El Atrapasueños: historia y aplicaciones

Hoy en día, los «atrapasueños» son extremadamente populares y difundidos comercialmente, al punto de hacer casi innecesario su descripción. Empero, y para respetar la Tradición, quizás sea oportuno recordar algunos detalles de su naturaleza, su uso y su historia.

Atrapasueños.

Atrapasueños. Crédito: Andreas Wagner.

Aparecen —cuando menos, hasta donde se ha podido seguir la trazabilidad histórica— entre la nación Ojibwa, también conocidos como «chippewa», un pueblo originario que ocupó una dilatada extensión en lo que hoy es el sur de Canadá y noroeste de Estados Unidos.

La función del atrapasueños en la antigüedad era prácticamente la misma que le asignamos en la actualidad, esto es, eliminar las pesadillas durante el dormir. Aquí cabe destacar que eran tiempos donde no se reducía las mismas a una simple interpretación psicologista y se las consideraba perturbaciones procedentes de los planos sutiles de la Naturaleza —en consonancia con lo que históricamente el Esoterismo occidental hacía, al atribuirle el origen a manifestaciones de los bajos planos astrales—.

Típico atrapasueños.

Básicamente debía tener forma circular, porque representaba el movimiento del Sol y la Luna —excepto en modelos que nacen en el México prehispánico y tienen forma romboidal, de hecho, porque los cuatro vértices representan las cuatro direcciones del universo— y una trama a similitud de una telaraña, con pequeñas cuentas en varios de los nudos donde quedarían «atrapadas» las pesadillas. En el centro debe haber un agujero visible, su función es que por allí pasen los buenos sueños para que lleguen al soñante. Y deben colgar varias plumas, para actuar como señuelo de las entidades del bajo astral que son portadoras de lo que impacta en nosotros como pesadillas, y quedar allí atrapados.

Pero hay (había) un detalle fundamental: a la mañana siguiente —en caso de haber tenido pesadillas, claro— el atrapasueños debía ser quemado en un pequeño fuego, mientras el soñante meditaba frente al mismo.

Atrapasueños de principios del siglo XX, hechos según la tradición mexica (Museo de Antropología e Historia, CDMX).

Es una enseñanza muy antigua, que decía que el dios Iktomi lo había entregado a los ancianos en tiempos pretéritos para que las personas reflexionaran sobre el hecho que son dueñas en todo momento y lugar, de las decisiones que toman con respecto a lo que les deja su pasado, lo que hacen en el presente y lo que deciden como propósito para el futuro. Esto es muy importante; sin este paso, es sólo un objeto decorativo.

Sé muy bien que tal vez el lector mire su atrapasueños que tejió o compró —no es equivocado valerse de uno adquirido, por cierto— y le incomode pensar en desprenderse de él si no es necesario, olvidando que, si desea ser consistente con su historia como objeto ceremonial —y la coherencia es atributo espiritual de los guerreros—, sí lo es. Porque ese «detalle» de la enseñanza ancestral hace hincapié en algo importantísimo para todo Guerrero, para toda Guerrera; asumir la responsabilidad por sus decisiones. Algo que todo el mundo dice hacer y con lo que estaría de acuerdo, pero llegados ciertos momentos parece olvidarse, y la culpa pasa a ser de la «otredad».

Por Gustavo Fernández. Edición: MP.

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