Jesús y su sexualidad, ¿eunuco de espíritu, maestro casto, esposo de María, hombre gay?

Para Courgette, con quien discuto estos temas fascinantes.

Inesperados hallazgos filológicos sobre las primeras mutaciones de las creencias cristianas encendieron a la academia hacia mediados del siglo XX. Pero no fue sino hasta el cambio de milenio, mientras paradójicamente venían a menos el ateísmo comunista y el nihilismo rebelde, junto al incendio en varios puntos del planeta de fundamentalismos religiosos, que tuvo lugar un peculiar fenómeno de masas que retorció aquellos descubrimientos bajo la forma de en un interés generalizado por el “verdadero” Jesús, quizá el hombre más influyente de la Historia, a veces bajo variopintas teorías de la conspiración sobre los muchos hechos que supuestamente nos habrían ocultado por siglos la malvada Iglesia Católica y predicadores protestantes mercaderes. Entre estos hechos: la información sobre la sexualidad del Nazareno.  

Para las grandes sedes de la Antigüedad, de la vieja Roma latina a la nueva Roma griega, un Cristo célibe habría modelado la singularidad del sacerdocio cristiano y de los cenobios. Incluso las Iglesias reformadas, que cuentan con ministros casados, ven ofensiva la sola idea de que el hijo de Dios hubiera enlazado su vida divina con la de una mujer ordinaria y mortal. Sin embargo, las recientes investigaciones especializadas sobre el personaje y algunas propuestas de la teología más liberal han pasado a ser material de debate para un público masivo e inexperto. Ya sea por simple morbo, ya sea por normalizar a Jesús y aproximarlo a las relaciones humanas de hoy en día: se le ha querido descubrir una esposa secreta, una relación homosexual o hijos tachados de la Historia religiosa institucional y con “H” mayúscula.

Para muchas personas resulta difícil no confundir verosimilitud con pensar individualmente. Y, de hecho, impresiones que decimos haber valorado por nosotros mismos muchas veces reproducen algún consenso hallado en la red o en la calle. Pero exactamente: ¿qué es lo que han descubierto o explorado mejor los especialistas en el cristianismo primitivo? ¿Qué se puede corroborar de la conducta sexual del rabino palestino Jesús? Y exactamente, ¿esto cómo complejiza a la teología cristiana? ¿Se erotizó el Logos encarnado? Estos dos tipos de interrogantes me comprometen a abordar este ensayo de dos maneras no siempre coincidentes. ¿Cuáles son las problemáticas para la Historia y para la teología?

Ha pasado de boca en boca la especulación de un matrimonio o una relación especial con María Magdalena, o con alguna otra enamorada. Volando lejos la imaginación, se ha hablado de uno o más hijos de la pareja, “el verdadero Grial” o cuerpo y sangre del Mesías. Una progenie santa que debió refugiarse en Provenza, el sur de la Francia actual, emparentándose con la nobleza y estableciendo así la línea real de los merovingios. Estos hechos no habrían sido olvidados gracias a una sociedad secreta fundada en 1099, “el Priorato de Sion”, la cual sumó a sus filas a sabios de la talla de Leonardo da Vinci, Víctor Hugo y Jean Cocteau, y en la Alta y Plena Edad Media, como brazo militar y financiero, a los caballeros templarios.

Es común cuando se da por hecho aquella relación con la Magdalena, hacer cierto hincapié en la relevancia que ha dado el judaísmo antiguo y contemporáneo al matrimonio. Según Antonio Piñero, esenios y algunos fariseos de principios de la era común asumían una complementareidad espiritual por la que desde antes de nacer cada hombre sería solo compatible con una mujer única entre todas. De acuerdo con el libro del Génesis, “Elohim” habría creado hombre y mujer en singular, y la animación de la materia que expresa uno u otro género sería a la vez la traducción de esa unidad originaria. De hecho, el día de la semana más adecuado para tener relaciones matrimoniales no es otro que el “Shabat”, el día religioso donde todo judío deja de “hacer” y descansa para reservar su atención solamente al misterio. En general se piensa que un rabino debe estar casado, porque de otro modo no sabría aconsejar por completo a una comunidad y todavía no habría experimentado una de las dimensiones humanas. Entonces, ¿sería una anomalía que el Nazareno hubiera decidido ser célibe a semejanza de un cura? 

