculturales dominantes, ya que la mayoría de la población permanecía iletrada, se añaden los imponderables propios de la documentación de tipo arqueológico que, si por una parte reporta la ventaja de proporcionar en muchos casos datos fiables e indiscutibles dado su carácter empírico, adolece por otra de la casuística propia del estado de conservación de los yacimientos, algo que escapa a la responsabilidad y capacitación de los investigadores, así como de los problemas típicos derivados de la investigación de campo. Además, los restos de cultura material que se han conservado y han sido hallados por los arqueólogos, no lo han sido por una razón meramente aleatoria. Su grado de preservación ha dependido también, de alguna forma, de la calidad de sus soportes físicos, los materiales en que están realizados, que es mayor, por lo general, cuanto más elevado es el rango social de quienes los detentaron.

Fuentes internas. (J. Sanmartín-J.M. Serrano, 1998, pp. 29 ss.)
«El resultado más llamativo de las excavaciones lo han constituido centenares de miles de textos cuneiformes de todo tipo: son fuentes internas, frente a informaciones que pueden provenir de fuera -como la Biblia y los autores clásicos o fuentes externas. El grupo de textos literarios más importante en lengua acadia proviene de la mencionada biblioteca de Assurbanipal, excavada en Nínive.

Las excavaciones llevadas a cabo en Tello -la antigua Girsu- y en Nippur sacaron a la luz los núcleos más importantes de la civilización sumeria. G. Smith descubrió en 1872 la tablilla Xl de la «Epopeya de GiIgamesh»; las excavaciones francesas en Susa, Elam, dieron con la estela de Hammurabi (el llamado «Código de Hammurabi»). Al interrumpirse las excavaciones sistemáticas debido al estallido de la Primera Guerra Mundial, se habían identificado ya los yacimientos de Babilonia, Sippar, Borsippa, Kisurra, Surrupak, Adad y Kish, que habían proporcionado decenas de miles de tablillas. Mediante las excavaciones llevadas a cabo en el período de entreguerras fuera del ámbito estrictamente mesopotámico, pero en zonas bajo su influjo cultural directo (Siria y Anatolia), nuestro conocimiento del mapa lingüístico mesopotámico, hasta entonces reducido básicamente al binomio sumero-acadio, se vio enriquecido con el descubrimiento de nuevas lenguas, como el amorreo, ugarítico, hitita, hurrita y urarteo.

El periodo que siguió a la Segunda Guerra Mundial se ha caracterizado, sobre todo, por los trabajos de digestión filológica, lingüística, histórica y antropológica de los datos. Es imposible calcular actualmente el volumen epigráfico cuneiforme que está a nuestra disposición; las bases de datos van acumulando textos y los listados superan, sumados, el medio millón de documentos, en su mayor parte esperando en los almacenes de los museos a que se complete su lectura y estudio. El número va en aumento con cada nueva excavación.

Los textos historiográfico pueden clasificarse en tres grandes géneros: las inscripciones reales, los textos cronográficos y los textos literarios de carácter histórico.

Inscripciones reales.
Son documentos redactados por voluntad del rey y explícitamente destinados a perpetuar su memoria. En sus formas más generales están presentes tanto en la tradición sumeria como en la acadia y abarcan desde la época protodinástica hasta la época persa. Estrictamente hablando, las inscripciones reales pueden dividirse en varios subgéneros: (A) inscripciones conmemorativas; (B) etiquetas; (C) inscripciones votivas, y (D) cartas a un dios.

