El camino de la chapa

Por Rafael Pavía 19 de marzo de 2022

Compasión

Con la pandemia del covid muchos pensaron que la conciencia humana cambiaría y que tomaría un giro hacia una mejor humanidad y ahora que la pandemia está finalizando nos viene la guerra de Ucrania y Rusia con todas sus graves consecuencias. El miedo nos paraliza, del miedo fácilmente pasamos a la ira y al odio, así, la esperanza de que esta humanidad cambie se pierde, aunque actualmente todos los conflictos se ven desde una perspectiva global, la conciencia colectiva aún no ha avanzado lo suficiente para frenar la barbarie que aquí y allá suceden en el mundo. Solemos echar la culpa a nuestros dirigentes, a los políticos y gobernantes mientras nosotros seguimos sosteniendo este sistema bajo el yugo de una seguridad o estabilidad que las instituciones de los gobiernos supuestamente nos ofrecen y mientras tanto nuestra ceguera no percibe el porqué de nuestras miserias.

Un aluvión de cooperación y ayudas han surgido espontáneamente de la población civil hacia el pueblo ucraniano, mientras las instituciones gubernamentales apenas están cooperando en estas ayudas humanitarias, más bien al contrario, los gobiernos y dirigentes se ocupan de sus estrategias geopolíticas y económicas incentivando el miedo a la invasión, a la guerra, al enfrentamiento, subyugando nuestras mentes ante el terror bélico, de tal modo que el margen para la esperanza se agota. Unos se culpan a otros, unos son buenos y los otros malos, unos justifican y los otros condenan y así la cadena del martirio sigue sin pausa.

El camino de la compasión es el único alivio que encuentro, la compasión nos lleva hacia la tan querida Paz, pero, son pocos los que en verdad entienden qué es la compasión y la paz. El camino de la compasión no es fácil, al contrario, es tremendamente exigente, realizar actos humanitarios esporádicamente solo es una parte mínima en la acción compasiva, la compasión nos lleva hacia una conversión, hacia una nueva visión de la realidad donde quien recibe y ofrece se convierten en una sola Unidad.

Según mi propia experiencia no hay mejor modo de introducirse en el camino de la compasión que el recibirla por parte de otros, cuando uno se ve necesitado por la pobreza, el hambre o cualquier angustia existencial y recibe el auxilio de sus semejantes las fibras del corazón sienten un nuevo estado desconocido que nos sorprende y ante el cual reaccionamos con gratitud, aunque existe un gran inconveniente para recibir compasión por parte de otros, este inconveniente es el orgullo. A nuestro ego orgulloso nada le agrada que tengamos que recurrir a la asistencia o auxilio de unos u otros, por ello la compasión requiere de la humildad, virtud que todos los místicos e iluminados que nos han precedido han puesto como ejemplo principal.

Si la visión de la compasión solo la concebimos desde el aspecto de ofrecer podemos caer en la trampa de nuestro propio orgullo, pues el que ofrece es fuerte y el que recibe es débil y así juega nuestro complejo ego en sus condenas y justificaciones, ya que el ego en su visión dual donde nos divide entre el “tú y el yo” nos divide entre pobres y ricos, fuertes y débiles, seguros e inseguros, malos y buenos, etc. Mientras que la humildad sepulta nuestro egocentrismo en vías de una “unidad no-dual”, así la compasión se asienta en la humildad y en la condición de la humildad la dualidad de recibir y ofrecer se exime del mérito de ofrecer o el fracaso de tener que recibir.

El camino de la compasión es una conversión de nuestra conciencia que disolverá nuestro egocentrismo y con ello nuestro exacerbado miedo, por otro lado, la compasión es un alivio, un camino hacia los campos de la paz. La compasión y su transformación no es un camino fácil, pero sí necesario para que la conciencia humana cambie sus designios. Son muchos los compañeros del camino que se abruman porque no sienten suficiente compasión o amor hacia sus semejantes, algo que a mí también me sucedía, ello sucede porque tenemos un velo que nos ciega e incapacita para ver la inmensidad de la compasión. Más cuando dejamos nuestra pretensión de controlar la compasión desde nuestro ego y dejamos humildemente nuestras puertas y ventanas abiertas para que la compasión nos guie la luz y el éxtasis sobreviene.

La compasión o el amor no necesita ningún parámetro, ningún proceso, ninguna exigencia, ni medida, nada, ni requisito alguno pide la compasión. He ahí su simplicidad y humildad, algo que nuestra mente ordinaria es incapaz de comprender. El amor o compasión no pueden encajarse en condicionamiento alguno, pues la compasión es ilimitada y ecuánime ¿cómo entonces pretendemos dominar, fabricar, producir la compasión? La carencia de compasión solo se debe a que no nos abrimos incondicionalmente a la naturaleza innata del amor. El amor, la compasión, es universal, es la raíz misma de la conciencia cósmica, nosotros tan solo tenemos que dejarnos llevar por su naturaleza innata, eterna, infinita, ilimitada.

En el difícil y extraño camino de la compasión lloramos, nos estremecemos, nos conmovemos, pero siempre bajo el amparo luminoso de la Paz. Cuando vivimos la conversión de la compasión encontramos todo aquello que nuestra alma anhela: paz sin condicionamientos, fortaleza sin orgullo ni ira, seguridad sin dependencias, alegría sin temores ni sombras. Y aunque nuestro corazón pueda romperse en mil pedazos por el dolor y sufrimiento ajeno, la compasión en su infinita bondad nos mostrara un nuevo corazón aún más grande, un corazón universal e invencible.

AUN TAT SAT TAN PAZ.

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