El judaísmo siempre ha sido polimórfico, con actitudes más liberales o más cerradas, y con acentos religiosos diferentes. También el judaísmo del siglo I, y a diferencia de lo que se ha asumido, este sí que incluía ejemplos de ascetismo, hombres que se retiraban al desierto o de cierta socialización, dejando atrás o renunciando a formar un hogar. Tampoco se deben pasar por alto profetas en el Tanaj que nunca se casaron, como Jeremías. Incluso Moisés, de acuerdo con la interpretación rabínica medieval “Shemot Rabá”, habría dicho:

Si se nos mandó no acercarnos a una mujer en el Monte Sinaí, santificado en una única ocasión por la revelación de la Torah, más aún debería yo, a quien Él habla todo el tiempo, alejarme de mi mujer. 

Jesús y Juan el bautista plausiblemente pudieron ser parte de aquel fenómeno religioso de su tiempo. Aunque, dicho lo dicho, puede que nunca recabemos suficiente información sobre sus normas de vida. Esta espiritualización de la fe de Israel respondía a una prolongada crisis del sistema sacerdotal y a trasladar ciertos sentidos de valor mundanos o eudemónicos a lo invisible, lo celestial y lo aún no acontecido o mesiánico. Hay que recordar que la secta de los cristianos surgió como una más de las innovaciones apocalípticas de aquel judaísmo. También para el Nazareno era inminente la llegada de un mundo nuevo que borraría cierta frontera con Dios y en el cual perderían realidad las relaciones entre los sexos hasta entonces conocidas. No obstante, ni los seguidores inmediatos de Jesús ni grupos con ciertas similitudes como los esenios pretendieron censurar definitivamente la vida en pareja. La Iglesia naciente muy pronto tuvo que lidiar con que el fin de este mundo no llegó inmediatamente, y habría fracasado de no haber desarrollado su propia ética sexual. Esta espiritualidad optativa es bastante clara en el Evangelio de Mateo y en la Primera epístola de Pablo de Tarso a los corintios:

Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda. 

A los solteros y a las viudas digo que es bueno para ellos si se quedan como yo.

Hay un problema de comunicación implícito cuando para parte del mainstream estas citas no tienen autoridad histórica. El lugar común asegura que: los evangelios canónicos son una versión alterada de Jesús, adversa a la sexualidad humana y contraria a la libre experimentación espiritual. Se habría intentado desaparecer a los así llamados evangelios apócrifos, “apókruphos”, ocultos, que daban cuenta del verdadero mensaje del maestro de Galilea. También del rol preponderante de la Magdalena en el movimiento jesusano, silenciada por hombres misóginos. El hecho es gran parte de estas leyendas convertidas en hipótesis, sus nupcias e hijos en común, se popularizaron gracias a la novela de 2003 “El código Da Vinci”, del escritor estadounidense Dan Brown. Un superventas de suspenso detectivesco y planteamientos esotéricos con más de setentainueve millones de ejemplares y que muchos han confundido con un trabajo histórico de no ficción. Una trama que tampoco es original, ya que convirtió en lore o en thriller el menos conocido libro de 1982 “Holy Blood, Holy Grail” o “El enigma sagrado”, escrito por Henry Lincoln, Michael Baigent y Richard Leigh. Sustentada o no esta tendencia en un producto de literatura ligera, ¿son los evangelios apócrifos fuentes confiables?

Primero y principal, se debe reconocer que la disciplina de la Historia pretende reaparecer el pasado a partir de criterios de verosimilitud, mucho más esquivos para la Historia de la Antigüedad. Contamos con bastante información de la vida Jesús y del contexto religioso de la Palestina de su tiempo, aunque no con un dato inequívoco sobre si fue siempre célibe. Los evangelios no son resultado de un ejercicio comparable a la disciplina actual, sino muestras de propaganda de una fe en pañales. Dicho esto, el consenso académico basado en un trabajo filológico continuado y debatido de los textos en su lengua original, a diferencia de lo que pueda pensarse: acepta que las fuentes más fiables sobre la sexualidad del Nazareno son paradójicamente los cuatro evangelios oficiales o al menos los tres sinópticos, Marcos, Mateo y Lucas, excluyendo a Juan. Estos se habrían escrito entre cuarenta y sesenta años después de su ajusticiamiento, reflejan con consistencia al judaísmo de principios de la era común y, salvo los eventos milagrosos de la Natividad, guardan pocas contradicciones entre sí en su contenido común. Por otra parte, las cartas paulinas que se presumen auténticas, aunque no ofrecen datos biográficos sobre el personaje, son ejemplos fidedignos de su contexto teológico y empezaron a leerse apenas veinte años después de los eventos de la Pasión.

