‘Helgoland’ de Carlo Rovelli: la física cuántica y el budismo coinciden en el fondo: no hay fondo

Helgoland' de Carlo Rovelli: la física cuántica y el budismo coinciden en  el fondo: no hay fondo

En su nuevo libro, el físico italiano Carlo Rovelli narra la historia de cómo Werner Heisenberg transformó la física para siempre durante un viaje a la isla de Helgoland cuando tenía 23 años. Heisenberg fue a Helgoland en un periodo de convulsión física y espiritual, influenciado por sus conversaciones con Bohr y sus lecturas de Goethe. El poeta escribió que en Helgoland, «la Isla Sagrada del Mar del Norte» es posible encontrarse con el «Espíritu del mundo». Según Rovelli los descubrimientos de Heisenberg, apenas comprendidos y ciertamente no digeridos, pueden verse como una irrupción de ese Weltgeist. Para Rovelli, el vislumbre de Heisenberg en Helgoland, a partir del cual se consolidó la teoría cuántica -y al mismo tiempo, el mundo se volvió más extraño-, es el momento cumbre en la historia de la ciencia.

La mecánica cuántica es la teoría científica más exitosa de la historia. Rovelli nos recuerda que a través de ella podemos entender la formación de galaxias, el color del cielo o los movimientos de los átomos, además de que está detrás de la tecnología moderna, desde computadoras hasta armas nucleares, y de que nunca se ha equivocado. A la par, esta teoría está lejos de ser incorporada a nuestro entendimiento y experiencia de la realidad. Incluso los físicos que la usan no suelen ser capaces de explicar lo que significa en términos mínimamente elocuentes, o creen que es irrelevante pensar en ello. Richard Feynman famosamente dijo que nadie entendía la mecánica cuántica.

Rovelli, por su parte, piensa que este retraso gnoseológico puede ser corregido. La mecánica cuántica sí nos dice algo sobre el mundo en el que vivimos; la filosofía y la física pueden dialogar y este diálogo es fructífero. Más que cualquier otra teoría, la cuántica tiene la capacidad de reencantarnos y situarnos en una perspectiva de asombro y significado (pese a sus extraños postulados), muy distinto a lo que provee la física clásica mecanicista. «La interconexión de las cosas, el reflejo de una en otra, brilla con una luz clara que la frialdad del mecanismo del siglo XVIII no podía capturar,» escribe Rovelli.

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Además de ser un importante físico teórico, Rovelli se ha convertido en el último lustro quizá en el más importante divulgador de la física. Sus libros destacan por ser muy legibles, disfrutables, explorando las cuestiones filosóficas más abstrusas de una manera inteligible y sin diluirlas. Como él dice, escribe para un lector que es muy inteligente pero no sabe mucho de física. El éxito de Rovelli ha sido rotundo. Sus libros, originalmente publicados por la casa editorial de Roberto Calasso, Adelphi (probablemente la más exquisita del mundo), se han traducido a más de treinta idiomas y han vendido millones de copias.

No es fácil explicar en pocas palabras lo que hizo Heisenberg, pero Rovelli hace un buen intento en Helgoland. El joven alemán reemplazó la idea de los electrones que saltan de órbita siguiendo trayectorias definidas en el espacio y tienen equivalencias numéricas con una tabla de números (matrices en vez de variables) en los que las trayectorias son reemplazadas por cálculos de todas las probabilidades. De aquí se derivan toda los fenómenos extraños que hoy conocemos y asociamos con la cuántica: la superposición, el efecto del observador, el entrelazamiento cuántico. De un zarpazo, Heisenberg acabó con la noción de que existen cosas como partículas o entidades u objetos independientes de la observación.

Lo más relevante del libro es que Rovelli presenta de manera muy completa la teoría relacional de la cuántica (de la cual es uno de los autores). Dicha teoría introduce una novedosa perspectiva al problema del observador (y a todos los aspectos más extraños, o «espantosos» en las palabras de Einstein, de la mecánica cuántica). En vez de observación (y de la noción de un sujeto que observa), Rovelli señala que es más adecuado hablar de relaciones e interacciones. Y, de manera un tanto temeraria, le dedica un capítulo completo a la filosofía de Nagarjuna, el filósofo indio del siglo II de la era común, conocido como el fundador de la escuela Madhyamaka o «camino medio» del budismo.

Las ideas de Rovelli y sus colegas fueron anticipadas básicamente en su totalidad por Nagarjuna. Las coincidencias son asombrosas, sobre todo porque las primeras se formularon hace cerca de dos mil años, sin ningún tipo de tecnología o matemáticas ni con el soporte de un «método» científico. Aunque Nagarjuna era parte de una tradición «empírica», de observadores, más que de la materia, de la mente. Contemplativos que contaban con herramientas de introspección que el físico y maestro budista Alan Wallace ha llamado el «Hubble de la mente». Nagarjuna hace uso de sofisticados argumentos lógicos, específicamente el llamado «tetralema», para demostrar que es absurdo postular la existencia de la sustancia, de algo independiente o  no-relacional. Por lo tanto, todas las cosas deben ser entendidas como vacías.

Por supuesto, tanto Nagarjuna (y el Buda, de cuya doctrina Nagarjuna se asume como un comentarista) como Rovelli y sus colegas pueden estar equivocados, pero sus argumentos son sumamente persuasivos. Y en el caso de Nagarjuna, de cualquier manera albergan una gran armonía, independientemente de las particularidades de la teoría de Rovelli, con los principios básicos de la mecánica cuántica.