Inscripciones conmemorativas.
Se denominan así porque su finalidad es conmemorar una actuación del rey: normalmente la construcción de un edificio, frecuentemente un templo, o una acción militar con final victorioso. Están grabadas o escritas sobre los soportes más diversos, siendo los más frecuentes los de arcilla (tablillas, prismas, cilindros, conos y ladrillos), piedra (estelas y lápidas), paredes de roca u objetos preciosos. Aunque ya tardía, es muy célebre la inscripción de Behistun del rey persa Darío I (-521 486), inscrita sobre roca en tres lenguas: persa antiguo, elamita y acadio. Se trata de la inscripción más importante de la antigüedad preclásica de Asia: su carácter trilingüe hizo posible -a partir de la versión persa- el desciframiento de la escritura cuneiforme y, con ello, el conocimiento histórico del Oriente Antiguo. La clave del desciframiento -el nombre del rey persa Darayavahush («Darío»)- estaba ya en las lineas introductorias de la inscripción. Historiográficamente muy importante es la variante asiria de este género de inscripciones conmemorativas. En estos ejemplares se incluyen relatos a veces muy detallados de campañas militares, redactados en forma autobiográfica y en orden cronológico: son los así llamados «anales asirios». Constituyen una información valiosísima para las etapas finales de la época asiria media y toda la época neoasiria.

Etiquetas.
Se les da el nombre de etiquetas a ciertas inscripciones muy breves que suelen ser de marcas de propiedad. Su soporte es de lo más variado: anillos, cetros, todo tipo de armas reales, etc., siendo muy frecuentes las grabadas sobre vasijas y ladrillos. Su texto se limita a dar el nombre del rey y, a veces, algunos de sus títulos.

Inscripciones votivas.
Son textos grabados sobre objetos ofrecidos a la divinidad. Se trata casi siempre de objetos de naturaleza cultural, como estatuas o vasijas, de armas o joyas (cuentas de piedras preciosas); frecuentemente los soportes de estas inscripciones votivas forman parte de la estructura de un templo: ladrillos, dinteles, etc. Algunas inscripciones son muy elementales, pero otras, mucho más elaboradas, tienen varios centenares de líneas y contienen información mucho más rica. Tal es el caso, por ejemplo, de la inscripción de un soberano sumerio de Lagash, del s.- XXIV, en la que se menciona un conflicto entre esta ciudad y la población de la vecina Umma por cuestión de fronteras. Con este motivo, la inscripción hace un repaso de las rencillas pasadas y describe los encuentros armados entre ambos jefes; sólo se mencionan, sin embargo, las victorias del bando propio

Cartas al dios.
Las cartas al dios son un género típicamente asirio, aunque con raíces en la costumbre general mesopotámica -atestiguada por viejos ejemplares sumerios y acadios- de escribir a las divinidades para pedirles favores, o por otros motivos. El ejemplar más importante en el género historiográfico es la carta de Sargón II ( 722 -705) al dios Assur, en la que el rey le rinde cuentas de una campaña victoriosa.

Textos cronográficos.
Son textos que presentan acontecimientos del pasado ordenados en series secuénciales. Los subgéneros mayores son (A) las listas de reyes y (B) las crónicas. Estos dos subgéneros se entremezclan muy frecuentemente dentro de un mismo documento.

Listas de reyes.
Una lista real es un simple elenco de nombres de reyes, al que se pueden añadir otros detalles, como los años de sus reinados y su filiación. Entre los representantes más conspicuos de este subgénero, abundantemente documentado, se encuentran (1) la Lista Real sumeria, (2) la Lista Real asiria y (3) la así llamada Lista Sincrónica.

(1) La Lista Real sumeria es una composición de finales del s. XX, redactada en la ciudad estado de Isín. Consiste en un largo listado de los soberanos mesopotámicos ordenados por dinastías. Éstas se colocan siempre una detrás de otra, aunque es historiográficamente evidente que gobernaron simultáneamente en las diferentes ciudades estado. La idea rectora del esquema es probar que no hubo nunca en Babilonia más que un gobierno, y que en ese momento le tocaba gobernar precisamente a la ciudad de Isín. Los datos, por lo general, se reducen a mencionar las ciudades que fueron sedes de una dinastía y sus soberanos respectivos, indicando los años de reinado de cada uno. El comienzo de la Lista coincide con el comienzo mismo de la historia, cuando la institución real, de origen divino, bajó a la primera ciudad digna de tal nombre: Eridu. Tras la quinta mudanza sobreviene el diluvio; cuando la realeza vuelve a bajar del cielo, la ciudad destinataria es la célebre Kish, que se convierte así en heredera de la vieja Eridu. La Lista se acerca poco a poco a la historia: los años de los reinados ya no se cuentan por decenas de miles, sino sólo por centenares, y los nombres de muchos soberanos son históricamente controlables desde otras fuentes. El esquema prosigue impertérrito listando nombre tras nombre y contando sus años, con cifras cada vez más plausibles. Los cambios de dinastía se enuncian invariablemente con la fórmula: (Tal lugar) fue derrotado por la armas; su realeza fue llevada a (tal otro). hasta que le toca el turno definitivamente a la ciudad de Isín.