Alexander Ivanov, «Aparición de Cristo a María Magdalena tras la Resurrección» (1835)

Las menciones a María Magdalena en el Nuevo Testamento en general la ubican durante la crucifixión, la sepultura y la resurrección de su maestro, como una figura femenina fiel que sirve de testigo. Teólogos como el papa Gregorio Magno habrían unificado su persona con la de otras seguidoras protocristianas y pecadoras redimidas, como la mujer anónima que ungió los pies de Jesús. Fuera de estas participaciones, se acepta que lo alojó y lo proveyó materialmente junto a sus discípulos. Hay una única mención en Lucas previa a aquellos eventos:

Le acompañaban los doce y algunas mujeres que habían sido curadas de enfermedades y espíritus malignos: María, llamada Magdalena, de la cual habían salido siete demonios. 

En cambio, hasta donde se sabe y excluyendo, según Elaine Pagels o Dominic Crossan, el todo o algunas partes de evangelios como el de Tomas y el de Pedro: los evangelios apócrifos fueron redactados ya hacia el siglo II, III o incluso IV y V. Aunque lo más llamativo es que estos testimonios, o son todavía más sobrenaturales, o presentan doctrinas gnósticas disímiles, teologías de acceso restringido al público general, no basadas en la fe individual, sino en principios gnoseológicos de carácter iniciático. Más resaltable aun es el dualismo de estos últimos, una desvinculación a veces radical de la materia y el espíritu, asumiendo de manera incluso más sospechosa, si cabe, el hambre sexual y la procreación. Fueron parte de una cosmología que concibió a las almas inmortales como emanaciones de la luz divina, aprisionadas en las formas de este universo material, una copia imperfecta o malvada del universo eterno. En algunos textos gnósticos, Jesús es adverso al matrimonio, ligado a la mujer como antonomasia de la materialidad o de las formas que se reproducen mediante el sexo. Su ideal era una existencia incorpórea y sin género, contraria a la creencia en la resurrección de la carne.

Lo que se ha querido ver en estos evangelios, expresiones afectivas o sexuales de Jesús, coincide poco con su contenido. Y a pesar del aura de misterio que este adquirió gracias a novelas como las de Brown, ya era básicamente conocido por las críticas de heresiólogos antiguos. No obstante, fragmentos exactos de estos manuscritos lograron recuperarse en virtud de descubrimientos como el de “la biblioteca de Nag Hammadi” Egipto de 1945, un acervo de doce papiros apócrifos coptos escondidos en una jarra de cerámica, hallada casualmente por un pastor en una gruta cercana a Luxor. Aunque por qué no reconocer que algunas de sus frases son en efecto muy provocativas. Por ejemplo, sobre María Magdalena en el denominado evangelio de Felipe:

Tres caminaban continuamente con el Señor: su madre María, la hermana de ésta y Magdalena, a quien se designa como su compañera. María es, en efecto, su hermana, su madre y su compañera.