Rovelli sugiere que Nagarjuna ofrece una perspectiva que «puede hacer más fácil pensar en el mundo cuántico» y nos brinda «una herramienta conceptual formidable para pensar sobre la relacionabilidad de los cuantos: podemos pensar en la interdependencia sin que la esencia autónoma entre a la ecuación».

Estos son terrenos pantanosos para los físicos, que parecen tener horror de mezclar la física cuántica con la filosofía y la espiritualidad oriental. Nada es visto como menos riguroso y recibido con más desdén, particularmente por los físicos del mainstream, especie de sacerdotes del universo mecánico del materialismo científico, que viven bajo el privilegio y la protección de la sociedad secular y sus potentados. El espíritu y la materia no se mezclan. Sólo que Rovelli sigue con esto a algunos de los físicos más brillantes de la historia, entre ellos a Heisenberg, Schrödinger Bohr y Pali, todos los cuales voltearon a Oriente y hacia la filosofía y la espiritualidad para darle sentido a lo que habían encontrado.

La mecánica cuántica, explica Rovelli, lleva a la conclusión de que en el nivel más básico los objetos no existen, pero tampoco los sujetos. Esto es exactamente lo que defiende la filosofía Madhyamaka. Lo que existen son las relaciones. Los átomos y las partículas subatómicas no son la realidad fundamental del universo. No hay un fondo o una sustancia fundamental (un ground). No tiene sentido hablar de una sustancia, de una cosa última cuando las partículas que observamos solamente son «excitaciones de campos cuánticos» que existen en estados de superposición, continuas y discretas a la vez, probabilísticas o indeterminadas. Esto no significa que no exista el mundo y los fenómenos que percibimos. Las interacciones son reales pero no son entidades, y su nivel de realidad es relativo. De una cosa que no este relacionada a otra cosa no se puede hablar. Nada tiene realidad absoluta. La ciencia que postula objetos sustanciales, reales e independientes, es una rama de la metafísica.

Debemos abandonar algo que nos parecía completamente natural: la simple idea de un mundo hecho de cosas. Lo reconocemos como un viejo prejuicio, un viejo vehículo que ya no nos sirve. Parte de la solidez del mundo empieza a desvanecerse en el aire… Las entidades no son más que nodos efímeros en esta madeja. Sus propiedades no están determinadas hasta el momento de estas interacciones. Existen en relación a algo más. Todo es lo que es sólo en relación a algo más… El actor de este proceso no es un sujeto distinto a la realidad fenoménica, ni cualquier otro punto de vista trascendente.

Aquí Rovelli está hablando de su teoría, pero cualquier lector de Madhyamaka se dará cuenta de que este pasaje podría fácilmente pasar por el de algún comentador de Nagarjuna, como Aryadeva o Chandrakirti (al menos en una traducción moderna, influenciada por la fenomenología o la analítica).

La filosofía Madhyamaka es famosa por negar también al sujeto y señalar que la mente no tiene un aspecto privilegiado en  la ontología del mundo, también está vacía, es relacional. No existe un sujeto sin un objeto, de la misma manera que no existe un objeto sin un sujeto cognoscente. Rovelli sugiere asimismo que la conciencia no tiene un papel esencial en el proceso de observación. Las cosas no emergen debido a la acción de una mente observadora. Las interacciones entre aquello que llamamos «objetos físicos» son reales, al menos en el momento en el que que ocurren.

Al final del libro Rovelli intenta ofrecer algunas clarificaciones sobre el problema más elusivo de la ciencia contemporánea: la conciencia, o cómo emerge la subjetividad del mundo natural. Plantea que existe un problema de foco al concebir la mente y la materia como dos cosas distintas. Rechaza el idealismo y el dualismo y sugiere que el problema tiene que ver con nuestros conceptos de «materia» y del «yo», construidos bajo nociones falsas u obsoletas. Al igual que el budismo y que Wittgenstein y Hume, Rovelli afirma que el yo es una ilusión, su supuesta unidad es meramente un constructo, una alucinación interna con la que se agrupa a una serie de procesos mentales fluctuantes y efímeros. La materia tampoco tiene una realidad independiente; es relacional.

Aunque estas observaciones distan de resolver el problema «duro» de la ciencia -la conciencia-, podemos esperar que alimenten nuevas  reflexiones. Y es que, según Rovelli, de cualquier manera no deberíamos esperar una gran respuesta, una nueva visión metafísica, pues no existe una realidad más allá de una perspectiva de la realidad. El mundo no es sino una forma de ver el mundo.

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1 comentario en “‘Helgoland’ de Carlo Rovelli: la física cuántica y el budismo coinciden en el fondo: no hay fondo

  1. En algo coinciden las dos una en no ser materia y la otra en desposeerse de lo material hasta desconectar los sentidos y captar lo no material que posemos en nuestro interior aunque esté encerrado en el interior de un protón. Para esa partícula las leyes físicas y de mecánica cuántica no son aplicables ni la velocidad de la luz y son las que siguen creando cada átomo nuevo en este Universo. Este Universo ocupa una pequeña porción por donde se desplaza la energía de esas partículas. La coincidencia y la unión de tres o mas numero de ellas es lo que lo crea. No les queda na a los físicos teóricos de la mecánica cuántica.

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