El centro y las formas básicas (Curso de SIMBOLOGÍA)

Clase de JORGE RODRÍGUEZ-ARIZA del curso de extensión universitaria de la Universitat de Barcelona titulado “SIMBOLOGÍA. Planteamientos teóricos” dirigido por Raimon Arola. La primera edición fue en 2015-2016. Ahora ARSGRAVIS lo reproduce en forma de distintas entradas en la web.

Presentación

La ciencia de los símbolos distingue muy bien dos tipos básicos. El primer tipo corresponde a aquellos símbolos que son universales o naturales y que se encuentran  desde el principio en todas partes (transculturales) y que hemos llamado aquí fundamentales. Serán los que trataremos a lo largo de la clase de esta semana. Los otros símbolos son los particulares, los cuales nacen de la reflexión o interpretación que una vía espiritual concreta hace de los naturales. Tendremos ocasión de conocer algunos de ellos, demostrando que en todas sus interpretaciones particulares subyace un símbolo esencial, un símbolo fundamental. Estos símbolos fundamentales, esas imágenes interiores o emanaciones del espíritu (la vertical, el círculo, la gruta, la montaña, la luz…) despiertan en cualquier hombre, en tanto que hombre, reacciones idénticas.  Esas reacciones fundan el dinamismo interno de los símbolos y por lo tanto su universalidad.

Nos ha parecido oportuno y didáctico desarrollar el mensaje de esos símbolos fundamentales partiendo de las figuras geométricas básicas. Lo hacemos así porque el círculo, el cuadrado, la cruz y el triángulo  son la forma de manifestación más esencial, pura y abstracta, que podamos concebir y son comunes a todas las tradiciones desde los orígenes. De ellas partiremos para tratar después otros símbolos que están presentes en la naturaleza y que son aquello que el hombre arcaico contempló como mediadores revestidos de sacralidad que le ponían en relación con aquella realidad invisible que el símbolo busca reencontrar.

Las sociedades de discurso simbólico o tradicional, confieren una importancia fundamental a la idea del centro. Su mundo, su realidad, es un espacio entendido como un microcosmos.

En los límites de ese mundo comienza lo no formado, lo caótico, habitado por demonios, muertos u otras formas representativas del mal. Todo microcosmos, toda región habitada tiene lo que llamamos un centro, es decir, un lugar donde lo sagrado se manifiesta por excelencia, tal y como lo expresa Eliade. Estos lugares son imágenes del centro del mundo, el cual puede simbolizarse de muchas maneras. ¿Cabe entonces preguntarse, qué es el centro del mundo?

Desde una perspectiva cosmológica, macrocósmica,el centro es el origen y punto de partida de todo cuanto existe. Como lo expresaría Guénon, es el Principio, el Ser Puro, lo Real Absoluto, sin forma ni dimensiones y por lo tanto indivisible. De su irradiación son producidas todas las cosas. Es el lugar del que parte el movimiento de lo Uno a lo múltiple. El cosmos es el resultado de la expansión o manifestación de este centro

El círculo

El modelo simbólico más importante para representar al universo es el círculo (en el plano bidimensional) o la esfera si nos remitimos a las formas sólidas. Ellas son, según Pitágoras, las formas más bellas. Empédocles, por su lado, explica que “El ser Primordial es una esfera satisfecha de su soledad circular”. El círculo es una figura universal y arquetípica que expresa, a partir de un eje inmóvil, el espacio, el tiempo y por lo tanto el movimiento del universo, del mundo manifestado.

Si trazamos un círculo con un compás o una cuerda, comprobamos enseguida que éste depende del punto central, que actúa como eje ordenador de la forma, esto es, de todo cuanto existe y cuyo límite más exterior y más alejado del origen es la circunferencia. Nunca, en ningún caso, el centro depende de la circunferencia-periferia. Sin centro no hay círculo.

Del centro del círculo, inmóvil, eterno, unitario, parten los radios que son la multiplicidad de formas por las que el centro se pone en contacto con su periferia, es decir, con la manifestación universal, con el mundo que ha nacido de ese Uno.