Puede ser muy provocativo hablar de una “compañera”. Sin embargo, lo que pudiera o no haberse querido decir en la lengua original del manuscrito sigue en tela de juicio. La palabra copta “hotre” bien puede referir, tanto a una consorte sexual, como solo espiritual o una simple acompañante, una persona cercana. Otro fragmento del mismo evangelio tiene lagunas más provocativas aun que, según se llenen, conducen al lector a conclusiones disímiles:

La compañera del (Salvador es) María Magdalena. El (Salvador) la amaba más que a todos los discípulos y la besaba frecuentemente en …

Según especialistas como Piñero, la laguna al final del fragmento, dónde besaba Jesús a la Magdalena, puede ser llenada con palabras como: “boca”, “mejilla” o “frente”, pues las tres en sus versiones en copto sirven perfectamente. No podría descartarse una interpretación sensualista, aunque en un texto gnóstico las menciones a besos en la boca, también entre hombres, maestro y discípulo, pueden ser signos de un ritual de iniciación especial o de transmisión de una sabiduría revelada, “el ósculo sagrado”. Otros manuscritos apócrifos, como el evangelio de María y la Pistis Sophia, contemplan una relación íntima entre Jesús y alguna mujer, pero no dejan entrever de manera inequívoca un matrimonio o un vínculo sentimental. No se puede descartar ni afirmar, aunque es llamativo que evangelios como el de Felipe pertenecen al subgrupo del “gnosticismo valentiniano” que sí valoraba el matrimonio como prefigura de una unión celestial. En el siglo IV, Epifanio de Salamina dio cuenta de la existencia de herejes que sí aseguraban que el Nazareno y María se habrían unido en sentido carnal. Pero no hay que pasar por alto que también hubo herejes que honraban a Caín y a Judas, que aseguraban que el Mesías no padeció en la Cruz o que dio muerte y resucitó a un compañero siendo niños. Los apócrifos son fuentes tardías y con toda probabilidad ahistóricas que, en el mejor de los casos: podrían estar reproduciendo una poca información perdida propiamente histórica.  

El Discípulo Amado recostado en el pecho de Jesús en el cuadro La Última Cena, pintura de autor anónimo ubicada en la catedral luterana de Nuestra Señora de Haderslev, en Dinamarca.

¿Qué hay de otro tipo de posibilidades como alguna forma afectividad entre Jesús y otros hombres? Nuevamente, las fuentes apócrifas son las únicas que dan alguna señal confusa y rebatible para una hipótesis de este tipo. Solo se conoce un caso historiográfico: las investigaciones de Morton Smith sobre una versión alargada y secreta del evangelio canónico de Marcos, que de manera relativamente no abusiva podrían o no llevar a la conclusión de que esta figura religiosa hubiera sido homosexual o bisexual, acepciones modernas de origen clínico que, no hay que olvidarlo, eran desconocidas en la Antigüedad y ajenas a sus contextos morales y de higiene ritual, permisivos o prohibitivos de determinadas prácticas sexuales.

Esta versión no ha sido hallada como tal, pero da cuenta de su existencia y cita dos fragmentos de la misma una carta de autenticidad debatible, aparentemente escrita por Clemente de Alejandría, un heresiólogo que vivió entre el siglo II y III y que dio cuenta de otros apócrifos indiscutiblemente reales. En la biblioteca del monasterio griego de Mar Saba, cerca de Jerusalén, Smith descubrió en 1958 una copia manuscrita de la carta, datada hacia el siglo XVIII. En la década de los noventa, esta única copia se extravió, por lo que nuevas investigaciones solo han podido fundamentarse en fotografías. No hay consenso sobre la veracidad ni de las citas al evangelio secreto de Marcos ni de la carta en sí atribuida a Clemente, por lo que parte o toda esta información podría ser espuria, aunque su estilo y su semántica aparentemente son coherentes con los de sus presuntos autores. Uno de los dos fragmentos de este apócrifo podría completar un pasaje inconexo en la narración del Marcos canónico, sobre un joven vestido con un lienzo y capturado durante el arresto de Jesús, que escapa dejando tras de sí su ropa:

Acercándose Jesús hizo rodar la piedra de la puerta de la tumba. Y en seguida entró donde estaba el joven, extendió su mano y lo resucitó. Y el joven, mirando a Jesús, sintió amor por él y comenzó a suplicarle que se quedara con él. Y saliendo de la tumba, se fueron a la casa del joven, pues era rico. Y después de seis días le dio Jesús una orden; y cuando cayó la tarde vino el joven a Jesús, vestido con una túnica sobre el cuerpo desnudo. Y permaneció con él aquella noche, pues Jesús le enseñaba el misterio del reino de Dios. Y saliendo de allí se volvió a la otra ribera del Jordán.

