Visiones de Sri Pada: la montaña sagrada del budismo y uno de los lugares más bellos del mundo

En la región central de Sri Lanka, la isla que Marco Polo llamó «proporcionalmente la más bella del mundo», se encuentra Sri Pada, el lugar más sagrado de la isla y centro de peregrinación por milenios, no sólo del budismo (la religión dominante de Lanka) sino del cristianismo, el islam y el hinduismo, las cuatro principales religiones del mundo. En la cima se encuentra la huella del Buda recubierta de oro y diferentes incrustaciones de gemas; por los alrededores de la montaña fluyen corrientes de agua, plateadas bajo el sol de la mañana, y numerosas albercas naturales en las que los devotos se bañan para purificarse y acaso también para ver si encuentran alguna gema, ya que el área es una de las más ricas del mundo en piedras preciosas. Junto con el monte Kailash, que es especialmente sagrado para los tibetanos, Sri Pada es seguramente la montaña más sagrada para los budistas y uno de los sitios de peregrinación más importantes de Asia.

El nombre Sri Pada significa literalmente «la huella gloriosa» o la «huella sagrada», pero también se le conoce bajo otros nombres: Ratnagiri («Montaña de Joyas») o Malayagiri; los tamiles se refieren a la montaña como Svargarohanam («Ascenso al cielo») y para los portugueses fue el «Pico de Adán», el primer lugar en el que Adán puso el pie después de haber sido expulsado del Paraíso. Según documenta el venerable S. Dhammika, los árabes creían que las abundantes gemas de los alrededores –zafiros, rubíes, esmeraldas, entre otras– eran las lágrimas cristalizadas de Adán y Eva. El monje católico Giovanni de’Marignolli escaló la montaña divina en 1348, en una época en la que algunos creían que era el pico más alto del mundo. El monje vio el amanecer en la cima, como suelen hacer los peregrinos actualmente, y conjeturó que el Paraíso debía de estar cerca (estimó que exactamente 60 km al norte). Cabe mencionar una nota ecuménica en su reporte: «Los monjes budistas de la montaña y de otras partes son muy santos, aunque no tienen nuestra Fe. Me recibieron en sus monasterios y me trataron como uno más de ellos». A esta identificación con el Paraíso quizá contribuyó el hecho de que, al igual que en el Edén bíblico, por el cual fluían cuatro ríos –y que el profeta Ezequiel describió como un jardín enjoyado–, Sri Pada es el surtidor de los cuatro ríos principales de Sri Lanka, un país bendecido por ríos y lagos.

Los peregrinos chinos explicaron la abundancia de joyas de manera aún más piadosa: el Buda, al visitar Lanka y observar que la gente era pobre e incivilizada, quiso instaurar el dharma; para aliviar al pueblo de sus necesidades materiales, produjo entonces un suave rocío cuyas gotas luminosas se convirtieron en gemas. Marco Polo notó en sus viajes que los «zafiros, topacios y amatistas» de Sri Lanka «eran los más preciosos del mundo». Uno recuerda que en los templos se solían adornar los ojos azules del Buda con zafiros para que el devoto al entrar al sanctum sanctorum recibiera el darshan y tuviera una teofanía de luz.

Antes de que el hijo del rey Ashoka llevara el budismo a la isla, la montaña era adorada como la morada del dios Sumana. Alrededor del año 100 antes de nuestra era, el rey Valagaba pasó 14 años practicando austeridades en los bosques aledaños. En una ocasión se encontró con un venado (todas las historias de reyes en las tradiciones índicas empiezan con un rey en el bosque y un venado), al cual siguió hasta la cima de la montaña, donde descubrió la huella. Luego los dioses le revelaron que se trataba de la huella del Buda. Se cuenta que el Buda, cuando voló a Lanka (en uno de sus tres míticos viajes que recuenta el Mahavamsa), aterrizó en la cima de la montaña, dejando una huella con las 108 marcas, incluyendo una rueda del dharma en la planta del pie.

Son innumerables las grandes obras literarias que hacen alusiones a Sri Pada, entre ellas Las mil y una noches y el Mahabharata o, más recientemente, Las fuentes del paraíso (1979), del novelista inglés de ciencia ficción Arthur C. Clarke, quien vivió en Sri Lanka la última parte de su vida. James Emerson Tennet describió el sitio de manera contundente: «El panorama en la cima del Adam’s Peak es tal vez el más majestuoso del mundo, y ninguna otra montaña, aunque superándola en altura, presenta la misma vista libre de obstáculos del mar y la tierra».