Este mundo es un reflejo del centro, con el que está conectado de forma irremediable y del que depende absolutamente. Así como del centro parten radios que lo conectan con la periferia, también de esa periferia o manifestación se pueden tomar los mismos radios pero en sentido inverso. Ello permite remontar el camino desde lo manifestado hasta el origen. Es esta una bella imagen que nos hace comprender, desde el discurso simbólico, que todo cuanto existe en el mundo proviene del mismo origen y que este origen puede ser recuperado. En las religiones deístas, este centro, este origen al que se retorna, es el Dios Creador. Unión y reintegración son palabras que ya no podemos separar del término “Símbolo” cuando éste es vivido y actúa como tal.

La espiral

Las ideas de movimiento, retorno y unidad, pueden ser expresadas mediante varias figuras que derivan del círculo. La espiral, por ejemplo, manifiesta la aparición del movimiento circular, prolongado indefinidamente, saliendo del punto central original.  La espiral está directamente conectada con el laberinto, el cual evolucionada a partir de un centro que debe, a su vez, ser alcanzado-recuperado por aquel que se adentra en el laberinto. Recuperar el centro puede ser aquí interpretado como el viaje post-mortem o como la imagen de arribar al centro (al auténtico ser) de uno mismo. Este centro muchas veces está ocupado por un monstruo, el cual puede representar a nuestro ego, que debe ser destruido para que el verdadero “yo” ocupe el espacio central.

Por su parte, figuras tan célebres como el uroboros (le serpiente en forma circular que se muerde la cola) nos revelan de otra manera la idea del eterno retorno y del movimiento perpetuo, que es virtualmente circular porque no presenta variaciones, no tiene principio ni fin y es por ello perfecto. El uroboros  es a la vez unidad y multiplicidad, evolución e involución, nacimiento y muerte en una misma realidad que asume la forma de un círculo.

En el plano tridimensional el punto central del círculo deviene el eje de la esfera, el cual necesariamente debe asociarse al simbolismo axial y de la vertical. Para las culturas que conocen la visión de las tres regiones cósmicas (Cielo-tierra-inframundo), el centro del mundo representa un eje que recorre estos tres niveles y los comunica, mostrando así la unidad fundamental de los tres planos. Hay que señalar enseguida que este Axis Mundi no es un concepto geométrico, sino que es ontológico y por lo tanto en nuestro mundo podemos encontrar multitud de lugares o de elementos que son virtualmente el centro del mundo y por los que pasa, por lo tanto, el eje que une los tres planos. Eliade recuerda que este eje pasa por una «abertura», que es por donde los dioses descienden a la Tierra y los muertos bajan a las regiones subterráneas; asimismo, por esta abertura, el alma del chamán en éxtasis puede subir o bajar durante sus viajes al Cielo o a los Infiernos. Estas razones convierten al centro del mundo (cualquiera que sea, puesto que es ubicuo) en los lugares por excelencia de las hierofanías, esto es, de las manifestaciones de lo sagrado.

El Axis Mundi

El Axis Mundi puede simbolizarse de muchas maneras y bajo múltiples formas que no deben ser forzosamente lineales en su verticalidad. Bastará con que evoquen la imagen de conexión entre lo alto y lo bajo. El mundo natural ofrece los ejemplos más evidentes y primigenios, como el árbol y la montaña.

El árbol pone en relación los tres planos a los que antes nos referíamos: hunde sus raíces en el mundo subterráneo, su tronco y primeras ramas ocupan la superficie de la tierra y su copa domina las alturas y recibe la luz que proviene del cielo. Quedan pues  conectados el mundo ctónico con el uránico gracias al simbolismo axial del árbol, elemento natural que ha sido objeto de culto en multitud de tradiciones, bien en sí mismo como objeto sagrado, bien por lo que simbólicamente evoca.

Por su verticalidad y altura, las montañas son los lugares de la tierra más cercanos al cielo. Todas las culturas tienen su montaña sagrada o montaña que se eleva en el centro del universo y que por ello coincide con el Axis Mundi. Su cúspide se halla, simbólicamente, debajo de la estrella polar.

Por ello, las montañas han sido innumerables veces escenario para las teofanías de diversas culturas o los lugares en los que mora la divinidad. Aún hoy se yerguen sobre ellas templos y santuarios, los cuales evocan la proximidad del mundo trascendente en ese lugar. La cima de una montaña bien puede ser también una imagen del término de la evolución humana, que partiendo desde la tierra, ha superado los obstáculos de la ascensión y ha coronado la cima, en donde el cielo se puede “tocar” o reencontrar.