Esta historia tiene muchas semejanzas con la resurrección de Lázaro relatada por Juan. La realidad del evangelio secreto de Marcos no es puesta en duda por Clemente en su supuesta carta, sino un añadido que habría hecho la secta herética de “los carpocracianos” al encuentro nocturno del joven en el aposento de Jesús, interpretándolo de manera homoerótica e interpolando a la escena que ambas figuras estaban desnudas. El mismo Smith, un hombre gay, tampoco se inclinó por esta interpretación. En su opinión, el fragmento más bien refería nuevamente a otro rito de iniciación del Nazareno con un discípulo para unirse en espíritu. Este acercamiento íntimo y aquellos con la Magdalena pertenecen a literatura de dudosa historicidad, y si bien podrían guardar significaciones afectivas o incluso sexuales, ni es comprobable ni es de lejos lo más plausible, aunque sí complejizarían la posible psicología del Cristo.

Para la teología, el tema puede abordarse mucho más en abstracto al no tener que recurrir solo o principalmente a la vida del Nazareno, sino a la cristología, a un significante misterioso que ilustra o ciega a nuestra imaginación. ¿El hijo de Dios era heterosexual? Las respuestas de los teólogos podrían ser disímiles por tratarse de una cuestión poco o nada explorada fuera de la Historia, disciplina que puede hacerles notar lagunas en la doctrina y contrastar distintos dogmas que, en este caso, no necesariamente coinciden. Para algunos, la creencia en Cristo como el Logos, la segunda persona de la trinidad nacida, pero no creada por Dios, preexistente a todas las cosas, incluidos los cuerpos humanos, supone una realidad asexual, Sophia, espíritu puro como los ángeles, aunque libre de los límites sutiles que podrían tener las identidades de estas inteligencias. El Verbo es el mismo desde antes de entrar al mundo y no se le podría definir bajo ninguna orientación sexual. Incluso en el Islam, el profeta Jesús o “Isa” es visto por algunas corrientes como un ser más espiritual que el propio Muhammad. Nacido sin la materialidad del coito, solo de la palabra de Al-lāh, semejante a las criaturas de los siete cielos o a Adán, la castidad del mesías de los judíos, su vida frugal que recuerda a pájaros y a lirios del campo, no se exigen como modelo de vida para el promedio de los musulmanes, sino el justo medio del profeta de la Meca entre la santidad y lo mundano. Y, no obstante, esta asexualidad puede ser vista por muchos cristianos como omisión de otro dogma: la encarnación.

La Iglesia Católica latina y oriental habría definido hasta el siglo V, durante el concilio de Éfeso y por mediación de Cirilo de Alejandría, que Cristo es verdadero Dios y que se hizo verdadero hombre, anatemizando doctrinas que aseguraban que su humanidad fue solo aparente o su presencia en el mundo ilusoria o fantasmagórica. La divinidad habría hecho suya la carne de la Virgen. Décadas después, el concilio de Calcedonia, causa de un cisma en el Este cristiano, pretendió complejizar el dogma anterior al explicitar que, desde la encarnación, si bien la persona del hijo es única, quedó constituida en dos naturalezas, “physes”, una humana y una común con el Padre y el Espíritu Santo. Para sanar las divisiones provocadas por esta innovación cristológica, autoridades del siglo VII como el patriarca Sergio de Constantinopla intentaron promover la postura de que en esas dos naturalezas de Jesús operaba, aun así, una sola voluntad o energía como Dios, “monotelismo”. Sin embargo, un tercer concilio en el actual Estambul daría una vuelta de ciento ochenta grados al definir que aquellas dos physes incluían: todas sus consecuencias o que cada una suponía una voluntad propia y distinta. Esta conclusión final incluso condenó al papa Honorio por haber dado la razón a su par Sergio.

