Estatus virtual: si no estás en internet no existe

Hay personas para las que una identidad online es casi igual o más importante que tener su propia identidad offline (vida real). Un estatus digital que, en muchos casos, termina condicionando sus vidas.
Estatus virtual: si no estás en internet no existes

El estatus virtual define la imagen, la identidad y la posición que tenemos en internet. Hemos llegado a un punto en el que quien no está en redes sociales es como si no existiera. No solo las empresas están casi obligadas a hacerse un hueco en ese universo, sino que la mayoría de nosotros nos hemos sentido disuadidos alguna vez a tener que abrirnos algún perfil.

Todo esto puede entenderse, sobre todo, desde un punto de vista profesional. Aquel que desee darse a conocer para obtener clientes e incluso labrarse un proyecto laboral no duda en abrirse un hueco entre dichos recursos digitales. Ahora bien, abundan también los que construyen un “yo” en línea porque esto les confiere mayores satisfacciones que el “yo” real -con él obtienen buena parte de sus reforzadores diarios-.

Esa identidad virtual es distinta, tiene otro lenguaje, nuevos recursos y posibilidades. Uno puede elegir qué mostrar y cómo, de hecho, puede llegar a configurar una realidad paralela a su antojo. Es más, puede incluso tener varios “yoes”, cuentas falsas y otras autentificadas con las que moverse con mayor facilidad por casi cualquier escenario en redes sociales.

Fue Bill Gates quien dijo aquello de que “si no estás en internet es que no existes”. Este mensaje estaba dirigido a las empresas, pero dicha idea no tardó en extenderse también a los particulares.

hombre disfrutando de su estatus virtual

Estatus virtual: ¿y tú quien eres en Internet?

Es complicado encontrar a alguien menor de 35 años que no esté en alguna red social. Es extraño, pero no improbable. Como todo en la vida, hay excepciones. Sin embargo, lo común es tener que formar parte de toda esa dinámica virtual aunque no se quiera porque, de lo contrario, uno se queda excluido.

Al fin y al cabo, una parte de nuestra realidad se mueve en esa otra realidad digital. Nos informamos, conectamos unos con otros, nos expresamos, aprendemos, nos entretenemos… Tener un estatus virtual significa no solo ser partícipe de cada cosa que sucede en redes sociales, implica construir otro “yo”.

Hemos llegado a un momento en que el mundo online y el mundo offline se sobreponen y es casi necesario estar en ambas esferas. Muchos así lo creen. Es como si tuviéramos dos vidas. Una es la verdadera, esa en la que uno tiene una existencia más rutinaria, esa en la que va al trabajo, pasea al perro y mira series en Netflix.

Luego está esa otra en la que se tiene miles seguidores en Instagram y en Facebook, esa en la que uno se retoca las fotos y anhela los likes como el oxígeno, se insulta en Twitter o se bloquea a alguien para darle a entender que una relación ha terminado…

Tu perfil online como fuente de información para la vida offline

A la hora de crear nuestro estatus virtual no hay ni una sola versión del yo que quede sin filtrar. Se seleccionan las fotos, se elige qué mostrar, qué aficiones revelar, qué se dice y qué se opta por callar. Todo ello ayuda a los demás a que se hagan una visión de cómo somos (o cómo queremos que nos vean). Obviamente, hay personas que cuidan más el detalle que otras.

Es interesante saber que ese perfil online condiciona en muchos casos lo que nos sucede después en la vida offline. Ahí están muchas de las relaciones que construimos, a quien conocemos o qué trabajos logramos. Ahora bien, el impacto de la identidad creada en redes sociales tiene un mayor significado en la población más joven.

Según un estudio de la Universidad de Gante (Bélgica), para los adolescentes tiene un papel sustancial conocer el perfil de una persona para relacionarse con ella. Es su mejor referencia y un mecanismo esencial para la interacción cotidiana.

Persona manipula un móvil construyendo su status virtual

El estatus virtual y economía de la reputación

Para muchos, el estatus virtual configura su forma de existencia. Lo cierto es que hemos llegado a un punto para quienes esa vida en línea es casi o más importante que la vida real. Puede que esto se explique por razones laborales (ahí tenemos a los influencers). Sin embargo, también abundan quienes necesitan de ese otro yo para obtener refuerzos cotidianos con los que nutrir la autoestima.

La tecnología actual nos permite esta avatarización de las identidades para navegar en la vida virtual, lo que nos lleva a la economía de la reputación. Es decir, cuando alguien busca labrarse un estatus virtual está obligado a cuidarlo, modelarlo y nutrirlo de forma constante.

Hay que hacerse selfies cada día. Hay que hacer vídeos para las stories de Instagram, crear contenido, hacer campañas publicitarias, interaccionar con los seguidores, dar likes y esperar likesLa tarea de crear y mantener el propio estatus virtual es agotadora y fagocita un tiempo precioso de “nuestra vida real”.

La economía de la reputación nos convierte en criaturas obsesionadas por ganar seguidores y elogios digitales a cualquier precio. Lo hacemos sin darnos cuenta del coste que algo así tiene en nuestra vida offline.

Para concluir, tal y como decía la escritora Margaret Atwood, cada aspecto de la tecnología tiene su reverso oscuro, incluyendo el arco y la flecha. Seamos capaces de usar estos valiosos recursos en nuestro beneficio, puesto que solo así disfrutaremos de un auténtico progreso.

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