(2) La Lista Real asiria es un listado de 109 reyes. Comienza en las épocas más remotas, con nombres de reyes ancestrales que, en los resúmenes o sumarios intercalados, se describen como pastores seminómadas o, a lo sumo, como monarcas de los que sólo se conoce su secuencia dinástica. Esta lista de reyes asirios llega hasta el reinado de Salmanasar V ( 726-722). Está dividida en varias secciones separadas por líneas horizontales; por lo general, cada sección, a excepción de la primera, contiene el nombre de un rey, su filiación y la duración de su reinado. Aparte los primeros reyes, de los que, por falta de datos, se dan sólo sus nombres, la lista es relativamente fiable y proporciona un excelente marco para la datación. La primera redacción es de la época de Samshi Adad I (-1813 1781), que mandó componerla para justificar su subida al trono asirio emparentándose ficticiamente con los viejos reyes asirios, ya que él era en realidad un jeque de extracción amorrea.

(3) La Lista Sincrónica es un listado de reyes asirios a los que se yuxtaponen los nombres de los reyes babilónicos coetáneos. Va separada también por líneas, con dos nombres en cada una, y los títulos «rey de Asiria» y «rey de Babilonia». Arranca a principios del II milenio a.C. y llega hasta Assurbanipal (-688-627), fecha también de su redacción. Los motivos de la lista no son puramente historiográficos: el documento trata probablemente de defender la tesis de que Asiria y Babilonia eran dos entidades políticas bien diferenciadas y teñían destinos distintos. La redacción coincide con el ocaso rápido del imperio neoasirio y el resurgimiento político babilónico de la dinastía caldea; en la lista se refleja el temor asirio a una anexión por parte de Babilonia.

Crónicas.
Están relacionadas con el género de las listas, diferenciándose de ellas por incluir secciones narrativas más o menos extensas. Se han conservado algunos fragmentos relativos a la época asiria media (siglos XIV-XII); otros textos tratan de épocas más recientes, del I milenio a.C. Entre las crónicas más importantes hay que mencionar (1) la Crónica Weidner, (2) la serie de Crónicas Babilónicas y (3) la Crónica Dinástica.

(1) La Crónica Weidner -por el nombre de su primer editor- es sumamente importante como fuente histórica para el III milenio a.C. Arranca en la primera mitad del III milenio, con el semilegendario rey Agga de Kish -adversario de GiIgamesh en un viejo poema épico sumerio-; el último nombre mencionado es el del rey Sulgi (-2094 2047), de la dinastía III de Ur. Su interés se centra en Babilonia y en Marduk, su dios nacional. Se trata en realidad de una composición tendenciosa que explica el éxito o fracaso de los reyes según la conducta observada por cada uno de ellos en relación con el culto de Marduk y el cuidado de su templo, el Esagila babilónico. Contenía una introducción mitológica, hoy en parte perdida, en la que se narraba una lucha entre dioses y, probablemente, la construcción del mencionado templo Esagila. La secuencia de reyes que ofrece esta crónica es artificial en muchos puntos.

(2) De la serie de Crónicas Babilónicas se han conservado quince tablillas; en su estado original cubría el periodo que media entre el rey babilonio Nabu-nasir (747-734) y el año II de Seleuco III (-224); ello indica que los cambios de dinastía no se consideraban signo de ruptura cultural. Sin embargo, se constatan ciertas diferencias de estilo a partir del 539, fecha de la captura de Babilonia por los persas. Tiene por tema las personas y hechos de los reyes babilónicos, todo ello relatado en un estilo lacónico y objetivo. Presentan estos textos cierto parecido con las secciones narrativas de las inscripciones reales asirias, los llamados anales. Por lo general, los textos de esta serie pecan por defecto: lejos de arriesgarse a interpretar o explicar los acontecimientos, se limitan a hacer una lista de ellos como una serie de fichas de archivo.