La novela de 1955 “La última tentación de Cristo” del escritor griego Nikos Kazantzakis, llevada al cine por Martin Scorsese en 1988, fue considerada satánica por algunos creyentes y censurada en varios países. Una versión de la vida pasional de esta figura que se atreve a reinterpretarla como una atormentada crisis existencial: Jesús habría luchado consigo mismo hasta darse cuenta de ser Dios, un camino para la humanidad sufriente que empieza en el amor empático, prosigue con el hacha y el fuego, el cambio del estado de las cosas, y acaba en la cruz como la muerte de todo fuera del amor consumidor. Y, sin embargo, el título de la película propone una última ocasión para Satán, el arcángel que quiso y no pudo ser Dios, de tentar al Nazareno como ya lo había intentado en el desierto: le muestra el sueño de cómo podría ser su vida si aceptara ser solo un hombre entregado a la mujer como otro Dios aparecido en el rostro, el cuerpo y el alma de todas las mujeres, parejas como la Magdalena que podrían ser su felicidad.

Me atrevo a decir que la película de ninguna manera es herética. Muy por el contrario, se apega desde el drama a la línea dogmática “diotelista” de las Iglesias latinas, ortodoxas y reformadas que hasta la actualidad siguen reconociendo que el maestro de Galilea fue radicalmente hombre, con una voluntad igual a la nuestra y distinta de la de Dios, armonizando la primera con la segunda. Quizá por eso el valor de la obra de Kazantzakis fue reconocido ni más ni menos que por el patriarca Atenágoras de Constantinopla. Si bien es imposible reconocer a la Trinidad desde concepciones psicológicas, la psicología propiamente humana de Jesús es clara, individual y además puede defenderse bíblicamente gracias a este pasaje de Lucas:

De rodillas oraba diciendo: “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Entonces, se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra. 

Hay diferencia si se considera a Jesús una personalidad ética, más probablemente heteronormada que de una orientación distinta, que habría elegido o descubierto el valor de la castidad, y no una personalidad asexuada no solo en sentido psíquico, sino metafísico. Como tampoco es lo mismo un Dios disfrazado de humano, que un Dios hecho un hombre a tal grado que en su estado primigenio como feto no hubiera sido todavía capaz de citar al profeta Isaías. Su sistema nervioso autónomo, que controla los músculos de los órganos internos, apenas habría activado las funciones de su corazón hasta pasadas doce semanas del encuentro de su madre doncella con “la Ruah” de YWHW, el espíritu, la profecía, las llamas, la invitación a la vida.

Para la fe ancestral, Jesús fue de nuestra especie con excepción de los efectos del pecado. Esto puede complejizar una opinión teológica sobre la sexualidad de Jesús, ya que el cristianismo históricamente ha problematizado el tema del deseo, en qué sentido es pecado, egoísta, una objetivación de los cuerpos. Por ejemplo, interpretaciones medievales asentaban que la unión de los padres de la Virgen, Ana y Joaquín, careció de lujuria. ¿No se deseaban entonces? Pienso muy distinto, ya que desear podría ser el resumen de la condición humana. Todo cristiano estaría llamado a la continencia según la tradición. Quizá ese llamado es para las vírgenes perpetuas o para los anacoretas que viven como eunucos del reino de los cielos, pero incluye también a los casados que logran trascender su atracción mutua hasta convertirla en un encuentro con ese Dios que también es Eros, una afirmación de que este mundo es positivo, pero apenas un mirada fugaz de todas las moradas posibles del amor, incendios que queman al tiempo mismo, la soledad que vuelve al deseo de ser Otro. En fin, sea como haya sido la vida sexual del maestro de Galilea, su misterio le agrega cierto atractivo. Quizá así dijo como escribió Kazantzakis:

Si yo fuera fuego ardería, si fuera leñador golpearía…Pero soy un corazón y amo…


Alejandro Massa Varela (1989) es poeta, ensayista y dramaturgo, además de historiador por formación. Entre sus obras se encuentra el libro El Ser Creado o Ejercicios sobre mística y hedonismo (Plaza y Valdés), prologado por el filósofo Mauricio Beuchot; el poemario El Aroma del dardo o Poemas para un shunga de la fantasía (Ediciones Camelot) y las obras de teatro Bastedad o ¿Quién llegó a devorar a Jacob? (2015) y El cuerpo del Sol o Diálogo para enamorar al Infierno (2018). Su poesía ha sido reconocida con varios premios en México, España, Uruguay y Finlandia. Actualmente se desempeña como director de la Asociación de Estudios Revolución y Serenidad.

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