ELOGIO DEL DÉFICIT

Las cifras de la economía española se van descuadrando. Ya parecía que salíamos de la crisis, cuando grandes especialistas en materia económica, como por ejemplo el Banco de España, ponen eso en solfa. De todos los indicadores que se tambalean, hay uno que me parece esencial: el déficit. El déficit máximo para 2015, pactado entre la Comisión Europea y el gobierno español, fue del 4,2% del PIB. Sin embargo, el propio ministerio de hacienda informa ahora que 2015 se ha cerrado con un déficit del 5,16%, es decir, un 0,96% superior al acordado. Como cada décima de déficit equivale aproximadamente a 1000 millones de euros, ello significa que el año pasado se ha creado un agujero presupuestario de 9.600 millones, a añadir como extra a los 42.000 millones previstos. Caramba, un 23% de desviación más que un agujero parece un socavón. Ante tal panorama, cualquiera mínimamente interesado por las cifras llegaría fácilmente a la conclusión de que tampoco se cumplirán las cifras de déficit pactado para 2016 y 2017: 2,8% y 1,7% del PIB respectivamente.
A pesar de que en el subconsciente del ciudadano está que la marrullería y el trile son algo inevitable en la praxis política, yo encuentro que lo peor del actual escenario deficitario no son tanto las cifras técnicas como el engaño político. Habrá que recordar el machaqueo de cifras brillantes con las que el Gobierno nos ha venido castigando a la opinión pública desde el otoño de 2015. Aseguró que no habría desviación en la cifra de déficit, así como que se cumplirían —naturalmente si el PP se revalidara en la gobernanza de la XI legislatura— los objetivos de déficit pactados con Bruselas para los dos años siguientes. Pero ese discurso gubernamental se ha mostrado erróneo cuando no falaz. El ministro de hacienda inmediatamente ha culpado de ello a las Comunidades Autónomas. Vaya, como si éstas, señor Montoro, no fueran también parte del Estado. Habrá que recordar cómo el comisario de asuntos económicos y financieros, fiscalidad y aduanas de la Comisión Europea, Pierre Moscovici, manifestó en su momento su “preocupación” por la “trayectoria presupuestaria” española. Y también cómo ello supuso un enroque gubernamental en defensa de sus presupuestos y previsiones, a la vez que trataba de desacreditar a Bruselas acusando al comisario y a la Comisión de moverse por intereses políticos. Ahora sabemos que, en este asunto, el señor Moscovici decía verdad y el gobierno español mentira y, además, a sabiendas de que así lo hacía.
Tras más de 107 días sin gobierno titular, nos hemos plantado a solo cuatro semanas del 2 de mayo. En esa fecha, o bien habrá presidente del gobierno, o bien las Cortes quedarán disueltas y se convocarán nuevas elecciones generales para el 26 de junio. Mientras tanto, lo previsible es que, tal como viene advirtiendo el Banco de España entre otros, la situación económica siga deteriorándose. En cualquiera de los dos casos, investidura inmediata o nuevas elecciones, el panorama económico que le espera al próximo gobierno (y, de paso, a casi todos nosotros) es bastante malo. Independientemente del cromatismo, desde el monocolor a la verbena, cuanto más se prolongue la incertidumbre política y cuantos más sean los colores de la paleta gubernamental, peor para todos. Porque cada vez será más urgente tener un gobierno titular que negocie con Bruselas unos nuevos objetivos de déficit, a la vez que acuerde internamente por dónde se vuelve a meter la tijera. Porque los recortes parecen inevitables. Me temo que nuevamente habrá tijeretazos por doquier, incluidas obviamente en las partidas de mayor volumen de gasto. Verbigracia: los gastos sociales (sanidad, educación y pensiones). Es decir, volver a empezar.
Y ya puestos en esa dinámica de repetir los recortes pasados, habrá que darle un poco de alegría y chascarrillo al triste escenario. Y así se me ocurre que quizás Pedro Sánchez no iba tan descaminado cuando expresó que había que suprimir el ministerio de defensa. Esa “genial” idea de don Pedro podría relacionarse con el imprevisto socavón de los 9.600 millones de euros en 2015, ya mencionado. No sé si el SEGENPSOE pensaba entonces suprimir solo el órgano central de Defensa —lo que quizás suscitaría incontables apoyos en las FAS—, o hablaba llanamente de disolver todo el tinglado, incluidas las FAS. Porque aunque este último fuera el caso, las cuentas no cuadrarían. Fantaseando que se pudiera suprimir toda la defensa de un plumazo, y que las FAS se esfumaran instantáneamente (incluidas las familias de los militares que también comen), teóricamente todo el gasto suprimido en 2015 ascendería a los 5.700 millones de euros presupuestados. Hasta los 9.600 millones del socavón extra, faltarían todavía 3.900 millones a recortar. Habrían de “desvanecerse” más cosas.
En ese orden de cosas, ¿qué les parece, por ejemplo, la supresión del ministerio de asuntos exteriores y cooperación? Eso serían casi 1.100 millones más de ahorro. Además no habría consecuencias notables, porque sus funciones podrían ser automáticamente asumidas por el “ministerio” catalán de asuntos exteriores del señor Romeva, así como por las embajadas catalanas que, aunque también financiadas con dinero público, parecen intocables. Los 2.800 millones que faltarían para acabar de rellenar el socavón se podrían obtener suprimiendo, por ejemplo, el ministerio de hacienda y administraciones públicas (2.200 millones presupuestados), y el CNI. Además del ahorro, se acabaría así con la tortura sobre el contribuyente de la presión recaudatoria de Hacienda en el primer caso y, en el del CNI, con su “indemocrática” falta de transparencia, así como con el dispendio de los pagos de rescates de secuestrados y otras actividades difícilmente confesables.
Rememorando a Erasmo, todo esto parece un gran elogio del déficit. A la vista de lo que uno ve y oye cada día, qué habría de extraño en pensar que si en 2015 se hubieran esfumado completa e instantáneamente tanto el ministerio de defensa, como el de asuntos exteriores más el de hacienda y el CNI, ese 4,2% del PIB de déficit pactado se habría cumplido rigurosamente. Bruselas estaría así encantada y lo mismo el Estado funcionaría mejor. Quién sabe. Después de oír las cosas que viene diciendo Julito, uno puede ya creerse cualquier otra tontería.
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