(3) El estilo de la Crónica Dinástica se inspira muy de cerca en la Lista Real sumeria, aunque amplía algunos detalles, como el diluvio; a veces se añaden datos inesperados, como los lugares de enterramiento de ciertos reyes. Abarca desde las épocas antediluvianas hasta el s. VIII a. C., y está escrita en una mezcla de sumerio y acadio. Las fechas que cita son a menudo inexactas, pero el listado de los reyes es fiable.

Textos literarios de carácter histórico.
En la mayoría de los relatos literarios mesopotámicos suelen abundar los motivos míticos o sobrenaturales; hay, sin embargo, algunos que centran su atención en acontecimientos más mundanos, de carácter -por decirlo así- histórico. Aunque son de difícil manejo como fuentes históricas, debido precisamente a su carácter marcadamente literario, son imprescindibles para comprender los mecanismos narrativos de su autores y su concepto de lo históricamente acontecido; por supuesto, pueden suministrarnos abundantes detalles sobre el pasado. Hay que mencionar los géneros de (A) la profecía; (B) los poemas éticos, y (C) los relatos pseudoautobiográficos.

Profecías.
Por profecías se entienden, en este contexto, vaticinia ex eventu: textos atribuidos a un soberano del pasado que ha podido predecir el futuro; un futuro que, evidentemente, había tenido ya lugar antes de que la profecía se redactase realmente. Así, por ejemplo, en cierta composición se pusieron en boca de Sulgi, que reinó en Ur a finales del III milenio a.C., «profecías» sobre acontecimientos que habían ocurrido cientos de años antes de que estas profecías se escribieran en torno al s. XII a. C.. En otros casos, como el llamado Discurso profético de Marduk, de la misma época, se «predijeron» las tres ocasiones en que los invasores de Babilonia se habían llevado consigo, en el pasado, la imagen del dios nacional Marduk, para «predecir» a continuación la vuelta de esa imagen a su templo, cosa que ocurrió en apoca del autor. Mucho más tardía es la denominada Profecía dinástica, en la que un autor da probablemente rienda suelta a sus sentimientos antihelénicos: en ella se «predicen» la caída de Asiria y el auge de Babilonia, luego la caída de Babilonia y el auge de Persia, a continuación la caída de Persia y el triunfo de Macedonia; en la conclusión, por desgracia, muy deteriorada, se debió profetizar la ruina de los dinastas seléucidas.

Poemas épicos.
Se pueden extraer datos históricos de los más diversos relatos literarios. Así, el poema de la «Maldición de Akkad», que tergiversa radicalmente los datos, es un buen indicio de ciertas corrientes anticentralistas en pleno s. XXI. Los poemas sumerios sobre las hazañas de los reyes Enmerkar, Lugalbanda y GiIgamesh se mueven en planos predominantemente fabulosos; prueba de que, cuando se compusieron estas obras, no quedaba de los personajes más memoria que sus meros nombres, los de algunos enemigos y los de los escenarios de sus andanzas. En el texto denominado El Rey Batallador, que narra una expedición del viejo Sargón I de Akkad (ca. -2334 2279) a Anatolia, el rey es un esforzado héroe capaz de llevar a cabo las más arduas e inverosímiles empresas.

Los poemas épicos surgieron siempre abonados por una ideología política o religiosa más o menos explicita. En los textos babilónicos, los temas dominantes son la supremacía del dios nacional Marduk sobre los demás dioses, y la desgracia que cae inexorablemente sobre los reyes babilónicos que descuiden su culto. La Epopeya de Tukulti-Ninurta, composición de finales del s. XIII a. C. que narra las hazañas de este rey asirio, justificaba sus ataques contra Babilonia -por la que los asirios sentían gran respeto, basándose en supuestos crímenes cometidos por el rey babilonio Kastiliash, de la dinastía casita: estamos ante un panegírico del rey asirio y una apología suya ante el partido probabilónico.»

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