¿Qué es la educación (y por qué la mejor explicación es la primera de la historia, la de Platón)?

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Todos sabemos que la educación es de suma importancia, pero nos cuesta trabajo definirla. Con la educación ocurre un poco como con el tiempo, según explicaba San Agustín: uno sabe internamente a qué se refiere, pero cuando intenta explicar qué es las palabras fallan. Para salir de este tipo de aprietos puede ser apropiado regresar a la etimología del término y a su historia intelectual. Actualmente usamos de manera un tanto suelta el término «educación» para referirnos a casi cualquier tipo de conocimiento que es enseñado y aprendido. Educación de esto u lo otro, pero el sentido original que aparece en Platón es algo distinto.

La primera mención significativa del término educación en el pensamiento occidental ocurre en La república, cuando Platón introduce la alegoría de la cueva, a la que llama «una analogía de la condición humana, de nuestra educación o falta de ella». En otras palabras, las personas que se encuentran encadenadas a la cueva observando las sombras que se reflejan en la pared, incapaces de percibir la luz directamente (la realidad, la verdad, el bien), son las personas que aún no reciben o completan su educación.

George Grant, uno de los más importantes filósofos en la historia de Canadá, describe esta situación:

La misma palabra educación nos recuerda la alegoría arquetípica de la cueva de Platón, en la que la existencia humana es descrita como el movimiento que va de las sombras y las imaginaciones de la ignorancia hacia la luz solar del conocimiento. No uso la palabra conocimiento, como se suele usar en nuestra era pragmática, para entender la manipulación del mundo para su propio propósito. La uso, en cambio, como eso que lleva al espíritu humano a un estado de conciencia de sí.

Este pasaje de Grant relaciona el significado literal de la palabra «educar» con el movimiento de la oscuridad a la luz o de la ignorancia al conocimiento. El verbo e-ducar significa literalmente «llevar» o «guiar» hacia afuera. Platón juega con esta idea de manera brillante: la filosofía es la educación -o el conocimiento liberador- que conduce hacia afuera de la cueva, de las ilusiones.

En otra parte del mismo texto el filósofo explica que la educación es un arte de orientación (literalmente, llevar hacia el oriente, hacia la luz) y la labor del educador consiste en hacer que las almas den vuelta (se transformen) y vayan hacia la luz (metastrephein). Esta operación es descrita y vinculada con la idea platónica de abrir el ojo del alma o el ojo de la mente, despertando la facultad suprema del intelecto (noesis). El ojo del alma, sin embargo, no es algo que debe crearse, sino más bien descubrirse o recordarse. Y aquí tenemos otra forma de entender qué es la educación: permitir que se desarrolle la capacidad innata del entendimiento de la realidad, una capacidad que no tiene una función meramente discursiva sino una finalidad soteriológica de primera importancia. Sólo desarrollando esta facultad, que es la esencia de la educación, podremos ser libres.

Así entonces, el significado de la educación toma un papel mucho más relevante y preciso que el que le asignamos hoy en día. Si bien en todas partes se reconoce la importancia de la educación, se suele pensar en ella de una manera opuesta a cómo Platón entiende el verdadero conocimiento. Hoy en día, educar suele ser enseñar una serie de conocimientos prácticos que conducen a fines instrumentales, a conseguir un trabajo y conseguir solvencia económica. Platón denuncia este tipo de conocimiento, propio de los «amantes del dinero», y lo diferencia de la filosofía, que es amor al conocimiento por sí mismo. Siguiendo la visión platónica, la auténtica educación sería el conocimiento que nos hace amar el conocimiento por sí mismo, que nos enseña cómo pensar y no en qué pensar.

El problema con la adopción de la noble visión educativa de Platón es que parte de una serie de premisas que la sociedad moderna no acepta fácilmente, pues sostiene que existe una verdad que yace oculta a nuestro intelecto, debido al condicionamiento de la sociedad y al imperio de la opinión. Y además, sitúa el sentido de la existencia humana como la trascendencia de esta condición a través del conocimiento.

Para la sociedad secular, aceptar la posibilidad de una verdad trascendente y un propósito existencial que va más allá de la vida material y su concatenación de procesos mecánicos es algo sumamente difícil, pues atenta contra las bases que le permiten funcionar como una sociedad secular en la que lo esencial es el crecimiento económico y en la que la verdad -a diferencia del hecho o dato científico- es una palabra que no es políticamente correcta, pues exuda moral y remite a nociones elitistas (pues no todos pueden tener «la verdad» o verdades igualmente válidas).

Y aquí radica el problema, ya que al no admitir esta visión, la educación necesariamente se ve reducida y pierde su naturaleza ideal, grandilocuente; se vuelve una mera técnica, y no una técnica del espíritu o un medio para encontrar la verdad, sino un mero instrumento.

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