Sri Pada no sólo es un lugar sagrado para el budismo theravada, lo es también para el mahayana y su subescuela tántrica, el vajrayana. Uno de los sutras principales del llamado «tercer giro de la rueda del dharma«, en el cual el Buda introduce la idea de que que todos los seres tienen la naturaleza búdica, ocurre justamente en esta montaña. Ravana, el rey de Lanka y el villano del Ramayana, ahora transformado en protector del dharma, le suplica al Buda que le imparta las enseñanzas de la no-dualidad. El Buda accede y sentencia que en Lanka los budas del pasado han enseñado el dharma y ahora él hará lo mismo. El rey de Lanka acoge a la asamblea de bodhisattvas que vienen de pasar un tiempo en el palacio del rey de los nagas. Como suele ocurrir en estas narraciones, Ravana agasaja al Buda y a su séquito con una lluvia de flores, inciensos, perfumes, suntuosas telas, parasoles, diademas e instrumentos musicales que superan por sus melodías a los de los gandharvas y otros seres celestiales. El Lankavatara Sutra dice que Ravana cubrió las montañas con una red de joyas y Sri Pada emergió como un loto enjoyado que resplandeció en el cielo recibiendo directamente la luz del sol. El Buda responde primero haciendo una demostración de la naturaleza ilusoria de la realidad, multiplicando las montañas enjoyadas y enseñando en cada una de ellas dharma a Ravana y a la asamblea de bodhisattvas, sólo para desaparecer después y dejar solo a Ravana, en un estado de vértigo existencial. Después de esta lección de la naturaleza vacua y mental de todas las cosas, el Buda reaparece, vuelve a multiplicarse y finalmente procede a enseñar la doctrina del tathagatagarbha y los postulados centrales de la filosofía del Yogacara, la escuela mahayana de yoguis que entiende que todas las cosas son manifestaciones de la mente. «Como un sueño, como una ilusión, como una ciudad de gandharvas, así son el nacimiento y la vida», dice el Buda en este sutra.

Existen versiones en el budismo tibetano que sugieren que Sri Pada (o monte Malaya, como también se le conoce) fue también el origen de las enseñanzas tántricas. Según se relata, 28 o 112 años después de la muerte del Buda Shakyamuni, este se manifestó en una forma feroz o airada como la deidad Vajrapani, el «Señor de los Secretos», en respuesta a las plegarias del rey Dza (o Ja). En la cima de Sri Pada se realizó la transmisión de las enseñanzas tántricas a los «cinco seres excepcionales»: un yaksha, un dios, un naga, un rakshasa y un ser humano. El rakshasa o demonio Matyanpayika escribió en polvo de lapislázuli, sobre hojas de oro, todo el corpus tántrico y luego lo ocultó en el cielo: la sustancia celeste sobre la sustancia celeste. Luego proliferarían historias sobre cómo las enseñanzas tántricas son custodiadas, descubiertas y transmitidas en los diferentes linajes. Una hermosa historia habla de una biblioteca en el país de Oddiyana –el mítico lugar de origen de Gurú Rinpoche y otros grandes siddhas– en el que miles de tantras son resguardados por las dakinis, feroces danzantes del cielo que guardan, como las ninfas y las serpientes endiferentes tradiciones, los más altos tesoros de la sabiduría. La biblioteca, sin embargo, es invisible salvo para aquel yogui que ha cultivado el bodhicitta y que tiene el mérito y la motivación adecuada, es decir, para aquel cuyo único deseo es liberar a todos los seres del océano de sufrimiento…

Al subir a Sri Pada uno se ve envuelto por estas leyendas que transpiran en la noche del tiempo, observando la misma red de estrellas y los velos de nubes rodear los montes como halos o corolas. La subida es sumamente empinada, pero en el sendero uno se encuentra con inspiradoras muestras de devoción, con el ahínco de la fe de viejos y jóvenes cingaleses o de monjes que vienen de Tailandia, Japón, Nepal, China, Birmania, Malasia, etc… Al final resta una cierta ligereza, una cierta claridad y una especie de embeleso numinoso; ya sea por el mito, ya sea por la belleza imponente de la naturaleza o ya sea debido a la memoria viviente del espacio y al poder del mantra y los rezos que reverberan («buddham saranam gacchami...»), uno no puede dejar de sentir la divinidad, un rebosante manantial de luz que nunca deja de brotar.

Fuentes

Sacred Island, Ven. S. Dhammika

Lankavatara Sutra, D. T. Suzuki (traductor)

The Small Golden Key, Thinley Norbu Rinpoche

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