Pero alcanzar esa cima requiere una base doctrinal o una ley. Así es por lo menos tal y como lo entienden algunas tradiciones. Por ejemplo, en el Islam, ascender la montaña (entendida en su sentido cósmico) implica embarcarse en los asuntos espirituales de la vida. Sin embargo, la ascensión no debe hacerse sin guía, por ello la base horizontal es la imagen de la Ley coránica. Cuanto más arriba, menos espacio horizontal, hasta el punto en el que la ley desaparece y solo queda la cúspide tocando el cielo. La horizontal y la vertical trabajan juntas para llegar a la realización espiritual. De lo bajo se llega a lo alto, pero lo alto también desciende hasta lo bajo, como lo hiciera el Verbo de Dios para el Cristianismo o la Torá para los judíos.

Esta idea fundamental del simbolismo (la unión de lo alto con lo bajo o lo que se ha denominado la espiritualización de la materia y la materialización del espíritu) nos lleva a hablar de otra de las imágenes que evoca el círculo: la bóveda celeste. La asociación es natural, pues el cielo, desde el punto de vista “humano”, se mueve inalterable y cíclicamente, teniendo el sol como centro durante el día, y la estrella polar durante la noche. Sin embargo, en otro nivel de interpretación, ese mismo cielo pasa a ser una imagen del mundo invisible, trascendente o espiritual.

El círculo-cielo, en sentido cósmico o espiritual, se relaciona simbólicamente con la tierra, elemento de antítesis y a la vez complementario y que encuentra en el cuadrado su representación geométrica y básica. Esta figura, otro símbolo fundamental y universal, es antidinámica completamente, al contrario que el círculo. Si éste es una figura básica del movimiento,  aquel lo es del espacio. El cuadrado es por lo tanto una imagen de lo fijo, de lo estable, del universo creado  o mundo sensible y contrapuesto por ello al universo trascendente que simboliza el círculo. El cubo, su expresión en volumen, es probablemente más explícita para evocar esa estabilidad y solidificación. El cuadrado y su simbolismo están asociados al número cuatro, número que está relacionado con la creación, con lo que configura al mundo: cuatro estaciones, cuatro vientos, cuatro  elementos,  cuatro puntos cardinales, cuatro fases de la luna, cuatro humores, etc.  Es pues una imagen de la totalidad de lo creado y, por esta misma razón, una imagen de lo perecedero.  No es por azar que la palabra japonesa shi  signifique a la vez cuatro y muerte.

Sin embargo, lo material y lo espiritual, como ya se ha visto, pueden (y deben) unirse. La relación del círculo con el cuadrado no expresa otra cosa y su combinación o diálogo es una constante en la simbología y en el arte. En oriente y occidente, yantras, mandalas y rosetones iluminan muy bien este juego entre estas dos figuras geométrica en donde el triángulo tiene también una función básica, como se verá más adelante.

La cuadratura del círculo

La célebre cuadratura del círculo no persigue otra cosa que expresar esta unión a la que nos referíamos. Geométricamente tal ejercicio es imposible, pero  simbólicamente tiene mejor solución: En arquitectura, la cúpula o el ciborio de un templo representa la bóveda celeste, de suerte que el conjunto del templo es una imagen del cosmos. Esta bóveda se encuentra sostenida por una base cuadrada o sobre cuatro pilares: la tierra y el cielo unidos. La bóveda de algunas mezquitas tiene la misma equivalencia.

Vemos también el stūpad el buddhismo  y de la religión yaina, que sirve para contener reliquias. Su estructura repite el esquema al que ya nos hemos referido: la base es cuadrada (no era así en los primeros modelos) y representa la tierra, el stūpa está rodeado por una balaustrada de piedra (vedika)  en la que se abren cuatro puertas (toranas), una en cada cara, orientadas a los cuatro puntos cardinales. La bóveda hemisférica representa el cielo.

