«La brújula emocional» Mariano Alameda.

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Llevamos una brújula dentro que está conectada a la verdad,
se llama corazón emocional
.

Sin embargo, parece que ni sabemos usarla bien y, además, falla.

Hay dos tendencias con respecto a las emociones: o nos dicen que tenemos que aprender a reprimirlas porque no son oportunas en el trabajo, en el colegio, en la familia y por tanto nos pasamos la vida con contracciones crónicas musculares, razonándolo todo, cara de pasa y cuerpo de zombi … O nos dicen que, sobre todo, tenemos que liberarlas y expresarnos y nos pasamos la vida liándola parda, montando el número y sobredimensionando todo lo que nos pasa como si fuéramos el ombligo del mundo y el resto nos debiera pleitesía.

Sin embargo, de las emociones no se puede huir. Todos, al menos en la intimidad las sentimos, aunque aparentemos que no o nos neguemos sentir lo que sentimos y lo transformemos en otra cosa. Y si no, las expresamos en el fútbol a voz en grito, llorando viendo la novela, con los videos de gatitos abandonados o con un peliculón. Las emociones nos rodean saliendo de nosotros.

Y lo que más nos desconcierta: no se pueden elegir. Vienen desde dentro, como de serie, como diseñadas por otro que no soy yo, desde un cerebro más antiguo y más profundo que nuestra mente pensante. Son nuestra conexión con la naturaleza profunda, siempre íntimas, siempre personales. Por eso nos cuesta tanto abrirnos a mostrarlas, porque tememos que no sean validadas por los demás, que las usen para atacarnos o para reírse de nosotros o que muestren que somos como no queremos ser: débiles, violentos, lujuriosos, aburridos, obstrusos… Incluso nosotros mismos no queremos reconocerlas, validarlas. Incluso ni nos escuchamos a nosotros mismos para usarlas como guía y perdemos la posibilidad de recibir la verdad de la intuición.

Las emociones nos vienen como advertencias, como sobresaltos, como preparación al ataque, como ganas de huir, como parálisis, como euforia, como tristeza, como asco, como negación, como curiosidad, como alegría. A veces vivimos con paz, a veces nos lo impiden. A veces adecuadas, a veces inoportunas. A veces apropiadas, a veces totalmente inoperantes. A veces nos vienen bien, a veces nos destrozan la vida. A veces bailamos con ellas, a veces son un tsunami que nos anega.

Y así, sigue, el corazón y la cabeza a palos desde hace siglos, desde que la razón pretendió imponerse al instinto por la aparente supremacía del intelecto (ja,ja,ja). Desde aquello, la rebelión de los demonios del instinto le demuestra al pensamiento que es un amo que ata con cadenillas de latón porque cuando el volcán erupciona, no es la mente quien lleva los mandos del control del cuerpo.

Sobre todo va a ser complicado convivir con las emociones si nuestra infancia no fue guiada por unos padres medianamente sanados de sus dolores y delirios. Si no fuimos mirados correctamente, atendidos con amor, si no nos enseñaron con su cariño y con sus límites a regularnos a nosotros mismos, si en vez de tenerlos como ejemplo de vida los tuvimos como modelos a rechazar o si nosotros mismos fuimos rechazados, desatendidos, criticados, amenazados, juzgados, abusados, engañados o usados, entonces nuestros dolores, represiones y miserias infantiles no fueron integradas y tendremos problemas con las emociones. Porque aquellas emociones que nos provocaron en la infancia cincelaron el fondo de nuestros cerebros infantiles. Que es el mismo cerebro con el que hoy vemos la vida y el mismo que nos propone desde el fondo lo que vamos a sentir en cada momento.

Aquellas emociones intantiles, tan potentes, tan temidas, quedaron como demonios atascados en la botella, fondo de nuestro inconsciente, preparados para saltar cuando aparezca un estímulo que nos recuerde vagamente aquello que las crearon. Esos demonios nos poseerán en el peor momento o serán los que provocarán que aquello que nos hicieron, hoy nos lo seguimos haciendo nosotros mismos, intentando recibir una validación que no llegará.

El colegio nos hizo máquinas doloridas, condicionadas, amaestradas. Y, para rematarlo, como todos los niños que fueron inocentes, nos comimos a nuestros padres, en lo bueno y en lo malo, sin saberlo y sin filtro. Y la brújula se estropeó.

El que dude que nuestra brújula está estropeada, que vea un telediario.

Y por ello, por aquellos chungos, perdimos el rumbo de la intuición y nos escindimos interiormente en mil personalidades, pero en dos que especialmente tratan de controlar al mundo emocional: una que se comporta como un abusador, un verdugo, un juez, al que le parece bien o mal lo que sentimos, el que intenta controlarlo todo y nos manda y reprime y juzga. Y paralelamente, tenemos otra personalidad, que también somos nosotros, que se siente una víctima y se justifica y echa fuera las culpas y se defiende y desafía, gime y se rinde. Nos pasamos la vida entre las dos, intentando aprender a gestionar la erupción emocional que desde el fondo va brotando, como un manantial continuo, a veces límpido y bello, a veces atronador y vomitivo.

Nuestras emociones son inteligencia, son una brújula. Buscan que sobrevivamos, que huyamos, que ataquemos, que pongamos límite, que nos reproduzcamos, que seamos respetados, que tengamos lo que nos pertenece, que sepamos rechazar lo que nos daña, que pertenezcamos al grupo, que sepamos si vamos bien o vamos mal, si triunfan o no nuestras pretensiones, si estamos siendo nosotros mismos o nos estamos traicionando, también, a nosotros. Pero son una inteligencia bruta, de animal, antigua y descarada, que pudo estropearse, que puede estropear a otros.

Somos como el animal que somos: pura naturaleza con todas las cualidades de la naturaleza, pero fuera de la armonía de la naturaleza, porque nuestra mente se embebió de soberbia.

Hay que aprender a cabalgar sobre el tigre que es nuestro cuerpo, porque sin él no existe la felicidad, pero con él desbordado y sin riendas, somos trozos de madera de un naufragio doliéndose contra las rocas.

¿Dónde se enseña a vivir? En la vida. El juego es el maestro.

Las emociones son la naturaleza, la guía, el animal, la salvación, la joya más preciada y el monstruo más abyecto, la estrella de la mañana y el agujero negro, la causa y la consecuencia de nuestra vida, nuestra satisfacción y nuestra enfermedad, quién dará forma a la historia de nuestra vida y formará o deformará a nuestros hijos y amores.

Aprende a identificar lo que sientes, comprende su sentido, escucha su mensaje, practica sus giros y ofrécete lo que no te fue ofrecido y ofrece tu verdad al mundo.

Se puede curar sólo con emociones, porque se forjaron antes que la mente, en la profunda infancia. Afina tu instrumento.

La verdad se nota cuando la cabeza confirma las certezas del corazón.



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