Paseando entre los animales de nuestra prehistoria

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A finales de 2014 tuve la oportunidad de visitar por primera vez el espacio natural dedicado a la cría de algunas de las especies que cazaron nuestros ancestros del Pleistoceno. Escribí un post sobre esta visita, que se publicó en este mismo blog el 16 de diciembre de ese año. Ese espacio natural forma parte del proyecto “Paleolítico Vivo”, que en aquel momento estaba en sus inicios. Con mucha suerte solo se podían ver los uros (Bos taurus primigenius) a cierta distancia, aunque pude conseguir buenas fotos a la carrera de los espectaculares caballos de przewalskii (Equus ferus przewalskii). Algunas de las imágenes se publicaron en ese post. Situado en la localidad de Salgüero de Juarros, a 27 kilómetros de Burgos y en la parte baja de la sierra de la Demanda, el paraje natural de Paleolítico Vivo está ubicado a pocas horas de distancia desde cualquier punto de la península Ibérica.

Han pasado dos años y he regresado para conocer el progreso del proyecto. La introducción de algunas de las especies que cazaron los neandertales y sus ancestros, además de los primeros sapiens que pisaron tierra europea están al alcance de nuestros objetivos. Todo un lujo y una emoción para niños y mayores. Nuestra imaginación puede volar hasta épocas remotas y recrear el ambiente de aquellos humanos. Por supuesto, los bisontes de entonces eran huidizos ante la presencia de sus predadores. Los ejemplares de Paleolítico Vivo se han acostumbrado a ver a ese otro animal con ruedas, desde el que se les ofrece un pedazo de pan o un racimo de uvas. Aunque parezcan animales afables y tranquilos no deja de ser emocionante pensar la forma en la que nuestros antepasados pudieron cazar estos animales con lanzas de madera. Sus 700 kilos de peso en movimiento causarían no poco respeto.

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Bisonte (Bison bonasus) macho cerca del vehículo todo-terreno que recorre el parque. Imagen del autor.

El Bison bonasus es algo más pequeño que el bisonte americano (Bison bison), pero los machos puede alcanzar hasta dos metros en la cruz (la parte más elevada del cuerpo). Su origen, según revela un estudio reciente de su ADN en la revistaNature Communications, se habría debido a la hibridación entre el ya extinguido bisonte estepario (Bison priscus) y el Bos primigenius. Un proceso evolutivo curioso, extraño y fascinante. Su existencia a finales del Pleistoceno está registrada en la pinturas de muchas cuevas de Europa. El bisonte europeo estuvo al borde de la extinción a comienzos del siglo XX, pero iniciativas como la de Paleolítico Vivo nos han regalado la posibilidad de seguir disfrutando de ellos.

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arpanes (Equus ferus). Imagen del autor.

También es emocionante verse rodeado por un grupo de caballos “tarpanes” (Equus ferus ferus). Se han acostumbrado a la presencia de los visitantes y puedes fotografiarlos a placer. Estos caballos también aparecen pintados en las paredes de las cuevas europeas y su recuperación ha sido posible gracias a la ingeniería genética.

Este proyecto de conservación de la naturaleza ha tenido (y tiene) detractores. Hace unos 7.000 años la agricultura y la ganadería se fueron imponiendo en Europa. Costó mucho tiempo y esfuerzo conseguir razas de animales autóctonos de carácter tranquilo, capaces de ayudar en las labores agrícolas y de producir, leche, carne o pieles para el abrigo. Al mismo tiempo, los especímenes salvajes desaparecían a gran velocidad, mientras los campos de cultivo se extendían para procurar alimento a un población humana cada vez más numerosa. No resulta extraño que se produzca una reacción en contra de lo que se consiguió hace tiempo: erradicar a aquellos mamíferos, carnívoros y herbívoros, que interferían con el “progreso” de la humanidad.

Pero ahora nos hemos concentrado en grandes ciudades y el campo ha sido en parte abandonado. Quedan extensas zonas de bosque autóctono que ya no producen nada. Ni tan siquiera se aprovecha la leña que calentaba los hogares de los agricultores hace apenas 50 años. Si acaso, los amantes de la micología pueden disfrutar del placer de conseguir llenar sus cestos de buenas setas. La convivencia de los espacios utilizados para la cría de animales domésticos y la cría de animales no domesticados y en libertad es posible y deseable.

Quizá es momento de reaprovechar esos espacios naturales para dar cobijo a los animales que nos alimentaron en el pasado, y que ahora pueden mantener el equilibrio de los bosques abandonados de muchos lugares de Europa. Una escapada de la gran ciudad para convivir durante una horas o días con esos animales en parajes idílicos es quizá una de las mejores terapias para el estrés moderno. Y, por cierto, si uno tiene la oportunidad de comer carne de uro (solo cuando la población de estos animales crece demasiado) disfrutará de un sabor único y espectacular.

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