Las portadas de muchos templos cristianos, en especial los del Medievo, son también la conjugación del círculo y del cuadrado. Éste último, que es la puerta en sí misma y que representa la tierra, tiene sobre sí un tímpano (semicircular) en donde se representan las escenas hierofánicas o celestiales. El simbolismo es evidente. Al cruzar el umbral de la puerta, el visitante pasa del mundo profano al espacio sagrado, lugar donde el cielo y la tierra se tocan.Conviene añadir que la pila bautismal que se emplea para la purificación que el fiel debe efectuar antes de adentrase en el espacio sagrado (antiguamente estaban ubicadas en el exterior)  acostumbraban a tener forma octogonal. Esto es muy importante, puesto que el octógono es una figura de transición, a medio camino entre el cuadrado y el círculo, de manera que es idónea para simbolizar el tránsito de un plano a otro. Los baptisterios medievales eran edificios octogonales por la misma razón, pues allí era donde el fiel era iniciado por el bautismo y se le consideraba ya un miembro de pleno derecho en la Iglesia.

Del mismo modo, son abundantes los casos en los que la cúpula del templo se sostiene sobre un octógono que, a su vez, reposa sobre una construcción cuadrangular. De nuevo el octógono actúa como elemento de transición. Es así no solo en el cristianismo, sino también en otras tradiciones. El sagrado Corán, por ejemplo, explica que el trono de Dios está sostenido por ocho ángeles. Si recordamos que la función del ángel es la de ser un mensajero-mediador de cielo con la tierra, apreciamos enseguida lo simbólico de esta imagen.

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Un comentario en “El centro y las formas básicas (Curso de SIMBOLOGÍA)

  1. Para mi la mayor obra de dios, es la representación de la naturaleza misma.

    Se ve claramente como las religiones, utilizan este lenguaje geometrico y simbolismo a travez de sus templos, para atraer ese supuesto cielo y geometría a la tierra, mas bien como simbolos de poder de acaparamiento y no como verdadera unidad con el cosmos.

    Pues si fuera así, el mundo sería menos materialista, iria encaminado mas en consonancia con el verdadero cosmos que nos rodea.

    Esas riquezas, se repartirian de forma equitativa con la humanidad y no como representación arquitectonica de su grandeza hacia lo externo, mientras su pueblo pasa penurias y hambre, para que seamos sus constructores y esclavos, para que estas sociedades ocultas se beneficien sin haber hecho nada.

    Que fuerzas hay detras de todo este organigrama……..

    Punto, linea y circunferencia.

    Que es el punto.
    Es aquella energía consentrada que está en perpetuo contacto con lo divino.

    Que es la Linea, es el elemento neutro o espiritu, que neutraliza el proceso de la expansión o contracción del circulo y el punto.

    El circulo, es la manifestación perfecta de la obra divina, como resultado de haber sido neutralizada con su opuesto, que es el punto.

    Esas bases estan presentes en todas las cosas, así es como lo explica de forma racionalizada este personaje, pues de lo unico que habla es de repetir una información como analisis creada y transmitida por otros y no nacida de su propio ser.

    La forma de llegar al verdadero templo, está en nosotros y no en el reflejo de lo externo, como representación y modelo de atraer a masas, como se ven, en estas catedrales y otros lugares donde el poder oculto representa estas leyes para, atraer a fieles que quedan marabillados, por lo tanto atrapados en ese laberito artificial.

    Esto está manipulado desde el principio, pero no quita que esta información vale su peso en oro, pues como siempre hay gente que utiliza una verdad creada por verdaderos maestros para reconducir hacia una mentira.

    El minotauro, es un simbolo lunar fertilizador, si lo matanos estamos matando una parte que fue creada para ser integrada, no separada como hacen las fierzas del mal.

    Respecto a los 8 pilares, que sostienen el templo de dios, diría que es la conexión con la estrella de 8 puntas o pétalos, es decir la conexión con el reflejo original que nos lleva hacía el universo de soles, como habla en su poesia, Antonio machado en el poema, Anoche cuando dormía.

    Así que el verdadero templo está en ti, la forma en la que lo expresamos y conpartimos con el mundo es la que nos hace unicos.

    El escenario es blanco y el personaje es palido y viste de negro, no veo integración, no veo color, no veo alegría en lo que espresa, solo dualidad separada y manipulada para someter la voluntad y atención de otros.

    Buena obra de teatro, el diablo tiene muchas caras o mascaras.

    Buen día.

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