Adriana – Hay días en que todo está desordenado: el pelo, la cama, el corazón. . .

Psicología/Valeria Sabater
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Hoy todo en mí está desordenado: el pelo, la cama, el corazón…Ya no tengo quien desnude mis miedos y abrace mi alma, pero aún así, te prometo que recogeré cada pedazo perdido, cepillaré mis vacíos y trenzaré mis penas para que nada de esto me impida volver a vestirme con sonrisas, con esperanza.

Cada uno de nosotros hemos experimentado alguna vez estas encrucijadas vitales en las que, de pronto, todo parece estar desordenado. Nuestras brújulas personales ya no marcan el norte y casi sin saber cómo, llegamos al borde del abismo. Ahora bien, lo creamos o no, en estos instantes solo tenemos dos opciones: caer en ese abismo y tocar fondo o salir impulsados hacia el cambio, hacia una nueva realización personal.

Tengo el alma desordenada y un corazón herido. Trenzo mis penas en silencio mientras te dejo ir, mientras desahogo mis pesares y decepciones sabiendo una cosa: en la persona tan fuerte en que voy a convertirme cuando por fin, vuelva a soltar mis cabellos ahora trenzados con las lágrimas…

Resulta curioso analizar por un momento, el significado etimológico de la palabra “crisis”. Viene del griego y deriva a su vez de dos términos muy interesantes “la rotura de algo” y la oportunidad de “analizar” ese algo.

Así pues, cuando nuestra vida esté tan desordenada que no sepamos siquiera con qué pie empezar a caminar, nada mejor que analizar cada una de nuestras partes rotas para comprendernos mejor y después, propiciar el cambio. Te proponemos reflexionar sobre ello con nosotros.

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Un cerebro desordenado que intenta sobrevivir al caos
Sabemos que este dato puede sorprenderte, pero nuestro cerebro no ha evolucionado precisamente para permitirnos ser cada vez más felices. De hecho, cada generación sigue teniendo casi los mismos problemas emocionales y existenciales que sus antecesores. Nuestro “tejido gris”, por así decirlo, no es ningún gurú en materia de felicidad.

El cerebro solo tiene una necesidad: garantizar nuestra supervivencia. De ahí, por ejemplo, los miedos, esos mecanismos instintivos que resultaron ser muy eficaces para que el hombre primitivo se defendiera de posibles depredadores. Ahora bien, en la actualidad, nuestros miedos son menos concretos y más intangibles: tenemos miedo a la soledad, al fracaso, a no ser amados, a no cumplir determinadas expectativas…

A ello se le suma otro aspecto esencial. Según un estudio publicado en la “Review of General Psychology” las experiencias negativas dejan en nuestro cerebro una impronta más profunda que las positivas. No obstante, su finalidad es clara: aportarnos nueva información para poder sobrevivir mejor ante nuevas situaciones vitales.

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Por tanto, el cerebro percibe esos instantes de crisis y desorden personal como “pequeñas amenazas” a nuestra propia supervivencia. De ahí, su “invitación” a que seamos capaces de adaptarnos mejor a nuestros contextos y para ello, en ocasiones, solo existe un modo: el cambio.

Cómo afrontar nuestras encrucijadas vitales
Pocas cosas dejan tan desordenado nuestro corazón como una ruptura afectiva. La inversión emocional y personal es tan alta en estas situaciones que tras ese adiós, nos podemos más que escondernos en la caracola de nuestra soledad para escuchar el rumor de todos esos sueños perdidos.

Puesto que sabemos ya que nuestro cerebro no tiene ese interruptor natural para hacernos felices de nuevo, basta con recordar varias cosas que sí posee: resiliencia, la habilidad para enfrentar la adversidad y una altísima capacidad creativa para buscar la mejor estrategia con la cual, salir de nuestras encrucijadas vitales.

Te ofrecemos sencillas pautas que pueden servirte de ayuda.

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Claves para restablecer el orden y hallar nuestro equilibrio personal
Cuando todo está desordenado nada mejor que sembrar de pequeños placeres nuestro día a día. Puede parecer una tontería, pero cuando nuestra mente sufre un exceso de “pasado” y un temor extremo al “futuro” nada mejor que anclarlo al presente mediante actividades sencillas y placenteras.

Sal a caminar, desconecta de la rutina y de lo que te es habitual en tu cotidianidad. De este modo, verás las cosas desde otra perspectiva.
Entiende que vivir es ante todo tomar decisiones. Ante toda encrucijada lo único que se nos exige es una cosa: ser responsable de nosotros mismos.
Para tomar decisiones se requiere primero de una adecuada calma interna. Puede que ahora mismo solo sientas el desorden de tus emociones y sentimientos, pero siempre llegará ese instante en que debas detenerte y tomar conciencia de dónde estás y lo que necesitas.
Ensaya posibilidades. Empieza propiciando pequeños cambios y atiende qué sucede. Si te complace el resultado, da un paso un poco más grande, un cambio más atrevido y verás entonces cuántas colinas y montañas eres capaz de mover.

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En conclusión, a pesar de que nos sorprenda, en realidad, las personas no deberíamos temer tanto estos instantes vitales de desorden personal. Lejos de darles una atribución puramente negativa, es mejor verlos como lo que son: nubes temporales sin certeza que nos obligan a abrir nuestros paraguas de colores para sortear la tormenta.

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